joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Borges

Opinión Riesgo Sal

Miércoles 13 Febrero 2013. En Blog, Sastrería

Madame Bovary según una portada de Livres de Poche.

Sastrería

Opinión: No creo que se lo pregunten pero apostaría a que, si lo hiciesen, uno de los mega computadores que se  preparan para las futuras ciber-guerras diría que hoy circulan más opiniones e interpretaciones que hechos, o al menos hechos relevantes, no sólo números de teléfono. No crean: esa estadística tiene más importancia de lo que parece. Para empezar, que en la era de la información vamos camino de estar peor informados que nunca... entre otras cosas porque creemos lo contrario.

     Una de las sorpresas agradables de viajar a un país tercermundista es percibir el hambre que se respira. Y me refiero al hambre, el ansia de conocimiento. Lo que nos diferencia de ellos no es sólo el nivel de renta y nuestra dieta sino nuestra actitud respecto a la cultura. Nosotros creemos que la inventamos y que la tenemos para siempre, y ahora tendemos a mirarla por encima del hombro, como una suerte de jardín trasero. Ellos, como sabe quien haya dado clases o conferencias en cualquiera de esos países, tienen muy claro que no la tienen, y la desean con unas ganas cuya simple contemplación pone de buen humor. Ocioso predecir quién prevalecerá al final. Prevalecerá quien se mantenga en vida en la cultura.

     Si vamos al matiz concreto, veremos que las páginas impresas están hoy llenas de adjetivos e indignación, pero echamos de menos los sustantivos y los verbos de la pasión de verdad. Quiero decir, montones de escritores se desgañitan arrojando al aire todo tipo de emociones -hoy en España una indignada decepción-, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se inventó una escena de amor cuya fuerza residía en su no descripción, o precisión, como el paseo en carruaje de Emma Bovary con su amante, o como el punto y coma -- ; -- que sugiere  con la potencia de un acuarelista japonés una célebre escena de amor en El rojo y el negro. Qué casualidad que ambos autores -Flaubert más que Stendhal- fueran quienes se rebelaron contra una época parecida a la nuestra, en la que un romanticismo ya exhausto inundaba el mundo con adjetivos sobre puestas de sol y melancolías que en realidad venían a ser pieles viejas de serpiente de las verdaderas pasiones.

 Riesgo: Toda verdadera escritura pasa por el riesgo (véase "coraje"), y esa es una condición inexcusable. La cuestión en esta época, como en todas, estriba en saber cuál es el riesgo y dónde está. Presos de cadenas de imágenes, como la muy romántica del héroe prisionero con una bola de hierro al pie por publicar adjetivos contra este o aquel reyezuelo transitorio, pero poderoso, no nos damos cuenta de que quizá eso, al alcance de cualquier tuitero, sea hoy lo fácil. Y que como sabe un escritor, así sea de correos electrónicos, lo difícil es contar el mismo amor de siempre, por ejemplo, de una forma novedosa y que no resulte artificial.

    Las zonas donde vive el riesgo son muchas y la literatura tiene donde escoger. La experimentación, por ejemplo, tan penalizada hoy, sospecho que por falta de experiencia del lector: pues para poder rebelarse contra algo es necesario conocerlo primero. Y lo que era natural para nuestros abuelos, esto es, un fondo común de lecturas literarias, ha dejado de serlo.

 Sal: Pero me parece que la zona por antonomasia donde se produce el riesgo es lo que llamaré "la sal", el espesor. ¿Cuánta sal admite un texto en estos tiempos ligeros? Y cómo saberlo en una época en la que los lectores, al menos esos que intenta capturar el mercado dictatorial, no entienden el humor de Cortázar o leen con la esquina del ojo a Borges, la más clara de las escrituras, temerosos por lo que creen excesiva complejidad. No lo es. Pero para saberlo hay que haber leído al menos algunos de los libros con los que Borges, la mayor parte de las veces, está jugando.

      La sal. Un escritor que presuponga hoy ciertos conocimientos en su destinatario está jugando con dinamita.

      Todo el proceso recuerda el "regreso al origen" que describió Carpentier. 

Dibujando la tormenta

Ensayo. Autor: Pedro Sorela Alianza Editorial, 2006. Páginas: 472. Portada: Ángel Uriarte. ISBN: 978-84-206-4559-9. 

Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry. Inventores de la escritura moderna

Prólogo

Este libro debería pedir perdón por romper con algunas de las reglas del juego –la académica, la de la industria nacionalista, la de la correción política y otras-, pero no lo va a hacer pues, como se intenta contar, si de algo han sido víctimas los por otra parte irreductibles autores de los que aquí se habla es justo de esas etiquetas.

Su selección no responde más que al gusto personal de su autor y al único criterio de que el placer de su lectura no defrauda y por el contrario aumenta, a la par que sus enseñanzas decisivas sobre la escritura de nuestro tiempo. Y ello además de la progresiva certeza de que estas enseñanzas no serían posibles sin el conocimiento de las vidas de los autores, incluso en el caso del misterioso Shakespeare, que debemos adivinar entre líneas y legajos. Lo que sin duda discute el vasto malentendido según el cual la literatura es un asfixiante sistema ordenado en función de los más variopintos, no siempre convicentes y en ocasiones bromistas criterios, desde la patria hasta el sexo, o de que la literatura es sólo texto. Más aún, texto cuya principal razón para existir es la de ser interpretados y la interpretación es lo que importa. Como decía Borges, las “universidades crédulas” no hablan de literatura sino de historia de la literatura. A Faulkner, a su vez, no le extrañaba nada que pudiesen hacer los académicos. 

Prehistorias de la India

Por: Pedro Sorela Lunes 01 Diciembre 2003. En Cuentos, Viaje

En: Historia de las despedidas, 2008

Ilustración: Eneko. Letras Libres

¿Habrá tigres? Absurda pregunta, lo sé, pues ya casi no quedan, pero es que yo no me refiero a los tigres de Bengala sino a los otros, más peligrosos: tigres-araña como el que nos esperaba sobre la almohada, en nuestra jaima en el desierto, o el tigre-calor, asesino un verano en Europa de tanta gente como la que matan los coches en un puente o enanizan cinco minutos de porno rosa en la televisión (gente que encoge de golpe porque su cuerpo se ha de adaptar a su nuevo cerebro menguante), o el minúsculo tigre que se tiñe de amarillo en el curry para advertir de su peligro. Como ya sabía Moctezuma, un curry con tigres puede acabar con un ejército en una siesta.

Y tigres azules, claro. ¿Podré ver tigres azules en la India (y verdes, y rojo y gris, ese me gusta mucho)? Sé que el marajá vitalicio de los tigres azules es Borges –así fue reconocido por el que le puso la zarpa encima y le soltó en la cara un aliento oloroso a carne, en signo de sumisión-, aunque sospecho que el padre de sus tigres azules fue Inplikg Yaurd, uno de sus maestros de lectura, además de Albek, el autor de esos versos,

Tigre! Tigre! Divampante fulgore

Nelle foreste della notte,

Quale fu l’immortale mano o l’occhio

Ch’ebbe la forza di firmare la tua addhiacciante simmetría?[1] 

que los niños recitaban en las escuelas cuando éstas no habían sido aún tomadas por la reacción y los acobardados ante los tigres. Y lo habría reconocido: Borges pensaba que cada escritor es hijo y padre de otros, aunque se mantenga casto.

Artículos relacionados:

  • Historia de las despedidas