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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Acantilado

En la tierra purpúrea, hace tiempo

Miércoles 30 Noviembre 2016. En Blog, Lecturas

W.H. Hudson

La tierra purpúrea. W.H. Hudson. Traducción de Miguel Temprano. Acantilado, 2005

 

He vuelto al territorio Hudson (W.H) con el mismo placer con que se reencuentra a un amigo. Han pasado años pero -así se define la amistad- parece que uno hubiese estado charlando con él la noche anterior. Y para reconocer todo lo que le gusta.

     Y lo cierto que eso que gusta es un misterio, por eso resulta tan atractivo. ¿Qué es lo que tiene Hudson que produce el placer de la gran literatura, la que crea discípulos y deseos de imitar? Leí Mansiones verdes hace tanto tiempo que solo guardo un recuerdo de cierto exotismo y fuerte originalidad. Años más tarde leí Allá lejos, tiempo atrás (mejor traducción sería ... y hace tiempo) y fue una caída del caballo, el placer del que hablo, uno de esos pocos libros que uno lee lamentando qué poco le queda para llegar al final. Y otra década más tarde eso mismo me ha sucedido con La tierra purpúrea, que se arma sobre uno de los arquetipos narrativos más clásicos, el del hombre que sale al camino, abierto a la aventura. ¿Le suena? Es que ha leído esa historia unas cuantas veces.

    Quien sale al camino es un... ¿cómo llamarlo?... un nacido y criado en el campo argentino, hijo de colonos norteamericanos que se define como inglés pero al tiempo se mueve como un nativo en aquello que visita. Y el camino es la Banda Oriental, o sea el Uruguay en la orilla oriental del río de la Plata, que a esas alturas es un mar: no se ve la otra orilla y las travesías en barco, de más de un día, marean como en alta mar. Ocurre cruzada la mitad del siglo XIX. Y quien lo cuenta es William Henry Hudson, también llamado Guillermo Enrique por los argentinos, y considerado como autor propio tanto en el sur de Suramérica como en Inglaterra, país al que emigró para nacionalizarse y convertirse en un ornitólogo y escritor reconocido hasta hoy. Ese mestizaje, esa ligera distancia y extrañeza a la hora de contar es una de las claves de su encanto.

      La novela es lo que sucede en el viaje en busca de trabajo a una finca más o menos lejana del joven Ricardo Lamb, que ha dejado en Montevideo a su joven esposa argentina, Paquita. Y lo que sucede es en apariencia tan leve que podría servir para despotricar contra los resúmenes y demostrar la necesidad de las novelas. En síntesis, lo que sucede es viaje, búsqueda, valentía y nobleza sin alardes, y ojos abiertos  de un viajero-narrador que es capaz de matizar sobre lo que ve. En Argentina se ha dicho que nadie como él supo comprender el mundo del gaucho. Al tiempo es capaz de aportar su visión personal, hecha de extranjeridad (condición de la narración, según Camus), en su caso muy leve, y gran sensibilidad hacia los seres humanos, sobre todo los valientes y las mujeres, y con aparente sencillez, la naturaleza.

      Todo Hudson es una sorpresa, y en particular su gran modernidad pues al igual que Allá lejos..., aunque hilada por un mismo narrador y viaje, esta es una novela escrita en episodios, casi abordable por donde se quiera, como pienso que será una de las características de la novela del futuro. Ayuda el que, pese a ser un relato casi costumbrista, su escritura en inglés en el original y su (excelente) traducción al castellano nos libra de los vaivenes del lenguaje local, que a veces son un obstáculo. El modo de narrar es definitivamente inglés, nada propenso a los barroquismos hispanos de la época, y de una elegante sencillez, que no simplicidad.

     Lo mismo que el mundo que nos relata, tan esencial que a veces parece un cuatro abstracto: naturaleza sin más límites por lo visto que los de la guerra -¡ah! hay una guerra intermitente en marcha, una de esas tan ineludibles del siglo XIX latinoamericano, de ahí el título, que alude a la sangre que empapa la tierra (pero aquí no se nota)-; heroínas románticas aunque sean campesinas, incluida una niña inolvidable que se cree literalmente su primer cuento pues nunca le han contado uno (qué elogio de la literatura); caballos, sobreabundancia de carne para comer hasta el punto de añorar un poco de ensalada; y libertad. Eso es lo que nos seduce y nos hace añorar un mundo ido. Un hombre libre sobre un caballo, con muy pocos prejuicios y sin prisa, para contar el territorio con mayor libertad que el autor ha conocido. Y todo eso sin los arquetipos a los que el cine nos tiene acostumbrados. ¿Se puede pedir más?

 

Visión desde el fondo del mar. Rafael Argullol

Por: Pedro Sorela Jueves 02 Diciembre 2010. En Lecturas

Según por dónde se mire, este libro de 1.212 páginas es un relato de viajes, un ensayo o muchos, una biografía hecha de momentos, el catálogo de referencias de una generación –si es que Argullol se puede encuadrar en eso, que lo dudo–, un libro ómnibus con varias novelas cortas, incluidas dos de iniciación o de juventud revolucionaria, un relato del Transiberiano, un mercado de sugerencias sobre muchos sitios, inútil para los aspectos prácticos, y más cosas. Y todo ello junto. Incluye hasta un “Tratado erótico-teológico” en el que, mediante pequeños cuadros se pretende sugerir la existencia o no de Dios o al menos la fuerza de su nombre, tema que se aborda desde diversos puntos de la obra. O si se prefiere, de la vida. Porque de eso se trata. Argullol (Barcelona, 1947) ha volcado aquí buena parte de la suya. Ya casi al final, cita la insistente pregunta de sus amigos: “¿De qué va el libro?” Y dice: “Reinterpretada, la pregunta sería: ¿de qué puede ir un libro que ocupa tantas horas de su autor, sin que este esté en condiciones de dar una explicación sastifactoria en unas pocas palabras?” Luego dice –previsiblemente– que al ingeniero se la describe como la construcción de un puente y, al médico, entre otros, que trata de establecer un diagnóstico y cuando puede una terapia.

O sea que urge aclarar la, a mi juicio, inanidad o miopía de cualquier comentario parcial de la obra, la búsqueda de algún titular resultón, y hay muchos posibles. El aislamiento de uno de los muchos temas propuestos –el perdón, el secreto, el sentido de las ruinas, el Gran Silencio… cualquier enumeración aboca a la impotencia pues los 94 capítulos son otros tantos temas principales– no dejaría de ser una lectura interesada. Como si abordásemos a Montaigne o las Memorias del duque de Saint-Simon a través de uno solo de sus capítulos... 

Estados Unidos en los tiempos de Stalin

Por: Pedro Sorela Martes 22 Junio 2010. En Lecturas

Ilf & Petrov. LA AMÉRICA DE UNA PLANTA. Acantilado, Barcelona 512 pp.

Es una pena que esta edición de La América de una planta, de los escritores rusos Ilf y Petrov, no incorpore advertencias sobre qué pasajes fueron en su día censurados y cuáles no, pues ese hubiese sido uno de los principales atractivos del libro: saber qué aspectos de la vida americana de los años treinta no resultaban digeribles para la censura estalinista, en esta extensa crónica de un viaje por Estados Unidos.

Por otra parte, lejos de lo que propone Alexandra Ilf en la presentación, no es cierto que este libro «honesto e inteligente» esté escrito «sin tintes ideológicos», o que el libro, «excepcionalmente amable», resultó «no ideologizado». Sí es cierto que se trata de un libro inteligente, pero sólo con mucha ingenuidad, o con la misma superficialidad con que el prólogo alude a las peripecias de sus ediciones y la censura, puede decirse que no esté ideologizado.

Más aún, salvedad hecha de estupendos pasajes acerca de los bosques, montañas y desiertos norteamericanos, cuyas dimensiones hacen eco en ocasiones a la naturaleza rusa, o divertidos apuntes de los dos escritores ante los contrastes de la vida (norte) americana, casi nada –desde las observaciones sobre los indios abandonados de Nuevo México a la descripción en apariencia de broma del compositor ruso Rachmaninov, exiliado en Estados Unidos– está exento de un trasfondo, más aún, una intencionalidad ideológica. Por lo demás, ¿podía ser de otra manera? La América de una planta constituye el relato de casi quinientas páginas del viaje que, a lo largo de tres meses y medio de 1935, y provistos de numerosas cartas de presentación ante estadounidenses muy diversos, Ilf y Petrov hicieron de costa a costa en Estados Unidos, y vuelta.