joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

      

       el sol como disfraz      dibujando la_tormenta      historia de           

ladron de arboles       portada-viajes-niebla grande     portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles                   

portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela   

entrevistas sorela      portada-fin-viento med      portada-aire-mar-gador      ya vers

cometario_gris

Artículos etiquetados con: viaje

Alfombras azules (Evocación de Fernando Vallejo)

Miércoles 07 Mayo 2014. En Blog, Entrevistas

Fernando Vallejo.

Quién sabe lo que nos hace ver lo extraordinario. Quizá en el viaje sea el viaje mismo que, si lo es, si uno consigue esquivar las postales, abre los ojos incluso en el sueño.

    O sea que tal vez fue eso lo que, exhausto pero ya con los ojos afilados por mi periplo a través del centro de México y el D.F., ciudad que es otro país -una especie de mar interior en el que caben dos Londres, la ciudad más extensa de Europa, y cuatro o cinco veces todos los noruegos del mundo-, me permitió ver lo extraordinario de que ahí estuviese Fernando Vallejo, el escritor, en su ático inundado por la luz íntima de un día cubierto, comportándose como yo, en una carta, había dicho que lo haría. El novelista que contó la violencia de otro modo. El polemista contra Darwin y contra otros cien. El pianista. El protector de los perros, a quienes cede los derechos de los premios que recibe, como se hacía antes con la Revolución. El cineasta que ya no rueda porque en México, adonde llegó hace años para hacer cine, los sindicatos lo impiden. El lingüista cuyo sueño secreto sería tener una columna para contar los muchos acechos y traiciones que sufre el idioma, sin que nadie, ya, lo denuncie. A nadie le importa una coma, la lengua, un síntoma más de este tiempo extravagante en el que el frío se calienta.

    - “Bienvenidos”, dice, y Vallejo no está saludando a nadie: “No nos damos cuenta de que es una traducción literal del welcome inglés, que no tiene nada que ver con la tradición del español. Nosotros decíamos “Buenos días”, o “qué tal el viaje”, o “esta es su casa”… pero no “bienvenidos”.  Y ya nadie lo sabe, concluye con un fatalismo que prueba que quien habla es el mismo que escribe sus libros.

    Y no sonríe –no se puede llamar realmente “sonrisa” lo que dirige Vallejo a su invitado mientras le envuelve en hospitalaria amabilidad-, pero tampoco suelta ninguno de los zarpazos que le provocan la antipatía y hasta agresividad, incluso, de gente a la que no le interesa la literatura, que es mucha. Y también de aquellos a quienes todavía interesa: poca. No es de extrañar. Vallejo tiene el don infrecuente de combinar en una misma enchilada verbos y adjetivos de modo que precipiten ácidos en el estómago de la gente y le provoquen eructos de corazón. Esa es la causa de que algunos quisieran matarlo. O preferirían que no existiese. O que por lo menos se callase, como todo el mundo.

    Y ese es el improbable azar que, por una vez, este mediodía se cumple: en su ático agrandado por ventanales de suelo a techo sobre los árboles de varios pisos de la calle Ámsterdam, alfombras persas azules y cuadros de cuando la pintura se podía contar, Vallejo habla y se comporta con la cortesía de un señor de los de antes. Se demora en los colores, letra y tacto de mi último libro, que le he traído y que no leerá pues ahora debe preservar sus ojos delicados, está pendiente de que me ofrezcan platillos elaborados, me atribuye los hallazgos inteligentes de la conversación.

    Y como una consecuencia natural de todo ello la mesa está bien puesta, si bien no del todo bien servida. Esto ocurre ya en muy pocos sitios del mundo y es casi de museo antropológico, un lugar que estaría dedicado a reproducir las ceremonias y ritos del pasado: cómo se comía en el medioevo, cómo hacían el amor en China. O sea, una representación –toda comida es una representación- que se corresponde con lo que yo dije que es Vallejo, y lo dije con la única experiencia de un par de encuentros en países distintos y una cena en mi casa de Madrid, hace años. Una profecía muy atrevida sobre alguien que casi cada vez que habla en público se arriesga a que lo excomulguen -si es que no lo han hecho ya-, a que lo exilien -un pleonasmo, en su caso-, o a que le tiren una piedra. Eso hacen, a cada rato, desde columnas y cartas de los lectores.

… me parecería muy triste que -una vez más en la atribulada historia de estos países, e incluyo a España- se vaya a fusilar a un escritor porque un día aceptó una embajada, un ministerio, porque se casó con la hija del propietario de un periódico, o porque olía mal, como Beethoven. La envidia apesta,

decía yo en una carta respecto a la última de las piedras, que le había sido lanzada porque Vallejo ha aceptado un doctorado Honoris Causa por la universidad Nacional de Colombia. ¡Si esa fuese la peor de las corrupciones de un escritor, los novelistas ya mereceríamos estar como mínimo a la izquierda de Dios Padre! Pero como es notorio, si de moral se trata, ética de artistas, en estos momentos los escritores no nos merecemos ni entrar a las caballerizas.

    He de decir que nunca, nunca lo he visto desdecirse de ese dramático orden de valores que se desprende de sus libros. Y eso es más de lo que puedo decir, creo que de casi cualquier escritor que conozca o haya conocido…

     En ese mismo correo de la Red, en un círculo de antiguos compañeros de estudio dispersos por tres o cuatro continentes, contaba también la impresión que me había producido la lectura de La virgen de los sicarios, una novela sobre la narcoviolencia en la peor época de la guerra contra la mafia en Medellín.

 … Y por una razón: porque en un país, un continente, en el que la palabra ha perdido peso, por complejísimas y alambicadas razones que no puedo comentar aquí -sería un libro-, alguien le devolvía a la palabra el peso y la violencia que le es propia y le corresponde, o le debería corresponder en momentos críticos, como era el de Colombia entonces y sigue siendo. Algo que continuó en otros libros, si bien no con tan buenos resultados…

         En todo caso, haga lo que haga o diga, me sigo quedando con el buen escritor de La virgen de los sicarios, que marca un antes y un después, aunque no sé muy bien de qué ni en dónde pues por si no ha quedado claro yo no creo en las literaturas nacionales ni lanares de ningún tipo. 

"Nebraska" y la belleza de las palabras

Jueves 06 Marzo 2014. En Blog, Sastrería

"Nebraska"

Sastrería / Palabras bellas

Hace tiempo, me parece, que no nos fijamos en la elección de las palabras. O mejor dicho, lo hacemos en función de su eficacia pero no su belleza. La de niebla, por ejemplo. O la de tempestad. La consecuencia es que muchos periódicos parecen escritos por jefes de prensa de ministerios, y muchas novelas, por sociólogos más constipados por el pensamiento políticamente correcto que por el biempensante (no es lo mismo).

       Esta evidencia me viene a los ojos con frecuencia cuando leo, pero la última vez se me ha impuesto con claridad con ocasión del reparto de los Óscar, algo que por lo general me interesa menos que un rábano pero que en esta ocasión me ha parecido más significativo de lo habitual. Esto es, que una película con imágenes muy convencionales como Doce años de eslavitud (al margen de su valor documental, que lo tiene) y otra que es una hoguera de olvidables efectos especiales y poco más, como Gravity, se hayan impuesto a ese humilde alarde de cine que es Nebraska, y además en blanco y negro. La razón de esa extravagante pero por lo visto masiva votación es varia y profunda pero en primer lugar se debe a la elección del lenguaje: el de las dos primeras películas es conocido y en cierto modo está compuesto de postales -sí, también el de Gravity-, y el de Nebraska es cualquier cosa menos conocido pese a que retrata la llamada América Profunda, de la que todo el mundo habla pero pocos conocen más allá del cine, o se han fijado. Y es así. Así, con esa insólita desolación hiperrealista de la que el equipo de Nebraska -desde el inolvidable Rey Lear protagonista al último de los arrugados personajes que le salen al paso- consigue extraer una no menos inesperada y por ello mismo memorable poesía.

      Este episodio, que en apariencia se encuentra en las antípodas del lenguaje es muy ilustrativo en cambio sobre cómo procedemos a la hora de elegir nuestras palabras. Una operación, por cierto, que realizamos varios cientos de veces al día, si no miles: y resulta que elegimos las palabras por su significado, no por su belleza. Estamos dispuestos a premiar aquello que denuncia la esclavitud, o los estragos del Sida, o las estafas piramidales de banqueros mafiosos, y para ello aplazamos la forma en que se hace. Más aún, preferimos una forma que sea reconocible por todos: los angustiosos latigazos a los esclavos, los múltiples y rápidos atardeceres en el cosmos, ahí al lado, que desde hace tiempo ya son una ventana de nuestra casa, o esa Blue Jasmine, que tanto recuerda a Un tranvía llamado deseo. En cambio postergamos a ese cineasta que, con un insolente blanco y negro, nos obliga amablemente a revisar al mito del "sueño americano" y a fijarnos en esa multitud de gente atónita por la televisión y por ello mismo ciega a la extraordinaria peripecia de ese Don Quijote contemporáneo que es el anciano de Nebraska. Igual que los 45 millones de telespectadores (¡!) que sólo en Estados Unidos encendieron el televisor para auto celebrarse: pues los Óscar son una ceremonia todavía más nacionalista que los juegos olímpicos. Y también ahí se reserva un pequeño lugar a los atletas de otros países más pobres, a modo de zanahoria delante del burro, como un colofón más de una audiencia, un negocio global.

     Haga la prueba y verá. Es un experimento casi definitivo e imagino que para un poeta, inquietante: La gente ya no elige las palabras también por su belleza sino casi sólo por el significado que tienen en ese manual de lo políticamente correcto en que hemos convertido el lenguaje. Es posible que la gente no proponga como palabra bella descomunal, por musculosa y machista, y que evite melancolía, no vaya a resultar paternalista. Los latinoamericanos ya no se asustan con las jotas y las zetas de los españoles -"¿están enfadados?"-, y a los españoles ya no les parece que los latinoamericanos viven en un culebrón.

     Cuando yo era niño nos iniciaban en las sonoridades de los idiomas con un poemilla que nunca he olvidado:

Háblale a Dios en castellano

a las damas en francés

a tu doncel en germano

y a tu caballo en inglés,

pero hace ya tiempo que nadie le habla a su caballo en inglés, idioma que se reserva para las escuelas de negocio, propietarias ahora de la patente.  

      Lo que hace urgente que los maestros vuelvan a llevar a los niños a los conciertos, a los museos y a las cocinas para enseñarles a enamorarse de los idiomas a partir de su piel y de su olor.

Isabel y las lecturas

Jueves 02 Enero 2014. En Blog

p.S

Desde hace un tiempo Isabel sufre en el metro un ruidito que le impide concentrarse en su libro como antes. Y es que ya no puede averiguar de una ojeada lo que leen sus compañeros de viaje pues cada vez con más frecuencia llevan pantallas y eso le impide centrarse en su lectura. Le ocurre a mucha gente -gente cotilla, podríamos decir, o por lo menos curiosa: que no se quedan contentos hasta averiguar lo que leen los demás (y a veces fruncir el ceño, preocupados por la decadencia de Occidente)-, pero en su caso es comprensible. Isabel es librera. Y además en una de las pocas librerías de Madrid que de verdad se merecen todavía el nombre, o sea que se podría decir que Isabel es una superviviente. Una suerte de testigo de un mundo que podría llegar a desaparecer: ¿existe una vivencia más literaria que esa? Muy pocas.

      Es cierto que Isabel siempre ha tenido más y más dificultades para concentrarse en el metro, cuando va y vuelve de su trabajo, casi media hora por trayecto: No siempre se puede sentar -aunque recuerda que cuando chica llegó a leer Rey Lear, ¡y a comprenderlo!, colgada de una barra y con el libro a centímetros de su nariz-, y en el metro hay cada vez más marcianos conectados por los oídos a una central de donde les envían consignas en un tam-tam muy elemental: "Bumba, bumba, bumba..." Nada que objetar, al menos por parte de Isabel, que es pacífica y tolerante. Pero es que algo falla en las terminales de los marcianos, o quizá es que las consignas son demasiado elementales y se salen de los cacharritos y las orejas, y al final todo el vagón está escuchando un lenguaje que no comprenden. Y que impide escuchar a los verdaderos músicos -no todos malos- que cada vez en mayor número se van refugiando en el metro en estos tiempos hostiles.

     No se trata sólo de curiosidad o cotilleo: A fin de cuentas, cuando la gente leía libros, libros de papel y con tapas de colores, el resultado de la curiosidad no era siempre optimista: muchos de los libros que Isabel reconocía con ojo de experta ni siquiera se vendían en su librería porque no daban la talla. El problema ya no es si los libros son los que ella eligiría o no -ella es de los libreros capaces de decirles a un cliente: "No lea basura, lea en cambio este", lo que no siempre ha sido comprendido-, sino el enigma de si eso que lee la gente en sus pantallitas de bolsillo es lectura de verdad. ¿Leen libros, leen literatura... o leen bobaditas, esos mensajitos cortos e in-signi-ficantes en los que la gente vive ahora como si por cada mil mensajitos les dieran una chocolatina? Eso la tortura.

     Así que, no sin meses de vacilaciones, como la gente cuando tiene que elegir entre un móvil u otro, un novio entre millones, un supermercado entre varios gigantescos, Isabel se compra una tableta que al principio no confiesa, esconde de sus compañeros y, cuando finalmente un colega la pilla en el metro, justifica con aquello de:

      - Bueno, es el instrumento de estos tiempos y tenemos que saber lo que ve la gente.

     Ahí está, que al principio lo que ve la gente es lo mismo que veía antes, sólo que más rápido. Antes en los periódicos se leía alguna crónica, ahora no merece la pena pues algo parece igualarlas a todas; antes te acababas Moby Dick, tras cierto tiempo pero te lo acababas; ahora el tiempo se le va en cuál versión bajarse, bajarse cuatro y pasarse tres trayectos decidiéndose por una de ellas y comparando traducciones y brillo de la pantalla... antes de lanzarse a por El viejo y el mar, que alguien ha citado en Twitter a propósito de no sé qué. Luego Isabel va descubriendo aplicaciones y poco a poco las aplicaciones, que son como una gigantesca ferretería en Disneylandia, o eso parece, van sustituyendo la lectura. De modo que hace tiempo que Isabel no lee, solo busca nuevas aplicaciones y lee cositas, cuando un día, quién sabe por qué, en la línea 2, llegando a Goya y terminando de leerlo ahí mismo en el andén, descubre que en algún sitio de ese océano sin bordes de la red alguien ha escrito un texto abierto pero con el único objeto, se ve, de que ella lo lea. Así lo hace, con progresiva sorpresa y mientras se le eriza la piel pues entre 7.000 millones de personas conectadas a la red sólo ella puede entender completo ese mensaje escrito muy poco antes en vete a saber qué lugar del mundo: quien se lo envía es un viajero.

     Y tiene que reconocer que antes eso no habría sido posible, y que el cartero con esa misiva habría tardado por lo menos un día en llegar a su casa.

    

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla