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Artículos etiquetados con: vanguardia

El escándalo que se equivocó de sitio

Miércoles 28 Febrero 2018. En Cuentos, Blog

"Olympia", de Manet.

Sucedió al amparo de la noche, cuando marchantes, galeristas, intermediarios, pícaros y toda la fauna que intenta vivir del comercio del arte se encontraba de copas y celebrando los negocios del día: básicamente, vender por mucho lo que no vale nada, y no vale nada por la sencilla razón de que el arte no se mide así. Y si se mide, lo más probable es que no sea arte.

    Pues bien: un comando de policías armados de porras pero también de ordenadores, con uniformes de toda la vida aunque con un toque Agatha Ruiz de la Prada para que se viera que eran policías cultos y sofisticados, no demasiado jóvenes para no dar aspecto de novatos pero tampoco viejos, entraron en el gran galpón donde se exhibían las Obras, las Transgresiones del Año y, sin mucho vacilar, se plantaron frente a la más atrevida de la Feria: el retrato de frente de un ser gordo, negro y ya escurrido por la edad, y a quien le colgaba entre las piernas algo que no se sabía muy bien qué era, si un pene, una corbata, un tercer seno, un péndulo o una soga para ahorcarse. Todo estaba lo bastante borroso para que se pudiera responder esa o cualquier otra cosa.

     El jefe del comando fue directo y se paró frente a la obra. Entonces se volvió hacia la persona que le hacía de sombra, una mujer toda vestida de negro, con el pelo pintado de azul eléctrico y unas gafas negras con cristales naranjas en forma de alas de mariposa y con las patillas fosforescentes, de tal manera que en la penumbra de la medianoche parecía un ser extraterrestre. Una super heroína pero con un toque intelectual, sofisticado. Durante el día no hubiese llamado la atención, pues galeristas, trileros y artistas tienden todos a disfrazarse de Artista Exótico y Rebelde, pero en mitad de la noche, y en medio de los comandos negros y con la cara pintarrajeada de camuflaje, la mujer destacaba.

     - ¿Esta?, preguntó.

     -Ajá, contestó la mujer. Y seguidamente, como un ballet mil veces ensayado, el comando de policías procedió con gran delicadeza y eficacia a  bajar el cuadro del Gran Ser Desnudo (ese era su título), a guardarlo en una caja llena de algodones, y a retirarlo de la vista del público en unos grandes depósitos que es donde se guardan los jarrones chinos, las obras transgresoras de otras temporadas que ya no transgreden nada y los cuadros que ya no quieren los ministros en sus despachos. Entre otros cientos, quizá miles de obras de esa feria llena de marchantes y de pícaros, quizá no se notara demasiado.

      Pero se notó, vaya si se notó, y se armó. Ya se sabe: "Censura". "Intolerable". "Vuelve la dictadura". "Inconcebible". "Dimisión". "Retroceso en el tiempo". "Inquisición". En fin, toda la pesca, lo de siempre, como cuando lo de la Olimpia de Manet, y además seguido de lo de siempre: nadie dimitió.

      Si bien esta vez fue diferente. Porque, por uno de esos azares que a veces se dan, un pequeño periódico digital que tenía que luchar por hacerse un hueco descubrió un pequeño hilo y comenzó a tirar de ahí: la mujer -no la protagonista del cuadro, si es que era una mujer sino la que había ordenado su retirada con el argumento de que se trataba de un intolerable ataque a la dignidad de las Personas-, la mujer, la Gran Comisaria, la Jefa, la Que Decidía sobre qué se colgaba y qué no en el Gran Salón del Arte... no había cogido un pincel en su vida y ni siquiera un lápiz de colores. Si estaba ahí no es porque supiera de algo en particular sino porque de lo que sí sabía era del cuarto oscuro de las finanzas de su partido, que era el que estaba en el poder, y estas eran más bien enrevesadas por llamarlas algo. Si se le quitaba el sofisticado vestido negro, las gafas en forma de mariposa y las patillas fosforescentes, la Gran Comisaria se quedaba en una funcionaria media, gran aficionada a la paella los domingos, al fútbol y fan de Messi, como todo el mundo, seguidora incondicional de Juego de Tronos y sin tiempo para haber aprendido ni las más elementales reglas de la perspectiva y la apreciación estética, la historia más simple del románico (y mira que es simple) y tampoco la de las vanguardias.  Jamás se había preguntado qué hacen ni para qué sirven los artistas, ni había aprendido que para dirigir un gran salón de arte lo último que se debe hacer es mandar. Nada que ver. Y en caso de no saber nada hay que por lo menos tener algo de instinto, algo de lo que carecía más que de pelos una bola de billar.

      Ese, ese era el verdadero escándalo. La comisaria bordeaba el analfabetismo o entraba de lleno en él, y el último libro que había leído había sido en el colegio, y eso en forma de resumen pues ni siquiera el profesor era capaz de leerlo entero, aunque a nadie parecía importarle. Y cómo iba a importarles si la mayoría en ese Salón estaba más o menos igual: ya muy pocos dibujaban, dedicados a las instalaciones, la mayor parte no leía más que whatsapps y además pretendían que eran vanguardia y todos se esforzaban en hacer entrar las series en la categoría de Arte Transgresor. Lo transgresor vende.

     Un escándalo.

     Más aún: un gran escándalo. Pero como era un periódico pequeñito y a todo el mundo se le había llenado ya la boca con el primero, con ese se quedó. Siempre es mejor un escándalo conocido que otro que vete a saber. 

Nathalie Sarraute, contra el tópico

Por: Pedro Sorela Martes, 11 Abril 1989 En: Entrevistas

"Es la sensación la que impone la forma". Entrevista.

© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

Conversar con Nathalie Sarraute, nacida en 1902, una mujer con edad suficiente para recordar una primera infancia en la Rusia de los zares, es todo un ejercicio de gimnasia mental. Obliga a revisar no sólo tópicos vulgares, sino dogmas impresos mil veces. Por ejemplo, que los escritores del Nouveau Roman forman un grupo. Quizá. Pero casi no se conocen entre ellos.

La conversación con la escritora -ojillos negros, palabra precisa y tolerante- es la negación del fatalismo de la edad, un constante reto a vencer el más sutil lugar común y el espectáculo de una anciana que mira la vida como si la hubieran inventado ayer.

Porque esa es otra entelequia: Con la Sarraute se comprende de una vez que su creación tiene poco que ver con heladas rebeliones de la pluma, y mucho con la vieja sensibilidad de la buena literatura. Define al Nouveau Roman (la Nueva novela en traducción irreconocible) lo que define a las vanguardias: la ansiedad de cambiar de piel. En los años treinta, Nathalie Sarraute no concebía que un novelista pudiera seguir apostillando con un "dijo Jean" una réplica, y en 1939, presa del eterno deseo de expresar lo que hasta el momento nadie había hecho, escribió Tropismes. En apariencia, prescindía de la trama, prescindía de los personajes, que carecían de nombre. "No podía poner nombres", dice. "Y no podía porque el nombre se colocaba entre el lector y yo, y lo distanciaba". Luego hubo una moda en que los novelistas se dedicaron a no bautizar a sus personajes. Todos eran él, ella, nosotros... como en un curso de español, primer nivel. "Una moda estúpida", dice. "Es la sensación la que impone la forma. Si el tema es insólíto, también lo será la forma".

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  • Pedro Sorela

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