joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

      

       el sol como disfraz      dibujando la_tormenta      historia de           

ladron de arboles       portada-viajes-niebla grande     portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles                   

portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela   

entrevistas sorela      portada-fin-viento med      portada-aire-mar-gador      ya vers

cometario_gris

Artículos etiquetados con: géneros literarios

¡Todo es tan interesante!

Por: Pedro Sorela Jueves, 14 Enero 2016 En: Entrevistas

Una mujer empeñada en cruzar las fronteras de los géneros. Entrevista con Susan Sontag

Ilustración: p.S.

Susan Sontag

El desvío como estrategia

En calidad de autor ya me habían hecho unas cuantas entrevistas en mi vida cuando entrevisté a Susan Sontag, y nunca me sentí, ni de lejos, tan entrevistado como con ella. Tal y como cuento, disponía de una hora, en una rueda de entrevistas sucesivas con motivo de su visita a Madrid, y habían pasado veinte minutos cuando tuve que interrumpir su catarata de preguntas sobre quién era yo, y dónde había aprendido inglés, y por qué mi familia... etcétera, y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y más vale que nos pongamos a ello porque si llevo una entrevista a mi mismo me arriesgo a que me echen del periódico", o algo así. Susan Sontag soltó entonces una gran carcajada de mujer voraz y sólo así pude entrevistarla.

    Y entonces me encontré con otro problema inédito. Y es que cada respuesta merecía una entrevista especializada. Es norma elemental de cualquier entrevistador el llevar preparada una lista de preguntas, a la espera de la primera respuesta interesante, si se da, y seguir por esa senda más interesante. Y es rara la entrevista en que el entrevistador atento a la respuesta prometedora no haya tomado por lo menos un desvío, donde suelen estar la entradilla y el titular. Pues bien: con Susan Sontag el desvío se producía en cada respuesta. Eran tan sorprendentes, tan independientes y, sobre todo, tan inteligentes, que me quedaba medio atontado y tenía que usar de todos mis reflejos para no seguir sólo por esa senda que ella convertía en muy prometedora -y podía ser la pintura del sur de Italia, por ejemplo-, y pasar a los otros muchos temas que se ofrecían, a la vez que lamentaba haber perdido veinte minutos permiténdole a ella sonsacarme a mí.

      Para entonces Sontag ya había pasado su primer cáncer y escrito su Illness as a metaphor (La enfermedad como metáfora), del que me regaló un ejemplar (no dedicado, por supuesto). Y sin embargo, cuando días después me encontré con la antigua actriz que le habían puesto como guía para acompañarla por Madrid durante su visita, me dijo que, después de las intensas visitas al Prado y a los tablaos flamencos, exprimidos por Sontag en su viaje, había tenido que guardar cama, agotada.

      Mi entrevista se desarrolló de nueve a diez de la mañana. También me enteré después de que el periodista a quien le tocaba el turno siguiente había sido expulsado con el comentario de que ella no había venido para responder preguntas estúpidas... y con él terminó la rueda de entrevistas.

      Y un testigo me contó el comentario que le había hecho sobre mí a mi director, en una cena. Por lo visto sus intensas preguntas en veinte minutos no habían sido por completo inútiles, y ya había logrado construir toda una teoría.

 

"Detesto ser una marginada"

Susan Sontag llega puntual a la cita, se sienta y comienza a hacer preguntas, y hay que detenerla, pues la entrevistada es ella. Como buena periodista, hila a partir de un acento o el color de un mueble, y profundiza con la tenacidad y sistema que caracterizan, con una muy diversa curiosidad, su pensamiento. "¡Todo es tan interesante!", exclama, y los ojos le brillan; también pueden sonreír con ironía, o ennegrecerse de cólera, lo que según su editor es signo de confianza. La cólera le llega no sólo cuando habla de la política de su país -que describe sin ninguna autocensura-, sino también de la cultura oficial norteamericana. "La desprecio", dice; pero añade: "Tengo el corazón roto por ello. Detesto ser una marginada".

    En un encuentro previo, Sontag ha explicado que existen dos tipos de escritores, los que hablan de su obra y los que no lo hacen, y que ella pertenece al segundo grupo. En realidad, su pudor es más grande: la autora de Sobre la fotografía elude cuando puede las fotos, que nunca toma, no lee las críticas que hacen sobre ella ni tampoco las entrevistas, pues le parece que "no han sido escritas para mí. Tengo la impresión de que me falsifico cuando hablo de mí misma. Mi lenguaje es la escritura, y no hablo de la forma como escribo. Hablar de lo que uno escribe es un nivel inferior de comunicación".

Letras rebeldes

Miércoles 03 Abril 2013. Blog

Letras rebeldes
p.S (En Ipad)
El problema con las frases inmortales es que uno se gasta

¿Ese hombre que le da vueltas a la cucharilla de su café sin haberle echado azúcar? Sí, está distraído y un poco más: está agobiado. Es escritor de frases inmortales y las que se le ocurren últimamente no sólo son mortales -y se ha demostrado varias veces- sino que es que no llegan ni al mes que viene. "¿Quieres unas vacaciones?", le ha preguntado fatalmente su jefe. Esta misma mañana, hace un rato, poco antes de la pausa para comer. Pero él sabe que su generosidad no era tal. Que su solicitud iba con segundas. Que en realidad es un augurio, un mal augurio. Sabe que si se toma esas vacaciones no volverá. Peor aún, que si se las toma, al regreso el puesto de creador de frases inmortales estará ocupado y a él le tocará corregir como mucho alguna tilde, sugerir un cambio de punto y coma por una coma -"el punto y coma es demasiado barroco, el gran público no lo entendería", tendrá que decir como hablando en serio-, y en general coger el teléfono y llevar el café sonriendo. Otra vez. Como un becario. En el contrato basura y en la antesala misma del despido.

     Y jamás lo hubiese dicho. Uno llega a la felicidad, o por lo menos al chollo, y cree que es para siempre. Un día un escritor de éxito dijo delante de su editor que buena parte del éxito de su novela -200.000 ejemplares, y subiendo- se debía a la contracubierta, y la contracubierta la había escrito él con los lugares comunes del día como corresponde a las convenciones del género. Es evidente que el escritor de éxito quería ser amable y era una de esas frases de falsa modestia posmoderna que se llevan entre los grandes vendedores: un plato de garbanzos "vale un Van Gogh", una película de parejitas "es como Ingmar Bergman", el fútbol "es la Ilíada de nuestro tiempo", etc, etc.... Pero el editor, que escuchaba con atención, decidió que era cierto. Al fin de cuentas, si había gloria que repartir por las contraportadas, a él también le correspondía.

     O sea que tras la comida con el escritor modesto el hombre que se ha olvidado de echar azúcar a su café se encontró con el increíble trabajo de escribir fajas para libros con promesas tales como "LA MEJOR NOVELA JOVEN DE LOS ÚLTIMOS DIEZ AÑOS", "USTED NO HA LEÍDO NADA IGUAL" o "POR FAVOR, NO SE MUESTRE SUPERIOR CON QUIENES NO LA HAN LEÍDO, DELES TIEMPO"... y cobrar por ello. No enormes sumas, de acuerdo, pero sí lo suficiente como para una semanita en Mallorca o un fin de semana en París de vez en cuando. En estos tiempos de avaricia y mezquindad, en esta era de tecnocratismo-practicista-alamierdalacultura, un mega chollo.

     Es muy probable que la propia conciencia de ese chollo fuese la causa de la facilidad de los primeros tiempos. Entusiasmado por sus privilegios de creador, el hombre sin azúcar encontró durante semanas, meses, las frases milagro que, una y otra vez, acarreaban lectores a las Listas de los Más Vendidos. "LAS LETRAS MÁS REBELDES DEL ÚLTIMO LUSTRO", reinventaba una vez y otra, con variantes, y funcionaba. O "DÚCHESE ANTES DE COGER ESTE LIBRO PORQUE LUEGO NO PODRÁ HACERLO ANTES DE TERMINARLO". O  "DESPÍDASE: ESTE ES EL VIAJE DE NUESTRO TIEMPO", y en efecto, la gente iba una vez y otra a la tienda de cenas y best sellers de la esquina a comprar el suyo.

      Pero el destino existe y a veces también le llega a los ricos. Lo que nadie le había advertido es que algo ocurre con la creación de frases inmortales, y es que uno se gasta. No se gasta como creando, digamos, fórmulas matemáticas, o versos, o nuevos ángulos para dibujar un caballo, sino más bien todo lo contrario. Crear versos, si son buenos, da más ganas y por lo general unos versos engendran a otros. Con las frases inmortales sucede como con los versos malos: lo contrario. Las palabras joven, revolución, cambio, promesa, autorarevelación, generación y demás palabras-cereza crían polvo y telarañas. El sujeto pierde fuerzas; tiende a quedarse en el sofá; enciende más la televisión y termina creyendo que sus frases son de verdad creaciones. Cuando se cree que ESTE ES EL LIBRO QUE MARCA UN ANTES Y UN DESPUÉS escrito en la faja de un libro es una idea es que ya se ha alcanzado un punto irrecuperable.

    El problema es que nuestro hombre -que le sigue dando vueltas a la cucharilla y está a punto de crear nata en la leche del café- ni siquiera lo sabe. Por eso está ahí sentado, en la pausa de la comida, y no sabe qué hacer, cómo reaccionar. No es que sus frases se repitan: que se repitan es parte de la fórmula del éxito. Es que se repiten sin parecer que son nuevas, y eso es letal: son viejas de verdad, sin tapujos, y ya nadie le cree y ya nadie se acerca a la esquina llevado de la nariz por una faja. Es como si el azúcar de su café fuese estricnina, y él lo supiese Por eso no se lo toma. Por eso le da vueltas a la cucharilla, como pidiendo clemencia.

Dictado por el tiempo: el relato cronológico

Miércoles 18 Enero 2012. En Blog, Sastrería

La pancarta dice: "Reivindicaciones de la Revolución. Quienes la temen ¿acaso esperan parar el tiempo?". Y la pancarta del reloj dice: "Enero". (Trad. de Irene Casado). Publicado por el periódico marroquí Asharq Al-Awsat (Oriente Medio) en enero.

Sastrería

Tendemos a contar a caballo del tiempo, calcándolo, reproduciéndolo en nuestra historia: del comienzo al final, según ocurrieron las cosas. Y además, repartiéndolo en los trozos de tiempo que reconocemos más; las convenciones más aceptadas, de mejor familia. Lo que sucedió un día, por ejemplo: eso son los periódicos, que distribuyen el tiempo igual que las tribus primitivas, adoradoras del sol o de la luna. O lo que sucedió una tarde, un invierno, una juventud: estas, por ejemplo, son las novelas de iniciación.

     Casi nunca usamos de trozos de tiempo heterodoxos: una luna y media. Tres horas a caballo entre una mañana y el comienzo de la tarde. El recorrido de una mano sobre un cuerpo, que puede vertebrar una novela pero en realidad duró doce minutos. O lo que sucedió un lunes, miércoles y la mitad de un jueves en apariencia tediosos. De hecho, los cortes raros de tiempo casi definen un experimento: si lo sabré yo, que al contar en mi novela Fin del viento un comienzo de historia, y sólo eso, dejando de lado el núcleo tradicional -porque no me interesaba, sólo me interesaba el comienzo, prescindir del núcleo y del final fue un acto de honradez con el lector-, la condené a ser vista como "un experimento", una rareza.

     Todo relato es cronológico por principio, entre otras cosas -varias, y muy profundas- porque no es posible concebir un relato no cronológico. Yo al menos no he podido concebirlo. Pero en el relato cronológico sucesivo el que gobierna es el tiempo, no el escritor. Una genuina dictadura, quizá la primera de todas. Así debió de contar el primer hombre que salió a matar un dinosaurio, y en todo caso así cuentan los niños... y no pocos best-sellers: primero sucedió esto y luego sucedió aquello. Y el final, al final.

   La duda comienza cuando uno se pregunta si ese es, en realidad, el final. El final... ¿de qué? ¿Y debe cerrar la narración?

   Además de decidir cuál será el final de su historia, cuya relación es el objetivo de no pocas narraciones, uno de los primeros actos de afirmación del escritor, una vez elegidos el tema, el punto de vista, el encuadre o marco, es la selección de tiempo que armará su cuento. Y que rara vez será sucesivo.

   De hecho, de esa selección y reordenación del tiempo dependerá en buena parte el llamado género del texto, algo creado a menudo por la pereza mental y rentabilizado por la industria. Que por otra parte clasifica los textos, los comercializa, en función de esa ordenación del tiempo: si el clímax se resuelve al comienzo, por ejemplo, será un texto periodístico, y si al final, de misterio: Hercule Poirot resolviendo un asesinato entre elegantes y viejos criados vengativos aislados en alguna mansión, tren, barco... Y salvo excepciones, como Macbeth, la tragedia clásica tendrá ese climax en la mitad. Y así. Pequeñas apariencias supersticiosas para aprobar exámenes y oposiciones, y que sirven para ordenar los libros en las librerías.

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla