joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Artículos etiquetados con: educación

La pérdida de tiempo y otras grietas de la educación

Miércoles 03 Enero 2018. En Blog, Artículos

La universidad real. Escaleras en la universidad de Balamand. Líbano

La última en hacer cierto ruido es la extravagante prohibición de que los periodistas puedan enseñar lengua en los colegios, pero ese no es más que un caso. En realidad, la Quinta Columna de burócratas que suele gobernar la educación en todo el mundo, con enigmáticos objetivos y alarmantes resultados, ha desencadenado una ofensiva en España en los últimos años sobre la que, misteriosamente, nadie habla. Se ve que son más importantes los problemas de nuestras aldeas y campanarios, aunque, bien mirados, esos también son un evidente síntoma del desbarranque educativo. Empezando por la reducción del programa de Historia, Literatura, Lengua y hasta Geografía al librito rojo de las consignas nacionalistas, que se suma al creciente de la Corrección Política.

     La decisión que se refiere a los periodistas no se debe a los viejos prejuicios contra estos sino porque parece ser que, en el gran mapa burocrático de la educación, los periodistas pertenecemos (yo lo fui un par de décadas y enseño en su facultad), al área de Ciencias Sociales y no a la de Humanidades, signifiquen lo que signifiquen estas resbalosas etiquetas. Y solo las titulaciones encuadradas en la segunda pueden enseñar lengua. Como por ejemplo los arqueólogos.

       No me quisiera quedar en otro regocijado relato de la (... rellénese) educativa, sino ampliar el foco para mencionarlo como un detalle más en algo que, visto en conjunto, parece encuadrarse en el género, ignoro si humanista, de paisaje después de la batalla. O quizá sea la batalla misma.

     Esto es, alumnos que estudian con un cincuenta por ciento de esperanza: esas son las posibilidades, con mucha suerte, de que terminen haciendo aquello para lo que se están preparando. Estudiantes a los que en octubre se les ve con ganas y expectativas, en enero se van poniendo pálidos y en junio es demasiado tarde: resulta que el curso en cuestión era una estafa y ya nadie les va a devolver el dinero ni -lo que es mucho más grave- el tiempo: diga lo que diga Proust, ese sí que no se recupera nunca.

     El memorial de agravios podría aburrir incluso a los interesados y se resume en un delito mayor pues se trata de jóvenes: la pérdida de tiempo. Todos esos posgraduados dejándose las energías en tesis minúsculas y llenas de estadísticas, también en el área de Humanidades, solo porque en las universidades se ha ido imponiendo la superstición muy propia de los tiempos de que solo las cifras reflejan la realidad. No es suficiente: luego, con tesis sobresaliente cum laude, como todas (lo que supone un delito contra los que de verdad se lo merecen), esos posgraduados con deseos de enseñar e investigar tendrán que vivir la nueva pesadilla de "acreditarse". Esto es, reunir los laberínticos requisitos necesarios para concurrir a un trabajo de profesor en la universidad, siempre en un escalafón con grados metafóricos tipo contratado doctor o ayudante interino, con los que no se puede saber qué hacen. Perdón por el tópico pero los que han inventado el sistema son discípulos más que aventajados de todo lo que denunciaron los visionarios del molloch burocrático en el siglo XX.

      Porque de lo que se trata no es de adquirir experiencia en la materia que se quiere enseñar, comprender su naturaleza y sus fronteras e ir viendo, en la medida de lo posible, su futuro, sino de rellenar casillas burocráticas proponiendo la publicación de artículos en revistas cuya naturaleza académica a veces solo se refleja en el uso de una jerga característica, y toda jerga tiene como primer objetivo reconocerse en la manada y expulsar a los foráneos. Y con frecuencia los artículos son -es muy probable que sean, visto el acoso de la carrera por la credencial, que además pide un número delirante de publicaciones-, refritos y reordenamientos de bibliografías manidas.

    Además, el candidato tiene que asistir a congresos especializados en muchos de los cuales, por cierto, se pide últimamente el pago por presentar ponencias (¡!), necesarias a su vez para ir rellenando las casillas de la acreditación. O sea, un nuevo chiringuito de los muchos con los que, desde hace algún tiempo, se va privatizando en España poco a poco la educación pública: en la universidad, en los últimos cursos y con la barra libre de los masters decretados indispensables y con un control discutible. Y sin la menor atención a si el candidato a profesor tiene talento o capacidad pedagógica, con la consiguiente acreditación de magnetónos humanos y virtuosos del power-point.

     Con todo, el síntoma realmente significativo -tanto en las facultades de Humanidades como en las de Ciencias Sociales- es el progresivo desvanecimiento de la mente humanista, y su lenta pero implacable sustitución por la tecnócrata y supuestamente eficaz (aún está por ver) que buscaban reformas como el Plan Bolonia. Todo ello favorecido por un bachillerato más y más vaciado de contenido -esos ruborizantes coladeros de los exámenes de selectividad-, de tal manera que el escándalo de la supresión en la práctica de la filosofía, la literatura o la apreciación artística, que en un país europeo debiera suponer la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones, pasan desapercibidas. Qué más prueba que esa.

 

El inglés como síntoma de subdesarrollo

Jueves 05 Junio 2014. En Blog

p.S
 

Si algo ha demostrado el paso del tiempo en Europa en las últimas décadas ha sido la progresiva implantación del inglés en todas partes. Hace treinta, cuarenta años el francés era todavía la lengua pasaporte en la mitad del continente -incluida Flandes, donde hoy es casi imposible que alguien acepte hablarlo-, en tanto que, salvo en Escandinavia, el inglés sólo lo hablaba una pequeña parte de la población, y nada mayoritaria en Alemania, Holanda o Francia, al menos según mi experiencia. Hoy hablan en inglés hasta los franceses -de hecho el francés "moderno" está contaminado de numerosos anglicismos inútiles por puro esnobismo de moda: quién te ha oído y quién te oye-, y el único país que mantiene un considerable y perjudicial retraso en su aprendizaje, como es sabido, es España: este es uno de los poquísimos países del mundo, incluidos muchos en vías de desarrollo, en el que la clase política no habla inglés, salvo la familia Real, Jordi Pujol, Esperanza Aguirre y alguno más, y uno de los más pocos todavía en el que gente alfabetizada y hasta con estudios se da media vuelta si llega al cine y descubre que la película se proyecta en versión original y con subtítulos. Muchos no saben que tal comportamiento es conocido en muchos sitios y se cita como uno de los pintoresquismos del país, igual que los toros, la sangría y el vicio de la siesta que según muchos extranjeros nos tiene enganchados a todos.

     Pues bien: en estas circunstancias los sindicatos de la enseñanza han levantado la bandera de la denuncia y la revuelta para protestar por la iniciativa de la Comunidad de Madrid (para algo que hacían bien en Educación) de contratar a unos cuantos cientos de profesores nativos como apoyo en la enseñanza del inglés en los colegios que han comenzado la experiencia del bilingüismo. Los sindicatos, con esa portentosa lógica que les caracteriza cuando se ponen, consideran que si a los profesores españoles que dan inglés se les pide que sepan los dos idiomas -y habría que ver el nivel de inglés que les piden-, a los profesores foráneos también hay que pedirles el mismo conocimiento. O sea, que sepan español.

     Me he puesto a hacer memoria y no logro recordar haberle escuchado una sola palabra de español a ninguna de las tres excelentes profesoras de inglés que recuerdo de mis colegios (cinco horas de inglés a la semana). Una era clara y orgullosamente escocesa, Miss Hinkley, y de otra nunca supimos si era o no de origen inglés (el acento era inconfundible), pues se llamaba Mrs. Lecaroz pero Lecaroz era su marido y ella, de soltera, se podía haber llamado White o Lansbury. Y queda claro que pedir un conocimiento igual del español a los profesores nativos es lo mismo que impedirles dar clase, siendo así que son los urgentes y necesarios en un déficit español con muchas más consecuencias de lo que se suele creer. Nadie ha cuantificado por ejemplo las pérdidas de los jóvenes españoles que no pueden acceder a trabajos en la Comisión Europea porque siempre están en déficit de idiomas, comparados sobre todo con los nórdicos.

      La petición de los sindicatos me parece tan corporativista y, sí, cerril, que habla por sí sola y no creo que merezca mayor comentario. Lo que, pese a una larga experiencia, me sigue pareciendo asombroso es que esos portavoces del absurdo sigan teniendo este tipo de poder, y que la sociedad española, como siempre ensimismada detrás de los Pirineos, permita que sigan perjudicando a sus jóvenes en aras de no sé qué derechos corporativistas.

     Me recuerda la creación de estudios de literaturas comparadas en algunas facultades. Lo suyo era que se hubiesen contratado profesores originarios de esos países para enseñar Literatura Francesa, Inglesa, Alemana y demás. Pues no: esas asignaturas las enseñan, en su práctica totalidad, profesores españoles. Seguramente formidables especialistas de reputación internacional, aunque yo no apostaría a ciegas por su conocimiento incluso del idioma, como no sea cierta capacidad de lectura en la lengua respectiva. Lo cual me recuerda a su vez, no sé por qué, a un estudiante de doctorado en Filología Española que me dijo que él no leía a Borges porque este era Latinoamericano y por lo tanto no entraba en su especialidad. Sí, un estudiante de doctorado. Y es probable que futuro docente.

Perdemos lastre

Jueves 12 Diciembre 2013. En Blog

p.S
"...pero ya no el 6 X 6"

 Sí parecían más ligeras, las maletas, cuando al fin surgieron en la cinta de equipajes, pero no dije nada. Ni siquiera me detuve a mirar las caras de otros pasajeros: tanto ellos como yo salíamos con prisa en busca de un taxi, como se hace siempre en los aeropuertos, quién sabe a qué se debe esa impaciencia por llegar.

     -¿Ha ocurrido algo?, le pregunté al taxista cuando ya enfilábamos por la Avenida de América.

     - Algo como qué, me preguntó con la vaga desconfianza taxística habitual.

     Tenía razón, yo también desconfiaba: La fila de taxis en Barajas era tan larga como siempre pero no había policía, y una viejísima mafia de taxistas corruptos habían vuelto a sacar las navajas para pelearse por los pasajeros, a ser posible los asiáticos: son los que no se extrañan de pagar 100 euros por un trayecto.

   No le dije que desde el aire Madrid me había parecido más pequeña, o mejor, más leve, el tamaño de una ciudad es tan relativo...

   Pero lo confirmé esa misma noche, en la cama. Aunque yo no soy particularmente alto, los pies tendían a desbordar el edredón, como si yo fuese un Gulliver jugador de baloncesto. Antes, en el comedor, la cena me había parecido, más que escasa, mezquina, que es peor. Como si hubiesen echado agua a la sopa y sacado los congelados de la nevera en lugar de esforzar la imaginación al abrir la despensa.

    No podía saber que todo eso no eran más que anuncios, y a medio gas, para no asustarme. Cuando en los días siguientes ya había comprobado todos los restaurantes que habían cerrado por la crisis, y las librerías, y todos los libros que ya no se podían encontrar, y los cines con monotema y no digamos ya los teatros, un día me encontré con que una dependienta -muy bonita, por lo demás, aunque de una belleza un poco publicística- se hacía un lío con los cambios que me tenía que dar tras una compra.

    - Usted perdone, terminó por decirme, pero es que las matemáticas nunca fueron lo mío. Yo soy de letras.

    - Bueno, existen las calculadoras, los móviles...

    - Ya, me dijo; es que la dirección nos los tiene prohibidos porque hablábamos demasiado por WhatsApp.

     Podía comprenderlo mas esa no era razón para que nos venciese una sencilla operación aritmética.

     Y ese fue mi primer hallazgo serio: como fui comprendiendo poco a poco, la chica se sabía la mitad de sus matemáticas. No es que no se supiese las tablas de multiplicar del 7 y el 8 (yo mismo sigo teniendo dificultades con la del 8), no: lo que sucedía es que sólo se sabía la mitad de las tablas: hasta el 5 X 6, por ejemplo, pero ya no el 6 X 6. Hasta el 8 X 4..., y ya no el 8 X 6 (y mira que es fácil).

     Una cosa muy rara que se fue confirmando a continuación, y a toda velocidad. Como si una vez desvelado el secreto ya no tuviese sentido seguir manteniéndolo. Por ejemplo: No era cierto que la chica fuese de letras, era sólo un modo de hablar. ¿Cómo iba a ser de letras si -según me confirmó en una conversación- en el último año no había leído un solo libro, y el año anterior tan sólo uno de los volúmenes de 50 sombras de Grey?

    - ¿No te gustó?

    - Mucho. ¿Por qué piensa que no me gustó?

    - Como sólo leíste uno de los volúmenes...

    - Bueno, este año pienso leer otro.

    No le dije que ya estábamos en diciembre y que más valía que se diera prisa porque justo en ese momento, como si se hubiese despejado la niebla de diciembre que cubría la ciudad, comencé a ver que la ciudad sí había disminuido, como mi maleta. No es que hubiesen comenzado a menguar o desaparecer edificios, o arcos del triunfo, o bancos en los parques: nada de eso, y eso sería además demasiado fácil. Tampoco había perdido nada al abrir mis maletas. Tan sólo me pareció que los libros que llevaba habían perdido peso.

    Lo que quiero decir es que -no quedaba más remedio que verlo de frente- la gente había comenzado a perder lastre en la cabeza. Lastre es la palabra pues  parecían muy contentos con quitarse peso inútil y encontrar todo lo que necesitaban en la Red y en Wikipedia. Lo primero que habían comenzado a perder era la memoria pues quiero creer que esa chica alguna vez se supo la tabla del ocho -si no, no la habrían dejado pasar de curso, ¿no?-, y alguna vez escuchó quién fue Hernán Cortés, de lo que ahora no tenía ni la más remota. (Cortés fue uno que quemó sus barcos para no tener la tentación de regresar).

     Pero ya no se trataba de la memoria. Otra cosa que estaban perdiendo o habían perdido ya era la imaginación. La prueba es que nadie me preguntaba por qué había visto o qué había hecho en mi viaje, y eso que le había dado la vuelta al mundo. Parecían muy felices con los límites de la ciudad, que además -me pareció deducir de las conversaciones-, que además iba encogiendo.

      Lo que me confirmó que vivíamos un proceso de desaparición, y quién sabe si extinción, fue que ya muy pocos, y pronto nadie, comprendían ciertas ideas, palabras, abstracciones que eran habituales cuando yo era joven, y que no puedo traer aquí pues el corrector de mi teclado no me deja. Las escribe en rojo y cuando insisto se niega a dejarme avanzar. 

              

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

EN REDES SOCIALES

facebooktwitterrss

DIBUJOS

FACEBOOK


Ads on: Special HTML