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El calificador

Miércoles 04 Diciembre 2013. En Blog, Sastrería

p.S Cartelera
"...es el que escribe el tututú de la década sobre 
las películas de gran presupuesto..."

Sastrería

Usted debiera saber muy bien quién es pero no le conoce. Todos los días es su víctima, y ni lo imagina. Ha llegado al virtuosismo del crimen: cometerlo sin que nadie lo reconozca.

      Se trata de un entusiasta. El que escribe "magnífica", "inolvidable", "el tututú de la década" (trompetas en la lejanía) en las críticas de películas de gran presupuesto que han sido diseñadas por ordenador para romper las taquillas, ganar óscares, colonizar el mundo. Es el que descubre como mínimo una "obra maestra" en el magullado panorama literario -y más rápido cuanto más golpeado-, y le adjudica lo de "genial" a cualquier escritor que gane un premio pactado, y en cualquier caso a los ganadores del premio Nobel. Condición que en su caso es de cita obligada como segundo apellido: Fulano de tal, premio-Nobel-de-Literatura, entre otras cosas porque ese apellido, como el de los príncipes, antes, ennoblece incluso a quien lo pronuncia.

     Como un atleta, come sano y se entrena todas las mañanas leyendo mala poesía y canciones optimistas. Lee también autoayuda, los libros obligatorios de la temporada (una vez tuve un jefecillo que no se creyó nunca que yo no hubiese leído la novela del jefazo), y a Maquiavelo. Puede ser un mandarín cultural o uno de los millones de ciudadano-eco, que se pueden encontrar en cualquier parte. 

    Es el que decide cuáles son los cuarenta principales, y luego, con la complicidad de un ejército de pinchadiscos infiltrados, sordos y crueles, programa ese sucedáneo de música durante horas y horas y en cientos de FMs para arruinar para muchos años el gusto de los jóvenes. Pues el mal gusto de la gente es rentable: abarata prodigiosamente los costos de producción de la música. Y si no lo cree, haga una prueba muy sencilla: ¿Puede alguien tener la capacidad tan siquiera de diferenciar  un clarinete de un saxofón después de haber escuchado durante toda una adolescencia Los cuarenta principales? Es más barato programar música con mesa de mezclas y sin clarinetes y saxofones.

     La gran pregunta es si se trata de un personaje ingenuo o corrupto. Esos artistas que cargan con una mochila de adjetivos y lugares comunes más grande que ellos, como el Papa Noel, ¿de verdad piensan lo que dicen, o simplemente mienten a cambio de un sueldo, casi sueldo mínimo la mayor parte de las veces?

      Vamos a ponernos en que mienten y lo saben (aunque puede que no lo sepan: la capacidad de autoengaño de la vanidad es infinita): ¿Cómo pueden aguantarlo? ¿No les espera así una vejez atiborrada de Prozac para poderlo resistir? ¿Existe un remordimiento del mal gusto o el mal gusto termina por adormecer la conciencia, volver a la gente estúpida? Aquí es donde nadie debe repetir lo de "sobre gustos no hay nada escrito" (cuesta hasta escribirlo). Claro que lo hay, escrito, y mucho. Pero hay que haberlo leído, y los tiempos son alérgicos a la lectura.

     Sospecho que nada lo compensa, ni siquiera el dinero. Imagino que lo que lo compensa es ir creyendo que eso que uno dice es cierto, y que de verdad incide en la realidad y la va modificando. Que esos adjetivos y lugares comunes sí acarrean público a las salas de cine o hacen que más gente descargue canciones, películas, y ahora también libros, e influyen para más en el público de la música de lata y ascensor. Que son ellos los que establecen las jerarquías, al menos en algunos titulares, en los anuncios de las películas y en las contracubiertas de los libros; una minúscula inmortalidad, cierto, pero algo es algo.

     Un viejo espejismo: que es el adjetivo y no el sustantivo el que construye la verdad.

 

Autorreferencia y Yo

Martes 22 Octubre 2013. Blog, Sastrería

Autorreferencia y Yo
p.S
"...como si sólo existiese lo que de algún modo se relaciona con nosotros".

Sastrería

Una de las imágenes de nuestro tiempo es la de un joven (o no tan joven) inclinado sobre  un móvil que en realidad es su ombligo. Puede que el aparato le conecte con el mundo pero, casi siempre, ese mundo es una suerte de espejo. Los demás existen, cierto, siempre y cuando le envíen mensajes o fotos, a condición de que le respondan o por lo menos se refieran a él con su nombre, o a su grupo, a su tribu, a su género, a su patria, a su serie de televisión o a su banda preferida. (En cierta ocasión una editora para jóvenes me dijo que difícilmente podía prosperar entre lectores madrileños un héroe que fuese seguidor del Barça... y al revés).

      La autorreferencia es una de las tendencias de nuestro tiempo, como si la curiosidad estuviese enferma -la curiosidad por lo de verdad distinto y lejano- y sólo existiese lo que de alguna forma se relaciona con nosotros. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que el valor de las historias tenía relación directa con su lejanía -Verne, Kipling, London...-, o la arriesgada experimentación en que se embarcasen para contarlas. Faulkner llegó a decir que, puesto que toda obra de arte está destinada al fracaso, lo que hay que juzgar es la ambición con que fue creada. Buena parte de esa ambición residía en la forma, que muy a menudo tenía un costo en difusión: Ulysses en un extremo y Proust desmesurado, en el otro.

       Cualquiera diría que hoy se trata de lo contrario. Las series de televisión, ya hablen de policías, maestros, periodistas, vecinos o reyes legendarios, muestran a gente lo más parecida a nosotros que sea posible. Incluso los super héroes serán juzgados no tanto por sus prodigios sino por su parecido con los vecinos de la escalera, sus disfraces capaces de convencernos de que estamos muy cerca de ser super héroes. En literatura, o si se prefiere, en comunicación, triunfan los géneros del Yo:  en periodismo las columnas de opinión arrollan a la información pura, al igual que las redes sociales, y en particular los blogs, que en lo fundamental tratan de mí

     Y en literatura gana por goleada la primera persona del singular -y también el nosotros-, y la llamada autoficción, de la que no hemos visto sino el prólogo.  Es decir, ya que no podemos seducir con nuestras historias de héroes lejanos, traigamos las lejanas historias de caballeros andantes y misterios hasta nuestro barrio. En la aldea, con la condición de que sea la nuestra, los héroes serán más probables, más verosímiles. 


  • Pedro Sorela

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