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Artículos etiquetados con: dibujo

El dogma de la pureza del autobús 27

Jueves 06 Febrero 2014. En Blog

p.S
"...no está previsto que los autobuses de la línea 27 den eses..."

Aunque luego vimos que había indicios y evidencias por todas partes, no nos quisimos dar cuenta del fraude -y qué remedio-, cuando un autobús de la línea 27, que baja por la Castellana, comenzó a hacer eses y terminó anillando uno de los grandes castaños del paseo del Prado. Dos muertos y treinta y pico heridos. Bueno, ¿y cuál es la novedad? Es lamentable pero con autobuses estrellándose están escritos los periódicos. La novedad es que no estaba previsto que los autobuses de la línea 27 den eses, y menos con las ruedas intactas. Los 27 están conformados para andar solo en línea recta, subiendo y bajando la Castellana hasta el final de los tiempos. Su volante está bloqueado y solo sirve para apoyarse, en largas jornadas de monotonía e impaciencia, cuando el carril bus está atascado. Y, para evitar frustraciones y tentaciones, el conductor ha recibido un adiestramiento para solo frenar y acelerar, y ni siquiera sabría coger una curva leve.

     Al principio se pretendió pasar por encima, como con los demás accidentes, y reducirlo a estadística: "Tantas personas han muerto este fin de semana en las carreteras, lo que, siendo muchas, son tantas menos (o más) que..." etcétera: el truco periodístico habitual para no tener que pensar en ello y que la visión de los cuerpos no nos estropee el telediario mientras comemos. Pero esta vez uno de los heridos, que se había quedado sordo al clavarse en el tímpano una aguja de tejer de la señora que iba en el asiento de enfrente, decidió hacer del accidente una Causa y demandó a la compañía: "El conductor -dijo- dio una curva. No solo una, dio muchas".

    La investigación no pudo demostrar este extremo pero -con la complicidad de La mañana de Madrid, un diario valiente que tituló: "Hacía eslalom por la Castellana"-, sí que el conductor sabía dar curvas. Y que el autobús también. Era falso que hubiese sido creado, al igual que toda la línea 27, para subir y bajar en línea recta.

     Hacía tiempo que no trascendía un fraude de ese calibre y, poco a poco, por exigencias de su público, a la prensa no le quedó más remedio que dejar de cubrir ruedas de prensa sin preguntas y continuar con las revelaciones. Así se supo que hacía por lo menos medio siglo que los castaños del paseo del Prado carecían de licencia para estar ahí, y menos para seguir creciendo. Y un reportero que se subió a uno de ellos para escribir un reportaje sobre "el techo de Madrid" hizo la revelación: desde allí se veía una suerte de obscenidad gigantesca que sobresalía por encima de la Puerta de Alcalá, violando cualquier sentido estético urbanístico mientras jorobaba las armonías de El Retiro. Y al parecer nadie la había visto: las pomposamente llamadas Torres de Valencia. Un escándalo enorme... si bien transparente.

     Lo que a su vez condujo al inquietante descubrimiento de que muchos edificios de Madrid habían sido diseñados por arquitectos, sí, pero al dictado de constructores con un colmillo de oro, cuando no de diamante, y muchos amigos en el ayuntamiento. Lo que no habría tenido tan grave importancia de no ser porque, hechas las investigaciones -todo esto iba tomando tiempo y periódicos, no crean-, trascendía que esos constructores y ayuntamientos no sabían dibujar. No sabían leer. No conocían la historia, y ni siquiera habían oído del Partenón de Atenas y la proporción áurea. No sabían nada. ¿Cómo era pues posible que les encargasen así fuese la caseta de un perro? Ni siquiera, porque los perros tienen algo que los humanos no, y salvo casos, en general son insensibles a prepotentes horteradas como las Torres de Valencia.

    Al galope ya de la verdad, cuya búsqueda y construcción crea vicio, los periodistas atacaron por ahí y, tras unos cuantos hallazgos irrelevantes, descubrieron que los constructores y ayuntamientos no eran excepción y ya casi nadie sabía qué es la proporción áurea. No ya los constructores sino nadie. Tampoco los arquitectos sabían del Partenón ni de Atenas, salvo las manifestaciones que contaba el telediario, ni de historia, ni dibujar, ni leer, como no fuesen los millones de mensajitos urgentes de los móviles, que tenían el poder prodigioso de estupefactar a la gente ante ellos como gallinas ante una línea recta.

     Lo que explica que nadie relevante leyese las revelaciones de los periódicos y todo el mundo siguiese creyendo en el dogma de la pureza  primigenia de los autobuses de la línea 27, que no conocían la curva, y así los siguiesen tomando con toda tranquilidad. Como tantas otras cosas incomprensibles. 

Isabel y las lecturas

Jueves 02 Enero 2014. En Blog

p.S

Desde hace un tiempo Isabel sufre en el metro un ruidito que le impide concentrarse en su libro como antes. Y es que ya no puede averiguar de una ojeada lo que leen sus compañeros de viaje pues cada vez con más frecuencia llevan pantallas y eso le impide centrarse en su lectura. Le ocurre a mucha gente -gente cotilla, podríamos decir, o por lo menos curiosa: que no se quedan contentos hasta averiguar lo que leen los demás (y a veces fruncir el ceño, preocupados por la decadencia de Occidente)-, pero en su caso es comprensible. Isabel es librera. Y además en una de las pocas librerías de Madrid que de verdad se merecen todavía el nombre, o sea que se podría decir que Isabel es una superviviente. Una suerte de testigo de un mundo que podría llegar a desaparecer: ¿existe una vivencia más literaria que esa? Muy pocas.

      Es cierto que Isabel siempre ha tenido más y más dificultades para concentrarse en el metro, cuando va y vuelve de su trabajo, casi media hora por trayecto: No siempre se puede sentar -aunque recuerda que cuando chica llegó a leer Rey Lear, ¡y a comprenderlo!, colgada de una barra y con el libro a centímetros de su nariz-, y en el metro hay cada vez más marcianos conectados por los oídos a una central de donde les envían consignas en un tam-tam muy elemental: "Bumba, bumba, bumba..." Nada que objetar, al menos por parte de Isabel, que es pacífica y tolerante. Pero es que algo falla en las terminales de los marcianos, o quizá es que las consignas son demasiado elementales y se salen de los cacharritos y las orejas, y al final todo el vagón está escuchando un lenguaje que no comprenden. Y que impide escuchar a los verdaderos músicos -no todos malos- que cada vez en mayor número se van refugiando en el metro en estos tiempos hostiles.

     No se trata sólo de curiosidad o cotilleo: A fin de cuentas, cuando la gente leía libros, libros de papel y con tapas de colores, el resultado de la curiosidad no era siempre optimista: muchos de los libros que Isabel reconocía con ojo de experta ni siquiera se vendían en su librería porque no daban la talla. El problema ya no es si los libros son los que ella eligiría o no -ella es de los libreros capaces de decirles a un cliente: "No lea basura, lea en cambio este", lo que no siempre ha sido comprendido-, sino el enigma de si eso que lee la gente en sus pantallitas de bolsillo es lectura de verdad. ¿Leen libros, leen literatura... o leen bobaditas, esos mensajitos cortos e in-signi-ficantes en los que la gente vive ahora como si por cada mil mensajitos les dieran una chocolatina? Eso la tortura.

     Así que, no sin meses de vacilaciones, como la gente cuando tiene que elegir entre un móvil u otro, un novio entre millones, un supermercado entre varios gigantescos, Isabel se compra una tableta que al principio no confiesa, esconde de sus compañeros y, cuando finalmente un colega la pilla en el metro, justifica con aquello de:

      - Bueno, es el instrumento de estos tiempos y tenemos que saber lo que ve la gente.

     Ahí está, que al principio lo que ve la gente es lo mismo que veía antes, sólo que más rápido. Antes en los periódicos se leía alguna crónica, ahora no merece la pena pues algo parece igualarlas a todas; antes te acababas Moby Dick, tras cierto tiempo pero te lo acababas; ahora el tiempo se le va en cuál versión bajarse, bajarse cuatro y pasarse tres trayectos decidiéndose por una de ellas y comparando traducciones y brillo de la pantalla... antes de lanzarse a por El viejo y el mar, que alguien ha citado en Twitter a propósito de no sé qué. Luego Isabel va descubriendo aplicaciones y poco a poco las aplicaciones, que son como una gigantesca ferretería en Disneylandia, o eso parece, van sustituyendo la lectura. De modo que hace tiempo que Isabel no lee, solo busca nuevas aplicaciones y lee cositas, cuando un día, quién sabe por qué, en la línea 2, llegando a Goya y terminando de leerlo ahí mismo en el andén, descubre que en algún sitio de ese océano sin bordes de la red alguien ha escrito un texto abierto pero con el único objeto, se ve, de que ella lo lea. Así lo hace, con progresiva sorpresa y mientras se le eriza la piel pues entre 7.000 millones de personas conectadas a la red sólo ella puede entender completo ese mensaje escrito muy poco antes en vete a saber qué lugar del mundo: quien se lo envía es un viajero.

     Y tiene que reconocer que antes eso no habría sido posible, y que el cartero con esa misiva habría tardado por lo menos un día en llegar a su casa.

    

  • Pedro Sorela

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