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Artículos etiquetados con: Viaje

Si escribes, se mueve

Miércoles 05 Noviembre 2014. En Blog, Sastrería

M.A. Herrera
...advierto a mis alumnos entusiastas: "No se puede".

Sastrería

De vez en cuando propongo en clase el ejercicio masoquista de intentar escribir un texto inmóvil. Y ni siquiera es una trampa o una broma de las que les gustan a algunos profesores porque advierto a mis alumnos entusiastas: "No se puede".

     Es algo, por otra parte, hipnotizante. Uno intenta fijar párrafos que se queden quietos, y no puede; frases, y tampoco, y ni siquiera es posible con simples aes y eles. Sólo es posible comprobar que aquietar un texto es como conservar agua entre las manos o convencer a los renacuajos de una charca que se queden quietos para una foto.

     La demostración es fácil pero averiguar las causas es largo, complejo, profundo. Uno podría creer que paralizar un texto no debería tener mayor complicación que quitarle los motores: la intriga por ejemplo, o el personaje, como pretendieron los profetas del Nouveau Roman, pero luego descubre que ni por esas. Sin los motores convencionales el texto sigue moviéndose. La más severa descripción de una estatua de piedra es un texto -si se lee sin prejuicios y atendiendo a los ruidos del subsuelo- lleno de movimiento.

     Podríamos alargar este escrito hasta convertirlo en la ponencia de un congreso de textósofos. Adelantemos que la escritura es movimiento por definición. Es más, si no hay movimiento no hay escritura. Aunque sólo sea porque va de izquierda a derecha, al revés o en vertical, y porque todo verbo y casi que todo nombre lleva incorporada un alma y esta, por definición, se mueve. (Si no se mueve no es alma). Y porque la principal misión de la escritura es la del transporte: ir de un sitio a otro y llevar al lector con él, y desde luego al escritor. (Y aquí una opinión conseguida con sangre en uno de mis libros: si no nos lleva de un sitio a otro es una mala escritura). O sea que en definitiva la escritura es una especie de viaje.

      Lo cual no dejo de recordar en estos tiempos en que la escritura me parece en particular lenta, y no tanto quieta (lo cual es imposible) como estancada y en remolino, dando vueltas sobre sí misma. Y no, no es sólo el resultado de que, con la crisis, dicen, se vendan cuatro libros menos de cada diez. Es más bien como si la crisis hubiese hecho aflorar una parálisis progresiva gestada desde hace tiempo, y que pese a todo seguimos negándonos o no nos atrevemos a ver.

Modesta cruzada (Viaje a Jerusalén)

Jueves 29 Mayo 2014. En Cuentos, Blog, Viaje

Entrada al Cenáculo. Jerusalén.

[...] Así entré en la ciudad casi sagrada, en la que por otra parte tenía la impresión de haber estado ya, o haberla soñado. Muchos soldados patrullaban por todas partes, aunque pronto los fusiles se fueron transformando en grandes piruletas de caramelo gracias al aspecto imberbe de los soldados y sobre todo las soldadas. Pese a sus pechos altos y firmes, las chicas no podían disimular pieles suaves y cuerpos poco guerreros. Si costaba imaginarlas disparando, era fácil en cambio imaginarlas como frutas, con ropa interior leve y delicada bajo la piel de los ásperos uniformes verdes... Esas ensoñaciones desaparecían de golpe cuando, si no llevaban gafas de sol, uno les veía los ojos. Había algo ahí que no es fácil encontrar, como no sea en soldados que ya han participado en… también se ve en hospitales… o entre supervivientes… Tiene que ver con el dolor y a veces la muerte.

    Y sin embargo eso tenía menos que ver con su condición de soldados y más con la ciudad, un poco al modo de mantequilla avanzando sobre una tostada. Porque los mismos ojos se les veían también a muchos ciudadanos: una especie de cuenta pendiente, de enfado difuso que se quedaba como sorprendido cuando, a dos de ellos, les pregunté la dirección del Cenáculo, el lugar de la Última Cena de Jesucristo y los Apóstoles. Era el único Santo Lugar, había leído, sobre el que no se había edificado un templo, o un mercado, o ambos, como en el Huerto de Jetsemaní, la Vía Dolorosa y el Gólgota. Simón tampoco sabía la dirección. Con el cuento de que no podía hablar, me miraba divertido, como un viejo colono que ve a su primo recién desembarcado arreglárselas con nativos. Simón sonreía, pero no podía disimular sus ojos. De vez en cuando me señalaba algún edificio, alguna cornisa, alguna vista. Eran sobre todo, y así los comprendí, los gestos amistosos de un mudo.

    Con el malhumor suspendido por la sorpresa, los dos primeros jerusalenitas me contestaron en un inglés correcto al que sin embargo se le salía, como una camisa mal metida en un pantalón, una especie de impotencia. Era -y eso se les veía más en los ojos que en la voz- como si no supiesen cómo se decía Grecia, ni Revolución Francesa, ni bombilla, ni minifalda. Pese a su inglés de recepcionista de hotel, por una intuición, digamos, auditiva, uno sospechaba que para decir minifalda, incluso para conjugar el verbo, tiraban una piedra.

     El tercero no tiró una piedra, pero porque no la tenía. Inconsciente como sólo puede serlo un turista, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle al primer transeúnte que pasó a mi lado dónde encontrar el lugar de la Última Cena, sin fijarme apenas -no parecía importante- que iba de luto y tenía la misma mirada de muchos habitantes de la ciudad, pero más acentuada. Algo en sus ojos se encendió para preguntarse si había oído bien, y debió de confirmarlo porque a continuación descargó sobre mí una frase sin comas cuyos detalles no entendí pero sí el sentido general; cuánto más que la frase, sin descansos, iba creciendo en volumen e intensidad, punteada y subrayada con una mano y luego un puño. Sólo entonces comprendí que era un judío ortodoxo, esos hombres vestidos de negro que llevan rizos delante de las orejas y van cubiertos con sombreros de hombres de negocios de los años cuarenta.

    El punto final se hacía esperar tanto que decidí no esperarlo y seguir mi camino: El lugar de la Última Cena resultó estar a la vuelta de la esquina -una habitación en una casa de piedra  humilde como toda la Jerusalén histórica-, y si no le habían montado una iglesia alrededor era porque en la parte delantera de la casa había nacido, se cree, el rey David. Dentro del abigarramiento general de esa ciudad en capas, el edificio convivía, como miembros de un mismo cuerpo, junto a un asilo, una especie de colegio minúsculo y un patio con tres tumbas. Inclinados sobre un muro para verlas mejor, una vez visitada la sala desnuda en donde nada recordaba a Jesucristo y los Apóstoles, pudimos ver que no eran unas tumbas cualquiera. Las tres estaban ennoblecidas por el moho de los siglos como tumbas inglesas, historiadas… y, según fuimos comprendiendo a medida que afinábamos nuestra vista, alguien las había profanado: les habían estrellado encima botellas de vino y whisky, la peor afrenta que se le puede hacer a un alma musulmana, judía y supongo que también cristiana.

    Durante un tiempo me quedé estupefacto, mientras hacía lo posible por respirar y entender. Luego, como le había sucedido al hombre de antes, la voz me fue creciendo de furia mientras le preguntaba a Simón que cómo pretendían vivir en paz si a la gente se le permitía escupir sobre los muertos. Simón ni se esforzaba en contestarme, y en esta ocasión su silencio no parecía tener que ver con su mudez. Miraba las tumbas como si estuviese viéndoles el más allá. No parecía sorprendido.

    La réplica me vino del judío ortodoxo. De pronto, como impulsado desde su escondite por el resorte de una caja sorpresa, salió manoteando como una polichinela a soltarme su discurso sin puntos que quizá fuese el mismo anterior, rumiado mientras permanecía escondido para regurgitarlo ahora. Tampoco él parecía esperar respuesta.

    En lo que se anunciaba como un intercambio de monólogos, la respuesta volvió a llegar por un lado imprevisto. De bajo la venda de Simón, salió uno de sus espeluznantes lamentos, esta vez ventrílocuo, con una serie de chasquidos que yo jamás había escuchado. El enfadado Polichinela sí porque sin cohibirse le lanzó otra frase sin comas, grandísima y con el punto final tan retrasado que se perdían las esperanzas de que llegara nunca. Así lo comprendió Simón que, sin esperarlo, salió al encuentro de la frase con otro de sus gemidos. Su voz se rompía de forma angustiosa por segundos a la vez que se apagaba, y además, me pareció, le dolía. Me disponía a insultar directamente al ortodoxo -a lo mejor así se callaba Simón-, cuando de alguna parte surgió otro contertulio. Esta vez era un hombre joven, moreno, con los dientes muy blancos y la cara agradable. Pero se le veía alarmado.

    - Váyanse-, nos dijo con urgencia en inglés. "Váyanse, váyanse. Esto es peligroso. Váyanse." -El joven casi nos empujaba-. "Ustedes no saben dónde se meten. Esto puede terminar muy mal. No hay forma de hablar con ellos. Váyanse."

    De modo que nos fuimos. Aunque tardé en recuperar el pulso - así como me enfado en un segundo, se me pasa en medio-, pero como suele ocurrir, tras vaciarme, el episodio me había rellenado con una angustiada melancolía. [...]

    (Fragmento de "Antes del desierto", en Cuentos invisibles, Alfaguara, 2003)

 

Los dioses tenían jardín hasta anteayer

Miércoles 14 Mayo 2014. En Blog, Lecturas

Gerald y Lampadusa, la lechuza que le regaló la condesa.

Lecturas

El jardín de los dioses. Gerald Durrell. Alianza Editorial.

Hace días que vengo leyendo en todo tipo de antesalas y medios de transporte Bichos y demás parientes, segundo volumen de la célebre trilogía de Gerald Durrell, con la cabeza dividida entre el gran, el enorme placer que me produce el texto y el consiguiente secuestro de mi atención, y una insaltable pregunta de escritor: ¿por qué? Pues los valores literarios de este Durrell son más bien sencillos y, una vez despellejados y deshuesados como él mismo haría con los cadáveres de los animalillos e insectos que pueblan sus libros, sin ningún secreto intimidante.

     Como tal vez no todo el mundo sepa, Gerald Durrell es el hermano pequeño de la misma familia inglesa de Lawrence, autor del imborrable Cuarteto de Alejandría (Edhasa) que a mí me partió en dos -antes y después- un verano de ásperas prácticas de periodismo, en Bilbao, hace ya años, y al igual que a unos cuantos amigos, se me convirtió en libro tótem, de los que uno no se atreve a revisar, no vaya a ser que lo hayan cambiado. En la trilogía de Gerald se cuenta que la familia Durrell (el padre había muerto en la India, donde nació Gerald), con un pasar económico más que aceptable, decide huir de la lluvia británica al sol de Corfú, isla griega en la que se instala en 1935, el tiempo feliz en que los colegios no son indispensables y cabe la formación en casa, y los turistas del Mediterráneo no son más que ciencia ficción futurista.

    Yo ya había leído con el mismo gusto Mi familia y otros animales, libro que he regalado media docena de veces a personas melancólicas o en cama con gripe, sin saber que le seguían este y un tercero que todavía no conozco. Y que leo preguntándome por qué tiene la capacidad de abstraerme en el metro hasta no escuchar el rap que se escapa de los cascos de mis vecinos, y las salas de espera se vuelven incluso extravagantes objetos de deseo a causa del par de páginas que me van a permitir leer. Es, como se ve, mi libro de transporte y esperas, y rara vez he hecho una elección más eficaz para neutralizar el tedio de ambos.

     Y no he terminado de averiguarlo del todo pero algunas cosas sí he ido descubriendo. Puede que no sea muy literario pero el valor más evidente de esos libros es, simplemente, no sólo la alegría de vivir sino el entusiasmo y curiosidad que desprenden por el mundo de alrededor. Los libros están contados desde la perspectiva de un chico que por entonces debe de andar por los doce o trece años, y que además -¡qué tiempos!-, es un naturalista no sólo curioso sino ya bastante experto. (Y que se volverá uno de los más conocidos de su tiempo, fundador de un parque natural legendario).

    A mí, si he de ser sincero, no me interesa particularmente la vida secreta de las mígalas o de los gobios, arañas y pececillos que entre otros muchos bichitos y animales conforman la muy rica naturaleza de Corfú, pero el talento de Gerald Durrell para recrearlos y hacer de su vida existencias enigmáticas e indispensables es tal que uno termina deseando bajarse del metro para meterse en un tren de cercanías armado de una red de mariposas.

       El siguiente valor podría ser el de una artesanía narrativa que no se arredra ante la complejidad de lo que tiene que contar y, con un enorme sentido del ritmo pero también sensibilidad para la belleza de la vida natural, enfrenta la descripción de esta sin temer ni por un instante resultar aburrido con las costumbres sociales de los gusanos nemertino. Y eso se nota. El resultado de esa generosidad, expuesta con talento narrativo, sin duda, es que no lo resulta en ningún momento.

       Urge precisar que la lectura de los libros de Durrell avanzan a golpe de carcajadas -uno de los más eficaces motores de un libro- para amarillenta envidia de los otros pasajeros del metro. Y no porque ridiculice o haga bromas a costa de los animales, que no lo hace jamás, y si se ríe con ellos lo hace con gran ternura. Por el contrario, Durrell comprende a los animales como si hubiese sido el secretario de Noé cuando se decidía quién era insustituible en el Arca. (De hecho dos libros suyos aluden a ella). Sus risas reposan en la familia: los "... otros animales", los "demás parientes". Gracias a esta alegre confusión entre animales, hermanos y otros personajes de la isla, a cual más pintoresco, sabemos que son las exóticas costumbres de los Durrell -perfilándose poco a poco como los animales con más personalidad del zoo- las que, comparadas con las de los pulpos o las tijeretas, resultan más extravagantes. El todo funciona en buena parte como un teatro.

     No es extraño pues que, en ese Edén europeo que se iba a perder con la guerra (los Durrell se marchan de Grecia en 1939), el tercer volumen de la trilogía se llame El jardín de los dioses. En ese mundo en el que los animales y hasta las mariposas parecen dialogar de tú a tú con los humanos gracias a Gerald, un diosecillo erudito y con sentido del humor, eso es justo lo que era.

  • Pedro Sorela

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