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Artículos etiquetados con: Urbanismo

Búsquese su propio banco

Miércoles 10 Julio 2013. Blog

Búsquese su propio banco
p.S
Escocia, 2012

Cuando regresé a España, en el verano de 1970, la prueba más convincente de que había vuelto al lugar que recordaba es que, al menos en el centro de Madrid, había más gente a medianoche que a mediodía y los atascos de las calles y restaurantes eran mayores a la hora en que el resto del mundo dormía. Y eso no era nada: según cuenta Corpus Barga, a principios de siglo casi se arma un motín de Esquilache cuando los bares decidieron cerrar una hora, sobre las cinco o seis de la mañana, para limpiar. Hoy, basta salir por la noche entre semana para preguntarse qué ha ocurrido y por qué las calles españolas se parecen en soledad y hasta en silencio a las de Suiza o Bélgica.

     Bueno, lo que ha ocurrido lo sabemos todos. Aunque en mi opinión en realidad creemos saberlo pues no está del todo claro que este desierto se deba a la Nueva Pobreza y demás. Con el pretexto de la crisis (sólo escribir la palabra ya da cosa, por manida), creo que nos han metido una idea que viene a ser un gol. ¿Por qué dormir por la noche en Sevilla, en Córdoba o en Madrid sería mejor que dormir de día, cuando hace un calor que espanta? ¿Por qué dormir la siesta, y a ser posible de dos horas, habría de ser más propio de un pueblo de vagos que dormir por la noche?

     Que el mundo esté lleno o vacío es algo muy sugerente. En cierta ocasión me bajé de un coche, en Colombia, para dar un paseo por uno de los lugares más bellos de la tierra, un desierto rojo situado en una cumbre de los Andes cuyo nombre no escribo para no dar ideas, y al que regreso siempre que puedo. Iba acompañado de una psicóloga joven y agradable, que sin embargo a los cinco minutos me pidió regresar  al coche pues no podía soportar semejante silencio. Comprendí con gran compasión que la pobre chica había sido criada en una de esas familias donde el primero que se levanta enciende la televisión, y la apaga el último en irse a dormir, con el resultado -una pandemia en el mundo- de criar a gente incapaz de apreciar los desiertos, la soledad y mucho menos el silencio, en el supuesto de que sea silencio lo que ocupa los desiertos, que no lo es. Es un silencio doblemente estruendoso porque está poblado de matices.

    Yo jamás he pisado un estadio para ver un partido de fútbol, en primer lugar porque no me gusta el fútbol, o mejor no me inspira la menor curiosidad, pese a mis esfuerzos y a los estímulos de numerosos teóricos que hacen de él una cifra del mundo, pero también porque me da miedo. Lo entendí un poco al leer Masa y poder, de Elías Canetti, donde se explican las fuerzas de adjetivo impronunciable que se desencadenan en la circularidad de un estadio, y que tan bien quedan representadas por el juego de La Ola, intimidante metáfora de la que no parece posible escapar. Y en consecuencia admiro a los ingleses, y otra gente rara como ellos, no sólo porque prohiben las radios en sus parques -una sutil prueba de civilización que tan exótica parecería en los parques del sur, colonizados por músicos con altavoz-, sino por lo que le ocurrió a una amiga mía, que, distraída, se le ocurrió sentarse en un banco de Londres donde ya se sentaba un señor. "¿Este parque está lleno de bancos vacíos y usted viene a sentarse en el mío?", le dijo enfadado el señor. "¡Búsquese su propio banco!".

     El juego de las presencias y ausencias es bastante más sutil de lo que parece. Estos días circula una foto tomada en la calle Estafeta de Pamplona, durante un domingo de encierro, en la que se ve no sólo la calle abarrotada y los toros perdidos en la multitud, sino también los balcones llenos con gente uniformada de blanco y rojo. (¿Quién nos iba a decir que los sanfermines iban a ser el pretexto para un nuevo uniforme? El blanco y rojo era sólo una posibilidad, no una obligación, cuando yo vivía allí). Esa foto es para muchos la imagen misma de la fiesta. A mí, que considero esas calles también un poco mías pues viví allí seis años, me parece uno de los infiernos que, junto con Benidorm, Ibiza, y demás supuestos paraísos, va desgranando el verano español.

      Y sin embargo hay algo anómalo en las calles vacías de Madrid por la noche, y no digamos ya las de Barcelona que se mantienen fuera de las hordas que se bajan de los cruceros, otra pequeña maldición flotante. Quizá sea la falta de naturalidad: demasiada gente, o demasiado poca. Tanto en el silencio de las calles de Madrid o Barcelona, como en el abarrotamiento de las calles de Pamplona o de las playas del Mediterráneo, hay algo en lo que se reconoce a distancia el lado tóxico de estos tiempos.

El otro lado de ver más

Miércoles 24 Abril 2013. Blog

El otro lado de ver más
p.S (en Ipad)
"... al cabo de no mucho se veía
que la gente iba envuelta en un aura..."

Salí de mi óptica hace unos días pensando que me tomaría algún tiempo adaptarme a mis nuevas gafas, pero ahora comienzo a sospechar que no es exactamente eso; que algo ocurrió mientras yo estaba dentro, leyendo hileras de letras en una pared:

Z

P    Q

Z O P T N

O P N R Q

B C X J K

 

      

     Algo, algún mensaje debían de estar enviándome esos grupos de letras conformando palabras sin aparente sentido, o al menos el vocabulario de un idioma impronunciable que pretendía advertirme, informarme. Porque desde que estoy fuera de la óptica, con mis gafas nuevas, el mundo me parece distinto. Sin ir más lejos, por ejemplo, al principio me parecía que la gente hablaba más fuerte, hasta que comprendí que ese es un claro síntoma de ver más, ver mejor. La gente habla más fuerte... y también huele con intensidad. He descubierto que ver más lejos y más nítido hace que los olores lleguen hasta nosotros con menos obstáculos. Al principio parece una ventaja, luego uno se da cuenta de que la mayor parte de las veces no lo es.

    Y esa es la incógnita: ¿Es mejor el mundo ahora que antes? Al principio me impresionó tanto el nuevo mundo que regresé a la óptica y pedí que me devolviesen las antiguas gafas. Pero una vez puestas, esas mismas gafas que llevaba hasta unas horas antes sin mayor problema me parecieron como mínimo rayadas y oscuras cuando no antiguas y pasadas de moda. Me hacían más viejo y ajado y me situaban, en plena primavera, en el centro de un mundo contaminado por una permanente lluvia como de pequeñísimas motas de ceniza. Así las cosas, no me quedó más remedio que asumir mi nuevo destino y atreverme a enfrentar con valor el mundo al otro lado de mis nuevas gafas.

     Que me mostraron una ciudad desconocida. Limpia de cenizas, de acuerdo, y con más luz, pero más angulosa, con edificios más altos y no sé si más feos, y taxistas propensos a opiniones todavía más tajantes, de esas que suelen ir acompañadas de fichas de dominó puestas con violencia sobre mesas de mármol.

    Pronto descubrí que, si uno resistía e, impulsado por las luces intensas, no cambiaba a las gafas de sol, al cabo de no mucho se veía que la gente iba envuelta como en un aura. Recordaban a los santos de los libros de Historia Sagrada en el colegio, pero con un aura que no abarcaba sólo la cabeza sino el cuerpo todo: un poco como gente irradiada tras una explosión nuclear. Y con la peculiaridad de que el aura no silueteaba el cuerpo sino que lo hacía de una forma irregular: al tiempo que mostraba los cuerpos auténticos, y subrayaba qué poco se parecen a los cuerpos ideales de los anuncios, el aura iba sacando jorobas, o narices extraordinarias, o una pierna más, mucho más larga de lo normal. O sea que sobre una población de gente normal, sea eso lo que sea, mis gafas coreógrafas hacían bailar a otra población de clones, de gemelos un tanto deformes, desproporcionados, expresionistas.

     Pero es que además, adentro, dentro de los edificios, en los trabajos, los bancos, las oficinas, esos seres con aura iban acompañados de sonido. Si uno se acercaba lo bastante podía oír voces que salían de dentro de ellos; igual que esos jóvenes enganchados a un móvil o un MP3 en el metro, sólo que sin el MP3. Uno se acercaba y podía escuchar voces. Una voz, para ser exactos. Lo malo es que si se ponía atención... bueno, si se ponía atención se escuchaban nítidas algunas de las cosas que salían de allí.

    Entonces daban ganas de ponerse las gafas de sol y ver un poco menos, regresar al mundo de antes.

Sed en el Vaticano

Miércoles 13 Marzo 2013. Blog

Sed en el Vaticano
p.S
Los muros que separan el Vaticano antes del resto del mundo. Y el charquito de un visitante antes de evaporarse.

La chica que iba a mi lado ha dejado caer la mochila... y no la ha recogido. Esa ha sido la primera señal, que ha confirmado lo que me estaba temiendo... El chico que la acompaña ha hecho amago de recogerla, y ella le ha dicho algo en un idioma que no conozco pero que claramente quería decir "déjala, no vale la pena", y le ha mostrado la botella de agua, en la que aún quedaba un resto, como si eso fuese lo único digno de ser salvado. 

     Suerte que tienen. A mí hace rato que no me queda nada, lo he sudado todo y ahora voy con las reservas. Y ya he pillado miradas de codicia, hasta de odio, hacia quienes todavía tienen agua. No muchos se atreven a beber la suya, un gesto apenas consciente que era trivial hace no mucho y ahora es hasta peligroso. Lo que tienen agua miran con recelo, por algún tipo de sabiduría heredada, pues no puede ser que hayan vivido algo así. Saben que desde hace un tiempo esto comienza a ser peligroso. 

     ¿Cuánto tiempo? No lo sé y además no tenemos tiempo de pensar cuán peligroso es -eso es lo que sucede en las guerras-, cuando un señor que no parecía muy mayor se pasa la mano por le pelo, como para retirar el sudor, y retira sudor pero también el pelo, que se le enreda en la mano. Todo o casi todo el pelo. Cualquiera diría que es una peluca pero no, porque el hombre se ha quedado estupefacto. Se mira la mano con la misma sorpresa que si el pelo le hubiese crecido ahí, de la noche a la mañana. El hombre se olvida de moverse y se queda detrás. La multitud le devora. Quién sabe si será fusilado. 

     Sí, en principio no está previsto que se castigue a los que se rezagan, ni que estos queden a merced de las tribus locales que miran desde los bordes, con el claro deseo de robarles su agua o su sombrero, objetos valiosos aunque estén sudados. (Incluso más valiosos si están sudados gracias al fresco que se siente sobre la frente al ponérselos). Pero nunca se sabe. Eso es lo que tienen las guerras, que las cosas cambian a toda velocidad: a mí me dijeron que no haría cola -y por eso pagué una entrada de precio exorbitante, la más cara que he pagado nunca por entrar en un museo (y he entrado en casi todos)-, y sin embargo aquí estoy, junto a otros refugiados, siguiendo a una Juana de Arco, vestida de blanco, que enarbola una suerte de pendón blanco y amarillo. 

      Más adelante, una señora se desinfla. Sí, no sabría decirlo de otro modo. Una señora gruesa, con sujetador de copa 56, más o menos, lanza una pequeña exclamación y, cogiendo la mano de su compañero, hace que toque su pecho izquierdo. El hombre toca y lo que se ve en su cara es algo a caballo entre la sorpresa y la desilusión. En efecto, ahí no hay nada. 

    - Il a disparu, dice la señora francesa. Y se corrige: "¡Il est fondu!" (¡Se ha fundido!), pero no sé al fin en qué para el asunto porque nuestra columna avanza, avanza a cualquier precio en nuestra carrera contra el sol. 

   Caminamos a lo largo de una pared que parece una muralla -¿la frontera que separa el Vaticano del resto del mundo?-, y a la muralla no se le ve todavía el fin cuando las cosas se precipitan: a una señora se le zafa un zapato, que no recoge, avanza unos metros más y se le zafa un pie con un crujido que se abre camino a través del sol hasta mi espalda, donde me organiza un escalofrío. "Ni un paso más", dice la señora (como si tuviese elección). "Los museos Pontificios me ...", y aquí una expresión romana que no sé cómo se escribe.

   Nosotros, la muchedumbre, apenas reparamos en ello porque un hombre muy alto, tipo danés o algo así, ha ido disminuyendo a cada paso, como si él bajara por unas escaleras cavadas en mitad de la acera sólo para él. Algo un poco raro, para mí, que voy detrás y compruebo que no hay escaleras: es que el tipo está hecho de una sustancia gelatinosa que se ha comenzado a derretir, un poco como un helado de cono cuando no tienen una lengua que les vaya corrigiendo a toda velocidad las arrugas que se les multiplican por el calor. 

      ¿Sigo? Habíamos salido una multitud, fuimos quedando en grupo y más tarde en soldados heroicos, saltando cuerpos y arrantrándonos para cumplir con nuestro deber: entrar en el museo, justificar el precio más caro jamás pagado por ver unos cuadros, incluso cuadros de dioses y de Papas y de mártires. Los que quedamos no sólo éramos más pobres sino también más flacos, más enanos. ¿He dicho ya que algunos, incluso, desaparecieron? Menguaron, se fundieron, se hicieron charcos sobre el pavimento del Vaticano justo antes de evaporarse. "Disparutti"·, se pondría en sus fichas policiales. Por lo visto, se producen casos, sobre todo en verano.

    No sé cuántos al fin llegamos, entre otras cosas porque nuestro grupo se reunió con otros supervivientes de otras ofensivas y desembarcos lanzados desde otros sitios en los alrededores del Vaticano, incluso en río, y cuando llegamos a la Capilla Sixtina, de pura emoción, me puse a llorar. 

    Emoción por la grandeza de Miguel Angel, sin par, pero emoción por la grandeza de mi hazaña, que conseguía emocionarme cuando ya no tenía ni pies, ni pelo, ni brazos, ni boca para ponerla redonda, ¡oh!, como otros más fuertes que yo la conseguían poner. Yo sólo conseguía llorar con un ojo, el otro se lo había llevado -ya cegado de todas formas- la riada de sudor en la que no pocos se ahogaron. 

    El Juicio Final se veía entre una niebla de lágrimas que tal vez fuesen de arrepentimiento. Y a lo mejor era ese el sentido de esa expedición de castigo, que al fin sabíamos contra quién era: contra nosotros. Nosotros éramos los culpables y también los verdugos. 

  • Pedro Sorela

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