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Artículos etiquetados con: Urbanismo

El alarido de la calle Golfo de Salónica

Jueves 16 Febrero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"...por el cielo circulaban nubes más oscuras todavía que la noche..."

Serían la una y treinta de la madrugada de una lóbrega noche de febrero cuando un alarido, largo y espeluznante recorrió la calle Golfo de Salónica del barrio del Pinar de Chamartín, en Madrid. Era martes. Había estado lloviendo a ráfagas desde una tarde que se oscureció antes de tiempo. Por el cielo circulaban rápidas nubes más oscuras todavía que la noche. Y por el suelo bailaban en remolinos las últimas hojas supervivientes del otoño. En el piso 15 D de una de esas siniestras torres que dominan la ciudad desde las alturas de Arturo Soria, y que hacen de portones a la M-30, imaginada por el enemigo en los años de plomo de la posguerra, Diana Ortiz, de 39 años, había descubierto que su hijo Arturito tenía un ojo cuadrado. Y si había gritado, largo y con desesperación, era precisamente porque, pese a ser médica, no comprendía el alcance de lo que había descubierto al ir a tranquilizar a su hijo, que se había despertado a causa de una pesadilla. Nada así aparecía en sus apuntes, ni tampoco en Google, donde tecleó "ojo cuadrado" y no salió nada, comprobó, y si no sale nada en Google es que... mejor ni imaginarlo. Se temía algo grave y sin remedio.

    -Soñaba que te habías vuelto rectangular, dijo con angustia el niño, a quien habían empezado a enseñarle geometría en el colegio.

    - ¿Rectangular?, rectangular cómo, preguntó la madre, asombrándose una vez más de la creatividad de los sueños.

    - Rectangular como esa puerta, dijo el niño mientras miraba con temor la puerta de la habitación, que en efecto a partir de entonces adquirió un aspecto fantasmal y amenazador, con vida propia.

      Y fue al girar la mirada hacia la puerta cuando a la madre le pareció ver algo, y al comprobarlo -una pupila cuadrada, con un iris más cuadrado aún-, al comprobarlo, sin poderlo evitar, fue cuando empezó a emitir el largo alarido que fue a más y parecía el virtuosismo de una soprano para resumir el dolor del mundo.

     El síntoma evolucionó a más, en efecto. No mucho después los dedos de la mano derecha del niño dejaron de ser regordetes y un poco torpes para convertirse en pequeñas tubos delgados de cartón. El padre, viajante de comercio, regresó de una de sus largos viajes de trabajo con gafas cuadradas como las que habían dejado de estar de moda hacía años, y con el nudo de corbata windsor, conformado por un agresivo triángulo equilátero. Pasados los años, Arturito le regaló a su primera novia flores de plástico, estudió una oposición que aprobó en el tiempo previsto, se metió en una hipoteca por un piso conformado por ángulos rectos, y en general su vida se hubiese podido meter en un cubo perfecto, con los lados idénticos. Y quizá se metió, no lo sabremos nunca.

    ¿Y de qué extrañarse? Lo único que no estaba conformado por ángulos rectos en la vida de Arturo era el nombre en diminutivo, Arturito, y él exigió que dejaran de llamarle así el día en que se afeitó por primera vez. Por lo demás, en la calle siempre caminó por calles rectas y paralelas a otras, visitó casas de amigos hechas con piezas de Lego, como la suya, y anduvo primero en bicicletas, luego motos y más tarde utilitarios con las ruedas cuadradas. Votó siempre a políticos que llevaban en su programa expulsar las curvas y hasta los óvalos de las calles y las mentalidades (aunque no siempre cumplieran), e impedir el paso de inmigrantes que no acreditaran ángulos rectos en un largo linaje, y se terminó por casar con una chica que le había enamorado porque se movía con ordenados gestos de autómata. Ambos fueron padres de una simpática parejita de niños de color metalizado que al nacer ya sabían decir papá y mamá en un agradable tono de voz neutro. 

Colombe en La Défense

Jueves 14 Mayo 2015. En Blog, Cuento

Colombe era una publicista parisina de las de boulot-metro-dodo (curro, metro, cama), aburrida por su trabajo en la delicada frontera del fraude –cómo llamar si no sus dos recientes diseños para Haine (Odio) de los los perfumes Je te déteste y Fous moi la paix -, y por su novio: ¿una de esas buenas personas incapaces de leer una página y previsibles como todos los meses de marzo, que siempre tienen 30 días y nunca, bajo ninguna circunstacia, aunque sea para llevar la contraria, nunca tienen 31 o tan siquiera 29, como febrero, que al menos cambia alguna vez? Pues de esos.

     Colombe trabajaba en el piso 24, sección B, pasillo M, oficina 204-2 desde la que se veía París a lo lejos, una ciudad demasiado lejana y siempre gris en la que se alcanzaba a distinguir el Arco del Triunfo y la torre Eiffel. Poco más. Y cuando el cielo no era gris sino azul, lo que también sucedía alguna vez, la ciudad parecía aún más lejana.

     Hasta el momento, como se ve, una existencia normal y hasta privilegiada si se tiene en cuenta que Colombe tenía trabajo y… Bueno, su trabajo era justo la mayor fuente de su ansiedad. (¿Se llama así?) Su trabajo más que el hecho de vivir en un estudio, un nombre prestigioso para no llamarlo cajadezapatos, que es demasiado largo; de no poderse inclinar en la ducha sin golpear el grifo y cambiar la temperatura del agua, con lo desagradable que es eso; de no poder coger un taxi por vivir demasiado lejos… Una existencia en general desapacible de restaurantes con mesas y raciones demasiado pequeñas y camareros siempre antipáticos o que se hacían los graciosos: sólo se podía elegir una de las dos cosas. Y no había forma de sortear una corriente de aire que se metía por la ventana de su estudio dormitorio, la obligaba a dormir siempre tapada, incluso con calor, y al tiempo le recordaba la libertad de afuera.

     Aún así, la vida de Colombe hubiese transcurrido sin mayores sobresaltos y ella le habría tolerado el tedio, como hace la mayoría, de no ser porque en su trabajo la obligaron a participar en la campaña de otoño para lavarle la cara a los cuatro millones de cazadores franceses, muy desprestigiados ante un mundo cada vez más libre y compasivo, pese a la aureola del jabalí, las trufas y  las codornices en los restaurantes. A esa campaña se añadió otra en la que, oiga, para qué viajar, caminar, volar si se tiene una televisión de cincuenta, cien, quinientos canales y quién sabe si hasta mil, que es la solución a todas las cosas.

     Y era ella, Colombe, pobrecita, la que había inventado el eslogan de éxito:

 

“500 canales son más vidas de las que usted tiene”

 

 y, deformada por sus lecturas,  

 

“le apostamos lo que quiera

a que no puede dar la vuelta

a 500 canales en 80 días,

 

y había quedado traumatizada –depre, dolor de cabeza, siempre lunes, fatalismo, ropa gris, whisky con luces de neón por dentro y demás-, con la sensación de haber traicionado algo profundo dentro de ella. En todo caso con la lección aprendida de que quien juega con la tele corre el riesgo de despertarse pipiseado.

 

      En todo caso pocas son las vidas y los complejos de culpa que no puedan aliviar las aspirinas, y así transcurría la vida de Colombe, abocada a no figurar nunca en un cuento, hasta el día en que vio abierta la ventana de su oficina.

    De su oficina en el piso 24, sección B, pasillo M, oficina 204-2 desde la que se veía París a lo lejos, aunque muy a lo lejos.

     Aquí es preciso decir que las ventanas de los edificios de La Défense, el mayor centro de oficinas de Europa, NO se abren más que tres minutos cada diez años…  Y por una razón fácil de comprender: si se abrieran, aunque fuese un ratito, romperían la estética geómetra, trigonométrica y sagrada, el paralalepípedo perfecto de los edificios después de miles, decenas, millones de miles de años de evolución desde la célula en el charco, y todo ese esfuerzo, esa conquista se iría a hacer gárgaras sólo porque alguien, aunque fuese un ratito, abrió una ventana para algo tan primitivo como tomar el aire o ventilar. Y no ventilar de tabaco –pues hace ya tiempo que no se fuma en esos edificios perfectos- sino ventilar el aire, precisamente, de esos perfumes ideales que terminan por cansar aunque nadie lo quiera reconocer: Service, perfume a sudor de secretaria eficaz; o Entrejambe, secreción de ejecutivo testicular de gimnasio en el momento de ver subir tres puntos sus acciones en la Bolsa o, lo que es lo mismo, el momento en que la curva de los que pican y compran adquiere un ángulo superior a 20º.

      O sea que Colombe ve la ventana abierta -el destino ha querido que esté ahí cuando tocan los tres minutos de su ventana, un tiempo suficiente pues son cristales a prueba de mugre y están diseñados para que les venga bien la contaminación-, ve la ventana abierta y en un segundo se concretan tantos, tantos meses y años de tedio y resignación, de para qué he nacido y cuál es mi destino. O sea que Colombe Neully no se lo piensa más, se pone en posición olímpica, pega una pequeña carrerita, da el salto impecable que sólo puede dar la desesperación y salta por la ventana como quien se tira a una piscina. La ventana que no se abría desde hace diez años.

     Y una de las dos estudiantes que en ese momento esperan al pie de la escultura de Icaro, en la plaza, abre la boca para dar un grito de espanto: alguien o algo ha salido de una de las ventanas del edificio perfecto, en el piso veinticuatro del edificio SFR y, en lugar de ir a estrellarse sobre el edificio anguloso y también compuesto por ventanas que le salen, por así decir, del abdomen… levanta el vuelo cuando ya va por el piso diez, más o menos, y con un suave planeo se da una vuelta por encima de la zona, como hacen los aviones al buscar pista, incluidas las dos estudiantes a las que en ese momento se les acaba de unir una tercera. Y las tres miran a Colombe con la boca abierta, sí, pero de admiración.

     Pues Colombe no había volado nunca –era una colombe criada en cautividad y educada por la televisión- pero algo hay en los genes de las especies porque de inmediato supo alargar las piernas con elegancia, juntar los pies, poner los brazos en posición aerodinámica y sonreír con soltura para el público, como hacen graciosamente las grandes trapecistas cuando saludan. 

Lo difícil es viajar

Miércoles 28 Enero 2015. En Blog

Groenlandia: paz y apabullante naturaleza.

En estos días he recibido una carta de alguien con quien en su día viajé bastante y, recordando mientras le respondía, me he dado cuenta una vez más de que en este cuarto de siglo el mundo ha cambiado hasta volverse en algunos aspectos casi irreconocible, y no sólo porque entonces nos escribíamos a mano, en papel y con pluma, y la carta que he recibido ha sido electrónica. De todo lo que ha cambiado del mundo que compartíamos, lo que más ha cambiado ha sido lo que más compartíamos: el viaje. Pues vivíamos en países distintos y nos reuníamos, casi siempre en un tercer país, para viajar juntos. O si se prefiere, lo que ha cambiado es la idea del viaje. O mejor aún, el viaje posible.

    "He viajado no poco", ha escrito uno de los dos, como en un intento de averiguar si seguíamos compartiendo el mismo lenguaje, y el otro ha respondido: "yo también". Y sin embargo, pese a que estoy seguro de que entre los dos podríamos reunir más viajes que el matrimonio de una tenista con un piloto de Fórmula 1, yo me he limitado a citar algún país árabe, alguno asiático, y ella solo ha mencionado Groenlandia, adonde por lo visto la lleva ahora su trabajo con regularidad: pero la menciona, explica, por "su extraordinaria paz" y su no menos "apabullante naturaleza". Esto es, ninguna de las razones eléctricas del viajero sino algo que se ha vuelto raro de ver como son "la paz" y "la naturaleza".

     En España vivimos la época de Erasmus, de la juventud obligada a emigrar en busca de trabajo, y de cierta clase media que ahora va a Vietnam o Tailandia de vacaciones como antes iba a Gandía o a Sitges, pero sin embargo nunca he vivido una época tan ajena al viaje, tal como lo entiendo, como la actual. Baste repasar los viajes que hicimos juntos con mi amiga, y que fueron todos por la Europa más clásica. Pues bien, en aquella época París, Londres, Atenas o Sevilla todavía guardaban sorpresas, incluso para un viajero veterano, en tanto que ahora esas ciudades  han convertido sus almendras centrales en parques temáticos. No es preciso ir a Barcelona o Venecia para ver hasta dónde puede llegar esa broma de pésimo gusto. Baste lo que parecía imposible, y es ver cómo el barrio artista e intelectual de París -que lo era, y parecía eterno- ha cerrado librerías, el lugar mismo de las sorpresas, y bistrots legendarios para entregar esos espacios a las franquicias de moda que uniforman el mundo.

     Hablamos de viaje más que nunca pero el viaje es más difícil que nunca. ¿Cómo escapar en África al turismo de ONG o al de safaris fotográficos que hacen que hasta los leones del Serengueti sufran de estrés por falta de soledad? Inténtelo: puede ser una prueba más difícil que un decathlón. Cómo remontar el Nilo en algo que no sea uno de los mini cruceros que equivalen a cadenas de montaje turístico. Cómo visitar la Gran Muralla escapando a los tres o cuatro desfiladeros donde vendedores de jade emboscados esperan a los viajeros. Cómo visitar el Partenón oscurecido por turistas como moscas, cómo recorrer el Egeo si no es como un moderno vikingo semi desnudo de piel enrojecida, cómo escapar en el desierto a las jaimas de cinco estrellas, ambiente bereber enlatado y "boogeys" conducidos por domingueros recorriendo los bordes del Sahara. Hasta la peregrinación por entre las tumbas funerarias en llamas de Benarés se ha convertido en un circuito turístico. Territorios que hace dos décadas eran todavía inexplorados, como buena parte de Asia, y eso es lo que los hacía fascinantes, han sido colonizados por la industria del turismo, de la que tan orgullosos y esperanzados estamos en España (lo que a cuenta del turismo le hemos hecho a las costas no importa), y pasar la Navidad en Hanoi implica tener que tragar con restaurantes con ciervos y camareros vestidos con gorritos de Papa Noel. De modo que el viaje, uno de los impulsos más naturales e inevitables que existen, se ha transformado de aventura posible, al alcance de quien tuviese el valor de partir, en una nueva utopía: Lo difícil se ha vuelto hacer un viaje que todavía merezca el nombre.

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  • Pedro Sorela

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