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Artículos etiquetados con: Teoría de la entrevista

Chacel o el desafío de la rueda de prensa

Jueves 12 Junio 2014. En Blog, Entrevistas

p.S

"...un dibujo realista pero personal, no una fotografía..."

Diálogos / La rueda de prensa

Puede ocurrir que el periodista se sienta celoso de la multitud y desee haber estado a solas, aunque fuese media hora, mejor una entera, con su protagonista. Y que considere el encuentro en la rueda de prensa como una ocasión fallida, otra historia no escrita. A mí me ocurrió con Rosa Chacel, una anciana de entonces 89 años que irradiaba vida, biografía e inteligencia cada vez que abría la boca. Una anciana a quien se le veían los viajes a distancia, como a veces sucedía por entonces con algunos españoles que uno se encontraba por ahí afuera.

    Por lo general se piensa que una rueda de prensa es algo fácil, y más si se trata de una rueda de prensa triunfante, de las que tanto entusiasmo provocan en los medios y no sólo en España. En este caso era por uno de los premios institucionales de literatura. Una vez encontrada la dirección de su casa como el premio de una gymkana, los periodistas nos apretujábamos en su salón preguntando lo de siempre. Y es que las preguntas de una rueda de prensa están de algún modo dictadas de antemano, sobre todo cuando se trata de ganadores: de premios, elecciones, campeonatos, lotería, novias que son grandes herederas... Incluso cuando se trata de un personaje tan distinto como Rosa Chacel, una ocasión única para construir con ella un verdadero cuento real, que eso entre otras cosas es una entrevista: el relato de un encuentro, algo a caballo entre la narración y el teatro.

      Yo tuve una vez un director bastante canalla pero buen periodista que cuando nos preguntaba qué teníamos para el día y le contestábamos que una rueda de prensa, nos decía: "Eso lo tengo yo también. Lo que te pregunto es qué tienes tú que yo no sepa". De modo que, como un dibujante cuya misión fuese la de realizar un dibujo realista pero personal, y no una fotografía, el cronista de la rueda de prensa ha de encontrar en el mar de lugares comunes algo con lo que construir una historia que no sea la habitual postal que por lo general publican todos. Las dificultades son muchas y casi insalvables. Casi nunca -aunque alguna vez sí: cuando un periodista se roba la rueda de prensa- tiene la oportunidad de establecer la conexión personal, llevar a término la acelerada seducción mutua que es la condición para la buena entrevista. Además no suele poder localizar un hilo y tirar de él para construir una historia, al margen del pastiche, pues los demás periodistas estarán pugnando por lo mismo. Y, como en el juicio a un asesino, deberá conservar la cabeza fría para no dejarse llevar por entusiasmos retóricos: "el más grande", "el número uno", "el premio al retratista de la condición  humana"... en fin, todos esos Resultados con los que muchos periodistas sienten que han resuelto sus crónicas.

      O pueden asaltarle inesperadas perturbaciones. A mí me sucedió con ocasión de un encuentro con Ramón J. Sender, el estupendo escritor republicano exiliado en Estados Unidos tras la guerra y olvidado hoy para nuestro sonrojo (recuerdo que yo traje de contrabando por encargo un ejemplar de su prohibido Réquiem por un campesino español), que cuando regresó una vez a España dio una única rueda de prensa en un hotel de Madrid. Y fue interesante y la recuerdo bien, pero también recuerdo como si los tuviera al lado los efluvios de una guapísima actriz de la época, que se había sentado a mi lado y me sonreía cada vez que yo me giraba a mirarla como si fuese a comentar una respuesta de Sender sobre el destino de la cultura en Occidente.

El escritor y su máscara

Miércoles 30 Abril 2014. En Blog, Entrevistas

José Saramago

Entrevista / La máscara

Existe una primera y gran dificultad cuando se entrevista a un escritor conocido, y es que no siempre es posible -y nunca fácil- sobreponerse a la máscara y llegar a la persona.

      En su día entrevisté a no pocos escritores y una de las conclusiones que fui sacando es que no muchos, si alguno, carecían de un personaje que se sobreponía a su verdadero retrato. Algo que se agravaba entre los veteranos. Incluso los que iban de todo lo contrario, incluso los que iban de venerables pero sencillos maestros anti sistema tenían su personaje... que era justamente ese. Recuerdo a tres y en particular a uno, que en público cumplía de Oscar con el papel de sabio de la tribu y luego en la distancia corta mostraba la capacidad de intriga para obtener premios y distribuir envidias que se atribuye con razón a ciertos cenáculos literarios, y luego en la cena era tan capaz de repetir chistes rijosos y hasta casposos como cualquier mortal.

     Todo ello se producía de forma tan inexorable que uno terminaba por preguntarse si es probable que un escritor que lleva años sobre la escena pueda no copiar a su personaje... lo que por supuesto tiene consecuencias cuando uno mismo responde a la cuarta entrevista en el lanzamiento de su propio libro, que tampoco es el primero. (Si es así, ¿cuál sería mi personaje?, me pregunto en las tardes lluviosas de domingo).

      Lo que interesa en todo caso es el problema que plantea: ¿El periodista está ahí para confirmar un personaje -que es, por otra parte, lo que espera una parte de su público-, o está ahí para comenzar a agrietar la máscara creada en vida y tratar de proponer una imagen más auténtica o por lo menos una faceta menos conocida del totem? Lo que, cuando se consigue, implica algún riesgo: a la gente no le gusta que le toquen a sus ídolos.

     Es una reflexión que me viene tras las más o menos recientes desapariciones de varios grandes escritores como Paz, Fuentes, Mutis, García Márquez o, un poco más alejada, Saramago, entre otros, que con sus respectivas muertes dieron pie a la misma disyuntiva: ¿Es la muerte una ocasión para buscar perspectivas inéditas sobre el muerto o es el momento de fijar en estatua todos los lugares comunes que (se) fueron construyendo a lo largo de la vida? No hace falta que sean escritores: véanse los casos muy visibles de Steve Jobs y Adolfo Suárez.

     El escritor construyendo y fijando su máscara para la posteridad es un clásico, y me remito a los conocidos casos de Byron en el laborioso proceso de construir su leyenda; de Goethe, que incluso reclutó a un amanuense, Eckermann, para que recogiera su pensamiento en conversaciones programadas en una suerte de panteón de palabras; y Chateaubriand, viviendo, tal vez, para unas memorias que todavía resultan irrebatibles porque son de ultratumba. (Además de magníficas).

     Sin duda que resultaba muy difícil entrevistar a personajes monumento como Tolstoi, Kipling o Hugo, y ahí están las entrevistas que nos han legado para atestiguarlo: entre otras cosas porque no parecía que los periodistas de esas épocas se propusieran más  objetivos que el de cinceladores de estatuas, afianzadores de mitos.

    El problema en nuestro tiempo es que no parece factible ser escritor sin haber cursado masters de mercadotecnia y publicidad, en los talleres y cursos de escritura, y que el más tonto se ha dibujado un disfraz de estrella del rock. Y ello, con la ayuda de agentes literarios, gabinetes de prensa y amigos haciendo de asesores de imagen que les han convencido de que ningún paño se vende hoy en el baúl y que no sólo es preciso sacarlo sino, además, venderlo. Vender es una de las palabras clave de la jerga del oficio y la gente se quedaría sorprendida de saber hasta qué punto es de uso común en las redacciones de los periódicos y en el mercado artístico. Y no sólo como intercambio pecuniario sino como proceso de convencimiento, seducción. Quien seduce, vende, y al revés. Y sólo seduce quien se pone una máscara. O sea que el entrevistador lo tiene difícil.

     Todo ello no sería más que una nota a pie de página en el proceloso volumen de la vanidad humana de no ser porque plantea un problema al entrevistador, ya intimidado por la figura del Autor, sobre todo si es uno ya veterano y reconocido. Pues el Autor tiende a esperar que le pregunten en determinado sentido estatuesco, de la misma forma que casi todos los futbolistas esperan que les pidan opiniones sobre fútbol y no sobre ópera. Sucede que el escritor no es tan especializado. Más aún, es o debiera ser lo contrario de lo especializado pues no existe o no debiera existir algo más abierto que un libro, más sujeto a preguntas diversas y hasta inesperadas. ¿Cómo sobreponerse al pedestal, el gran premio, las cifras de ventas, las coronas de laurel, la Academia y los jefes de prensa que conducen en coro a la pregunta: "Háblenos por favor de lo grande que es usted"?

     Lo que no saben esos entrevistadores es que los escritores más interesantes agradecen las preguntas que les sacan de su personaje. Aunque se arriesguen a vender menos.

Respuestas ya oídas

Jueves 19 Diciembre 2013. En Blog, Entrevistas

"...un tipo rápido, sagaz, con unos objetivos muy claros en la vida..."

Diálogos

La única ocasión en que fui censurado de forma explícita, y con alguna razón, en la década larga que trabajé en El País, fue con motivo de la concesión del premio Nobel a Camilo José Cela. Como ocurría a veces en ese tipo de grandes ocasiones, se me encargó una encuesta entre escritores españoles, y cuando le mostré el resultado a mi redactor jefe, Juan Cruz, él comentó de inmediato: "No podemos dar esto. No el día en que Cela gana el premio Nobel". Tras el sobresalto de la censura, inédito hasta la fecha, lo cierto es sentí cierto alivio pues también me había costado tomar esas notas. Y la encuesta no reflejaba la habitual envidia hispana, o no sólo. No recuerdo que nadie protestara por el Nobel a Vicente Aleixandre, pocos años antes, y eso que Aleixandre estaba marcado igualmente con una etiqueta política, en su caso como representante del exilio interior.

       Me parece que Cela atraviesa ahora el habitual purgatorio que la posteridad le reserva a los artistas después de muertos, pero bastará recordar que hasta su muerte Cela dividía a la opinión pública entre los defensores de su Pascual Duarte, La Colmena y otros libros suyos muy arriesgados (y el más interesante). Los cortesanos que le rodeaban al final y que valoraban las aportaciones crudas y desfachatadas de cierto sentido del humor muy peninsular (y que consideraron a El País un periódico "enemigo" tras el Nobel porque entre otros muchos artículos ditirámbicos había publicado uno irónico de Julio Llamazares sobre El arzobispo de Manila). Y los que en cambio recordaban el lamentable episodio -ya muy documentado- en que Cela se ofrecía como espía en el gremio, tras la guerra; la olvidable dedicatoria de San Camilo 1936 (ninguneando la participación de extranjeros en la guerra de España); y el mandarinato en régimen de casi monopolio que en cierto modo Cela ejerció en la escena literaria durante buena parte del franquismo. El comentario de escritor que más recuerdo de la encuesta censurada por sus abrumadoras descalificaciones era el de quien lamentaba el Nobel pues "ahora durante unos cuantos años más en el exterior van a pensar que la literatura española sigue siendo eso". Años antes Italo Calvino había escrito en una carta que "Cela es el personaje más antipático de la escena literaria internacional".

      Yo no tuve esa percepción, pero una vez más acepto que tal vez ello se podía deber a que escribía en un periódico poderoso. Las tres veces, creo recordar, que entrevisté a Cela, una de ellas en Bruselas con motivo de un Festival Europalia dedicado a España, me pareció un tipo rápido, sagaz, con unos objetivos muy claros en la vida, y muy bien educado pese a sus ocasionales tacos o altisonancias que no eran tales porque siempre venían a cuento y se soltaban con buena dicción, aunque a través de ellos se pudiese intuir una cierta facilidad para la crueldad. Al tiempo Cela se apeaba del pedestal y parecía ofrecer cierto lado, si no a la amistad o el compadreo, sí a cierta complicidad en la literatura.

      Y era, al tiempo y pese a todo, una de las personas más difíciles de entrevistar. Con el tiempo comprendí que se trataba de un arquetipo: el de quien ha sido entrevistado ya tantas veces que ha dejado de buscar respuestas a esas preguntas -ha dejado de oírlas- y simplemente va sacando del cajón las que han ido quedando bien, o eso parecía, en otras muchas entrevistas. Es algo de lo que me di cuenta cuando a su vez fui acumulando entrevistas por mis libros. Aunque me sucede muchísimas menos veces que a Cela, también me cuesta más dar respuestas originales cada vez que me formulan la misma pregunta.

     La primera entrevista que reproduzco es una que le hice con ocasión de una de sus novelas experimentales y más interesantes, Cristo versus Arizona, un año antes del premio Nobel. Y luego una parte (El País no la tiene digitalizada entera) de la que le hice al día siguiente de la concesión del Nobel, en compañía de Joaquín Vidal, el mejor crítico de toros del último medio siglo en España y uno de mis mejores compañeros en el periódico. Juan Cruz nos había enviado a los dos, como si un artista pudiese ser interrogado por dos personas al tiempo -yo creo que no: una entrevista a un escritor es un acto de seducción y nadie puede ser seducido por dos personas al tiempo-, y de todas formas Joaquín, al no escribirla, no quiso después firmarla.

      Vista con distancia fue una experiencia divertida pero en aquel momento no lo fue. A medida que la casa de Cela en Guadalajara se iba llenando de gente -casi ningún artista, escritor o editor, más bien amigos de Marina Castaño, la segunda mujer de Cela-, yo tenía la progresiva sensación de que la entrevista iba a naufragar en cualquier momento y tendríamos que volver a la redacción diciendo que había sido imposible entrevistar al premio Nobel español (en cuyo caso sería sin duda mi última entrevista en El País).

     El que la sacó adelante fue Cela. Inasequible al caos del festejo y las felicitaciones que interrumpían a cada rato, el hombre fijaba sus ojos en los entrevistadores y decía: "sigue, sigue". Y eso hacíamos.

    Luego, a la salida, Marina Castaño nos preguntó sobre las fotos de las celebraciones del día anterior, tomadas por uno de los fotógrafos del periódico, de las que Juan Cruz le había prometido un juego. Y aunque le dije que si Juan se las había prometido, sin duda se las enviaría, ella no me debió de creer porque me volvió a preguntar otra vez, y otra, y al final se puso pesada y me dio la impresión de que estaba exigiendo.

      Y me pregunté una vez más si unos periodistas deben hacerse amigos de un entrevistado, o de su mujer, y prestarse a enviar fotos de fiestas. Aunque sean las de la alegría por un premio Nobel.

  • Pedro Sorela

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