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Artículos etiquetados con: Teoría de la entrevista

La entrevista como seducción. Momentos con escritores

Miércoles 22 Febrero 2017. En Blog, Entrevistas, Periodismo

Natalia González (El País)
La entrevista como seducción. Momentos con escritores.

Sin duda los mejores momentos que pasé en mis años de periodismo fueron entrevistando a ciertos escritores y pensadores (¡y una vez a Claudia Cardinale!). Menudo privilegio, hoy en día más bien raro, y también infrecuente entre todos los destinos dentro de un periódico: tener la suerte de  hablar, solos los dos, y durante una hora o más, con escritores a veces brillantes e irrepetibles, las voces de nuestro tiempo. Una de las poquísimas veces en que se cumple la promesa implícita del periodismo de estar en el centro de la historia, y no, como termina por suceder casi siempre, tan solo en su antesala.

      El caso más espectacular fue Leonardo Sciascia, a quien fui a entrevistar a Sicilia sin saber si iba o no a aceptar hablar conmigo, pues la amiga común que me lo había propuesto me había advertido de que era una persona especial y podía negarse a última hora, si no me aprobaba. Luego nuestro encuentro duró cuatro días, y más tarde regresé en alguna otra ocasión para seguir charlando con él, ya al margen de la entrevista. Uno de los hombres más sugerentes que he conocido, aunque hablase casi en voz baja. O Susan Sontag, cuya inteligencia lo dejaba a uno sin respiración, igual que Octavio Paz, y eso que ya estaba enfermo.

    Tuve la suerte de que estas entrevistas coincidieran con una buena época de la prensa y la sociedad españolas, cuando los periódicos le dedicaban más espacio a la cultura que, creo, los periódicos de cualquier otro país, y cuando muchos grandes escritores, en particular los latinoamericanos, visitaban el país con frecuencia. Hoy muchas de ellas no habrían sido posibles, en parte por el encogimiento o simple desaparición del espacio periodístico -y educativo- destinado a la gran cultura (o como diría Sontag, a la cultura a secas, ella negaba que la otra fuese cultura) y en parte por cierta mecanización de la información cultural a cargo de gabinetes de prensa y otras inercias del mercado.

     Todas ellas fueron escritas a la luz de una intuición que tuve desde muy pronto. Educado en la época de Oriana Fallaci y sus estupendas entrevistas en las que un periodista muy bien documentado e insolente está al acecho del personaje para saltarle al cuello -"la vi tan menudita que pensé que no tenía peligro. Y fue la conversación más desastrosa que he tenido con un miembro de la prensa", dijo Henry Kissinger-, desde la primera pude comprender que esa actitud de vigilante perro de presa no tenía justificación con un escritor, salvo en casos muy concretos como una actividad política determinada o que se hubiese prestado a ganar un premio corrupto; temas, aún así, que no tenían nada que ver con la literatura.

      Por el contrario, fui comprobando, la mejor versión de un encuentro con un gran escritor se produce cuando se ha dado algo más bien raro, que es un acto de seducción mutua, y que aparte de cierta cortesía del periodista no depende de ninguna técnica en concreto. Como el amor o la amistad, depende de los dioses. Y eso se produjo con algunos de ellos, dando pie, no solo a fieles y a la vez sugerentes versiones del encuentro, a mi juicio, sino a momentos que conservo como algunos de los mejores de mi vida. Solo con ese acto de seducción, y lejos del editor o jefe de prensa de turno, el personaje se abre y ofrece, si hay suerte, lo mejor de sus pensamientos o su memoria.

     Muy pocas de las entrevistas están escritas en estilo directo -pregunta, respuesta-, y el resto de ellas, en indirecto: al modo de una narración, con citas, y alguna de ellas casi sin ellas. Y es porque, pese a haberme dedicado al teatro durante una década de mi vida, considero que la reproducción de un diálogo supuestamente exacto tiene algo de falso. Incluso en televisión. Algo pasa, que es impostado, y más honrada y fiel me parece la narración de ese encuentro, ese momento. Exactamente igual que si fuera un relato. Y eso es: la narración de un encuentro desde el punto de vista del periodista, lo que no quiere decir que este usurpe el protagonismo. Supongo que en esta idea influye mi principal dedicación, que es la de novelista y cuentista. Si escribí un par o tres de las entrevistas en directo fue porque así me lo pidieron en la sección del periódico que me las encargó: el suplemento dominical o el cultural, Babelia. Todas las demás fueron publicadas en la sección de Cultura.

     De lo anterior casi se deduce que en ninguna de las conversaciones utilicé grabadora, un artefacto que distancia al entrevistado y que puede ser útil en las conversaciones con pasajes comprometidos, como una con un ministro de Hacienda que habla de impuestos. Todas fueron hechas con apuntes tomados a mano, aunque lo ideal hubiera sido tener una memoria infalible como las de Faulkner o Truman Capote, que con las manos desnudas interrogó a las múltiples fuentes de su A sangre fría.

     Desde el primer momento fui consciente de que escribía para un periódico poderoso y eso podía condicionar el diálogo. El ser consciente, creo, reducía ese peligro. Y cuando lo condicionó de forma inocultable, convertí el encuentro en una crónica de cómo el autor exhibicionista desgranaba frases en busca de titulares.

      La mitad de las conversaciones, más o menos, llevan un prólogo escrito ahora, años después. Y no porque sean las mejores, sino porque, por sus características, se prestaban a una reflexión sobre ciertos aspectos de la entrevista como género periodístico. El conjunto de todos ellos aspira a ser un pequeño ensayo, escrito al margen de la habitual jerga académica, que considero un obstáculo.

     Si me parece que unas cuantas de ellas cumplieron su objetivo fue porque a mí mismo me cambiaron. No son pocos los casos en que había leído con cierto frío profesionalismo el o los libros del escritor -condición que ni entonces ni hoy se da por garantizada en las entrevistas, por increíble que parezca-, y en el curso de la conversación fui comprendiendo mejor a algunos de estos autores, que con el tiempo se convirtieron en escritores a los que vuelvo. Confío en que lo mismo le haya ocurrido a algunos lectores.

     El País ha considerado oportuno recuperar para su publicación en libro digital esas entrevistas con nuevos prólogos que, en conjunto, vienen a constituir un ensayo sobre el género. Agradezco a Álex Grijelmo la iniciativa, que hoy en día no deja de tener algo de idealista, y a Natalia González su trabajo de edición.

    Estos son los enlaces:  

 

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http://amzn.eu/1B9UDc2

 

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Iris Murdoch como despedida o el periodismo tiene un límite

Miércoles, 08 Febrero 2017 En: Blog, Entrevistas

Iris Murdoch.

Entrevisté a Iris Murdoch cuando ya debía de haber comenzado el Alzheimer pero todavía sus, más que brillantes, independientes respuestas no lo dejaban notar. Apenas algunos ensimismamientos un par de segundos más largos, y ahora, en el recuerdo, su casa de cuento en Oxford, al fondo de un jardín salvaje,  y la casa sumida en un desorden de libros y papeles que sobrepasaba el que se le supone de entrada a una pareja de intelectuales británicos de la vieja escuela. Poco importaba: lo que apetecía era quedarse a leer en esa casa hecha de libros como si fuese de chocolate, y en medio de un jardín recién llovido y lleno de pájaros y brillos tras la lluvia que muy bien hubiese podido ser el irrepetible que se veía tras the green door, en el clásico cuento inglés al que le han robado el título para usarlo en quién sabe cuántas tonterías.

    Pero Iris Murdoch era sin duda una mujer distinta -el pensamiento propio siempre lo es-, y el desafío era mantener el ritmo del diálogo, por un lado de apariencia social y al tiempo punteado de preguntas dinamita del tipo: ¿Es usted religioso?, con el desafío de no contestar los clisés y banalidades previsibles.

     Mi recuerdo de la entrevista con Iris Murdoch no se debe sin embargo tanto al carácter excepcional de la entrevistada -otro gran privilegio para mi pequeña colección- sino porque en mi vida marcó un antes y un después.

      Viajé a Inglaterra dos o tres días, como hacía cuando iba a entrevistar a alguien en el extranjero, y durante ese tiempo estuve casado con ella, como sucedía siempre. Quiero decir que hasta el momento de la entrevista no hacía otra cosa que leer páginas de y sobre mi entrevistado, preparando el encuentro, y al término de la entrevista rumiaba sin pausa sobre cómo iba a escribirla con la intención de que no se escapara lo peculiar, el encanto, lo diferente de esa conversación. Exactamente igual a como hago con mis relatos, casi siempre inspirados en viajes, y escritos o al menos esbozados en su transcurso. Porque puede ser demasiado tarde para escribir tanto una entrevista como un relato; la gracia o lo que sea se puede haber enfriado y si así ocurre, mejor no escribir nada. Es más difícil devolverle el calor a un relato frío que levantar a un muerto con la izquierda.

      Y así lo hice: cuando llegué a la redacción escribí mi entrevista casi como si la tomase al dictado, igual que muchas veces, pues la había estado componiendo en la cabeza durante todo el viaje desde Oxford, y luego se la presenté a mi jefe, como era preceptivo. Nunca había tenido ningún problema con ninguna entrevista, en el pasado, y con ninguno de mis sucesivos jefes, que las habían leído, comentaban algo y les daban salida. En esta ocasión la sección estaba estrenando jefa, J.L., una periodista que no venía de ninguna sección cultural, y que leyó la entrevista y luego dijo:

     - Yo es que esa entradilla y este titular no los veo.

      Lo juro: sentí una gota que me brincaba del cerebelo y me bajaba por el costado de la cabeza, como si la gota hubiese rebasado el vaso, uno que yo no tenía ni idea se hubiese estado llenando. Y es que así es: el periodismo tiene unos años, un tiempo, un límite, lo que creo es muy probable en general e indudable para un escritor. Con independencia del valor de mi titular y mi entradilla, por supuesto discutibles, comprendí como en una epifanía que, apostando por escribir periodismo, que era lo que me interesaba, y no por subir en un escalafón para juzgar el periodismo de los demás, en cualquier periódico en España siempre iba a tener nuevos jefes, cada vez más jóvenes, y mi capacidad de admitir observaciones de aquellos a quienes no siempre reconocía autoridad iba a disminuir vertiginosamente. Así que opté por aceptar la invitación a opositar por una plaza de profesor titular que me habían hecho cuatro veces en la universidad Complutense, en la que venía dando clases de redacción como profesional invitado desde hacía años, y me despedí. El estupendo director de entonces, Joaquín Estefanía, me ofreció la posibilidad de quedarme escribiendo desde casa, y eso hice durante cuatro años más, hasta terminar de comprender que el tiempo de un escritor en un periódico tiene un límite, un dead line y nunca mejor dicho -el mío en El País había sido de catorce años-, y en beneficio de todos, si se puede, más vale reconocerlo a tiempo. Y aunque no lo fuera, la entrevista con Iris Murdoch es la que figura en mi memoria como la última. Con ella dije "adiós a todo eso".

"AHORA SÉ QUE EL HOMBRE NO PACTA CON LA TIRANÍA".

Oxford, abril de 1990

La mujer de pelo gris que abre la puerta de cristal al fondo de un jardín no parece la novelista difícil que algunos periodistas han dicho que es. No puede serlo, con esos ojos de un extraordinario azul, tímido y a la vez inquisidor, con los que no para de interesarse por las cosas.

   A sus 70 años, con todos los grandes premios de la literatura británica, intacta la impaciencia por escribir, Dame Murdoch, veterana profesora de filosofía en Oxford, sigue aprendiendo. Hace seis meses tenía la desolada certeza de que el mundo terminaría cayendo en poder de la televisión y los tecnócratas. "Ahora sé que el hombre no soporta ninguna tiranía", dijo el martes en la soleada sala de su casita de cuento en Oxford. Hoy llega a Madrid.

        

La cita con Iris Murdoch tuvo casi tantas vueltas, intermediarios y recovecos como con una diva de ópera, un heredero en fuga, un espía, pero cuando al fin comenzó, la mujer que se sentó en el sofá de una soleada salita arreglada con el gusto de quien aprecia sobre todo la memoria y la vida parecía tener todo el tiempo a su disposición. Cualquiera sabe que no es así: Iris Murdoch, que en su juventud estuvo tan ocupada con la guerra que no pudo escribir, es la autora de una vasta obra de más de veinte novelas, cuatro obras de teatro, varia poesía y numerosos artículos de filosofía (asignatura que enseñó en Oxford durante años), entre los que destaca Against dryness (Contra la sequedad). Más que la cita de Faulkner -"una guerra es algo que nadie se quiere perder"-, ella recuerda sobre todo al Doctor Johnson: quien no haya naufragado, vino a decir, se ha perdido algo, y luego Elisabeth Bowen. "¿Conoce a Elisabeth Bowen? Era irlandesa, muy buena. Ella escribió mucho sobre la guerra". Y se queda pensando.

   Murdoch pertenece a esa generación que ya se encuentra en los libros (también en los de espías) que en los años treinta se convirtió al Comunismo y participó en la Guerra de España, marchando incluso desde las piedras de privilegio y los jardines centenarios de Oxford y Cambridge. "Yo era ingenua en aquel tiempo", dice quien lamenta no tener televisión por no haber podido ver, y sólo por eso, la caída del Muro y la rebelión de Rumanía. Sobre todo por no haber podido ver a uno de sus amigos en la toma de la televisión, en Bucarest, donde cambió la historia. Su amigo le ha escrito ahora con cierto retraso, y la razón es que no encontraba papel para escribir.

Esclavos

Sigue la historia con no poco interés y también miedo, cree que Gorbachov es un gran hombre y que a él se deben los cambios, y que él y todos los demás corremos grandes riesgos. "Hace sólo seis meses, tenía miedo de que el mundo terminara en poder de la televisión y los tecnócratas, y ya no lo tengo. Lo que no quiere decir que no existen peligros: Ignoro si en el futuro se leerán libros, o si habrá una pequeña oligarquía que leerá y, la mayoría será esclava de la televisión. Ahora ya tengo la convicción de que la gente no pacta con la tiranía".

   Los libros de Murdoch, nacida en Irlanda aunque en su caso ese sea un dato irrelevante, pertenecen a la corriente más central del realismo, algo por lo demás frecuente en la literatura británica. En la inmediata posguerra viajó a Bélgica y Austria para participar en programas de ayuda a los refugiados, y allí recibió una influencia decisiva del existencialismo, de Sartre (sobre quien escribió su primer ensayo), y de Beckett, irlandés trasplantado como ella. Hoy ella reconoce esas influencias, pero sobre todo se reclama eslabón de los grandes realistas del XIX, como Tolstoi, de Proust, y sobre todo de los británicos: Dickens, Henry James, las hermanas Bronté y Thomas Hardy. Y Shakespeare, a quien considera gran maestro de realistas. "¡El inglés le debe tanto a Shakespeare!", dice. "Él mostró a tantas clases de gente, exhibió tantas emociones, enseñó tanto sobre política!".

Estanques

Las novelas de Murdoch comienzan como estanques en calma sobre las que una brisa insistente va rizando olas cada vez más grandes, y a menudo concluyen en tempestades. Aunque, ¿concluyen? Hay quien lo pone en duda. Ella no. "Los finales, como los comienzos, son sumamente importantes. Lo que ocurre es que lo borroso, lo no claro, es una parte esencial de la historia". El estanque, por ejemplo, en La cabeza cortada (Alianza Tres), es un matrimonio perfecto de la burguesía británica en el que asoma la primera nube el día en que ella entra en la sala de estar, sin haberse cambiado para la cena, y le anuncia a su marido que se ha enamorado de su siquiatra, el íntimo amigo de ambos, y que no hay componendas posibles. Es un amor sin remedio. El desarrollo del libro demostrará que esa no es sino la primera de las historias, y que los espejos no hacen sino devolver otros espejos.

   En sus libros hace crisis el realismo de Murdoch, que no es más que apariencia. "El realismo no es una fotografía. Es algo implícito, algo que viene de una determinada forma de pensar". Y pregunta: "¿Le interesa la pintura?" A ella le interesa mucho, y no es la primera escritora que acepta un viaje a Madrid con la esperanza de ver la exposición Velázquez.

   Aunque no lee mucho a sus contemporáneos, ni a los más jóvenes, tiene la intuición de que éstos están muy influídos por el constructivismo y el deconstructivismo, y tienen miedo a contar directamente una historia. ¿Qué les diría a sus colegas más jóvenes? "Les diría que no tuviesen miedo de los críticos. Que escriban lo que quieren escribir y que lean la gran literatura". Una de las dificultades de entrevistar a Iris Murdoch es que a menudo es ella la que hace las preguntas, y en su caso no es truco de entrevistado. "¿Es usted religioso?", pregunta. Cuenta que cuando murió su padre, a quien le unía gran afecto, mucha gente la consolaba con la idea de que se reuniría con él en otra vida. Sin embargo, aunque ella no cree en otra vida, sí cree que es "muy importante mantener abierta la puerta a la religión", dice. "¡Tantos jovenes creen hoy que eso es superstición!. Creo que es una gran pérdida."

   ¿De dónde viene la gran tensión que se adivina tras su fuerte creación?; ¿no es acaso el deseo de inmortalidad, algo de lo que no podemos escapar? "A cualquier autor le place pensar que sobrevivirá... No sé... El futuro es muy misterioso".

 Un jardín silvestre

 La conversación con Iris Murdoch es más lenta que lo habitual con los británicos, no sólo por los pacíficos silencios que a veces puntean sus respuestas, sino porque la prisa es justamente lo que no parece posible en una mañana de cristal de marzo en una casita que parece de cuento hundida en el fondo de un jardín de Oxford más bien silvestre, con animalillos que los ciudadanos conocemos a través de los dibujos animados. El sol cae sobre una vieja alfombra más o menos poblada de revistas y libros, y para saber del ruido hay que imaginarlo. Por esas calles, no tan lejos del centro, la gente circula a pie o en bicicleta.

   John Bayley entra un momento en despistada búsqueda de un papel. Es amable y distraído y tiene el pelo despeinado clásico de los profesores británicos. Es un experto en literatura rusa. Es el marido de Iris Murdoch. Ambos mantendrán un diálogo frente al público el miércoles 4, a las 8 de la tarde, en el Círculo de Bellas Artes, en un viaje organizado por el British Council.

Europea

   No es la primera vez que Iris Murdoch visita España, aunque conoce mejor Italia y, Francia. Se reclama europea y cuando viaja a Estados Unidos siente de inmediato las ganas de volver.

   Conserva intacta la ansiedad de escribir. El mejor momento es cuando de pronto mira por la ventana y cree que todo es posible. El peor, cuando cree que lo que ha escrito no vale nada. ¿En qué ha influido en su carrera el hecho de ser una mujer? Quizás haya vivido siempre entre gente ilustrada, pero lo cierto es que nunca me lo hicieron notar".

 

El momento adecuado

Jueves, 09 Junio 2016 En: Blog, Entrevistas

"...un tipo rápido, sagaz, con unos objetivos muy claros".

La ocasión más destacada que recuerdo en que mis jefes prefirieron no publicar algo -y con razón- porque no era el momento adecuado, durante los catorce años que trabajé en El País, fue con motivo de la concesión del premio Nobel a Camilo José Cela. Como ocurría a veces en ese tipo de grandes ocasiones, se me encargó una encuesta entre escritores españoles, y cuando le mostré el resultado a mi redactor jefe, Juan Cruz, él comentó de inmediato: "No podemos dar esto. No el día en que Cela gana el premio Nobel". Y aunque eso inutilizaba mi trabajo del día, lo cierto es que sentí cierto alivio pues también me había costado tomar esas notas. Y la encuesta no reflejaba la habitual envidia hispana, o no sólo. No recuerdo que nadie protestara por el Nobel a Vicente Aleixandre, pocos años antes, y eso que Aleixandre estaba marcado igualmente con una etiqueta política, en su caso como representante del exilio interior.

       Me parece que Cela atraviesa ahora el habitual purgatorio que la posteridad le reserva a los artistas después de muertos, pero bastará recordar que hasta su muerte Cela dividía a la opinión pública entre los defensores de su Pascual Duarte, La Colmena y otros libros suyos muy arriesgados (y el más interesante). Los cortesanos que le rodeaban al final y que valoraban las aportaciones crudas y desfachatadas de cierto sentido del humor muy peninsular (y que consideraron a El País un periódico "enemigo" tras el Nobel porque entre otros muchos artículos ditirámbicos había publicado uno irónico de Julio Llamazares sobre El arzobispo de Manila). Y los que en cambio recordaban el lamentable episodio -ya muy documentado- en que Cela se ofrecía como espía en el gremio, tras la guerra; la olvidable dedicatoria de San Camilo 1936 (ninguneando la participación de extranjeros en la guerra de España); y el mandarinato en régimen de casi monopolio que en cierto modo Cela ejerció en la escena literaria durante buena parte del franquismo. El comentario de escritor que más recuerdo de la encuesta censurada por sus abrumadoras descalificaciones era el de quien lamentaba el Nobel pues "ahora, durante unos cuantos años más, en el exterior van a pensar que la literatura española sigue siendo eso". Años antes Italo Calvino había escrito en una carta que "Cela es el personaje más antipático de la escena literaria internacional".

      Yo no tuve esa percepción, pero una vez más acepto que tal vez ello se podía deber a que escribía en un periódico poderoso. Las tres veces, creo recordar, que entrevisté a Cela, una de ellas en Bruselas con motivo de un Festival Europalia dedicado a España, me pareció un tipo rápido, sagaz, con unos objetivos muy claros en la vida, y muy bien educado pese a sus ocasionales tacos o altisonancias que no eran tales porque siempre venían a cuento y se soltaban con buena dicción, aunque a través de ellos se pudiese intuir una cierta facilidad para la crueldad. Al tiempo Cela se apeaba del pedestal y parecía ofrecer cierto lado, si no a la amistad o el compadreo, sí a cierta complicidad en la literatura.

      Y era, al tiempo y pese a todo, una de las personas más difíciles de entrevistar. Con el tiempo comprendí que se trataba de un arquetipo: el de quien ha sido entrevistado ya tantas veces que ha dejado de buscar respuestas a esas preguntas -ha dejado de oírlas- y simplemente va sacando del cajón las que han ido quedando bien, o eso parecía, en otras muchas entrevistas. Es algo de lo que me di cuenta cuando a su vez fui acumulando entrevistas por mis libros. Aunque me sucede una infinidad de veces menos que a Cela, también me cuesta más dar respuestas originales cada vez que me formulan la misma pregunta.

     La primera entrevista que reproduzco es una que le hice con ocasión de una de sus novelas experimentales y más interesantes, Cristo versus Arizona, un año antes del premio Nobel. Y luego la que le hice al día siguiente de la concesión del Nobel, en compañía de Joaquín Vidal, el mejor crítico de toros del último medio siglo en España y uno de mis mejores compañeros en el periódico. Juan Cruz nos había enviado a los dos, como si un artista pudiese ser interrogado por dos personas al tiempo -yo creo que no: una entrevista a un escritor es un acto de seducción y nadie puede ser seducido por dos personas al tiempo-, y de todas formas Joaquín, al no escribirla, no quiso después firmarla.

      Vista con distancia fue una experiencia divertida pero en aquel momento no lo fue. A medida que la casa de Cela en Guadalajara se iba llenando de gente -casi ningún artista, escritor o editor, más bien amigos de Marina Castaño, la segunda mujer de Cela-, yo tenía la progresiva sensación de que la entrevista iba a naufragar en cualquier momento y tendríamos que volver a la redacción diciendo que había sido imposible entrevistar al premio Nobel español (en cuyo caso sería sin duda mi última entrevista en El País).

     El que la sacó adelante fue Cela. Inasequible al caos del festejo y las felicitaciones que interrumpían a cada rato, el hombre fijaba sus ojos en los entrevistadores y decía: "sigue, sigue". Y eso hacíamos.

    Luego, a la salida, Marina Castaño nos preguntó sobre las fotos de las celebraciones del día anterior, tomadas por uno de los fotógrafos del periódico, de las que Juan Cruz le había prometido un juego. Y aunque le dije que si Juan se las había prometido, sin duda se las enviaría, ella no me debió de creer porque me volvió a preguntar otra vez, y otra, y al final se puso pesada y me dio la impresión de que estaba exigiendo.

      Y me pregunté una vez más si unos periodistas deben hacerse amigos de un entrevistado, o de su mujer, y prestarse a enviar fotos de fiestas. Aunque sean las de la alegría por un premio Nobel. 

 Conversación en Guadalajara con un flamante Nobel

 22 de octubre de 1989

El novelista baja al pequeño salón cuando la tarde ya termina y es preciso encender las luces. Va recién peinado y bañado tras la siesta, parece descansado, saluda correcta, incluso amistosamente aunque no parece que reconozca a nadie, se sienta en un sillón que claramente preside la pequeña salita y dice: "Empiece". Y luego: "Empiece, empiece, que luego esto se va a llenar de gente". Es viernes, Cela lleva unas 30 horas como premio Nobel, el teléfono no para y quizá cien telegramas se apilan ordenadamente en una caja junto a su sillón. ¿Cómo se siente? "Gozosamente agobiado", dice, y se ríe con esa risa breve de un sólo ja que puntúa a veces sus respuestas.

   Cela esperó toda la vida con ansiedad el premio Nobel, como él ha dicho. "Pensaba... soñaba, sí, soñaba con que pudiese ser verdad". Lo es, pero no se lo han regalado: ha tenido que escribir 100 títulos, algunos de los cuales tienen la innegable vocación de cambiar las reglas del juego en la novela y no simplemente entretener. "Toda novela a la que se le pone apellido es casi siempre una mala novela. Novela de misterio, novela negra, novela social... todo ello es subnovela, dicho sea con todos los respetos. Una novela es simplemente buena o mala. Una señora me preguntó una vez qué prefería en pintura, si la figurativa o la abstracta. Le dije: mire usted, yo prefiero la pintura buena". Lo abstracto en literatura sería el surrealismo, "que es un ingrediente en mi manera de hacer: en Oficio de tinieblas (1973), antes, en Mrs. CaldweIl habla con su hijo (1953), y en los versos primerizos de mis 19 años, Pisando la dudosa luz del día (l935)". La obra de Cela, la más hermética, abunda en misterios. Toda nueva generación de estudiantes de literatura se vuelve a preguntar inevitablemente qué es Oficio de tinieblas, 5, qué quiso decir un autor que para escribir esa obra oscura se encerró en una habitación ciega para crear se la ansiedad, la angustia precisas.

 El misterio

"Yo no quise hacer nada", dice Cela en otro de sus abundantes desmentidos. "Mire usted, en los libros yo no intento hacer más que aquello que hago, y a veces ni siquiera eso consigo, que ese es otro problema. Intenté hacer experimentación para ver hasta dónde llegaba. Es curioso que ese libro tenga muchos detractores, y que sus escasos defensores lo sean a ultranza. Alguno me llegó a decir que es como el Kempis, que se puede abrir por cualquier página, y quizá sea verdad". Eso siempre ocurre con las obras abstractas del siglo XX, como el Ulysses, de Joyce, concede, y a la insistencia de que en cualquier caso es el suyo un libro envuelto en misterio, responde: "¿Y usted no cree que el misterio es un elemento literario?". Sin duda, es casi indispensable. "Probablemente sí... probablemente", dice. Ha estado explicando que la novela del XIX se caracteriza por su diafanidad y cómo no es posible escribir hoy novelas como lo hacían estupendamente Dickens, Balzac, Galdós y la Pardo Bazán, con planteamiento, nudo y desenlace, y propone: "La literatura es una carrera de antorchas. Cada generación lleva el testigo hasta donde puede Cuando me preguntan por quién me siento influido, respondo: por todos los que han escrito en castellano antes que yo, y por muchos otros aunque hayan escrito en otras lenguas".

   Tampoco admite Cela fácilmente que determinadas vivencias hayan producido ciertas obras, y tiende a creer que el náufrago o el cazador que cuentan sus experiencias son sobre todo cronistas, no novelistas. "El verdadero novelista es aquél que tiene la capacidad de desdoblarse en los sucesivos personajes que va necesitando". Cela ha dicho alguna vez que sus libros no contienen una historia, sino muchas, y algunas sin terminar porque la vida no es nunca una historia, y concede que a menudo en sus libros, como en La colmena, el personaje es colectivo. Y cuando se intenta profundizar en la naturaleza de sus personajes, se marcha. "Uno no se puede objetivar a sí mismo", asegura. Pregunta frecuente con Cela es también qué experiencia brutal puede haber nadie para escribir a los 25 años una novela como La familia de Pascual Duarte. "Si le parece poco brutal una guerra civil... Yo no he conocido a ningún Pascual Duarte que diera pie a mi ente de ficción; ahora bien, sí he conocido, en la guerra y en la inmediata retaguardia, chicos que hubieran podido ser él". "Lo que no sé", dice más adelante, "es si hace falta una motivación inmediata cuando se escribe una novela, si una novela puede ser algo que sólo pase por la cabeza del escritor". En Pabellón de reposo (1943) la influencia de la realidad fue clarísima, Cela se inspiró de su paso por un sanatorio para tuberculosos; ya estaba escrita La montaña mágica, de Thomas Mann, sobre el mismo fondo, pero Cela no la había leído.

¿Ingenuo?

Cela cuenta entonces la fechoría de un crítico que le dijo que su obra tenía bastante en común con la de determinado finlandés, lo que, una vez leída la obra en cuestión, no resultó ser cierto en absoluto. "Eso le confunde a uno, joven e ingenuo escritor..." "¿Pero usted ha sido alguna vez joven e ingenuo escritor?" "Creo que sí." "Joven, quizá, pero no existen noticias de que usted haya sido ingenuo jamás." Ríe.

   Ahora ya no le importa tanto lo que dicen los críticos, o eso asegura. "Los críticos, que digan lo que quieran, que para eso están. Les asiste ese derecho a acertar o a equivocarse". Apenas les lee. "¿No es vanidoso?" "No, no me siento muy vanidoso; al contrario. Tampoco me siento nada humilde..."

   Este es el momento en que una señora cruza la puerta y pregunta con voz muy alegre "¿Se puede?" y se une a un grupito que ha ido aumentando en una salita al lado, como una música de fondo, y que aumentará en la siguiente media hora hasta crear la necesidad de que algunos nos marchemos para dar cabida a los que llegan. "Siga, siga", ordena Cela.

   "Uno escribe probablemente para sí", dice, "o para descargarse. Evidentemente lo que no escribo yo es para arreglar el mundo. Entre otras cosas porque el español en España es un presunto hereje". "Mas usted no ha sido un hereje..." Recuerda entonces Cela las dificultades de La colmena, la retirada de La familia de Pascual Duarte en la segunda edición, la necesidad de escribir en notas a pie de página, en las obras completas que se publicaron durante la dictadura, lo que había sido tachado por la censura... "Pero usted ha sido siempre un personaje". "Yo siempre que perdí una batalla con un censor lo consideré un fracaso mío y traté de luchar. No olvide que vengo de una familia bien inglesa, y victoriana, y la derrota se considera un fracaso y una descalificación. En mi familia, como alguien pierda lo meten en vía muerta. Si hubiera sido un perseguido me hubiera dado una vergüenza horrible. Y se intentó perseguirme". Recuerda aquel director general de propaganda que se jactaba de haberle tachado La colmena, y que se juró que mientras él fuese director general, el señor Cela no publicaría jamás una novela. "Si usted no llama a eso persecución, llámelo como quiera. Cuidado".

   ¿Política? "¡Para eso están los políticos!" exclama este antiguo senador por designación real que peleó porque la constitución fuese redactada en castellano. "Hago mías las palabras de Camus cuando dijo que él no estaba con quienes hacen la historia sino con quienes la padecen". "Pero es que durante la dictadura no había políticos". "Cómo que no! Estaban todos colaborando con el régimen". "También había algunos en el exterior". "En cuanto usted saca a una persona de su contexto, ya no funciona. Los exiliados no sirven para nada". "Victor Hugo escribió Los miserables en el exilio". "También escribió Cervantes El Quijote en la cárcel, y no por eso conviene encarcelar a los escritores, a ver si les sale El Quijote; lo más probable es que no les salga".

   Uno de los libros dificiles de Cela, San Camilo, 1936 (1969) lleva la siguiente famosa dedicatoria: "A los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia. Y no a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos, y a quienes nadie había dado vela en nuestro propio entierro". "La mantengo", dice Cela de inmediato. "¿Que por qué? Porque si nos hubieran dejado solos, eso se resuelve en quince días. Como si a los vietnamitas los hubieran dejado solos, también se acaba aquello. Fue vergonzoso que hiciesen de España campo de prueba de las armas de todo el mundo". ¿Acaso no fueron idealistas? "¡Qué coño iban a ser idealistas! En las Brigadas Internacionales un X por ciento sí lo serían, el resto eran aventureros. Y en las brigadas fascistas eran todos reclutados... ¡Aquí estamos asistiendo a la idealización de la derrota! Hay que leer más Nietzche y menos encíclicas. La izquierda española se nutre demasiado de las encíclicas, y esto es vergonzoso".

La tenacidad

Cela, que iba para médico y después para abogado, cree que la literatura no se aprende en ninguna parte, aunque él, con esa tenacidad y disciplina que caracteriza su vida de escritor, leyera los 70 tomos de una enciclopedia de su padre, página por página. "Hay dos cosas que desprecio, y son la inspiración y la improvisación. Aunque no se me ocurra nada, no me levanto. El padrecito Dostoievski decía que el genio era una larga paciencia". Español con familia inglesa, italiana y belga, Cela cree que él ve a España como un hispanista, "y por eso", dice, "me gusta la España que después cuando lo pienso no me gusta, que es de las moscas, los curas, los toreros, las plazas de pueblo".

   "¿Y ahora qué? "Seguir escribiendo, que es lo que hay que hacer y lo que me importa" "¿No teme que el Nobel sea una losa, como se dice?' "Bueno... ¡Bendita losa!" "¿Qué pasa con Madera de Boj? ¿Por qué le está costando tanto?" "Me cuesta tanto porque no trabajo" (Una señora que acaba de llegar anuncia que va a ir a darle un beso. "No! No!", se defiende. "¡Ya me lo daréis después todos!") "¿Tiene miedo a la muerte?" "No, ninguno; es una vulgaridad. Lo único que ha hecho el ser humano desde los orígenes ha sido morirse. Es una vulgaridad. Uno no desea la muerte, si la desease me habría pegado un tiro". "¿Y no tiene miedo a la soledad?" "No". "¿A la vejez" "No". "¿A la enfermedad?" "No, no. Sí, claro, a una enfermedad dolorosa, a eso sí. Oye, Marina" -llama-: "¿querrías darme un whisky?"

 

La opción

 No es fácil entrevistar a quien es célebre desde que en 1942, hace 47 años, publicase La familia de Pascual Duarte y se convirtiese en un fenómeno editorial, y no es fácil porque desde entonces le han hecho miles de entrevistas y, aunque no quiera, tiende a tener una idea y su correspondiente frase para casi cualquier pregunta. Cela podría corresponder también en parte al tópico sobre el gallego, y cuando quiere es hermético como una joven ostra. Se escuda en el taco, el ingenio, la cita, la anécdota, y no hay forma de que se moje en según qué temas. En otros, en cambio, se pasea sin paraguas bajo el chaparrón.

   Estos días, además, Cela es el campo de batalla de una peculiar guerra que para él es gozosa. Guerra entre el acoso de la súbita gloria del Nobel -gloria que había empezado a intuír hace unos siete años, según dijo-, y el cumplimiento de una serie de pequeños deberes que en España se le excusarían a cualquier ganador de una quiniela pero que él se empeña en cumplir como un personaje de Kipling: atiende amablemente a todas y cada una de las llamadas, a todos y cada uno de los periodistas, a cada uno de sus amigos y a cada uno de los pelmazos que atrae la fama como a los osos la miel, muchos, y no se permite impaciencias. Él dice que en su familia inglesa se profesa la religión victoriana del self-control, según la cual exhibir sentimientos es una vulgaridad, pero quién sabe si no sea ese el único instrumento a su disposición para aguantar. Al final, cuando hizo falta marcharse para dejar espacio a quienes llegaban, Joaquín Vidal le pidió que firmase una foto. Habíamos vuelto a lo de la honradez del escritor y su ambición. Cela firmó la foto escrupulosamente con su mano grande y su letra pequeña, le puso fecha del día anterior, fiesta en adelante en Padrón, su pueblo, se quedó pensando y murmuró: "Sí, hay que escribir con honradez. Si no, para qué". Luego firmó. 

  • Pedro Sorela

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