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Artículos etiquetados con: Teoría de la Entrevista

Sobrevivir a la propia obra. El caso Green

Jueves 21 Abril 2016. En Blog, Entrevistas

Paris Match
Julien Green en su salón.

Entrevista / El escenario

Ya entonces no muchos lectores en España se acordaban o tenían muy en cuenta la obra de Julien Green, un escritor que vivió durante años la extraña (e incómoda) condición de clásico no tanto vivo como superviviente. Y sin embargo, con buen criterio EL PAÍS me envió a París a entrevistarlo, y mi rol no fue tanto el de entrevistador de escritores con motivo de un título más, como el de arqueólogo de un tiempo que ya se ha ido y del que hay que aprovechar los restos, testigo de una historia que está escribiendo su último capítulo.

    Y ese es el resultado: Colgado de una entrevista, un retrato, un paisaje en segundo plano que a la postre, con el paso de los años, es lo que mantiene la viveza. Pues una vez descontadas sus evidentes refinamiento e inteligencia, las respuestas de Green configuran el paisaje intelectual hoy muy improbable de un autor casi secular que cumplía con los modernos, e imagino que incómodos para él, rituales del lanzamiento de un libro en estos días. Cumplida la hora pactada de conversación, dio por terminada la entrevista con los discretos pero eficaces modales de un chambelán. O mejor dicho, fue su chambelán el que lo hizo.

     Pero lo que queda es un relato que tiene aún, creo, cierto interés. Virtudes de la entrevista en indirecto, que permite saltarse el diálogo contingente de actualidad y fijar en el tiempo una narración, un personaje, un escenario y un instante con entidad propias. El instante síntesis del final de casi un siglo.

     Sin duda este personaje y este escenario fueron decisivos. Con el punto de melancolía o aire trágico que no sin misterio siempre tiene París, al menos para mí -tiene que ver con la luz, que cambia todo el tiempo-, el escenario de Green parecía hecho de encargo para una película sobre él. Histórica sin duda. Unas calles que se dirían del París de Balzac o mejor de Maupassant, un piso y un salón que muy bien hubiesen podido ser los de una embajada de las de antes de la guerra. De la Gran Guerra, quiero decir.

     Ahora caigo, Julien Green parecía un personaje de una de las novelas de americanos en Europa de Henry James.

    Hoy, de aquella entrevista guardo un recuerdo aéreo de no tanto  algo en carne y hueso sino de la lectura de un libro. Quizá lo fuese.

El último Sábato

Viernes 15 Abril 2016. En Blog, Entrevistas

Ernesto Sábato

Recuerdo que cuando volví de entrevistar a Ernesto Sábato por primera vez, mi compañero en El País Carlos Tarsitano, de origen argentino, me preguntó: "¿Y te habló de esto, aquello y lo de más allá?" Carlos, entonces periodista de Internacional y ahora bloguero a caballo entre Madrid y Buenos Aires, había sido reportero de cultura del periódico La Opinión entre los años duros 1970 y 1973. Le dije que sí, y Carlos comentó: "Es de lo que habla desde hace treinta años".

Esto era al final de los años ochenta, por entonces Sábato se acercaba a los ochenta años y todavía no había firmado el Informe conocido por su nombre, sobre la dictadura argentina. Y en efecto, en la entrevista me había dado esa sensación de estar repitiendo conceptos e ideas ya muy fijas, y también profundas (no siempre es el caso). Es uno de los temores del periodista -del periodista que no busca confirmar ideas previas sino buscar otras-, pues uno de los efectos es que el entrevistador queda convertido en magnetófono, y sus preguntas, en la charla con sonido apenas audible de un matrimonio ya desgastado. Durante mucho tiempo pensé que era una propiedad de los entrevistados mayores, ya sin energía para inventar nuevos enfoques. El caso más espectacular era Cela, que pese a su evidente agudeza daba la impresión de contestar ciertas frases retumbantes le preguntasen lo que le preguntasen. Y el menos, John Berger, que siempre pone una pausa de intensa concentración entre la pregunta y su respuesta, con lo que la primera queda como formulada por alguien muy sabio, aunque sea un humilde reportero de Cultura. Si es o no un truco no lo sé, pero el resultado es que el reportero se siente de verdad incorporado a la conversación y se cumple así una de las primeras condiciones de una entrevista digna del nombre.

Luego, con el tiempo, llegué a la conclusión de que no tiene tanto que ver con la edad como con el oficio: la gente muy entrevistada termina por repetirse, así sean muy jóvenes. Y lo aprendí también sobre mi propio trabajo de escritor y las actuaciones aledañas. Es muy difícil seguir siendo ingenioso en la quinta entrevista de una mañana, en la gira de promoción de un libro, entre otras cosas porque las preguntas de los reporteros tampoco suelen cambiar mucho. A todo lo cual hay que añadir las bobas técnicas de la publicidad: como políticos, algunos escritores piensan que hay que enviar pocos y nítidos mensajes para ir construyendo cierta "imagen" de "producto" en un "mercado" en el que "compiten" muchos. (No, no es una broma).

Ese no era el caso de Ernesto Sábato, sin duda, a esas alturas un pensador, más que escritor, obsesionado entre otras cosas por la deshumanización del hombre en las mandíbulas de la modernidad y de la técnica, y por favor léase esta frase como alusión a algo mucho más complejo, y no como síntesis o resumen.

Volví a hablar con Sábato, por teléfono, a propósito de una exposición en Madrid de sus pinturas, más bien oscuras y muy influidas por su pensamiento conceptual, y a las que él, en ese momento, les daba más importancia que sus escritos, me parece recordar, o por lo menos ocupaban más sitio en su vida. Entonces tenía muy serios problemas de vista y leía con dificultad.

Y el tercer o cuarto encuentro, no recuerdo bien pues en los años ochenta Madrid era como un aeropuerto en tránsito de infinidad de escritores del orbe hispano, y varios de ellos visitaban la ciudad una vez al año como mínimo, se produjo inducido por Elvira González Fraga, compañera y consejera del escritor, ex profesora de universidad y gran conocedora de su obra, claro está, y con una característica no frecuente entre las compañeras de artistas célebres: Elvira es propietaria de un pensamiento propio y no siempre incondicional del escritor a quien admira. Nos conocíamos desde hacía años, y ella había hablado bien a ciertos editores de mis libros -que conocía (no es siempre el caso entre los elogiadores)-, e incluso, más tarde, tuvo el detalle de pedirle a Sábato que escribiera una nota recomendándome a una voluminosa editorial francesa, me temo que sin éxito, lo que desde aquí le agradezco: entre otras cosas porque la generosidad con los más jóvenes tampoco abunda en esa generación de grandes maestros hispanos, y otra excepción, al menos en mi caso, fue José Donoso. Carlos Fuentes también solía hablar de los que venían detrás, aunque no puedo dejar de mencionar que Fuentes era un gran chambelán de la muy compleja sociedad literaria mexicana, a cuyo lado el Versalles de Luis XIV parecería tan sutil y bondadoso como un partido de fútbol entre luchadores de sumo.

El problema de ese tercer encuentro, me vino a explicar Elvira con complicidad de amiga, es que Sábato no quería de ningún modo entrevistarse con un periodista, ni sostener ninguna conversación que se pareciera a una entrevista. ¿Entonces?, le pregunté. Yo hablaba desde la ajetreada redacción de El País y en ese momento no llevaba un sombrerito con la palabra "Press" en la cinta porque ya no estaban de moda. Pero eso es lo que era, Press, al menos de diez de la mañana a ocho o nueve de la tarde. Sábato, me dijo Elvira, quería salir y tomar unos vinos y disfrutar de Madrid que, por cierto, vivía una de esas intensas pero efímeras primaveras como la de estos días.

Y eso fue lo que hicimos. Fui a buscarles a su hotel, y paseamos por algunas de las calles que gustan a los que visitan la ciudad, y nos sentamos en terrazas, charlando... hasta que fui comprendiendo que esa sí era una entrevista. Y que podría escribirla en mi periódico, con libertad, siempre y cuando -ahí- no lo planteara explícitamente como una entrevista. Estábamos haciendo teatro, y no el a menudo hipócrita que tienen que padecer los periodistas como un impuesto sino algo relacionado, más bien, con la angustia.

Comprendí entonces, y ahora más, en el recuerdo, que Sábato era prisionero de su propia sombra. Me acordé de Borges, su amigo a ráfagas, que estaba "harto de Borges" y quería que la función no continuase en el más allá. Ahí estaba, un hombre mayor pero todavía sano y fuerte, queriendo escapar de la servidumbre de la "gloria literaria", en la que no creía, era demasiado lúcido... pero que sin embargo le gustaba. Un alma atrapada entre él y su sombra. 

No hay pasaporte para los poetas

Jueves 07 Abril 2016. En Entrevistas

Rosalie Thorne
Joseph Brodsky y su mujer, Maria Sozzani.

Diálogos / El prejuicio

No recuerdo que nadie desmontase mis prejuicios de entrevistador con tanta rapidez como lo hizo el poeta Josef Brodsky -aquí resulta más falso de lo habitual ponerle un pasaporte al nombre, los poetas no tienen pasaporte-, y eso que no fue en una entrevista sino en una rueda de prensa, demasiado temprano para hablar de poesía y belleza, en un salón de actos oscuro que parecía el de un hospital o una Real Academia de algo. Bien es cierto que ocurrió en una rueda de prensa monopolizada por mí en  una suerte de entrevista con público, fascinado de inmediato por un magnetismo, una presencia de poeta donde las hubiera. Él era la demostración de que tal cosa existe: alguien con una moral muy afilada, más que desarrollada, y dotado de un idioma -ruso de origen y asilado en Estados Unidos, hablaba un inglés más que correcto- que de tan sincero y agudo parecía tener vida propia.

    Eso era lo desarmante: era el ser humano con menos frases hechas que he conocido. Baste un ejemplo histórico, no de la entrevista: cuando Josef Brodsky, disidente soviético, fue llevado ante un tribunal de orden público para ser sometido a un juicio por parasitismo, subversión... esas pintorescas pero dolorosas acusaciones que suelen hacerse en las  dictaduras -hay que recordar lo que era aquel ambiente neo-estalinista-, el juez burócrata de turno le dijo algo así como : "Y además, ¿por qué se llama usted poeta? En qué universidad, dónde le dieron ese título. Quién se lo dio". Y entonces, según recogieron las crónicas de la época, Brodsky contestó: "¿Dios?"

     Recuerdo que los periodistas nos queríamos comer a Brodsky como aperitivo al café del desayuno pues, de visita en Madrid por un libro y un recital, nos había mantenido a la espera de una cita hasta la medianoche del día anterior; y ello para convocarnos a una rueda de prensa al día siguiente a las nueve de la mañana, una hora que, en ese micro mundo y el Madrid de aquellos años, entraba de lleno en la provocación. Es muy probable que la responsabilidad no fuese suya sino de alguno de los organizadores de su visita, celoso de su cercanía con el "premio Nobel" -es asombroso el número de pelmazos con vocación secante que brotan en torno a las grandes figuras, y ese es el primer cinturón que tienen que superar los entrevistadores-, pero lo cierto es que la rueda de prensa comenzó, como tantas veces, con los periodistas amurallados tras  escudos de prejuicios. Que, como he dicho, cayeron con la primera pregunta.

    Y no porque Brodsky se hiciese el simpático, el colega con la prensa, como es tan frecuente con las figuras "mediáticas", sino porque hablaba, como he dicho, con una brillantez y una honestidad desarmantes. No suele ser tan fácil, y no es infrecuente que un encuentro con alguien que merece la pena se malogre porque los periodistas no son capaces de dejar a un lado, no su curiosidad, sino las ideas hechas que sólo han ido a confirmar. Si alguien quiere una prueba del lenguaje de Brodsky, no lo remitiré a su poesía, de siempre difícil traducción, sino a su perturbador ensayo (¡!) Una habitación y media, perteneciente a Menos que uno (ha sido reeditado).

     He recordado el encuentro con Brodsky en parte también por el contraste de estos días en España. Y es que su visita de 1988 se produjo en un fervoroso ambiente en apariencia cultural que hoy, en el recuerdo, parece de ciencia ficción. Son pocos los poetas y artistas de esa talla que nos visitan, a diferencia de lo que sucedía entonces, y no creo que se deba a que hace demasiado tiempo que cayó la Unión Soviética y los disidentes de la época ya están jubilados. Es verdad que ya no hay instituciones que los inviten a declamar en recitales públicos pues las entidades como el Consejo de Investigaciones Científicas, que invitó a Brodsky, están demasiado ocupadas en intentar sobrevivir al poder tecnócrata de los científicos y al dinero menguante, pero no basta como explicación. No creo errar mucho al intuir que se trata de una suerte de apagón cultural cuyos pasos no coinciden con los de la crisis económica, y que tardaremos en recuperar el entusiasmo de aquellos años por la gran cultura o al menos algunos de sus destellos.

  • Pedro Sorela

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