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Artículos etiquetados con: Stendhal

Opinión Riesgo Sal

Miércoles 13 Febrero 2013. En Blog, Sastrería

Madame Bovary según una portada de Livres de Poche.

Sastrería

Opinión: No creo que se lo pregunten pero apostaría a que, si lo hiciesen, uno de los mega computadores que se  preparan para las futuras ciber-guerras diría que hoy circulan más opiniones e interpretaciones que hechos, o al menos hechos relevantes, no sólo números de teléfono. No crean: esa estadística tiene más importancia de lo que parece. Para empezar, que en la era de la información vamos camino de estar peor informados que nunca... entre otras cosas porque creemos lo contrario.

     Una de las sorpresas agradables de viajar a un país tercermundista es percibir el hambre que se respira. Y me refiero al hambre, el ansia de conocimiento. Lo que nos diferencia de ellos no es sólo el nivel de renta y nuestra dieta sino nuestra actitud respecto a la cultura. Nosotros creemos que la inventamos y que la tenemos para siempre, y ahora tendemos a mirarla por encima del hombro, como una suerte de jardín trasero. Ellos, como sabe quien haya dado clases o conferencias en cualquiera de esos países, tienen muy claro que no la tienen, y la desean con unas ganas cuya simple contemplación pone de buen humor. Ocioso predecir quién prevalecerá al final. Prevalecerá quien se mantenga en vida en la cultura.

     Si vamos al matiz concreto, veremos que las páginas impresas están hoy llenas de adjetivos e indignación, pero echamos de menos los sustantivos y los verbos de la pasión de verdad. Quiero decir, montones de escritores se desgañitan arrojando al aire todo tipo de emociones -hoy en España una indignada decepción-, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se inventó una escena de amor cuya fuerza residía en su no descripción, o precisión, como el paseo en carruaje de Emma Bovary con su amante, o como el punto y coma -- ; -- que sugiere  con la potencia de un acuarelista japonés una célebre escena de amor en El rojo y el negro. Qué casualidad que ambos autores -Flaubert más que Stendhal- fueran quienes se rebelaron contra una época parecida a la nuestra, en la que un romanticismo ya exhausto inundaba el mundo con adjetivos sobre puestas de sol y melancolías que en realidad venían a ser pieles viejas de serpiente de las verdaderas pasiones.

 Riesgo: Toda verdadera escritura pasa por el riesgo (véase "coraje"), y esa es una condición inexcusable. La cuestión en esta época, como en todas, estriba en saber cuál es el riesgo y dónde está. Presos de cadenas de imágenes, como la muy romántica del héroe prisionero con una bola de hierro al pie por publicar adjetivos contra este o aquel reyezuelo transitorio, pero poderoso, no nos damos cuenta de que quizá eso, al alcance de cualquier tuitero, sea hoy lo fácil. Y que como sabe un escritor, así sea de correos electrónicos, lo difícil es contar el mismo amor de siempre, por ejemplo, de una forma novedosa y que no resulte artificial.

    Las zonas donde vive el riesgo son muchas y la literatura tiene donde escoger. La experimentación, por ejemplo, tan penalizada hoy, sospecho que por falta de experiencia del lector: pues para poder rebelarse contra algo es necesario conocerlo primero. Y lo que era natural para nuestros abuelos, esto es, un fondo común de lecturas literarias, ha dejado de serlo.

 Sal: Pero me parece que la zona por antonomasia donde se produce el riesgo es lo que llamaré "la sal", el espesor. ¿Cuánta sal admite un texto en estos tiempos ligeros? Y cómo saberlo en una época en la que los lectores, al menos esos que intenta capturar el mercado dictatorial, no entienden el humor de Cortázar o leen con la esquina del ojo a Borges, la más clara de las escrituras, temerosos por lo que creen excesiva complejidad. No lo es. Pero para saberlo hay que haber leído al menos algunos de los libros con los que Borges, la mayor parte de las veces, está jugando.

      La sal. Un escritor que presuponga hoy ciertos conocimientos en su destinatario está jugando con dinamita.

      Todo el proceso recuerda el "regreso al origen" que describió Carpentier. 

La vía indirecta

Jueves 07 Junio 2012. En Blog, Sastrería

Una edición húngara de "Armance"; la "C", de Karel Teige, con danza de Milca Mayerová, en la Fundación March; y una representación de "Sueño de una noche de verano", de Shakespeare. 

Sastrería

No entiendo muy bien por qué se alude a la vía indirecta como una excepción, un camino secundario para narrar, cuando vivimos en ella. Todas las vías son indirectas, y comienzo a pensar que no sólo en literatura. Se habla del roman à clef como de la novela que alude a personas reales, escondidas bajo la máscara de este o aquel personaje, cuando lo cierto es que es difícil encontrar en toda la historia de la literatura a un personaje que no aluda a seres de carne y hueso y sucesos reales, incluso en los casos más misteriosos: los hermeneutas no terminan de comprender todas las implicaciones del Sueño de una noche de verano, una de las últimas "obras problemáticas" de Shakespeare, pero mucho parece sugerir que se trató de una obra escrita para una única representación en una fiesta elegante en el Londres de la época, las bodas de la madre del conde de Southampton, y que las múltiples alusiones simbólicas eran guiños de salón dirigidos a este o aquella, y no forzosamente con buenas intenciones. Puck, el simpático duendecillo con orejitas de venado, podría muy bien haber sido algo más terrible. Y el jardín supuestamente idílico de la obra puede ser visto como un Paraíso, un Purgatorio... y aún más abajo.[i]

   Y en un libro excelente, que compré claro está en una librería de lance, Lucila Inés Mena demuestra que todas y cada una de las anécdotas realisto-mágicas de Cien años de soledad responden a sucesos reales, lo que por otra parte es coherente con la formación marxista de su autor y a su idea de lo que es la imaginación. La falsa y mixtificadora, piensa GM, es la "fantasía", la que inventa sin asideros, como los dibujos de Walt Disney. Y la que interesa es justamente la que se apoya en la realidad. Descubrir esa idea fue la que le permitió a Márquez salir de una concepción más bien estrecha y simple de lo real, cual era la marxista, e incorporar lo imaginario, los sueños, los deseos y las canciones, que también hacen parte de la realidad y del pueblo. No miente el escritor cuando dice en alguna parte que él jamás inventó nada. Tan sólo aprendió a formularlo en poesía, aunque no lo pareciera, como le enseñó Faulkner. ¿Y no es la poesía, esencialmente metáfora, la vía indirecta por excelencia?

     Y no deja de tener gracia -aunque es muy típico de él-, que Stendhal amase las matemáticas con una pasión casi digna de Julien por Mathilde de La Mole (nada iguala la pasión de Julien) porque las matemáticas están lejos de lo "casi", de lo "à peu près", de lo "parecido" y de lo hipócrita. O si se prefiere, de la "vía indirecta"... aunque tengo entendido que en matemáticas también es posible esta. Stendhal, el más indirecto de los escritores, técnica que llevó al virtuosismo en su primera novela, Armance (escrita en 31 días). En ella habla de algo que no podía ni nombrar en los salones parisinos, y que le costó el amago de alguna calumnia, como era previsible, aunque una de sus amantes salió a poner las cosas en su sitio. ¿Qué? Será mejor que lea la novela (en Espasa en español), detesto contar peor y estropear lo que otros ya han narrado con muchísimo talento.

   Nuestra época súbdita de la imagen tiende a creer en la literalidad que, en apariencia, se desprende de ésta: esa creencia patética en que "una imagen vale más que mil palabras", que ruboriza repetir. Y sin embargo, ¿hay alguna imagen que no quiera decir eso y mucho más? Y no me refiero a las geniales, como La familia de Carlos IV, de Goya -todavía no entiendo cómo el Rey no mandó fusilar al pintor que lo había retratado con tanta ironía republicana- sino a las más insignificantes: cualquier fotograma de las muchas horas de banalidad televisiva en España es tan reveladora o más sobre el estado del país y las causas de lo que estamos viviendo que cualquier informe alemán o belga lleno de cifras y flechas, informes muy limitados que pretenden resumir el estado de una sociedad en su producto interior bruto. En cambio, casi cualquier cartel de los exhibidos en la excelente exposición de la Fundación March sobre las Vanguardias Aplicadas nos hace ver la riqueza de la época -hace un siglo-, y todo lo que hemos perdido en imaginación y atrevimiento desde entonces, pese a los inventos de ordenadores personales y útiles "aplicaciones" que sin embargo no son capaces de emular su ingenio. Esos carteles son un documento de entonces e, indirectamente, también de ahora.

   En esta época en particular alusiva, cuando parece más que nunca que hay que leer otras cosas para entender lo que dicen las que tenemos frente a los ojos -como siempre por otra parte-, ¿puede alguien decirme qué habla de otro modo que mediante la vía indirecta?



[i] Dibujando la tormenta, Pedro Sorela. pag. 337

Dibujando la tormenta

Ensayo. Autor: Pedro Sorela Alianza Editorial, 2006. Páginas: 472. Portada: Ángel Uriarte. ISBN: 978-84-206-4559-9. 

Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry. Inventores de la escritura moderna

Prólogo

Este libro debería pedir perdón por romper con algunas de las reglas del juego –la académica, la de la industria nacionalista, la de la correción política y otras-, pero no lo va a hacer pues, como se intenta contar, si de algo han sido víctimas los por otra parte irreductibles autores de los que aquí se habla es justo de esas etiquetas.

Su selección no responde más que al gusto personal de su autor y al único criterio de que el placer de su lectura no defrauda y por el contrario aumenta, a la par que sus enseñanzas decisivas sobre la escritura de nuestro tiempo. Y ello además de la progresiva certeza de que estas enseñanzas no serían posibles sin el conocimiento de las vidas de los autores, incluso en el caso del misterioso Shakespeare, que debemos adivinar entre líneas y legajos. Lo que sin duda discute el vasto malentendido según el cual la literatura es un asfixiante sistema ordenado en función de los más variopintos, no siempre convicentes y en ocasiones bromistas criterios, desde la patria hasta el sexo, o de que la literatura es sólo texto. Más aún, texto cuya principal razón para existir es la de ser interpretados y la interpretación es lo que importa. Como decía Borges, las “universidades crédulas” no hablan de literatura sino de historia de la literatura. A Faulkner, a su vez, no le extrañaba nada que pudiesen hacer los académicos. 

  • Pedro Sorela

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