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Artículos etiquetados con: Saint-Exupéry

¿Cuántas notas antes de escribir?

Miércoles 01 Marzo 2017. En Blog, Sastrería

Leonardo, L'ombra della sera, Pisarro.

Sastrería

He leído en algún sitio que El Quijote iba a ser un cuento y, visto que funcionaba muy bien y que se podían escuchar las carcajadas de Cervantes en el ático mientras lo escribía, decidió alargarlo.

     Quizá. Por qué no. (En efecto, el comienzo tiene diferencias con el resto de la novela, aunque eso le ocurre a muchas novelas). Lo que se olvidan de contar los aficionados a este tipo de anécdotas, en las que parece que el arte es una ocurrencia en un domingo de lluvia, es que, ya sea un cuento alargado o la fundación de la novela moderna, lo evidente es que se trata de un escrito muy maduro, una consecuencia que se produce tras una existencia vivida y sobre todo mirada de un modo muy determinado y no de otro. Como decía Saint-Exupéry, "no hay que aprender a escribir sino a ver".

    En pintura se aprecia con mucha mayor claridad: en lo que llamamos arte clásico, el artista necesitaba numerosos apuntes y esbozos para emprender la pintura de un cuadro, una escultura, una catedral. Pero eso se da a veces, incluso, en la pintura moderna: véase todo el proceso que conduce al Guernica, de Picasso, que se puede recorrer en el Reina Sofía de Madrid. Y cualquiera que haya visto la escultura etrusca L'ombra della sera (La sombra de la tarde) puede apostar a que Giacometti ya la conocía al proponer sus seres verticales. Pero esa es otra historia.

     Todo lo cual propone el no menor asunto de cuándo debemos a empezar a escribir. De mis años de periodista recuerdo a un jefe que, cuando un reportero se quejaba de que no sabía por dónde empezar, le decía: "Tú empieza y verás cómo va saliendo". Y así era, en efecto. O sea, que la escritura va tirando de sí misma como cerezas en un cesto.

      En periodismo, ciencia, contratos... está claro cuándo hay que empezar a escribir: al tener suficientes datos para hacerlo. ¿Pero en creación? También aquí hay dos escuelas: la que yo identifico con el mundo anglosajón, en la que muy a menudo el escritor elabora muy densos planos y sabe todo lo que va a ocurrir antes de ponerse, y la de los escritores que se sientan a escribir... para descubrirlo. Solo escribiendo descubren cuál es la historia, que estaba guardada en su subconsciente o en el lugar, sea cual sea, donde vive la imaginación. Ese sería el caso de Saint-Exupéry, que escribía largo, muy largo, y luego cortaba, cortaba mucho, hasta descubrir las páginas de las que ya no es posible suprimir más. Y lo sabemos gracias a su manuscrito Ciudadela, que no tuvo tiempo de pulir y que multiplica por cuatro o cinco el volumen de sus otros libros. Estoy convencido de que a Borges le pasaba otro tanto, solo que él lo hacía en la cabeza y luego escribía o dictaba ya en limpio sus páginas irresumibles: véase el manuscrito de El Aleph. Flaubert en cambio luchaba durante semanas, como es sabido, para aprobar un párrafo. Lo que preparaba era la documentación: según decía, para escribir Bouvard et Pécuchet, una enciclopedia de la estupidez humana, leyó mil quinientos libros.

     Y aunque esa historia parta de muchas más notas que las escritas, me atrevería a decir que el resultado final no depende de lo que sabe o no sabe de su historia el escritor, al sentarse a escribir, sino del estado en que se encuentra cuando lo hace. ¿Cómo están sus ojos? ¿La poética de su mirada? ¿Su mano? No me atrevo ni a imaginar todo lo que se necesita para hablar de esos ojos. De esa mirada.

Espejismos en un mundo no tan globalizado

Miércoles 06 Julio 2016. En Blog, Lecturas

   Michael Hunicwicz
   Librería Lello, Oporto.

Uno de los mayores espejismos de nuestro tiempo es el de que vivimos en un mundo globalizado. Habría que especificar en qué porque en el campo cultural es más que dudoso: nunca como ahora en mi vida había sido tan difícil conseguir ciertos libros en ediciones de papel, o ver ciertas películas y escuchar determinadas músicas de una forma legal, sin recurrir al robo más que tolerado a través de Internet.

     Es muy fácil hacer la prueba y los resultados son alarmantes. En mi caso los ejemplos más recientes son la búsqueda de ciertos libros de Virginia Woolf o Dostoievski -o sea, dos maestros de referencia permanente-, con el resultado de encontrar tan solo, y en varias ediciones, Una habitación propia, el libro de teoría feminista de Woolf, y ninguna de sus novelas maestras, y no poder encontrar Demonios, el libro de Dostoievski que al parecer supone un estudio insuperado sobre el terrorismo, y que vengo persiguiendo desde que en Inglaterra vi cómo una cuarta traducción, hace algunos años, se convertía en un acontecimiento cultural. Pero varias librerías de fondo madrileñas no consideran que sea necesario mantener en oferta el libro de nuevo traducido y publicado por Alba, una editorial nada insignificante especializada en clásicos, hace muy poco tiempo. El empleado de una de ellas, que no menciono no vaya a ser que tenga problemas con su contrato temporal, me explicó que seguramente habían tenido los dos ejemplares de rigor en el momento de la publicación, y que una vez vendidos había que pedirlos cada vez, con el engorro insuperable de tener que volver a esa librería, al otro extremo de mi ciudad. Ese era el precio de no tener una distribuidora que pagase por el privilegio de estar en exhibición permanente. La librería en cuestión fue en su día el lugar para encontrar un libro.

     Pero es que lo mismo pasa con el cine. Exceptuados los heroicos esfuerzos de la Filmoteca, pese a pintorescos ciclos como el de las películas premiadas con Goya de los últimos años, del Cìrculo de Bellas Artes y alguna otra pantalla, a menudo subvencionadas por las agregadurías culturales de embajadas, ¿donde se puede ver buen cine y sobre todo si es histórico? Quiero decir, cine italiano neorrealista, mexicano de la edad de oro, ruso, los maestros japoneses, alemán expresionista... incluso norteamericano de la gran época, y eso que está rebozado en parte de oscares, que al parecer es el único criterio. A diferencia de otras épocas, la 2 se centra casi exclusivamente en cine contemporáneo, otras cadenas de cinemateca no terminan de serlo del todo y es mejor no visitar las tiendas de video que todavía quedan, si es que queda alguna. Mi mejor suministrador es ¡un quiosco de prensa! más o menos especializado en el que a veces se encuentran cosas, con precios altos. Ni siquiera sé si es posible bajar esas películas a través de los robos tolerados de Internet. Lo dudo... por falta de clics y de megustas.

      Y para qué hablar de música, como no sea refugiándose en los nostálgicos mercadillos del vinilo, y eso solo para escuchar una y otra vez las grabaciones históricas, como sucede con la música clásica pero también con el jazz.

     Ni que decir tiene que esto no ocurre solo en Madrid. Piénsese tan solo en lo que eran las librerías de Londres hace medio siglo, y cómo han sido sustituidas en masa por los clones de tres o cuatro franquicias.

     Era algo que ya sucedía habitualmente con los libros que estudio y hago leer en la universidad. Son muy, muy pocos los que se consiguen en las librerías y la mayor parte de ellos viven en las bibliotecas, y eso que muchos de ellos son clásicos, y en algún caso ni eso y he tenido que dejar de pedirlos a mis estudiantes pues no los encontraban ni allí: es el caso de Martin Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Simon Shama en su faceta de novelista, Roberto Walsh y hasta el Saint-Exupéry más interesante (¡!). Y no es raro que ya me ocurra con libros de lectura que debiera ser fácil y accesible. Igual que hace muchos años, me he encontrado comentando a una amiga que tendría que pedir por correo la mejor edición de Madame Bovary, pues el ejemplar de mi biblioteca, de una colección de bolsillo, ya está acartonado y amarillento (y ese sería otro tema), y en todo Madrid no se consigue esa edición, que pertenece a, con toda probabilidad, la mejor colección literaria del mundo: La Pléiade. Y mi amiga me ha dicho: "Bueno, si vas a Francia lo podrás comprar allí".

     Como entonces, cuando íbamos a Francia a comprar libros y ver películas, no forzosamente las pornográficas.

Del Pequeño Príncipe y otras traiciones del cine

Sábado 30 Mayo 2015. En Blog, Escritores

p.S.
Saint-Exupéry, Irène Nemirovsky

Creía que la última traición del cine a la literatura de la que había tenido noticia era la Suite francesa, película hecha a partir, en teoría, de la novela póstuma de Irene Nemirovski, pero unos días más tarde, y cuando ya pensaba escribir sobre ella, me llega la crónica de Libération sobre el engendro creado a partir del Pequeño Príncipe, de Saint-Exupéry, y que me ha terminado de convencer de ni siquiera intentar verla: sólo la crónica, acerca de una niña que vive al lado de un piloto viejo y decadente, y este es el piloto del libro que se encontró un día con el niño príncipe, lo deja a uno anonadado de asombro de hasta dónde puede llegar la estulticia y la codicia lujuriosa de la industria del cine, cuando se ponen (y de los herederos de algunos escritores). Por otra parte, nada nuevo en lo que se refiere a Saint-Exupéry, cuya recepción, hasta hoy, es una larga sucesión de malentendidos, como espero haber explicado entre otras cosas en mi ensayo Dibujando la tormenta. Empezando por el título de ese libro que resulta muy discutible sea para niños, y que no es El Principito (una primera mala traducción argentina, que se quedó), pues el diminutivo no existe en francés, y en particular cuando es tan cursi como este y no responde en absoluto al espíritu del libro. Qué suerte, de todas formas, que Saint-Exupéry no viviese para alcanzar a ver lo que la posguerra y sus herederos han llegado a hacer con su obra, incluida la que ya casi no se conoce, que es la más importante, algo que de todas formas él ya intuía iba a suceder.

    En cuanto a la Suite francesa, los adaptadores de la muy cuidada versión cinematográfica (en inglés, lo que chirría bastante), creen que cumplen al mencionar al final, en títulos de crédito, que la autora, judía, fue capturada en mitad de la guerra y llevada a un campo de concentración nazi, donde por cierto murió de tifus a las semanas de llegar. Pero lo cierto es que la película se centra en contar la historia de amor imposible entre una francesa con el marido preso por los alemanes y un oficial alemán, músico y sensible. O sea, la película cuenta una de las historias del libro y deja de lado la central -la impresión real que queda, al margen de las anécdotas-: por un lado la crónica de la estampida de los parisinos por las carreteras hacia el sur cuando al comienzo de la guerra iban a llegar los alemanes a ocupar la ciudad, con todo tipo de anécdotas de mezquindad, cobardía y ausencia de solidaridad ante el peligro (una de las razones por las cuales el libro tardó casi medio siglo en salir a la luz). Y por otro, el testimonio del miedo ante la captura final que se veía llegar como algo inevitable, y su prodigioso relato a través de un manuscrito en letra minúscula, para esconderlo, en una de las historias más conmovedoras de un escritor luchando contra la barbarie y la muerte con las armas del arte y la palabra. Muy poco rastro de ello hay en la película pero quien no haya leído el libro no lo sabrá nunca y saldrá del cine enternecido con esa versión bélica de Romeo y Julieta. Que en el caso de la gran escritora Irene Nemirovski y su último testimonio sabe a verdadera traición.

     ¿Es necesario volver una vez más sobre las incontables traiciones del cine a la literatura? Al margen de sus resultados, que pueden llegar a ser aceptables, la constante omisión de las fuentes. Y puedo ser ingenuo, o demasiado honrado, pero yo en una película valoro la idea original y el guión por lo menos tanto como la realización. O sea que El Gatopardo, de Visconti, es una obra maestra (he elegido las palabras) entre otras cosas porque antes lo fue el libro de Lampedusa. Lejos de África no lo es porque ni se acerca. ni siquiera en el título, a la inclasificable calidad del libro de Karen Blixen Out of Africa. Y el guión de El tercer hombre fue escrito por Graham Greene -un caso rarísimo-, antes de redactar él mismo la novela. De Apocalypse now, lo irritante es que se suela olvidar que es una variación de El corazón de las tinieblas, de Conrad. ¿Y cómo es posible que se filmen versiones de Homenaje a Cataluña, de George Orwell, sin mencionar de forma explícita este origen estruendoso? Pues se hacen, y con impávida desfachatez: véase Tierra y libertad, de Ken Loach. Pero el préstamo que me parece más asombroso es el de Los otros, de Amenabar, junto con otras películas de Hollywood inspiradas por la misma idea genial, como El sexto sentido, que no rinden el menor reconocimiento a una obra en absoluto común, a su vez descendiente de Dante, como es el Pedro Páramo de Juan Rulfo.

  • Pedro Sorela

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