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Artículos etiquetados con: Retratos de escritores

El autor como obra

Martes 18 Noviembre 2014. En Blog, Entrevistas

Paris Match
Julien Green, en su salón.

Entrevista / El escenario

Ya entonces no muchos lectores en España se acordaban o tenían muy en cuenta la obra de Julien Green, un escritor que vivió durante años la extraña (e incómoda) condición de clásico no tanto vivo como superviviente. Y sin embargo, con buen criterio EL PAÍS me envió a París a entrevistarlo, y mi rol no fue tanto el de entrevistador de escritores con motivo de un título más, como el de arqueólogo de un tiempo que ya se ha ido y del que hay que aprovechar los restos, testigo de una historia que está escribiendo su último capítulo.

    Y ese es el resultado: Colgado de una entrevista, un retrato, un paisaje en segundo plano que a la postre, con el paso de los años, es lo que mantiene la viveza. Pues una vez descontadas sus evidentes refinamiento e inteligencia, las respuestas de Green configuran el paisaje intelectual hoy muy improbable de un autor casi secular que cumplía con los modernos, e imagino que incómodos para él, rituales del lanzamiento de un libro en estos días. Cumplida la hora pactada de conversación, dio por terminada la entrevista con los discretos pero eficaces modales de un chambelán. O mejor dicho, fue su chambelán el que lo hizo.

     Pero lo que queda es un relato que tiene aún, creo, cierto interés. Virtudes de la entrevista en indirecto, que permite saltarse el diálogo contingente de actualidad y fijar en el tiempo una narración, un personaje, un escenario y un instante con entidad propias. El instante síntesis del final de casi un siglo.

     Sin duda este personaje y este escenario fueron decisivos. Con el punto de melancolía o aire trágico que no sin misterio siempre tiene París, al menos para mí -tiene que ver con la luz, que cambia todo el tiempo-, el escenario de Green parecía hecho de encargo para una película sobre él. Histórica sin duda. Unas calles que se dirían del París de Balzac o mejor de Maupassant, un piso y un salón que muy bien hubiesen podido ser los de una embajada de las de antes de la guerra. De la Gran Guerra, quiero decir.

     Ahora caigo, Julien Green parecía un personaje de una de las novelas de americanos en Europa de Henry James.

    Hoy, de aquella entrevista guardo un recuerdo aéreo de no tanto  algo en carne y hueso sino de la lectura de un libro. Quizá lo fuese.

Gran artista busca que le digan la verdad

Jueves 26 Diciembre 2013. En Blog, Sastrería

p.S
¿Qué habría sido de Flaubert de no haber recibido una crítica tajante de sus íntimos...?

Sastrería / Crítica


Este gran artista está buscando a alguien, pero no un alguien cualquiera sino alguien que le diga la verdad.

    Es una de las cosas que le hace pensar que el tiempo no pasa, y si pasa, hay cosas que pese a todo no cambian: cuando era joven y empezaba también pretendía que la gente le diese una opinión sobre sus obras. Y lo hacían, no era difícil. Pero ya entonces le costaba mucho que alguien lo hiciese con sinceridad. Cuando no mentían sin pudor pues ni siquiera se habían leído el libro, casi siempre se guardaban la opinión verdadera, y ello en el caso de que una opinión, y más si verdadera, sea algo al alcance de todo el mundo, lo que no está claro. Al parecer los que sí la habían alcanzado temían herirle. Interrumpir en plena juventud su proceso creativo, cuando es vulnerable. Y en eso se equivocaban pues nadie puede interrumpir a un artista, cuando empieza, si de verdad lo es. Nada, y mucho menos una crítica, por radical que sea. Me atrevería a decir que al contrario, que una crítica severa y sobre todo miope lo que hace es reforzar al artista.

     Lo cual no quiere decir que no necesitase de esas críticas. Según indicios, todo el mundo las necesita, o las recibe de modo indirecto, como Shakespeare, empresario teatral que podía recoger de forma muy gráfica en taquilla el resultado de sus obras, por lo demás casi siempre indiscutible. ¿Y qué habría sido de Flaubert de no haber recibido una crítica tajante de sus íntimos Maxime Du Camp y Louis Bouilhet tras la legendaria lectura en voz alta de Las tentaciones de San Antonio en la casa de Flaubert, a lo largo de días? Cuando estos buenos amigos le dieron una opinión catástrofe (sobre una obra de la que Faulkner, un siglo después, se mostraría entusiasmado), Flaubert optó por cambiar de rumbo 180 grados y emprendió la creación de Madame Bovary para, no contar la historia de un ama de casa trastornada, como asombrosamente leen algunas críticas contemporáneas, sino transformar la escritura moderna.

     Pero bueno: el caso es que este gran escritor, este inmenso artista que nos ocupa busca que alguien le diga la verdad. Y ahora sí que es difícil. A estas alturas ha ganado muchos premios y ha vendido muchos libros, es numerario de un par de Reales Academias y doctor honorífico de media docena, le señalan disimuladamente con el dedo en los restaurantes y la gente le pide autógrafos en las servilletas, y nadie se atreve a toserle. Y mucho menos a criticarle. ¡Por Dios! ¿Qué sentido podría tener criticar  a alguien que escribe los libros de los que todo el mundo se siente obligado a tener una opinión?: "¿Ya has leído el último de...?"

     Ahí está: que las opiniones son siempre a favor. No ocurre como con Shakespeare -de quien no recuerdo quién decía que resulta inabarcable y a lo más que se podía aspirar era a equivocarse sobre él con cierta originalidad-, pero algo parecido. Además, los comentarios un poco largos y a menudo herméticos de la crítica consagrada, llenos de largos excursos y citas eruditas, están siendo sustituidos por los Me gusta, los retuit o la estrella de Favorito de las redes sociales, y ahora los suplementos literarios languidecen, menguan, cierran o pasan a la otra vida fantasmal de la Red, y ya las Grandes Opiniones tienen que medirse con las pequeñas y no pesan tanto. Ahora el peso de los escritores se mide por el número de megusta y de retuits que son capaces de provocar, y cada uno de esos impactos pesa lo mismo, por más que esté por demostrar que sean capaces de provocar la compra y mucho menos la lectura de los libros. Y en todo ese maremágnum, que además va a toda pastilla, es muy difícil encontrar una opinión sincera y, más difícil aún, armada.

      Parecerá una anécdota pero lo cierto es que el artista la necesita. Con independencia de que vaya a vender muchos libros o le den un premio, otro, que seguro se lo darán, el escritor está metido en una encrucijada. No sabe si ciertas decisiones estratégicas son una genialidad que le meterá en la historia de la literatura, o al menos en un pie de página, o una metedura de pata de las que hunden una biografía. Necesita una opinión sincera. Pero lo único que recibe son sonrisas, palmaditas en la espalda, aplausos, entusiasmos. No es que se sienta solo. Es que lo está.

 

Mutis, un esbozo

Miércoles 06 Noviembre 2013. En Blog, Entrevistas

p.S
"...era un tipo sutil y finísimo, como no siempre corresponde a un poeta..."

Nos preguntó qué tal estábamos, qué tal el viaje, y Esperanza le dijo que le dolían las piernas.

     -Eso es el plomo de la contaminación, que se te está aposentando en las rodillas, comentó Álvaro Mutis, y nos sonrió a modo de bienvenida a su acogedora casa de México, con esa gran sonrisa que tenía, o quizá riese, se reía con generosidad, sin guardarse nada para después. 

      Y sin embargo era un tipo sutil y finísimo, como debiera corresponder a un poeta y no siempre corresponde. Tenía una voz de doblador de películas, lo que en efecto fue en algún momento de su vida, no tan bohemia como se sugiere -a fin de cuentas trabajó en grandes empresas casi todo el tiempo-, ojos achinados que pensaban siempre, aunque riesen a menudo, y una memoria de circo. Era el único colombiano que yo conozca que afirmara recordar perfectamente a mi abuelo materno, médico, en su laboratorio y farmacia en una esquina de una Bogotá casi colonial (prehistoria también de mi abuelo), que él podía citar y yo no.  

     Tuve la suerte de conocer a Mutis y frecuentarlo algo antes de que la gloria lo secuestrara, como a muchos, y se lo llevara a los previsibles hoteles del circuito obligatorio de los escritores de éxito en Madrid. Entonces llegaba a la Residencia de Estudiantes, antes de que lo convirtiesen en un hotel casi tan predecible como los otros, y decía que disfrutaba con sus camas estrechas y más bien duras, los cuartos pequeños, propios de un colegio mayor, y los fantasmas de la Generación del 27 que todavía se paseaban por los pasillos y que fueron los primeros en marcharse tras las reformas. Entonces escribía sólo poesía, según él en los aeropuertos -viajó mucho como representante de un par de multinacionales de petróleo y de cine-, y era generoso con su tiempo y entre sus amigos se contaba gente de todas las edades: una rareza entre los grandes escritores hispanos.

     Siempre tuve la sensación de que Álvaro Mutis, pese a las apariencias, vivía atrapado en un personaje que no le gustaba mucho pero tampoco podía hacer gran cosa por evitarlo. Él me habló de ello en una entrevista, su frustración, por ejemplo, por la tragedia de que todo el mundo tomase a broma lo que para él eran muy serias convicciones monárquico legitimistas, entre otras cosas porque me imagino que no son muchos quienes podrían hoy definir tal concepto. Pero creo que el equívoco es más, mucho más amplio. Aunque conservaba un acento bogotano muy puro (bogotano de los de antes), pese a vivir en México desde hacía décadas, no estoy muy seguro de que él, el creador de Maqroll en Gaviero, un viajero sin más patria que el mar y la tierra caliente, se sintiese cómodo con el papel de escritor nacional que poco a poco la industria identitaria le ha ido adjudicando y en la que finalmente lo ha encerrado: Ese espejismo romántico patriótico, tan cómodo para profesores de literatura, gestores culturales y periodistas, mediante el cual los escritores representan tal o cual sitio: Argentina, México, Perú, Colombia… Me pregunto cuál habría sido la repercusión de Mutis -nótese que no hablo de su importancia sino de su repercusión, no es lo mismo- de no ser por su muy difundida gran amistad con García Márquez y el hecho de ser el lector de sus manuscritos, o inspirador de alguno de sus libros, como El general en su laberinto, libro tan estupendo como incomprendido. O de no haber pasado por la cárcel, para escribir, por cierto, una de sus mejores obras: Cuaderno del palacio negro. Un episodio del que rara vez se habla, y no se suele saber, por tanto, que fue debido a una excesiva generosidad de Mutis, relaciones públicas de una empresa, que tiraba del presupuesto como un gran señor y mecenas para subvencionar a artistas amigos.

       Era sin duda el mejor conversador que recuerdo, y me parece que eso es algo muy propio de los colombianos de su generación. Era también alguien de quien no se podían esperar lugares comunes y sí en cambio ideas propias, a menudo deslumbrantes u originales, sobre casi todo. Tenía una erudición que habría sido espectacular de haberse él dejado ir, cosa que no hacía, y una curiosidad también infrecuente: en nuestro segundo encuentro me comentó mi primera novela, pero creo que se trataba sobre todo de una cortesía de salón con un periodista. Se lo agradezco igual, del mismo modo que el manuscrito de una de sus novelas, que más tarde me regaló. Y le agradezco algunas lecciones, como una pequeña guía para saber beber: No beber para arreglar problemas. No beber solo. Y no beber porquerías, entendiendo por porquerías todo lo que no sea un estupendo whisky y no recuerdo si un magnífico coñac: nada más. Tampoco olvido su convicción de que no se debe vivir de lo que se escribe si se quiere escribir con libertad.      

  • Pedro Sorela

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