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Artículos etiquetados con: Periodismo

Las muchas fronteras de un texto

Martes 14 Junio 2011. Blog, Sastrería

Las muchas fronteras de un texto
Uccello pintó el trípico de La Batalla de San Romano para mostrar el escorzo del pequeño cadáver en primera línea

Sastrería

El marco

En principio todo texto cabe en un marco, de igual modo que todo paisaje ha de ser elegido por un pintor de paisajes y luego recortado para que quepa en el lienzo. Lo mismo hace un fotógrafo con el teleobjetivo: lo mueve para acercar o alejar lo que ve y de paso consigue un modelo más o menos grande. El marco es pues una limitación física, al menos en la pintura realista, y de ahí el viejo sueño de la vanguardia de quebrar ese marco.

En escritura, casi que se podría caracterizar a cada época por su concepción del marco: los griegos reclamaban que toda obra de teatro se desarrollase en un sólo lugar, para contar una sola acción y a ser posible en un tiempo determinado, que llegaron a fijar en un día y una noche. El periodismo todavía tiende a creer que toda se historia se puede contar contestando a las archisabidas cinco preguntas, tal vez seguidas de otras dos: por qué y quién lo dice.

Pero desde que los seguidores de Victor Hugo se vistieron de amarillo para ir a librar la "batalla" de Hernani, la obra de teatro que acababa con algunas convenciones clásicas (la batalla duró todas las noches de un mes, y cuesta entender cómo se podía entender la obra, con los abucheos de unos y otros), la noción de marco está en crisis. O mejor, de un único marco, y no sólo en el teatro. Hace tiempo que algunos periodistas comenzaron a notar que la aplicación de las famosas preguntas, y de sólo esas, podía conducir en ciertos casos a mentir, mentir legalmente, y que Picasso y los cubistas rompieron el plano de la mirada natural para buscar una más completa. Los ejemplos de tales rompimientos del marco son muchos y constituyen la historia de la modernidad... o tal vez de todas las épocas.

Ucello

El Renacimiento sacó la pintura de la obligación de la temática religiosa, por ejemplo, y con la invención o el descubrimiento de la perspectiva cambió la visión del mundo: en Florencia la gente hacía cola para ver los frescos de Santa María Novella (otra iglesia) y contemplar cómo la gente "vivía" en la pared. Se dice que Uccello, que hablaba de la "divina perspectiva" y murió trastornado, montó el enorme tríptico de su "Batalla de San Romano" (una deslumbrante batalla, falsa como pocas, hoy en tres museos), sólo para poder mostrar en el primero el escorzo del pequeño cadáver situado al frente : un rompimiento del marco, en ese momento prodigioso.

La noción de marco, hoy muy amplia y variada -desde la geografía que abarca una novela hasta su ritmo interno- puede ser utilizado como medida de armonía... a condición de que no se caiga en el dogma y la mezquindad. Siempre recordaré la lección de generosidad e inteligencia artística que daba, en la universidad, el compositor contemporáneo Cristóbal Halffter al hablar de los grandes clásicos y desvelarlos. El cubismo, la dodecafonía de la Escuela de Viena, la fiebre de los pintores fauve, En busca del tiempo perdido, el imposible empeño de Paradiso, de Lezama Lima, un reportaje-libro de David Foster Wallace contando un torneo de tenis de segunda división en Illinois, los cuadros insolentes del expresionista Otto Dix o El secuestro, de Georges Perec, una novela escrita sin la "e" en francés, sin la "a" en su traducción española), proponen marcos distintos a los heredados, en obras por otra parte admirables. Igual que Picasso o que Beckett.

Bastante tiene hoy la escritura con pelear contra el marco menguante de "lo legible", esto es, vendible. Lejos estamos del descubrimiento del subconsciente por el sicoanálisis y el consiguiente desarrollo por las vanguardias del monólogo interior y hasta la escritura automática por los surrealistas. No hace un siglo de ello.

Comparación

Miércoles 11 Mayo 2011. Blog, Sastrería

Comparación
Los frescos del renacentista Fra Angelico 
en el monasterio de San Marcos, en Florencia, 
agrandan las celdas. Véase: Lección del ángel
Picasso sabía que cualquier hombre reconoce a otro.

Sastrería

La escala humana

El número de imágenes y de comparaciones posibles es superior, muy superior al de granos de trigo multiplicados por las casillas del ajedrez según el célebre cuento egipcio, y sin embargo tendemos a resignarnos a unas pocas: alto como un armario, ojos como carbones encendidos, etc.

De la comparación podríamos hablar sin término, pero si alguien dice que un hombre mide 1.80 de alto, por 60 de ancho y 35 de fondo, esa información nos puede servir para desenmascararle como un tecnócrata. Hay muchos, desde que Kant dijo que lo empírico y sólo lo empírico es la única medida aceptable y fue consagrado como el profeta de una nueva religión definitiva y absoluta. Desde entonces sufrimos una sobrevaloración de lo medible. De la cifra. De la estadística.

Por culpa de Kant las abuelas prefieren los ingenieros a los poetas como maridos para sus nietas, negándose a comprender que un matrimonio depende más del talento para la conversación que de la capacidad para pagar las letras de una hipoteca. El trágico resultado es que la versión más creída de la realidad es la que proporcionan autores  que esconden su falta de imaginación en la melancólica idea de que la verdad se alcanza con básculas y calculadoras.

Una posible forma de mejorar "el dato", que es tan sólo un indicio de la realidad, suele ser la comparación, y a ser posible la comparación humana: para saber cuán grande es una pirámide ponemos a su lado la figura de un hombre. Y entre pirámide y hombre se establece una relación que comprendemos de inmediato. Un fenómeno, dicho sea de paso, evocador de la metáfora, que descubre parentescos, ocultos hasta que el poeta los saca a la luz.

La escala humana, como nos enseñaron Grecia y el Renacimiento y combaten los tecnócratas sin cansarse, incluidos los totalitarismos, es la más eficaz de las comparaciones pues es la que comprende cualquier hombre, en cualquier circunstancia. Por eso es la preferida por definición en periodismo, donde las catástrofes, por ejemplo, se miden sobre todo por sus efectos sobre ellos. Es algo que también podemos ver en Shakespeare, otro renacentista, donde la mayor parte de los símiles son humanos... y nos descubren al ser humano.

"Vuestra belleza que me incitó en el sueño a emprender la destrucción del género humano con tal de poder vivir una hora en vuestro seno encantador".
(Ricardo III)

Y en Picasso, que se pudo librar a todo tipo de experimentos, en apariencia muy arriesgados... sobre todo porque había comprendido ese principio: hijo de un profesor clásico de pintura, toda su obra está constituida por variaciones sobre el cuerpo, y variaciones, si se miran con cuidado, muy respetuosas con la escala original.

Y el cuerpo humano es algo que todos reconocemos sin necesidad de haber recibido ni la primera clase de arte moderno.    

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  • Lección del ángel
  • Del ninguneo como género crítico y nueva censura

    Por: Pedro Sorela Domingo 05 Octubre 2003. En Artículos, Periodismo

    Foto: Job Koelewijn – via KNAW Pressphoto

    Supongamos por un momento un país en el que la gente ya no lee y sin embargo se siguen produciendo libros. Y supongamos que es una situación imaginaria pues imaginario es una palabra fetiche con la que de inmediato adquirimos cierto margen, cierta flexibilidad en la exigencia de la carga de la prueba. Esta, como es sabido, suele ser requerida en las actividades académicas pero a veces, a menudo incluso, con toda la buena intención del mundo la dicha carga lastra de tal modo la que podría ser una buena intuición inicial que termina por hundirla: aquella ya no es una intuición, con toda su revolucionaria capacidad de sugerencia -la sugerencia es revolucionaria porque es inmanejable, inabarcable e impredecible-, sino un obstáculo más entre la retórica académica y, ya no la verdad, sino la simple comunicación.

    Así que en esta sociedad que ocupa más o menos la tercera o quinta plaza en la producción de libros en el mundo, puesto más, puesto menos en la lista –o sea, un mercado en torno a los 350 millones de personas-, la gente ya no lee. Es una forma de hablar, claro, pues resulta evidente que no pocas personas leen en el metro, y en las cafeterías (el periódico casi siempre), en la playa y es presumible que también en sus casas. Pero es también evidente (véanse concursos de televisión, o juéguese al Trivial, o háganse preguntas directas), es evidente que la gente ya no lee lo que leía antes, o que no lee lo que, antes, se suponía que debía leer, según los cánones descritos, por ejemplo, en El mundo de ayer, de Stephan Zweig. Un estudiante universitario ya no lee las 250 páginas semanales que según los criterios de la UNESCO se suponía que debía leer hace treinta años o, siempre de acuerdo con la hipótesis imaginaria, quiere decir que un profesor universitario puede no leer ni un solo libro más de los necesarios para conseguir un trabajo fijo. En ese mundo sin lectura, demencial (pero hipotético), que roza la propuesta de vanguardia, los estudiantes leen, pero no leen nada nuevo sino que repasan apuntes, y estos apuntes están a veces incluso plastificados, como conocimientos inamovibles, por profesores que los repiten a modo casi de mantras desde hace años.

    • Pedro Sorela

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