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Artículos etiquetados con: Periodismo

Vida de periodista

Miércoles 19 Abril 2017. En Blog, Periodismo

"Las ediciones digitales no aportaban nada más que porno rosa y listas tontas"

Lo que más me golpeó cuando entré a trabajar en El Diario de Mañana fue descubrir, poco a poco, que no era el lugar en el que todo parecía nuevo, como prometía su nombre y yo había creído siempre que son o han de ser los periódicos. Al contrario. Allí los periodistas escribían espectacular incendio y pistoletazo de salida, como ya resultaba imperdonable en tiempos de los abuelos, y la redacción era un permanente campo de batalla, ya no solo limitado a los lunes, en los que partidarios del Real Madrid y del Barça se echaban pullas unos a otros, según uno u otro equipo hubiese demostrado una vez más su superioridad en el campeonato que libran desde siempre y para toda la eternidad. ¿Lo único nuevo? Que ahora se las arrojaban a veces con el móvil, pero venía a ser lo mismo.

     Aunque decir que "me golpeó" parece tal vez excesivo, en realidad se oía como un pequeño ruido de fondo, un matiz en las nubes de la tormenta a lo lejos, ante el galope de las novedades que todos los días llegaban en tromba: revoluciones, bombas, elecciones, amenazas, revueltas de independencia... Todo tiene aspecto nuevo en un periódico. Se diría que en ese momento, en su primera página, se está inventando el mundo.

     El tropiezo se produjo cuando, buscando datos para ilustrar una crónica -eso es lo que hacen los novatos, pitufos, en las redacciones: buscar fotos, contestar teléfonos, mentir para cubrir al jefe, acudir a ruedas de prensa sin preguntas, encontrar datos de apoyo a las crónicas de los veteranos...- descubrí pronto que la bomba de esa mañana ya había estallado la semana anterior, y el mes anterior, y hace un año, y ya Dostoevski hablaba de ese mismo fanatismo en sus novelas. Y que esas elecciones ya se habían celebrado antes, y los argumentos para las revueltas de independencia sonaban a siglo XIX, e incluso XVIII... De tal manera que, con el tiempo, no mucho tiempo, el periódico dejaba de tener ese aspecto de novedad que tienen los periódicos planchados en el quiosco y pasaban a ser ensayos teatrales donde se repiten una vez y otra los papeles con ligeras variantes. Las ediciones digitales no aportaban mucho más que porno rosa y listas tontas.

     Fue a su vez eso lo que me permitió ir localizando una serie de roles, en la redacción, como los personajes arquetípicos de la Comedia del Arte, tipo Arlequín, Colombina y demás. Y así fui identificando, cada vez con mayor facilidad, los del jefe malhumorado. El reportero con chaleco de pescador que estuvo una vez en la frontera de un país en guerra pero pontifica como si fuese Hemingway. La madre agobiada porque el cierre le impide siempre llegar a bañar a sus hijos. El novato que cree que Twitter y Facebook son periodismo y sus pupilas van cogiendo el aspecto paralalepípedo de móvil. La reportera empeñada en reconvertir el periódico en una ONG que todos los días abre con el "Día internacional de..." (esos días fueron inventados por empresarios de prensa para ahorrarse periodistas). Los militantes de este o aquel partido, propietarios de la razón y agraviados con la limitadita cerrazón universal que no les vota...  Y así, poco a poco, el tifón del periodismo se fue convirtiendo en una tormenta tropical y luego una lluvia pacífica de primavera, hasta llegar a la rutina de cualquier oficina con máquina de café y conversaciones sobre los sueldos, el escalafón y las vacaciones.

     Hasta que hace unos días comencé a salir con Rita, redactora de Sociedad. Es maja, agradable, con las ideas correctas y presentable a la familia. Tengo que competir con un rival temible, el móvil, pero qué le vamos a hacer, los periodistas vivimos en las redacciones y tampoco conocemos a demasiada gente lejos del reflejo de nuestras pantallas. La primera vez que fuimos a cenar me pareció que comía más con el cerebro que con el paladar, pero eso es algo muy de estos tiempos obsesionados con el estar fit (así lo llaman). Cuando fuimos a bailar tuve la impresión de que lo hacía siguiendo pasos grabados en el disco duro, y que sus manos frías tenían huesos de metal. Y cuando nos metimos en la cama me pareció escuchar los gemidos de unos engranajes faltos de aceite. 

El nuevo becario que vale por doce

Miércoles 16 Julio 2014. En Blog

"Yo quiero más. quiero hacer lo que no incluye el casi".

Coincidió con el inicio del verano y me presentaron como un becario más: "Se llama Borja y viene para ayudarnos. O sea que portaros con él como buenos compañeros".

     Con los días me fui enterando de que no era cierto: yo no era un becario más. De hecho, todos los años contrataban a veinte estudiantes, y este año habían contratado a doce, además de mí, de modo que si me equivoco esperaban que yo hiciese el trabajo de ocho. Y como cada becario sustituye en verano a un redactor y medio, se puede decir que esperaban de mí el trabajo de doce periodistas.

        Calcularon mal.

     Al principio, lo confieso, me costó algo. No entendía que las primeras dos horas en el periódico se fueran en leerlo, comentar el partido del día anterior, hablar por teléfono con los amigos, y retuitear o poner "me gusta" en los posts de algunos tuits o entradas de Facebook pues yo ya venía tuiteado y gustado de casa. Y luego no terminaba de entender que las noticias que me confiaban para escribir fueran a la postre versiones alargadas o resumidas de lo que ya aparecía en alguna parte. Además de alguna llamada ocasional -y la mayor parte de las veces con interlocutores automáticos-, mi trabajo consistía en cortar, pegar, hinchar el perro un poco (alargar) o comprimir, según el espacio.

     - ¿Esto es el periodismo?, le pregunté pues a Diana, mi redactora jefa, como un millón de becarios antes que yo.

     Se me quedó mirando.

     - Sí. Casi siempre.

     - Pues yo quiero más. Quiero hacer lo que no incluye el "casi".

     Noté que en principio no le gustaba la idea. No me pregunten cómo, esas cosas se saben.

     - Pero es que eso supone salir a la calle...

     - Bueno, en la calle están las noticias, ¿no?

     - Cada vez menos. Y de todas formas: ¿quién haría tu trabajo?

     Aquí es preciso decir que Diana, la redactora jefa, sentía cierta debilidad por mí. Está mal que yo lo diga, me doy cuenta, pero no me han programado con modestia -la modestia es inútil conmigo, si es que es útil con alguien-, y sí en cambio me diseñaron como el común denominador de los guapos que salen en las revistas tontas. Si se hacía abstracción de mi apellido, yo era el príncipe que esperan las suegras, el inteligente aventurero con que sueñan las periodistas.

     O sea que Diana terminó por acceder. Trajo de vuelta a la base a los pocos becarios que habían salido -no protestaron, les alegró volver cerca de las pantallas grandes para navegar a gusto- y les puso a hacer lo que antes hacían siempre: cortar y pegar, trasladar y comprimir. Y a mí me envió a la calle, en busca de noticias, en la convicción acreditada en muchos años de que las noticias suelen encontrarse en los mismos caladeros -la llegada del calor, las fiestas de los pueblos, las corruptelas del concejal de urbanismo, los muertos en la carretera, los grandes amores del verano-, y muchas veces no hace falta ni alargar o cortar las del año pasado. O sea que yo Robot, cronista.

 

El verano de hoy del 73

Miércoles 01 Agosto 2012. En Blog

Gerda Taro por Fred Stein. En "La maleta mexicana".

El verano del 73 fue el de mis primeras prácticas en periodismo, en Madrid, cuando decidí abandonar la profesión, y el verano en que fue derribado Salvador Allende, y se acabó, sin retórica, con el principal sueño de muchos de aquella época, o al menos de algunos de mis amigos americanos. Yo vivía en un ático de estudiantes cerca de la plaza de toros, y por las noches sacábamos los colchones a la terraza y nos dormíamos con el ruido de la ciudad, que se acostaba mucho más tarde que ahora. Aunque todavía no se hablaba ni de lejos de cambio climático, el calor era tremendo, y recuerdo que uno salía del metro sin aire acondicionado en la Gran Vía, sobre las tres de la tarde, y sentía fresco. Para escapar de una hora y media de transporte diario, yo me agarraba a la lectura afiebrada de clásicos, como El rey Lear, y así descubrí que usar los libros buenos como vía de escape de trenes abarrotados es uno de los métodos para no olvidarlos nunca.

      Por alguna razón tengo muchos recuerdos de ese verano de sólo tres meses, tal vez porque descubrí el trabajo -el trabajo, casi, en cadena-, y esa es una experiencia difícil de olvidar: al final del primer día sentí la garganta cerrada y los ojos casi húmedos. ¿Así va a ser mi vida, para siempre?, me pregunté. Ahora sé que mi agobio angustiado no venía tanto del trabajo, que cuando merece la pena no asusta ni se contabiliza como tal, sino de la situación de absurdo casi existencialista: había ido a parar a una agencia de noticias para hacer sobre todo prensa rosa, que no por ser bastante más liviana que la de ahora dejaba de ser, ya entonces, porno puro y duro. Una experiencia traumática: venir de la universidad y el debate permanente (y a menudo pedante) de grandes ideas, teatro en mi caso, y viajes, y de relaciones más bien estudiantiles y despreocupadas pero bastante sinceras, para verse inmerso en un mundo enano de tías buenas y cotilleos en el que un acontecimiento podía ser la inauguración de la discoteca de una presentadora de televisión. Bolas de luces y un intenso olor a colillas de Ducados y whisky, de garrafón muy a menudo. La era del Destape... y el cinismo: mi redactor jefe, en complicidad con un productor de cine con técnicas de traficante, era especialista en conseguir la publicación, en toda esa pléyade de revistas porno que en España leen las mamás y las amas de casa, de "reportajes" de chicas estupendas, como supuestas actrices, o cantantes... antes de que hubiesen participado en la primera película o cantado siquiera bajo la ducha. Supongo que él cobraba el impuesto revolucionario pero a menudo ese verano el que escribía el reportaje era yo. Mi jefe me alargaba una foto de la chica y decía: "Se llama Sylvia y es danesa. Tres folios". Y yo, en máquinas de escribir que hacían muy pesadas para que coléricos directores no se las pudiesen arrojar a los redactores que pedían sueldos más dignos, con papel cebolla y dos copias al carbón, escribía: "Su afición son las cucharillas de plata, que colecciona. También le gusta la hípica". Y así... Tres folios. Me hacía un par de esos reportajes o tres en una mañana. Lo juro.

     Al acabar el verano yo había decidido terminar la carrera, pues no tenía valor para decir en casa que abandonaba al cabo de dos años, pero no ejercerla jamás. Hubiese preferido esquilar ovejas. Y sin embargo, había hecho un trabajo paralelo que he vuelto a recordar en este verano, una vida después. Mi compañero Txema Alegre, mayor que yo y ya director de un grupo de revistas sectoriales, en este caso de la alimentación, me había ofrecido la oportunidad de escribir una serie de entrevistas con barmans y camareros. Las que yo quisiera: podía dejar un fondo preparado para que se fuesen publicando a lo largo del invierno, y el dinero que me pagaba me podía venir bien para juntar los meses.

      Y así lo hice: los fines de semana me recorría la ciudad de arriba abajo, en busca de camareros que quisiesen responder a mis entrevistas de principiante, para descubrir que las disfrutaba. Entonces el hecho me sorprendió y ahora me sorprende mi sorpresa: a fin de cuentas, eran entrevistas de verdad -yo tomaba también las fotos- con gente de verdad, y si uno sabe escuchar, eso casi nunca defrauda: todo el mundo termina por tener algo que decir. Además, a su través yo percibía una historia española que comenzaba a ser interesante. El fin de la dictadura se sentía en el aire: yo la dictadura la identifico no tanto con represión, que nunca me alcanzó, sino con algo parecido al aburrimiento, aunque riésemos bastante; un país congelado en un tiempo muy lento. Y alrededor comenzaban a pasar cosas: cierta inquietud en Portugal, por ejemplo, y una Europa todavía de arte e ideas y todavía no de marcas y banqueros horteras. Es posible que fuesen esas entrevistas a las que no di entonces importancia, y el contacto más tarde con un periodismo más real y estimulante en la Transición, las que me permitieran pese a todo seguir en la profesión al acabar la universidad. Y ya entonces, bastante suerte.

     En mi vida también pasaban cosas importantes. Comencé a salir con un grupo de chicas mayores que yo, por ejemplo, y por primera vez en mi vida me vi sopesado como hombre, no como estudiante. Es decir, no en función de mi simpatía o atractivo sino como posible compañero para toda una vida. Eso marca... e intimida. Ahora me hace gracia mi ingenuidad, con el tiempo me enteré de que había sido sopesado -y descartado- desde mucho antes. Sin enterarme, claro.

     Y el 11 de septiembre se produjo el golpe contra Allende, en Chile, donde se encontraban, entusiastas e intentando ayudar en lo que se pudiera a la primera revolución socialista y democrática del continente -por eso mismo se la cargaron, por su peligro de contagio- mi hermano Luis Xavier y varios compañeros de colegio: el pintor Gustavo Zalamea, Ramiro Mariño, Simón Meckler... Todos pudieron asilarse a tiempo en la embajada de Colombia, y allí mi hermano hizo de testigo de la boda de Gustavo con Elba. Gustavo, gran pintor del color y de la sugerencia  literaria, murió hace unos meses de una infección pulmonar remontando el Amazonas...

     Lo cuento porque el proyecto de Allende fue por así decir la guerra civil española de mi generación, el lugar de encuentro de los ideales de una época. Y estos días me lo ha recordado una vez más la proyección de La Maleta Mexicana, un sugerente documental (aunque con algún error grueso y las consabidas frases hechas de algunos acerca de la guerra civil) sobre los negativos que Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, Chim, los primeros y mejores fotógrafos de guerra que se han dado, hicieron en la guerra de España y también el primer exilio, el del cruce de los Pirineos, los terribles campos de Argelès-sur-mer y la travesía marítima hacia la salvación mexicana: Gracias a su generosidad y a la lucidez de su presidente, Lázaro Cárdenas, los mexicanos se ganaron a 50.000 exiliados de la guerra, muchos de ellos muy buenas cabezas, y cómo se nota en aquel país... y cómo se nota en España su ausencia. Por cierto que los negativos de Argelès a mí personalmente me abrieron los ojos sobre la extrema dureza de algo que podría sonar como vacaciones junto al mar, y son un formidable argumento contra la censura correcta y beata que se pretende imponer, y a menudo se impone, sobre las fotos de guerra. Además de otros muchos ejemplos que proporcionaría la guerra mundial, hoy no sabríamos de aquello de no ser por fotos como estas, que supo poner a salvo el chico del cuarto oscuro de Capa, Csiki Weisz, en unas cajas -la maleta- que son ingenio y arte en sí mismo.

    Otras cosas de este verano me han recordado aquel: el calor, sin duda, y también los Juegos Olímpicos. No hubo Olimpiadas aquel verano, pero recuerdo que, en mis entrevistas, una vez le pregunté a un camarero si no hacía ejercicio, en su tiempo libre. "¿Ejercicio?", recuerdo que me preguntó no sin sorna. "¿Tiempo libre? ¿Te parece poco ejercicio el que hago aquí tras la barra?". Y sí, recuerdo que lo calculé; una pequeña maratón todos los días.

    Me parece que desde entonces ya no me inspiran tanto respeto las proezas olímpicas... y, en esta época donde no parece haber muchas grandes causas a la vista, y menos aún grandes causas perdidas, o al menos muchos héroes que organicen su vida en torno a ellas, la usurera y previsible contabilidad de las medallas en función de las banderas me parece siempre bastante miope. Y antigua. 

  • Pedro Sorela

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