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Pedro Sorela

El sol_como_disfraz_banner«Ese joven escurrido sobre el sofá como una gabardina vieja lleva ya un buen rato sin que nadie le haga caso, pero no parece importarle. Al contrario. Sus ojos sonríen como quien al fin ha llegado a alguna parte. Y así es, ha llegado al antedespacho de Picasso en La Crónica del Siglo, y ésa es para él una conquista. Ha llegado al lugar en el que se libra la guerra de su tiempo. Más aún, donde, en el año seis desde que Picasso fue nombrado director, se va ganando.» 

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Artículos etiquetados con: Periodismo experimental

Víctimas de nuestra guerra

Miércoles 22 Mayo 2013. Blog

Víctimas de nuestra guerra
p.S
"...le hacían el regalo del continente de otra lengua..."

Parecía que había llegado al mundo mirado por los dioses, como los héroes de antes. Nacido en una familia no demasiado rica, pero liberal, Leandro fue enviado a un colegio bilingüe, donde desde la misma puerta le hacían el regalo del continente de otra lengua y todo lo que eso lleva aparejado. Tuvo un abuelo ajedrecista, que le inició en la geometría y la lógica desde los cuatro años. Una maestra con el don, que desde muy temprano le puso en el camino de la búsqueda de la belleza, la única belleza posible. Una profesora exótica de Historia, que se la comenzó a enseñar con gracia y relacionando unas cosas y otras, incluso las bastante lejanas entre sí. En su colegio eran tan buenos en lo suyo que hacían de las matemáticas una diversión y, convencidos de que el latín y el griego no eran antiguallas, ni podían serlo, enseñaban a los niños a distinguir las fuentes y el duende, no sólo de su propio idioma sino de los vecinos, de forma y manera que no eran raros los políglotas a los dieciocho. La literatura, como consecuencia natural de todo ello, era un modo de vivir, un placer buscado.

    Pero no era tanto una cuestión de excelencia en los profesores pues también ahí se colaba de vez en cuando algún sujeto que parecía haber elegido la docencia para tener garantizada la siesta, o para torturar mejor e impunemente a más pequeños y débiles que él. Esas licencias en apariencia peligrosas tenían por objeto recordar, como un espantapájaros, que la mediocridad existe y existirá siempre hagamos lo que hagamos, y es necesario mantenerse alerta. Lo importante es que por alguna razón ese sistema hacía crecer a los estudiantes, hilaban más finamente las ideas y  eran mejores personas.

     Bien: hasta aquí el cuento de hadas, el guión de la película para uno de esos telefilmes de después de comer y que no cuelan ni untándoles un poco más de aceite. En realidad Leandro se llama Manuel, o Almudena, o Josemari, y puede acudir, o a un colegio de curas donde le enseñan catolicismo antes que matemáticas y le eligen lo que debe leer en función de si es o no un ejemplo en su camino de conversión en un ciudadano dócil y buen padre de familia, o a un colegio laico pero políticamente correcto donde le enseñan que es más importante decir alumnos y alumnas que hablar bien el castellano y de acuerdo con la primera ley de todas, que es la economía del lenguaje. En este colegio la Historia pasa por detrás de la historia y geografía patrias (léase la definida por la palabra nosotros, aunque no seamos muchos), y el aprendizaje de los clásicos -¿clásicos? ni siquiera se reconoce ese concepto imperialista y colonizador- va por detrás del de  todos los hombres y mujeres, grandes o mediocres, no importa, que ha producido la aldea. La literatura es por tanto, no un sistema feliz de vida, sino apuntes amarillentos de profesores que se ganan la vida con ella como podrían ganársela dando clases en una autoescuela. Los profesores brillantes están prohibidos, pues su ejemplo y enseñanza es elitista, y eso no es solidario, hay que llamarlos profes porque así no resultan impositivos, y a ser posible han de ir vestidos de profes: todo el mundo sabe cómo es eso.

    En consecuencia el talento o tan siquiera una personalidad un poco acentuada entre los estudiantes se mira con ojos suspicaces, no vaya a resultar que ese chico  termine en individualista. Es fácil deducir que en las actividades extra escolares se rodean con cuidado territorios peligrosos como la caligrafía china o el teatro (el teatro bien entendido es casi sinónimo de subversión), y que se premian los deportes sociales y de equipo, es decir el fútbol. En las proyecciones del cineclub se suele elegir Almodóvar, en segundo lugar Almodóvar -y no tanto por cineasta sino por ganador de óscares en Hollywood- y si no es posible, entonces cualquiera de los múltiples cineastas brillantes del cine nacional, que además con ellos no hay que leer subtítulos. Los idiomas, aunque oficialmente prestigiados, son en realidad sospechosos pues alejan a los estudiantes de sus raíces y las raíces, ya se sabe, son sagradas.

     No se crea que este segundo sistema bicéfalo, el real, es una opción. Una elección. En realidad es lo que queda después de que una potente y antigua consideración de la escuela como lugar de adoctrinamiento religioso, social y económico compite -y compite duro desde hace muchos años- con una más joven pero no menos potente consideración de la escuela como lugar de adoctrinamiento de ese potpurri de ideas más o menos bien intencionadas y vagamente civiles, por llamarlas algo, el llamado pensamiento único o políticamente correcto, que poco tiene que ver con la, ya ni siquiera excelencia, sino simple eficacia educativa. Y sí, el resultado es y seguirá siendo durante años eso que se puede ver con tan sólo asomarse a la ventana: generaciones enteras de víctimas que ni siquiera pueden acudir a Europa a competir en igualdad de oportunidades con quienes no cesan de decirles que son sus iguales. Tanta ineptitud pedagógica debería ser delito pero, mientras sigamos padeciendo a estos incombustibles contendientes, atrincherados en su verdad desde hace siglos, no parece que exista la menor posibilidad de que llegue a serlo. Entre otras cosas porque los dos bandos son también propietarios del Código Penal.

Problemas del contador de héroes

Miércoles 15 Mayo 2013. Blog

Problemas del contador de héroes
p.S (en Ipad)
Cómo contarlos para que no sean una postal.

Colgado de la barra de un vagón en la línea 1, la más dura y áspera del metro de Madrid, ese periodista va absorto, sin mirar a nada ni a nadie pese a la variedad y el interés del paisaje, concentrado en un problema: ¿cómo contar la historia de los refugiados políticos que acaba de entrevistar en un refugio de un barrio periférico? No es un problema retórico: cómo contarlos para que de verdad sean ellos y no las postales de refugiados que, a comienzos del XXI, se nos han ido grabando poco a poco en los genes de los ojos de forma que ya apenas los vemos. Esto es, hombre joven, perseguido, escapada en mitad de la noche; lágrimas de hermanas, abuelas, quizá de novias; dura travesía en camión, barco; aduanas terribles en fronteras muy altas y largas esperas en salas pequeñas de aeropuerto, como apestados, hasta que les dan asilo; alojamientos refugios limítrofes con el asilo, la cárcel... Pues no sirve de nada. El periodista ha leído docenas de esas historias y sabe que no sirven de nada, esas historias entran por los ojos de la gente y salen por los oídos sin haber tocado una sola célula del cerebro, casi igual que un telefilme de los que se venden ya empaquetaditos en los supermercados, o un programa de Gran Hermano o de Sálvame. Bueno, no… estos programas sí hacen disminuir las células del cerebro a la velocidad con que una Coca Cola pierde la chispa de la vida.

    Y ese periodista colgado de la barra del metro sabe que los refugiados políticos no son así. No lo era por lo menos el que le llegó una vez a Madrid, después de haberle tratado una sola vez en una fiesta, hacía meses, en un país lejano. Nada que ver con aldeas en la jungla y masacres tribales. Este era un periodista de corbata, de ideas más bien conservadoras, que se enfadó el día en que la mafia mató a su director y decidió escribir un libro de una valentía escalofriante, en el que cada página suponía dos o tres sentencias de muerte.

    Cierto: el hombre escapó cuando ya un comando de asesinos lo buscaba en la calle, y llegó a Madrid en avión, tras un vuelo indirecto y mucho más largo de lo normal, con unos pocos dólares reunidos a toda prisa entre los amigos que estaban con él en el momento de la fuga y sin más camisas que la que llevaba puesta: no había tenido tiempo ni de pasar por casa. El hombre miraba a los parroquianos del café Gijón, donde le dio cita, como los extraterrestres de un mundo ya definitivamente perdido para él. Entonces una amiga del periodista le buscó ahí mismo un trabajo por las noches en una emisora de radio, y cuando días después él le dio las gracias, la amiga le respondió. "No me las des. Qué sería de la civilización sin gente como él".

     O sea que desde entonces es incapaz de resumir ni hacer encajar a los salvadores de la civilización en las postales bien intencionadas pero simples y uniformantes que proponen los periódicos. (Los periódicos porque la televisión ni se ocupa de ellos, así sencillos y uniformados no son espectáculo suficiente). Y por qué no lo habrían de hacer: Si alguna agencia mundial de noticias tiene formularios con espacios en blanco para cubrir los golpes de estado en países tercermundistas, por qué no habrían de tener formularios, como seguro tiene la policía, para hacer encajar a los refugiados políticos entre cuatro parámetros: a) conflicto; b) etnia; c) amenaza de muerte o sólo de violación, incendio de casa, apaleamiento, d) convenios o no de extradición con España. Y así... todo el lenguaje que utilizamos para terminar por no ver algo que no queremos ver. Y es que un refugiado es casi por definición alguien incómodo para la mayoría, y si no véase a los refugiados cubanos en España, acogidos como héroes hace unos pocos años, luego olvidados por un Gobierno en principio anticastrista cuando ya no son rentables en titulares, y que ahora añoran volver a Cuba. "Si hubiésemos sabido lo que nos esperaba en España...", dicen.

    En tanto que para él -para el periodista colgado de una barra del metro de la línea uno de Madrid-, casi que por principio un refugiado político es un héroe, alguien que ha desafiado a la muerte o por lo menos el viaje, el viaje radical, el del desarraigo, para no seguir aceptando algo que le resulta inaceptable. Algo que de toda evidencia ha de ser contado cada vez de manera distinta y a ser posible única. Cada refugiado ha vivido una Odisea, y así al menos merece que la escriban. ¿Pero cómo hacerlo y escapar de las postales voluntariosas pero blandas en que los refugiados terminan sucumbiendo? Como si ese lenguaje sociológico, correcto y uniformante, que es además el que exigen en el periódico, fuese el primer paso en el ritual del olvido.

El otro lado de ver más

Miércoles 24 Abril 2013. Blog

El otro lado de ver más
p.S (en Ipad)
"... al cabo de no mucho se veía
que la gente iba envuelta en un aura..."

Salí de mi óptica hace unos días pensando que me tomaría algún tiempo adaptarme a mis nuevas gafas, pero ahora comienzo a sospechar que no es exactamente eso; que algo ocurrió mientras yo estaba dentro, leyendo hileras de letras en una pared:

Z

P    Q

Z O P T N

O P N R Q

B C X J K

 

      

     Algo, algún mensaje debían de estar enviándome esos grupos de letras conformando palabras sin aparente sentido, o al menos el vocabulario de un idioma impronunciable que pretendía advertirme, informarme. Porque desde que estoy fuera de la óptica, con mis gafas nuevas, el mundo me parece distinto. Sin ir más lejos, por ejemplo, al principio me parecía que la gente hablaba más fuerte, hasta que comprendí que ese es un claro síntoma de ver más, ver mejor. La gente habla más fuerte... y también huele con intensidad. He descubierto que ver más lejos y más nítido hace que los olores lleguen hasta nosotros con menos obstáculos. Al principio parece una ventaja, luego uno se da cuenta de que la mayor parte de las veces no lo es.

    Y esa es la incógnita: ¿Es mejor el mundo ahora que antes? Al principio me impresionó tanto el nuevo mundo que regresé a la óptica y pedí que me devolviesen las antiguas gafas. Pero una vez puestas, esas mismas gafas que llevaba hasta unas horas antes sin mayor problema me parecieron como mínimo rayadas y oscuras cuando no antiguas y pasadas de moda. Me hacían más viejo y ajado y me situaban, en plena primavera, en el centro de un mundo contaminado por una permanente lluvia como de pequeñísimas motas de ceniza. Así las cosas, no me quedó más remedio que asumir mi nuevo destino y atreverme a enfrentar con valor el mundo al otro lado de mis nuevas gafas.

     Que me mostraron una ciudad desconocida. Limpia de cenizas, de acuerdo, y con más luz, pero más angulosa, con edificios más altos y no sé si más feos, y taxistas propensos a opiniones todavía más tajantes, de esas que suelen ir acompañadas de fichas de dominó puestas con violencia sobre mesas de mármol.

    Pronto descubrí que, si uno resistía e, impulsado por las luces intensas, no cambiaba a las gafas de sol, al cabo de no mucho se veía que la gente iba envuelta como en un aura. Recordaban a los santos de los libros de Historia Sagrada en el colegio, pero con un aura que no abarcaba sólo la cabeza sino el cuerpo todo: un poco como gente irradiada tras una explosión nuclear. Y con la peculiaridad de que el aura no silueteaba el cuerpo sino que lo hacía de una forma irregular: al tiempo que mostraba los cuerpos auténticos, y subrayaba qué poco se parecen a los cuerpos ideales de los anuncios, el aura iba sacando jorobas, o narices extraordinarias, o una pierna más, mucho más larga de lo normal. O sea que sobre una población de gente normal, sea eso lo que sea, mis gafas coreógrafas hacían bailar a otra población de clones, de gemelos un tanto deformes, desproporcionados, expresionistas.

     Pero es que además, adentro, dentro de los edificios, en los trabajos, los bancos, las oficinas, esos seres con aura iban acompañados de sonido. Si uno se acercaba lo bastante podía oír voces que salían de dentro de ellos; igual que esos jóvenes enganchados a un móvil o un MP3 en el metro, sólo que sin el MP3. Uno se acercaba y podía escuchar voces. Una voz, para ser exactos. Lo malo es que si se ponía atención... bueno, si se ponía atención se escuchaban nítidas algunas de las cosas que salían de allí.

    Entonces daban ganas de ponerse las gafas de sol y ver un poco menos, regresar al mundo de antes.

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  • Pedro Sorela

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