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Pedro Sorela

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El sol como disfraz

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2012. Páginas: 360. Portada: Pedro Sorela. ISBN: 9788420412771

«Uno de los enigmas del periodismo es que los periódicos salgan cada día sin rastro de tanta sangre y traición dentro de ellos: sólo reflejan las guerras de afuera y, en contra de lo que se cree, tampoco demasiado.»

Pisotones, fotos y portadas que buscan retener en titulares el día fugitivo.... el verdadero protagonista de esta novela es La Crónica del Siglo, un periódico que podría ser casi cualquiera. En el apogeo de su éxito no previsto, Pedro Sorela muestra cómo quienes lo escriben son periodistas más de carne que de hueso.

     Así Sofía, redactora jefa atrapada entre un cuerpo de fábula, su poder y el deseo de ser madre. Picasso, en el origen mismo de la leyenda de La Crónica del Siglo. Paloma, que ya conocimos en Aire de Mar en Gádor, al igual que Dimas, un periodista que intenta aplicar al periodismo secretos del teatro. O Daniel, reportero con cara todavía de estudiante, que busca en una vieja moto una noticia cierta en un Madrid disfrazado por el sol y el azul del cielo para disimular la dictadura más severa que existe: la del tiempo.

   En una época en que la información deja de ser lo que fue y busca lo que será, El sol como disfraz explica algo del por qué y cuenta el qué y el cómo. El cuándo es el periodismo de nuestro tiempo, uno de los trabajos más atractivos y crueles que existen.


Han dicho...

 

«Sorela novela con crueldad y ternura la vida de un periódico de éxito, tan real que puede ser cualquiera. Su prosa brillante y personal entra como un bisturí en el periodismo de hoy y saluda al de mañana» 

Álex Grijelmo, periodista y ensayista 


«Pasé una magnífica tarde de sábado leyendo la novela, que leí literalmente de un tirón. La alta teoría periodística del autor  está muy bien imbricada en el desarrollo del complejo  relato, donde viven claramente diferenciados personajes principales y secundarios. La riqueza del libro se presta a amplios comentarios»   

 Álvaro del Amo, escritor, cineasta y crítico de ópera


«Hace muchos años que la dictadura de los tabúes parece haber cortado las alas de los autores. En un alarde esencialmente literario tú se las has devuelto. Qué harán ellos con las alas está por verse» 

Mario Muchnik. Editor y escritor

 

«...Una prosa limpia, aguda, de un escritor que parece que habla de periodismo pero en realidad nos está revelando la mayor crisis de nuestro tiempo: la de la imaginación y la libertad mental [...] La eficacia del cuento, la verdad de quien ha ejercido el periodismo, la sugerencia de la buena ficción y la autoridad del testimonio casi autobiográfico [...] Sorela, como no he leído a nadie hacerlo hace tiempo, se aparta de su ombligo para hacer lo que hacía Balzac: representar la sociedad de una forma casi taxonómica [...] Se le nota que ha sido periodista –es casi un reportaje–, que ha hecho teatro –una estructura coral–, que dibuja –sólo alguien con los ojos muy afilados puede hacer un retrato tan eficaz–, que es un viajero –como Dimas Foz, uno de sus protagonistas–, y, sobre todo, que ha conseguido mantener los ojos jóvenes, quizá porque es profesor de una cátedra que no es tanto lección magistral –que también–, sino una invitación a mirar con ojos propios, y por eso ya es legendaria. “No hay que aprender a escribir sino a ver”, dijo Saint Exupéry, y Sorela lo ha conseguido»

Juliana González-Rivera, periodista


...Tu novela es cojonuda, me la he leído en dos sentadas en la tumbona del jardín. Me ha gustado mucho y además  disecciona con sabrosa saña (o quizá pasa a cuchillo) ese reino al que le quedan quince minutos. ¡Bravo!

Jordi Soler, escritor 

 

Has conseguido (con este libro, pero con toda tu trayectoria, evidentemente), que se te reconozca sin leer tu nombre en la portada, por lo que dices y por cómo lo dices. Supongo que eso es a lo que aspiramos todos. Y no me extraña que tenga éxito entre los estudiantes de periodismo, aunque lo que cuentas no sea precisamente como para tirar cohetes ni despertar vocaciones…  

                                                                                                                                               Martín Casariego, escritor


He disfrutado mucho leyendo 'El sol como disfraz'. Me ha costado, eso sí: muchas ventanas abiertas a la reflexión, era imposible pasar de página con fluidez. Me he quedado atrapada en muchas frases, me ha parecido todo tan nuevo y, al mismo tiempo, tan familiar que mi cerebro no paraba de intentar hacer conexiones. Es también un ejercicio completo de redacción. Ni lugares comunes ni palabras de más. Cómo engañan la precisión y la síntesis porque en esa "economía del lenguaje" se relata y sugiere más de lo que parece. Así que exige esfuerzo. También de vez en cuando tu libro nos pone frente a un espejo en el que no es fácil mirarse. Incomoda y da pellizcos. Menos mal que otras veces ofrece alas para volar un poco más alto y ser más libres en este oficio de contar.

                                                                                                                                                Silvia Melero, periodista


"... ese escenario tan vibrante que has conseguido para una novela de lo más extraña en la literatura española: la literatura sobre periodismo. Me ha gustado mucho el equilibrio entre reflexiones sobre el periodismo --y la vida-- y el fresco que trazas sobre el periodismo. No sé hasta qué punto gana aquí el recuerdo o el hábil mecanismo de la ficción, pero lo cierto es que a uno le entran ganas de haber vivido en una redacción de las que añoran tus personajes. Por momentos parece el cuaderno de bitácora que todo periodista debería escribir o, al menos leer. Es el gran fresco del periodismo español de nuestros días: sí, esa es la sensación que uno tiene al terminar de leer la novela. Lo dicho: me ha encantado".

 Jorge Eduardo Benavides, escritor

El sol como disfraz", una interesante novela de Pedro Sorela que me ha hecho reflexionar mucho sobre el periodismo, sus males, sus tópicos. Recordar mis experiencias recientes, sentirme cómplice. "Si aquello no era una guerra se le parecía: cada vez menos gente hacía más cosas. O había menos gente (...) Tenía que disimular para que no se le viera en los ojos lo extraño y ajeno que le parecía el periódico. Lo lejos que se sentía de las intrigas, que van unidas a la vida periodística como la grasa al jamón". Así lo ve Daniel, el protagonista, pero ¡cuántas veces sentí lo mismo! En fin, una novela altamente recomendable, crítica, desmitificadora, escrita por alguien que conoce a fondo las tripas de una profesión en proceso de desmantelamiento.  Emma Rodriguez, periodista en Cultura de El Mundo desde la fundacion. En Facebook
Pienso que en el enjambre que configuran los personajes es absurdo tratar de identificar a cada uno de ellos. Lo correcto es observar el enjambre o la bandada de pájaros o banco de alevines y mirar cómo se mueve, hacia dónde va o cómo se abre a la llegada de un peligro o perturbación. Así entiendo yo que resulta la lectura gratificante y el texto se hace mucho más comprensible. Con esa aproximación, el texto se hace inteligible, rico, complejo y aleccionador. Y me explico las continuas intervenciones del autor, las inserciones, las máximas acerca del trabajo y los personajes que trabajan en las redacciones de los periódicos.

 Juan Antonio Méndez, traductor


«En tiempos de twits y Huffingtons, El sol como disfraz de Pedro Sorela nos recuerda que una vez existió algo llamado periodismo»

Carlos Primo, periodista y escritor

El sol como disfraz: nunca tanta verdad junta por página cuadrada. Excelente disección de la profesión periodística de Sorela. 

 Rosana Fuentes. Periodista y profesora de Relaciones Internacionales

 

 «Sé que se lo regalaré a más de uno.  Aunque mi ejemplar es mío; en el futuro puede que necesite recordar cómo se mira con ojos jóvenes»

Ana Vázquez, periodista y música

 

«Un libro esperanzador. Medicina contra la soledad y la impotencia. Aunque también propina muchos puñetazos en el estómago(...) Cuando todo el mundo discute sobre el modelo de negocio, Sorela atina con el único que sobrevivirá y triunfará: el buen periodismo»  

Cristina Vallejo, periodista y socióloga

 

«Una gran novela, a medio camino entre la fábula y el realismo»

Juan Carlos Rodríguez, periodista y crítico

 

«He disfrutado muchísimo leyendo esta novela. Muchísimo. Lo segundo: también gracias. Porque también he pensado mucho, leyendo esta novela. Tanto como disfrutado. ¿Será lo mismo?... El latido y la enfermedad de este oficio: la lucha perdida de antemano contra el tiempo. Y un canto de amor a los rodeos, quizá único modo de contar un poco la verdad. Una novela de periodistas que es a la vez un ejercicio de periodismo... una novela que cuenta a los periodistas para contar, rodeándolo, el periodismo. Que cuenta el periodismo para contar, rodeándolo, el hoy en que vivimos. Que cuenta el hoy, quizá, para, rodeándolo, recordar que todo lo que lo aborde de frente no puede ser sino un teatro, un ponerse el sol como disfraz»

Laura Casielles, periodista, poeta y arabista

 

... Ahora estoy leyendo este "El Sol como Disfraz" y parece que he regresado a sus clases (que tanto echo de menos), y vuelvo a tener los ojos abiertos, enormes y la sonrisilla irónica a medio hacer...

                                                                                            Alma de Diego, poeta


«Leído despacio, a ritmo de violín, queriendo robar el cuaderno de notas de Daniel...»

Mayte Guerrero, periodista y editora



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En prensa


«Es estimulante y admirable la agudeza crítica de Pedro Sorela, que obliga o ayuda al lector a encarar ese mundo desde perspectivas nuevas, alumbrando tanto los brillantes logros de ese nuevo periodismo como su final, corroído por el tiempo...»

Ana Rodríguez Fischer, El País.


"La novela más férreamente centrada en la prensa que yo conozca (...) Todo este riquísimo material se conjuga en una diversificada historia cuyo primer mérito radica en la habilidad formal que le da sentido unitario. El argumento gira en torno al proposito de "Picasso", nuevo y excéntrico director del centenario La Crónica del Siglo, de lograr un periodico innovador. Los detalles del trabajo en la redacción ocupan mucho espacio y al lector curioso se le ofrece una guia de viaje por el dia a dia de la confección de la prensa; casi al punto de que un estudiante encontrará una auténtica introducción a las peculiardades de cada sección de un diario."

Santos Sanz Villanueva (El Mundo)


«La novela no debe leerse como un roman à clef, aunque también sería tonto pensar que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia»

Manuel Rodriguez Rivero. El País.

Leí  hace unos meses "El sol como disfraz", de Pedro Sorela, y me afectó tanto que tuve que dejar pasar un tiempo para hablar sobre ella

Emma  Rodriguez, en lecturassumergidas.com

 

Pedro Sorela, otro potente narrador  todoterreno, nos habla del oficio de periodista en El sol como disfraz (Alfaguara). Con una prosa certera y con una ironía no exenta de ternura, Sorela nos relata el auge y la caída de un director que llega a un periódico con la aviesa intención de ponerle unas gafas nuevas (...) Sorela sabe muy bien que, al fin y al cabo, lo que distingue a un buen escritor y a un buen periodista es la mirada.

Javier Morales. eldiario.es 


«El oficio de informar en una novela sin contemplaciones»

Tiempo.


«Una buena crónica de un estilo de vida en peligro de extinción»

Javier Márquez, Esquire.


«La alegoría de un ocaso: el de toda una cultura periodística, la de las rotativas y el papel, que parece ir perdiéndose en el horizonte» 

Javier M. Uzcátegui. La huella digital. Revista Universitaria.


«Imaginación, pasión, cotidianidad y humor»

Javier Velasco, Todo literatura.


«La dictadura del tiempo. El plan B. El periodismo como viaje. Y la vocación literaria siempre por encima de todo. Y en las redacciones, lo justo. Es peligroso»

Eduardo Laporte, El náufrago digital.


«En El sol como disfraz está, aunque casi inadvertida, la idea de que existe otro periodismo posible. Hay un aliento renacentista, de reflexión, de crisis, y hay un aliento de esperanza por un periodismo que pueda evolucionar mirando hacia atrás. Un periodismo que busque su futuro en la vieja fórmula de utilizar palabras veraces para contar historias que importan. Un periodismo que huye de las plantillas y las historias prefabricadas»

Miguel Carreira, Los lunes de El Imparcial.

«El sol como disfraz no me pareció escrita por un periodista-escritor, sino más bien por un gran lector que hubiera forjado su estilo a fuerza de adentrarse en mundos y visiones ajenas con la intención (lograda) de conseguir un refugio propio»

Marina Sanmartín, La Fallera Cósmica. Revista de Letras (La Vanguardia).


"...las verdades como puños que vive la profesión periodística y la utopía que él mismo (sus alumnos universitarios posiblemente estén de acuerdo conmigo) ha consttruido en torno a esta profesión". 

                                                                                 Ismael Arranz (Kiss FM).

Entrevistas — Radio Nacional de España 
(***A partir del minuto 17).

Yo soy mayor que mi padre

A finales del siglo XIX, mi bisabuelo Arquímedes optó por dejar a mi abuela y sus hermanos en Inglaterra, donde estudiaban, tras el asesinato en Colombia, por envenenamiento y en el curso de una de las múltiples guerrras de conservadores contra liberales, de mi tío abuelo Anibal. Este, ya ingeniero, había regresado de Cambridge, en Inglaterra, para ayudar a su padre con las haciendas de café en las que tiene su origen el dinero de mi familia materna. Y esa es la razón de que mi abuela Clementina, con quien me crié, fuese una señora básicamente inglesa -inglesa de aquellas- y que en mi familia haya una rama británica, incluido un tío abuelo médico, el tío Medardo, que me contaba historias del blitz, en Londres, durante la guerra, así como un alcalde de Bodmin, Cornwall.

Un siglo más tarde, en Bogotá, mi hermano, abogado, recibió por correo una única foto de sus tres hijos a la salida del colegio, y así supo que él y su familia se encontraban... seguían en peligro. Pese a que convalecía en la finca de un amigo, en la Sabana de Bogotá, de dos heridas de bala en el pecho, temió por la vida de sus hijos y confirmó que quienes habían atentado contra él, desde una moto y vaciándole encima un revólver en un semáforo, pensaban repetir: la foto era un mensaje mafioso inequívoco. Sacó pues del colegio a sus tres hijos, Luis, Isabel y Lucas, aún niños y, todavía con una bala en un pulmón, que nunca le pudieron extraer, emprendió el camino a un exilio, lejos, que duraría diez años. Su cuarta hija, Beatriz, nació en el extranjero y, al término de los diez años, parte de los hijos ni siquiera regresaron a Colombia, y alguno volvió a salir al poco tiempo de hacerlo. Hoy ninguno vive ya en Colombia. Se repetía así la historia de mi familia colombiana, quizá extrapolable a la de todo el país. Algunos lo llamarían maldición, otros destino. Y ello, pese a que, en mi libro, Bogotá se llame Tres de Marzo, como en otras novelas mías. No pude cambiarle el nombre, pese a las invitaciones de la editorial.

El libro conoció un éxito considerable, que todavía dura, y vista la dureza de la historia de la que parte y a su modo cuenta, no sé muy bien por qué. Lo escribí en un solo impulso en el centro de un verano (por lo general soy mucho, mucho más lento), con una única norma -ser claro- después de haber fracasado en el intento previo de escribir una novela para chicos con otro tema. "Seguro que es una buena novela", me dijo María Jesús Gil, la editora que me había animado a escribir para jóvenes- "pero no es una novela para chicos". Para que esta vez sí lo fuese, hice que la narrase el hijo mayor, de unos doce años entonces. Y aunque respeté sólo la curva de la historia, inventándome los detalles, supe que había acertado cuando mi sobrina Isabel, ya para entonces una muchacha, leyó en una sentada el cuento de su propia historia y salió de la habitación con los ojos encendidos.

Entre las manifestaciones del éxito, novedosas hasta entonces para mí, y al que es probable que ayudase la estupenda portada de Raúl, un escritor amigo, también guionista, me dijo que tenía al productor necesario y me preguntó si estaría dispuesto a permitir una película. Pues conocía mi idea de que la escritura -la escritura literaria-, es un camino paralelo al cine y rara vez coincide con él. Pero al parecer, las posibilidades de seducir al productor en cuestión pasaban por cambiar elementos esenciales de la historia y ambientarla en lugares más conocidos y con una trama más identificable. Y lo esencial no se puede cambiar, ni siquiera a cambio de una película.

Además la historia continuó fuera del libro, y años después siguió siendo igual de dramática. Mucho más. Para tranquilizarme, para consolarme, me digo que a mi hermano, que al fin de cuentas era la víctima, también le gustó en su día el libro. Y encuentro cierto sosiego con los comentarios que me hace algún que otro estudiante, en la universidad de Madrid, donde enseño, cuando reconoce en mi al autor de un libro con el que, en su día, permaneció más de una noche en vela y le dio el deseo de leer más. No hay mayor éxito que ese.

También me confirmó en la idea de que literatura y verdad están o pueden estar unidas, aunque para encontrar esa verdad haya que contar la realidad de otra forma que con un espejo, una cámara de fotos.

Con la publicación del libro en Colombia siento que cumple con su propia vida. 

Para comprar el libro...

El libro está disponible en Colombia en: 

Librerías Nacional y Panamericana, entre otras

 

En España en libro se puede comprar en:  

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Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2001. - SM Colombia, 2011. Páginas: 228. Portada: Raúl.

El viaje

Por: Pedro Sorela Lunes 05 Marzo 2007. En Artículos

Publicado en: Una infancia de escritor. Antología de Mercedes Monmany. Xondica Editorial

Mi padre, mi hermano Luis Xavier, y yo, a la derecha.
Mi madre no quiso participar, víctima de la melancolía de las
migraciones. 

Yo no sé muy bien dónde nací. La versión que escuché más veces dice que en una casona caprichosa y afrancesada que se encuentra en la esquina de la calle 69 con la carrera séptima, de Bogotá, pero lo cierto es que mis primeros recuerdos de ella se remontan a un día de los primeros años sesenta –o sea que yo ya era un muchacho–, cuando acompañé a mi madre, o ella me llevó para sentirse acompañada frente a sus recuerdos, y me encontré con la inmensidad de las casas vacías y las huellas de los cuadros en las paredes, y, situado sin aviso frente a un baúl abierto, ante evidentes pruebas de que la memoria de uno no se inicia en sus primeros recuerdos, sino antes de ellos, en un sombrero de paja de su madre cuando niña o en la petaca de plata de su abuelo, que aún guarda un resto de brandy.

Después de nacer, justo después, estuve dando tumbos por el mundo como uno de esos aventureros de la primera mitad de siglo, que fueron aniquilados por los viajes en grupo y las agencias de publicidad. A menudo he pensado que me gustaría repetir ese tiempo que mi madre recordaba con escalofríos, mezcla de horror y también de añoranza por tanta frescura, y mucho más el tiempo en que mi abuela tardaba tres meses para trasladarse a su internado en Ramsgate desde las tierras de mi bisabuelo en la Judea, cerca de La Mesa.

  • Pedro Sorela

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