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Banderas de agua

Viernes 06 Marzo 2015. En Blog, Novela

Emilio López-Galiacho.
Trata de la invención de las fronteras, y más cosas, como siempre hacen las novelas.

Novela

Mis primeras palabras, mi primera frase, según me contaba mi madre, fueron en italiano. Entonces vivíamos en Italia. Hijo de un español y de una colombiana, viajeros ambos, eso significa que desde el principio fui un extranjero, un migrante. Desde el comienzo, alguien consciente de las fronteras.

     O mejor de su ausencia, pues tuve la enorme suerte de que mis padres jamás se las tomaron demasiado en serio y, en la medida de sus posibilidades, se sentían en casa en muchos sitios y eso fue lo que nos transmitieron.

     Sin embargo, con el tiempo fui también tomando conciencia de que mi indiferencia a las fronteras no se correspondía con la realidad, en la que por el contrario, a lo largo del último medio siglo, fueron tomando progresiva importancia. Para mi sorpresa. Y aunque siempre estudié en colegios que alternaban por lo menos dos idiomas, el primer choque fue, y siguió siendo, más que con los idiomas, con los acentos: de alguna forma, un acento distinto, aunque fuese en el mismo idioma, no sólo no suponía un aliciente, como lo era para mí, sino un obstáculo. Esa fue tan solo la primera lección.

     Luego fui descubriendo que esos acentos se correspondían con otra realidad menos gaseosa, que eran los países, y más que los países, su historia. Y siguiendo por ese camino terminé por descubrir con los años -contar el proceso sería un libro- no sólo que existe una industria que podríamos llamar de las naciones, sino que esta industria identitaria es la más grande jamás inventada por el hombre y además el origen de la mayor parte de los desastres políticos que ha vivido. Quién lo hubiese dicho, a mis padres y a los que, como ellos, pensaban que las peculiaridades nacionales ya no daban, tras las lecciones de la Segunda Guerra Mundial, más que para adornar a los personajes en los cuentos de la sobremesa. (Entonces se hacía sobremesa, entre otras cosas porque no teníamos televisión).

      Aún así comencé a viajar en serio coincidiendo con la progresiva disminución de los visados, y blanco y con pasasporte europeo, nunca tuve mayor problema con las aduanas. Sí veía que en muchos aeropuertos las colas se organizaban en función de razas y otros criterios, y hasta sospechaba lentitudes y retenciones que nunca me afectaban a mí y no me inspiraban más que una vaga solidaridad, más bien abstracta. Hasta que detuvieron a una joven amiga colombiana, Juliana González Rivera, en la frontera de Checoslovaquia, cuatro días antes de que este país entrara en el espacio Shengen, y acusada de circular sin visado la deportaran a Dresde, en Alemania. Allí fue metida en un calabozo como una delincuente para permanecer 48 horas, al término de las cuales estaba previsto que ingresara en una cárcel para pasar varias semanas o meses antes de ser expulsada y no poder volver a terminar sus estudios de doctorado en Europa. Por fortuna los mandos policiales de Dresde no eran estúpidos y, tras algunas (frenéticas) gestiones, comprendieron que Juliana era una víctima de la telaraña identitaria y la torpeza en el diseño de ciertos visados, le retiraron los cargos y le permitieron volver a España, para terminar, por cierto, una brillante tesis sobre cómo se cuentan los viajes.

       Creo que ahí, junto con algunas experiencias de mi hermano, que con sus hijos tuvo que vagar por Europa durante años tras sufrir un atentado en Colombia (lo que conté en Yo soy mayor que mi padre), ahí se comenzó a fraguar Banderas de agua, aunque se venía gestando desde mucho antes. Trata de la invención de las fronteras... y más cosas, claro, como siempre hacen las novelas. Se publicará primero por entregas semanales, los martes, en la revista digital Frontera D (ayer jueves fue publicado el primer capítulo, ver enlace más abajo) y luego en papel en la editorial de esta misma publicación, a la que agradezco haberme dado asilo en sus páginas, en tiempos, pese a las apariencias, simpatizantes con las aduanas y los muros. Ese es pues su sitio: la novela de las fronteras en una editorial sin fronteras.

 

El sol como disfraz

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2012. Páginas: 360. Portada: Pedro Sorela. ISBN: 9788420412771

«Uno de los enigmas del periodismo es que los periódicos salgan cada día sin rastro de tanta sangre y traición dentro de ellos: sólo reflejan las guerras de afuera y, en contra de lo que se cree, tampoco demasiado.»

Pisotones, fotos y portadas que buscan retener en titulares el día fugitivo.... el verdadero protagonista de esta novela es La Crónica del Siglo, un periódico que podría ser casi cualquiera. En el apogeo de su éxito no previsto, Pedro Sorela muestra cómo quienes lo escriben son periodistas más de carne que de hueso.

     Así Sofía, redactora jefa atrapada entre un cuerpo de fábula, su poder y el deseo de ser madre. Picasso, en el origen mismo de la leyenda de La Crónica del Siglo. Paloma, que ya conocimos en Aire de Mar en Gádor, al igual que Dimas, un periodista que intenta aplicar al periodismo secretos del teatro. O Daniel, reportero con cara todavía de estudiante, que busca en una vieja moto una noticia cierta en un Madrid disfrazado por el sol y el azul del cielo para disimular la dictadura más severa que existe: la del tiempo.

   En una época en que la información deja de ser lo que fue y busca lo que será, El sol como disfraz explica algo del por qué y cuenta el qué y el cómo. El cuándo es el periodismo de nuestro tiempo, uno de los trabajos más atractivos y crueles que existen.


Han dicho...

 

«Sorela novela con crueldad y ternura la vida de un periódico de éxito, tan real que puede ser cualquiera. Su prosa brillante y personal entra como un bisturí en el periodismo de hoy y saluda al de mañana» 

Álex Grijelmo, periodista y ensayista 


«Pasé una magnífica tarde de sábado leyendo la novela, que leí literalmente de un tirón. La alta teoría periodística del autor  está muy bien imbricada en el desarrollo del complejo  relato, donde viven claramente diferenciados personajes principales y secundarios. La riqueza del libro se presta a amplios comentarios»   

 Álvaro del Amo, escritor, cineasta y crítico de ópera


«Hace muchos años que la dictadura de los tabúes parece haber cortado las alas de los autores. En un alarde esencialmente literario tú se las has devuelto. Qué harán ellos con las alas está por verse» 

Mario Muchnik. Editor y escritor

 

«...Una prosa limpia, aguda, de un escritor que parece que habla de periodismo pero en realidad nos está revelando la mayor crisis de nuestro tiempo: la de la imaginación y la libertad mental [...] La eficacia del cuento, la verdad de quien ha ejercido el periodismo, la sugerencia de la buena ficción y la autoridad del testimonio casi autobiográfico [...] Sorela, como no he leído a nadie hacerlo hace tiempo, se aparta de su ombligo para hacer lo que hacía Balzac: representar la sociedad de una forma casi taxonómica [...] Se le nota que ha sido periodista –es casi un reportaje–, que ha hecho teatro –una estructura coral–, que dibuja –sólo alguien con los ojos muy afilados puede hacer un retrato tan eficaz–, que es un viajero –como Dimas Foz, uno de sus protagonistas–, y, sobre todo, que ha conseguido mantener los ojos jóvenes, quizá porque es profesor de una cátedra que no es tanto lección magistral –que también–, sino una invitación a mirar con ojos propios, y por eso ya es legendaria. “No hay que aprender a escribir sino a ver”, dijo Saint Exupéry, y Sorela lo ha conseguido»

Juliana González-Rivera, periodista


...Tu novela es cojonuda, me la he leído en dos sentadas en la tumbona del jardín. Me ha gustado mucho y además  disecciona con sabrosa saña (o quizá pasa a cuchillo) ese reino al que le quedan quince minutos. ¡Bravo!

Jordi Soler, escritor 

 

Has conseguido (con este libro, pero con toda tu trayectoria, evidentemente), que se te reconozca sin leer tu nombre en la portada, por lo que dices y por cómo lo dices. Supongo que eso es a lo que aspiramos todos. Y no me extraña que tenga éxito entre los estudiantes de periodismo, aunque lo que cuentas no sea precisamente como para tirar cohetes ni despertar vocaciones…  

                                                                                                                                               Martín Casariego, escritor


He disfrutado mucho leyendo 'El sol como disfraz'. Me ha costado, eso sí: muchas ventanas abiertas a la reflexión, era imposible pasar de página con fluidez. Me he quedado atrapada en muchas frases, me ha parecido todo tan nuevo y, al mismo tiempo, tan familiar que mi cerebro no paraba de intentar hacer conexiones. Es también un ejercicio completo de redacción. Ni lugares comunes ni palabras de más. Cómo engañan la precisión y la síntesis porque en esa "economía del lenguaje" se relata y sugiere más de lo que parece. Así que exige esfuerzo. También de vez en cuando tu libro nos pone frente a un espejo en el que no es fácil mirarse. Incomoda y da pellizcos. Menos mal que otras veces ofrece alas para volar un poco más alto y ser más libres en este oficio de contar.

                                                                                                                                                Silvia Melero, periodista


"... ese escenario tan vibrante que has conseguido para una novela de lo más extraña en la literatura española: la literatura sobre periodismo. Me ha gustado mucho el equilibrio entre reflexiones sobre el periodismo --y la vida-- y el fresco que trazas sobre el periodismo. No sé hasta qué punto gana aquí el recuerdo o el hábil mecanismo de la ficción, pero lo cierto es que a uno le entran ganas de haber vivido en una redacción de las que añoran tus personajes. Por momentos parece el cuaderno de bitácora que todo periodista debería escribir o, al menos leer. Es el gran fresco del periodismo español de nuestros días: sí, esa es la sensación que uno tiene al terminar de leer la novela. Lo dicho: me ha encantado".

 Jorge Eduardo Benavides, escritor

El sol como disfraz", una interesante novela de Pedro Sorela que me ha hecho reflexionar mucho sobre el periodismo, sus males, sus tópicos. Recordar mis experiencias recientes, sentirme cómplice. "Si aquello no era una guerra se le parecía: cada vez menos gente hacía más cosas. O había menos gente (...) Tenía que disimular para que no se le viera en los ojos lo extraño y ajeno que le parecía el periódico. Lo lejos que se sentía de las intrigas, que van unidas a la vida periodística como la grasa al jamón". Así lo ve Daniel, el protagonista, pero ¡cuántas veces sentí lo mismo! En fin, una novela altamente recomendable, crítica, desmitificadora, escrita por alguien que conoce a fondo las tripas de una profesión en proceso de desmantelamiento.  Emma Rodriguez, periodista en Cultura de El Mundo desde la fundacion. En Facebook
Pienso que en el enjambre que configuran los personajes es absurdo tratar de identificar a cada uno de ellos. Lo correcto es observar el enjambre o la bandada de pájaros o banco de alevines y mirar cómo se mueve, hacia dónde va o cómo se abre a la llegada de un peligro o perturbación. Así entiendo yo que resulta la lectura gratificante y el texto se hace mucho más comprensible. Con esa aproximación, el texto se hace inteligible, rico, complejo y aleccionador. Y me explico las continuas intervenciones del autor, las inserciones, las máximas acerca del trabajo y los personajes que trabajan en las redacciones de los periódicos.

 Juan Antonio Méndez, traductor


«En tiempos de twits y Huffingtons, El sol como disfraz de Pedro Sorela nos recuerda que una vez existió algo llamado periodismo»

Carlos Primo, periodista y escritor

El sol como disfraz: nunca tanta verdad junta por página cuadrada. Excelente disección de la profesión periodística de Sorela. 

 Rosana Fuentes. Periodista y profesora de Relaciones Internacionales

 

 «Sé que se lo regalaré a más de uno.  Aunque mi ejemplar es mío; en el futuro puede que necesite recordar cómo se mira con ojos jóvenes»

Ana Vázquez, periodista y música

 

«Un libro esperanzador. Medicina contra la soledad y la impotencia. Aunque también propina muchos puñetazos en el estómago(...) Cuando todo el mundo discute sobre el modelo de negocio, Sorela atina con el único que sobrevivirá y triunfará: el buen periodismo»  

Cristina Vallejo, periodista y socióloga

 

«Una gran novela, a medio camino entre la fábula y el realismo»

Juan Carlos Rodríguez, periodista y crítico

 

«He disfrutado muchísimo leyendo esta novela. Muchísimo. Lo segundo: también gracias. Porque también he pensado mucho, leyendo esta novela. Tanto como disfrutado. ¿Será lo mismo?... El latido y la enfermedad de este oficio: la lucha perdida de antemano contra el tiempo. Y un canto de amor a los rodeos, quizá único modo de contar un poco la verdad. Una novela de periodistas que es a la vez un ejercicio de periodismo... una novela que cuenta a los periodistas para contar, rodeándolo, el periodismo. Que cuenta el periodismo para contar, rodeándolo, el hoy en que vivimos. Que cuenta el hoy, quizá, para, rodeándolo, recordar que todo lo que lo aborde de frente no puede ser sino un teatro, un ponerse el sol como disfraz»

Laura Casielles, periodista, poeta y arabista

 

... Ahora estoy leyendo este "El Sol como Disfraz" y parece que he regresado a sus clases (que tanto echo de menos), y vuelvo a tener los ojos abiertos, enormes y la sonrisilla irónica a medio hacer...

                                                                                            Alma de Diego, poeta


«Leído despacio, a ritmo de violín, queriendo robar el cuaderno de notas de Daniel...»

Mayte Guerrero, periodista y editora



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En prensa


«Es estimulante y admirable la agudeza crítica de Pedro Sorela, que obliga o ayuda al lector a encarar ese mundo desde perspectivas nuevas, alumbrando tanto los brillantes logros de ese nuevo periodismo como su final, corroído por el tiempo...»

Ana Rodríguez Fischer, El País.


"La novela más férreamente centrada en la prensa que yo conozca (...) Todo este riquísimo material se conjuga en una diversificada historia cuyo primer mérito radica en la habilidad formal que le da sentido unitario. El argumento gira en torno al proposito de "Picasso", nuevo y excéntrico director del centenario La Crónica del Siglo, de lograr un periodico innovador. Los detalles del trabajo en la redacción ocupan mucho espacio y al lector curioso se le ofrece una guia de viaje por el dia a dia de la confección de la prensa; casi al punto de que un estudiante encontrará una auténtica introducción a las peculiardades de cada sección de un diario."

Santos Sanz Villanueva (El Mundo)


«La novela no debe leerse como un roman à clef, aunque también sería tonto pensar que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia»

Manuel Rodriguez Rivero. El País.

Leí  hace unos meses "El sol como disfraz", de Pedro Sorela, y me afectó tanto que tuve que dejar pasar un tiempo para hablar sobre ella

Emma  Rodriguez, en lecturassumergidas.com

 

Pedro Sorela, otro potente narrador  todoterreno, nos habla del oficio de periodista en El sol como disfraz (Alfaguara). Con una prosa certera y con una ironía no exenta de ternura, Sorela nos relata el auge y la caída de un director que llega a un periódico con la aviesa intención de ponerle unas gafas nuevas (...) Sorela sabe muy bien que, al fin y al cabo, lo que distingue a un buen escritor y a un buen periodista es la mirada.

Javier Morales. eldiario.es 


«El oficio de informar en una novela sin contemplaciones»

Tiempo.


«Una buena crónica de un estilo de vida en peligro de extinción»

Javier Márquez, Esquire.


«La alegoría de un ocaso: el de toda una cultura periodística, la de las rotativas y el papel, que parece ir perdiéndose en el horizonte» 

Javier M. Uzcátegui. La huella digital. Revista Universitaria.


«Imaginación, pasión, cotidianidad y humor»

Javier Velasco, Todo literatura.


«La dictadura del tiempo. El plan B. El periodismo como viaje. Y la vocación literaria siempre por encima de todo. Y en las redacciones, lo justo. Es peligroso»

Eduardo Laporte, El náufrago digital.


«En El sol como disfraz está, aunque casi inadvertida, la idea de que existe otro periodismo posible. Hay un aliento renacentista, de reflexión, de crisis, y hay un aliento de esperanza por un periodismo que pueda evolucionar mirando hacia atrás. Un periodismo que busque su futuro en la vieja fórmula de utilizar palabras veraces para contar historias que importan. Un periodismo que huye de las plantillas y las historias prefabricadas»

Miguel Carreira, Los lunes de El Imparcial.

«El sol como disfraz no me pareció escrita por un periodista-escritor, sino más bien por un gran lector que hubiera forjado su estilo a fuerza de adentrarse en mundos y visiones ajenas con la intención (lograda) de conseguir un refugio propio»

Marina Sanmartín, La Fallera Cósmica. Revista de Letras (La Vanguardia).


"...las verdades como puños que vive la profesión periodística y la utopía que él mismo (sus alumnos universitarios posiblemente estén de acuerdo conmigo) ha consttruido en torno a esta profesión". 

                                                                                 Ismael Arranz (Kiss FM).

Entrevistas — Radio Nacional de España 
(***A partir del minuto 17).

Dimas Foz se vuelve a marchar

pS.
Dimas Foz

Esta mañana salí a desayunar, pero no tanto en busca de cruasanes o respirar la calle, sino en busca de la columna de Dimas Foz, que quería leer en papel. Y no la encontré. Recorrí el periódico y no pude encontrarla, y pensé que era porque el diario venía en llamas y entre tanto humo, escándalo y alaridos se me había pasado. Volví a buscarla y no encontré más que todas esas banalidades y mala leche que se encuentra en los periódicos cuando se leen con detalle. Además no son días propicios a la reflexión o el ingenio, y eso que se necesitan más que nunca. Pero así es el periodismo, a veces se ausenta cuando más se le necesita, quién sabe por qué.

     De todas formas no es necesario seguir mucho a Dimas Foz para saber que se ausenta con frecuencia y eso mismo hace discutible que sea periodista. ¿No es la continuidad una condición del periodismo? ¿Sería imaginable un diario que cerrara a veces y no sólo en Viernes Santo y Año Nuevo? Que cerrara, no por fuga de la publicidad con otro amante, que es de lo que mueren los periódicos casi siempre, sino... sino... Lo cierto es que nunca se sabe por qué suspende Dimas Foz su columna y se marcha.

   Ni siquiera se sabe a qué. En un tiempo se iba a París, y allí hacía teatro, como he contado en otro sitio, pero nada está garantizado con Dimas, alguien difícil de prever desde que le conozco. Y le conozco desde hace ya tiempo. Tal vez, sospecho, lo único predecible de Dimas es que no va a ser predecible: lo detesta, o si se prefiere, teme con tanta fuerza alinearse, uniformarse, meterse a gritar entre los coros circulares de un estadio que lo suyo parece coraje más que cobardía. Y no tanto por un prurito romántico de ser original -ya no tiene edad para esa ingenuidad- sino más bien por un hambre, una sed de ver más. "En realidad", escribió una vez, "aceptamos la rutina para ver menos y poner un poco de niebla a modo de crema sobre nuestros ojos agotados desde muy pronto por lo nuevo. Muy poca gente, Picasso, Saint-Exupéry, Stendhal y algunos otros, han logrado mantener los ojos abiertos todo el tiempo".

   Bueno, a lo mejor Dimas es uno de esos. Hay quienes se han fijado en la vida el objetivo de ser campeón de tenis, notario, cantante de rock o tuitero con un millón de seguidores. Dimas Foz, se me ocurre, intenta tan sólo mantener los ojos abiertos, sin miedo a lo que ve.

   Ni siquiera cuando hacía teatro en París era previsible. La primera vez que lo vi, una de esas tardes de tormenta en que las sombras circulan a toda velocidad y le dan un aire trágico a la ciudad, él iba subido sobre dos zancos altísimos y vestido con una suerte de capa de obispo medieval poseído por alguna revelación mientras saltaba con portentosa agilidad por entre los coches del Boulevard Saint Germain y anunciaba el final del mundo:

"¡Arrepentíos! ¡El fin del mundo se acerca! ¡La llegada de los arquitectos y los publicistas!..."

    Lo cierto es que nunca he conseguido olvidar esa imagen, y eso que fue hace mucho. Eran los tiempos en que Dimas se libraba al teatro de calle, el más puro: un personaje bajo nubes de tormenta y frente a un público que se choca con él como una imagen de la vida, una sorpresa de la ciudad. Después, con personajes cada vez más complejos y también su escritura en los periódicos, Dimas evolucionó y desarrolló la teoría de la máscara como un instrumento necesario para hacer aflorar la realidad. "Que se esconde tras otra máscara", suele decir: "Nada es lo que parece".

   Tal vez. Claro que por lo demás esa idea sí parece en cambio hecha de encargo para un personaje, ya sea de teatro, ya de novela. Si nada es lo que parece, tampoco lo es un personaje... o la mismísima novela de la que forma parte. Además en esta ocasión la novela se llama El sol como disfraz. En ella Dimas Foz va y viene, y se vuelve a marchar, pero no es eso lo que me intriga sino un enigma irresoluble: ¿A dónde se va un personaje que abandona una columna de un periódico para irse a una novela que en cambio está llegando?

  • Pedro Sorela

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