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Pedro Sorela

El sol_como_disfraz_banner«Ese joven escurrido sobre el sofá como una gabardina vieja lleva ya un buen rato sin que nadie le haga caso, pero no parece importarle. Al contrario. Sus ojos sonríen como quien al fin ha llegado a alguna parte. Y así es, ha llegado al antedespacho de Picasso en La Crónica del Siglo, y ésa es para él una conquista. Ha llegado al lugar en el que se libra la guerra de su tiempo. Más aún, donde, en el año seis desde que Picasso fue nombrado director, se va ganando.» 

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Artículos etiquetados con: Nietzsche

Cosmopolita en el destierro

Por: Pedro Sorela Martes 22 Mayo 2001. En Lecturas

STEFAN ZWEIG: LA LUCHA CONTRA EL DEMONIO. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER, NOVELA DE AJEDREZ, SUEÑOS OLVIDADOS. El Acantilado.

Stefan Zweig nos muestra hasta qué punto hemos cambiado en la percepción de la literatura. Porque para la primera mitad del siglo Zweig fue gran escritor de éxito, un verdadero best-seller,mayor incluso, por proyección, que los que inundan las tiendas de los aeropuertos de todo el mundo, aunque él temía convertirse en el autor preferido de las señoritas alemanas.

Cuesta imaginar que un escritor de éxito pueda temer algo así en nuestros días, además de hacerse famoso con novelas cortas, por excelentes que sean, y menos aún con ensayos biográficos sobre personajes literarios como Hölderlin, Kleist, Stendhal o Montaigne, o históricos del tipo de Fouché (el «genio tenebroso») o María Antonieta. Hoy, me consta, ni siquiera los universitarios de carreras de Humanidades saben quién fue Stendhal, ni me atrevo a especular con Hölderlin, y sería más urgente que nunca que todos leyésemos a Montaigne. Sin embargo, hablar de éxito –con el carácter sagrado que ha adquirido esa palabra entre nosotros– resulta cuando menos falso en el caso de Zweig por cuanto él no lo perseguía, o por lo menos lo que perseguía es algo distinto de lo que entendemos hoy por éxito.

Hijo de una familia burguesa rica que se había asegurado la continuidad del negocio con un hermano, Zweig permanecía casi indiferente a todo dinero que sobrara de las necesidades de una vida cómoda y el coleccionismo de documentos históricos y manuscritos (igual que el profesor en «Confusión de los sentimientos», dentro de Sueños olvidados), y durante el nazismo dedicó sustanciosos derechos de autor a la ayuda a refugiados judíos, de quienes, por otra parte, pese a ser él mismo judío, tardó en sentirse próximo.

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