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Artículos etiquetados con: Máscara

Wallraff, el periodista con máscara

Miércoles 29 Marzo 2017. En Blog

Bernardo Pérez
Gunter Wallraff

Diálogos/El disfraz

"¿Cómo entrevistar a una máscara?", es lo que con toda probabilidad uno se pregunte si ha de entrevistar a Günter Wallraff, el hombre que ha convertido el disfraz en un instrumento, no para disimular sino al contrario para averiguar la verdad. Y no hay tal: Wallraff -o al menos así fue ese día conmigo, hace años-, se muestra particularmente desnudo, desnudo de máscaras si se entiende lo que quiero decir. Esto es, alguien tan agotado por sus esfuerzos ya legendarios en el arte del disfraz que en la vida diaria, alejado del frente, se muestra más de verdad que nadie. Un duro -quien lo dude, que eche un vistazo así sea a una sola página de su biografía-, pero al tiempo alguien tocado, febril y hasta malherido por lo que no ha podido dejar de ver y (esa es la novedad entre los testigos) también vivir. Alguien sin tiempo para andar disimulando.

     Aún así, sigue el problema: ¿como entrevistar a alguien precisamente por su dominio de la máscara? Pues en contra de lo que se podría pensar, es un caso abundante. Es casi el primer obstáculo que ha de enfrentar el entrevistador: por lo general la gente entrevistable domina la máscara y ha hecho de ella su profesión o al menos una de sus habilidades. No otra cosa hace un cantante, un político, un actor o un escritor ganador de premios: gente experta en la representación, que sabe lo que hay que decir para seducir al periodista, uno de los responsables y quizá el principal de seguir prolongando esa imagen ganadora. Y lo primero que hacen los entrevistados es fingir simpatía e igualdad: "somos iguales, somos colegas", le transmiten al periodista hasta con palmadas en el hombro y lenguaje corporal. Y el periodista, al margen de lo novato que sea, se lo suele creer porque, habituado a vivir entre brillos y titulares, le han atacado por su lado más vulnerable, la vanidad.

     Wallraff es otra cosa. No sólo porque la vanidad parece desplazada junto a él -ese tipo de vanidad- sino porque la dirección, la intencionalidad de su máscara es otra. Los entrevistables (llamémosles así) se trabajan la máscara para incrementar su imagen, esa moneda fuerte en el mercado de divisas de nuestros días. Él trabaja sobre la máscara porque ella y sólo ella le permite averiguar lo que hay debajo de apariencias construidas con solidez, dinero y constancia: Lo que hay detrás de la prestigiosa marca Volkswagen, por ejemplo; o tras el periódico Bild Zeitung, que en su día provocaba hasta manifestaciones de protesta de gente agraviada por su interpretación de la libertad de imprenta; o en las cárceles griegas cuando la dictadura en calidad de preso político voluntario; o de Alí, un obrero turco inmigrante vestido con mono azul, y para mostrar que el precio de serlo en Alemania puede ir hasta someterse a experimentos con radiación nuclear. Todas esas misiones le han convertido en un marginal dentro de la sociedad alemana (aunque venda miles de ejemplares; varios millones de Cabeza de turco) hasta el extremo de que, al menos cuando realicé esta entrevista, tenía que vivir fuera de su habitual barrio obrero y lleno de inmigrantes pues la presión dentro era excesiva. Pues como con la bruja de Blancanieves, pocas sociedades aceptan -y tampoco la alemana es excepción-, verse confrontadas a un espejo real.

     Parece un exótico, un extravagante del periodismo y de la sociedad rica occidental encantada de conocerse... pero quizá no lo sea tanto. Quiero decir, ¿de verdad es tan delirante su teoría? En un mundo construido por gabinetes de prensa y de imagen, de asesores y web-masters que aprenden a domar el flujo de las resonancias en nuestra sociedad de reflejos, ¿tan delirante resulta que alguien pretenda desmontar todos esos disfraces con otro, así sea el muy sencillo de un periodista amarillo o el más humilde aún de un obrero turco con lentillas negras para teñir sus ojos azules? Por qué el periodista habría de ser el único en renunciar al disfraz, sobre todo si al final se encuentra el compromiso de revelar la verdad, o al menos la verdad conseguida con la máscara. En un mundo de disfrazados, por qué la máscara de quien se la pone a la vista de todos -como en una Teoría del Distancimiento de Brecht, con la que por cierto su método conserva no pocas afinidades- por qué ese disfraz sería más ilegal que otros, o tan siquiera más inverosímil.

      La entrevista en estilo indirecto, y en este caso sin casi frases textuales, no es sino una consecuencia más de ese juego de representaciones. El supuesto realismo del estilo directo se me antojaría en este caso particularmente equívoco; siempre faltaría algo en la supuesta reproducción textual de lo hablado: justo eso que él pretende rellenar con la escritura del disfraz. Pues no es la apariencia de realidad lo que busca desvelar Wallraff sino justo lo que se esconde bajo ella, más afín, me parece, con la narración que con la representación. La narración llega allí donde la representación no puede.

      Pese a todo lo cual se mantiene la pregunta: cómo entrevistar a alguien que ha llevado la máscara al virtuosismo.

      Mi conclusión fue: con preguntas sinceras, y aprovechando que el tigre descansaba.


   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

 

Entrevistar a una máscara

Miércoles 30 Marzo 2016. En Blog, Entrevistas

p.S
Wallraff, el periodista, el ejecutivo, el obrero turco.

Diálogos/El disfraz

"¿Cómo entrevistar a una máscara?", es lo que con toda probabilidad uno se pregunte si ha de entrevistar a Günter Wallraff, el hombre que ha convertido el disfraz en un instrumento, no para disimular sino al contrario para averiguar la verdad. Y no hay tal: Wallraff -o al menos así fue ese día conmigo, hace años-, se muestra particularmente desnudo, desnudo de máscaras si se entiende lo que quiero decir. Esto es, alguien tan agotado por sus esfuerzos ya legendarios en el arte del disfraz que en la vida diaria, alejado del frente, se muestra más de verdad que nadie. Un duro -quien lo dude, que eche un vistazo así sea a una sola página de su biografía-, pero al tiempo alguien tocado, febril y hasta malherido por lo que no ha podido dejar de ver y (esa es la novedad entre los testigos) también vivir. Alguien sin tiempo para andar disimulando.

     Aún así, sigue el problema: ¿como entrevistar a alguien precisamente por su dominio de la máscara? Pues en contra de lo que se podría pensar, es un caso abundante. Es casi el primer obstáculo que ha de enfrentar el entrevistador: por lo general la gente entrevistable domina la máscara y ha hecho de ella su profesión o al menos una de sus habilidades. No otra cosa hace un cantante, un político, un actor o un escritor ganador de premios: gente experta en la representación, que sabe lo que hay que decir para seducir al periodista, uno de los responsables y quizá el principal de seguir prolongando esa imagen ganadora. Y lo primero que hacen los entrevistados es fingir simpatía e igualdad: "somos iguales, somos colegas", le transmiten al periodista hasta con palmadas en el hombro y lenguaje corporal. Y el periodista, al margen de lo novato que sea, se lo suele creer porque, habituado a vivir entre brillos y titulares, le han atacado por su lado más vulnerable, la vanidad.

     Wallraff es otra cosa. No sólo porque la vanidad parece desplazada junto a él -ese tipo de vanidad- sino porque la dirección, la intencionalidad de su máscara es otra. Los entrevistables (llamémosles así) se trabajan la máscara para incrementar su imagen, esa moneda fuerte en el mercado de divisas de nuestros días. Él trabaja sobre la máscara porque ella y sólo ella le permite averiguar lo que hay debajo de apariencias construidas con solidez, dinero y constancia: Lo que hay detrás de la prestigiosa marca Volswagen, por ejemplo; o tras el periódico Bild Zeitung, que en su día provocaba hasta manifestaciones de protesta de gente agraviada por su interpretación de la libertad de imprenta; o en las cárceles griegas cuando la dictadura en calidad de preso político voluntario; o de Alí, un obrero turco inmigrante vestido con mono azul, y para mostrar que el precio de serlo en Alemania puede ir hasta someterse a experimentos con radiación nuclear. Todas esas misiones le han convertido en un marginal dentro de la sociedad alemana (aunque venda miles de ejemplares; varios millones de Cabeza de turco) hasta el extremo de que, al menos cuando realicé esta entrevista, tenía que vivir fuera de su habitual barrio obrero y lleno de inmigrantes pues la presión dentro era excesiva. Pues como con la bruja de Blancanieves, pocas sociedades aceptan -y tampoco la alemana es excepción-, verse confrontadas a un espejo real.

     Parece un exótico, un extravagante del periodismo y de la sociedad rica occidental encantada de conocerse... pero quizá no lo sea tanto. Quiero decir, ¿de verdad es tan delirante su teoría? En un mundo construido por gabinetes de prensa y de imagen, de asesores y web-masters que aprenden a domar el flujo de las resonancias en nuestra sociedad de reflejos, ¿tan delirante resulta que alguien pretenda desmontar todos esos disfraces con otro, así sea el muy sencillo de un periodista amarillo o el más humilde aún de un obrero turco con lentillas negras para teñir sus ojos azules? Por qué el periodista habría de ser el único en renunciar al disfraz, sobre todo si al final se encuentra el compromiso de revelar la verdad, o al menos la verdad conseguida con la máscara. En un mundo de disfrazados, por qué la máscara de quien se la pone a la vista de todos -como en una Teoría del Distancimiento de Brecht, con la que por cierto su método conserva no pocas afinidades- por qué ese disfraz sería más ilegal que otros, o tan siquiera más inverosímil.

      La entrevista en estilo indirecto, y en este caso sin casi frases textuales, no es sino una consecuencia más de ese juego de representaciones. El supuesto realismo del estilo directo se me antojaría en este caso particularmente equívoco; siempre faltaría algo en la supuesta reproducción textual de lo hablado: justo eso que él pretende rellenar con la escritura del disfraz. Pues no es la apariencia de realidad lo que busca desvelar Wallraff sino justo lo que se esconde bajo ella, más afín, me parece, con la narración que con la representación. La narración llega allí donde la representación no puede.

      Pese a todo lo cual se mantiene la pregunta: cómo entrevistar a alguien que ha llevado la máscara al virtuosismo.

      Mi conclusión fue: con preguntas sinceras, y aprovechando que el tigre descansaba.

El escritor y su máscara

Miércoles 30 Abril 2014. En Blog, Entrevistas

José Saramago

Entrevista / La máscara

Existe una primera y gran dificultad cuando se entrevista a un escritor conocido, y es que no siempre es posible -y nunca fácil- sobreponerse a la máscara y llegar a la persona.

      En su día entrevisté a no pocos escritores y una de las conclusiones que fui sacando es que no muchos, si alguno, carecían de un personaje que se sobreponía a su verdadero retrato. Algo que se agravaba entre los veteranos. Incluso los que iban de todo lo contrario, incluso los que iban de venerables pero sencillos maestros anti sistema tenían su personaje... que era justamente ese. Recuerdo a tres y en particular a uno, que en público cumplía de Oscar con el papel de sabio de la tribu y luego en la distancia corta mostraba la capacidad de intriga para obtener premios y distribuir envidias que se atribuye con razón a ciertos cenáculos literarios, y luego en la cena era tan capaz de repetir chistes rijosos y hasta casposos como cualquier mortal.

     Todo ello se producía de forma tan inexorable que uno terminaba por preguntarse si es probable que un escritor que lleva años sobre la escena pueda no copiar a su personaje... lo que por supuesto tiene consecuencias cuando uno mismo responde a la cuarta entrevista en el lanzamiento de su propio libro, que tampoco es el primero. (Si es así, ¿cuál sería mi personaje?, me pregunto en las tardes lluviosas de domingo).

      Lo que interesa en todo caso es el problema que plantea: ¿El periodista está ahí para confirmar un personaje -que es, por otra parte, lo que espera una parte de su público-, o está ahí para comenzar a agrietar la máscara creada en vida y tratar de proponer una imagen más auténtica o por lo menos una faceta menos conocida del totem? Lo que, cuando se consigue, implica algún riesgo: a la gente no le gusta que le toquen a sus ídolos.

     Es una reflexión que me viene tras las más o menos recientes desapariciones de varios grandes escritores como Paz, Fuentes, Mutis, García Márquez o, un poco más alejada, Saramago, entre otros, que con sus respectivas muertes dieron pie a la misma disyuntiva: ¿Es la muerte una ocasión para buscar perspectivas inéditas sobre el muerto o es el momento de fijar en estatua todos los lugares comunes que (se) fueron construyendo a lo largo de la vida? No hace falta que sean escritores: véanse los casos muy visibles de Steve Jobs y Adolfo Suárez.

     El escritor construyendo y fijando su máscara para la posteridad es un clásico, y me remito a los conocidos casos de Byron en el laborioso proceso de construir su leyenda; de Goethe, que incluso reclutó a un amanuense, Eckermann, para que recogiera su pensamiento en conversaciones programadas en una suerte de panteón de palabras; y Chateaubriand, viviendo, tal vez, para unas memorias que todavía resultan irrebatibles porque son de ultratumba. (Además de magníficas).

     Sin duda que resultaba muy difícil entrevistar a personajes monumento como Tolstoi, Kipling o Hugo, y ahí están las entrevistas que nos han legado para atestiguarlo: entre otras cosas porque no parecía que los periodistas de esas épocas se propusieran más  objetivos que el de cinceladores de estatuas, afianzadores de mitos.

    El problema en nuestro tiempo es que no parece factible ser escritor sin haber cursado masters de mercadotecnia y publicidad, en los talleres y cursos de escritura, y que el más tonto se ha dibujado un disfraz de estrella del rock. Y ello, con la ayuda de agentes literarios, gabinetes de prensa y amigos haciendo de asesores de imagen que les han convencido de que ningún paño se vende hoy en el baúl y que no sólo es preciso sacarlo sino, además, venderlo. Vender es una de las palabras clave de la jerga del oficio y la gente se quedaría sorprendida de saber hasta qué punto es de uso común en las redacciones de los periódicos y en el mercado artístico. Y no sólo como intercambio pecuniario sino como proceso de convencimiento, seducción. Quien seduce, vende, y al revés. Y sólo seduce quien se pone una máscara. O sea que el entrevistador lo tiene difícil.

     Todo ello no sería más que una nota a pie de página en el proceloso volumen de la vanidad humana de no ser porque plantea un problema al entrevistador, ya intimidado por la figura del Autor, sobre todo si es uno ya veterano y reconocido. Pues el Autor tiende a esperar que le pregunten en determinado sentido estatuesco, de la misma forma que casi todos los futbolistas esperan que les pidan opiniones sobre fútbol y no sobre ópera. Sucede que el escritor no es tan especializado. Más aún, es o debiera ser lo contrario de lo especializado pues no existe o no debiera existir algo más abierto que un libro, más sujeto a preguntas diversas y hasta inesperadas. ¿Cómo sobreponerse al pedestal, el gran premio, las cifras de ventas, las coronas de laurel, la Academia y los jefes de prensa que conducen en coro a la pregunta: "Háblenos por favor de lo grande que es usted"?

     Lo que no saben esos entrevistadores es que los escritores más interesantes agradecen las preguntas que les sacan de su personaje. Aunque se arriesguen a vender menos.

  • Pedro Sorela

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