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Artículos etiquetados con: Literatura

Isabel y las lecturas

Jueves 02 Enero 2014. En Blog

p.S

Desde hace un tiempo Isabel sufre en el metro un ruidito que le impide concentrarse en su libro como antes. Y es que ya no puede averiguar de una ojeada lo que leen sus compañeros de viaje pues cada vez con más frecuencia llevan pantallas y eso le impide centrarse en su lectura. Le ocurre a mucha gente -gente cotilla, podríamos decir, o por lo menos curiosa: que no se quedan contentos hasta averiguar lo que leen los demás (y a veces fruncir el ceño, preocupados por la decadencia de Occidente)-, pero en su caso es comprensible. Isabel es librera. Y además en una de las pocas librerías de Madrid que de verdad se merecen todavía el nombre, o sea que se podría decir que Isabel es una superviviente. Una suerte de testigo de un mundo que podría llegar a desaparecer: ¿existe una vivencia más literaria que esa? Muy pocas.

      Es cierto que Isabel siempre ha tenido más y más dificultades para concentrarse en el metro, cuando va y vuelve de su trabajo, casi media hora por trayecto: No siempre se puede sentar -aunque recuerda que cuando chica llegó a leer Rey Lear, ¡y a comprenderlo!, colgada de una barra y con el libro a centímetros de su nariz-, y en el metro hay cada vez más marcianos conectados por los oídos a una central de donde les envían consignas en un tam-tam muy elemental: "Bumba, bumba, bumba..." Nada que objetar, al menos por parte de Isabel, que es pacífica y tolerante. Pero es que algo falla en las terminales de los marcianos, o quizá es que las consignas son demasiado elementales y se salen de los cacharritos y las orejas, y al final todo el vagón está escuchando un lenguaje que no comprenden. Y que impide escuchar a los verdaderos músicos -no todos malos- que cada vez en mayor número se van refugiando en el metro en estos tiempos hostiles.

     No se trata sólo de curiosidad o cotilleo: A fin de cuentas, cuando la gente leía libros, libros de papel y con tapas de colores, el resultado de la curiosidad no era siempre optimista: muchos de los libros que Isabel reconocía con ojo de experta ni siquiera se vendían en su librería porque no daban la talla. El problema ya no es si los libros son los que ella eligiría o no -ella es de los libreros capaces de decirles a un cliente: "No lea basura, lea en cambio este", lo que no siempre ha sido comprendido-, sino el enigma de si eso que lee la gente en sus pantallitas de bolsillo es lectura de verdad. ¿Leen libros, leen literatura... o leen bobaditas, esos mensajitos cortos e in-signi-ficantes en los que la gente vive ahora como si por cada mil mensajitos les dieran una chocolatina? Eso la tortura.

     Así que, no sin meses de vacilaciones, como la gente cuando tiene que elegir entre un móvil u otro, un novio entre millones, un supermercado entre varios gigantescos, Isabel se compra una tableta que al principio no confiesa, esconde de sus compañeros y, cuando finalmente un colega la pilla en el metro, justifica con aquello de:

      - Bueno, es el instrumento de estos tiempos y tenemos que saber lo que ve la gente.

     Ahí está, que al principio lo que ve la gente es lo mismo que veía antes, sólo que más rápido. Antes en los periódicos se leía alguna crónica, ahora no merece la pena pues algo parece igualarlas a todas; antes te acababas Moby Dick, tras cierto tiempo pero te lo acababas; ahora el tiempo se le va en cuál versión bajarse, bajarse cuatro y pasarse tres trayectos decidiéndose por una de ellas y comparando traducciones y brillo de la pantalla... antes de lanzarse a por El viejo y el mar, que alguien ha citado en Twitter a propósito de no sé qué. Luego Isabel va descubriendo aplicaciones y poco a poco las aplicaciones, que son como una gigantesca ferretería en Disneylandia, o eso parece, van sustituyendo la lectura. De modo que hace tiempo que Isabel no lee, solo busca nuevas aplicaciones y lee cositas, cuando un día, quién sabe por qué, en la línea 2, llegando a Goya y terminando de leerlo ahí mismo en el andén, descubre que en algún sitio de ese océano sin bordes de la red alguien ha escrito un texto abierto pero con el único objeto, se ve, de que ella lo lea. Así lo hace, con progresiva sorpresa y mientras se le eriza la piel pues entre 7.000 millones de personas conectadas a la red sólo ella puede entender completo ese mensaje escrito muy poco antes en vete a saber qué lugar del mundo: quien se lo envía es un viajero.

     Y tiene que reconocer que antes eso no habría sido posible, y que el cartero con esa misiva habría tardado por lo menos un día en llegar a su casa.

    

No enseñamos libertad

Miércoles 18 Septiembre 2013. Blog

No enseñamos libertad

p.S

Lo más alarmante del debate sobre la educación en España es la casi falta de ese debate en lo que de verdad importa, y en todo caso el desconocimiento general, cuando no tergiversación, sobre la realidad educativa. Baste mencionar la muletilla generalizada de que "esta es la generación más preparada de la Historia", que suena a sarcasmo para cualquiera que se haya acercado a un aula universitaria española: Al menos en las facultades de Ciencias Sociales o Humanidades (no veo por qué en las de Ciencias y en las carreras técnicas la situación sería mejor), no sólo las carencias darían para llenar bibliotecas enteras de antologías del disparate, como siempre y en todo lugar, por otra parte, sino que se detectan limitaciones de verdad preocupantes por su trascendencia en el tipo de sociedad que nos damos. Y en concreto serias limitaciones en dos talentos cruciales: la capacidad de abstraer o pensar ideas; y la capacidad de imaginar. De imaginar de verdad, no simplemente traducir a otros nombres y escenarios la propia realidad del joven. Y ello con independencia de la inteligencia de los alumnos, que como sucede con los jóvenes, suele ser alta.

    Y sí, no parece que sea muy difícil encontrar las causas de tan alarmantes carencias: sin duda alguna, y en buena parte, un menosprecio evidente de las humanidades, y en concreto una postergación cuando no supresión de la filosofía y la literatura. Baste mencionar que la literatura se enseña en los colegios en la misma asignatura que la lengua, con la evidente priorización  de ésta por ser, a fin de cuentas, la más práctica. El resultado es que los alumnos españoles de hoy no saben -estos son ejemplos reales de aulas enteras- quiénes eran María Zambrano, Azorín o los caballeros de la Mesa Redonda. Según mi experiencia, estudiantes españoles con buena nota de acceso llegan a la universidad sin tener algo parecido a un comienzo de formación en literatura, redacción o filosofía, y padeciendo una dolencia intelectual que yo llamo la literalidad.

     Todo esto no pasaría de ser la habitual jeremiada de algunos profesores o viejos propensos a quejarse del presente comparado con el pasado, pero lo cierto es que se trata de algo en verdad alarmante. Pues sucede que son las capacidades de abstracción y de imaginación las que definen al ser humano, y que de ellas está hecha la libertad.

(Publicado en la revista "21", agosto 2013)

Las Vegas, Madrid, 2059

Miércoles 31 Julio 2013. Blog

Las Vegas, Madrid, 2059
p.S
...a veces lloraban lágrimas rojas, parecidas a sangre,
en busca de consuelo...

No fue sino hasta el final del segundo tercio del Siglo XXI cuando alcanzó su pleno desarrollo el proyecto de Las Vegas, en Madrid, una ciudad-bar en medio del descampado castellano manchego que durante un tiempo cambió lo que se creía saber sobre el azar y la diversión.

    Para empezar, el azar se simplificó.  Para construir un mega casino sin fronteras, los juegos de azar se resumieron a cuatro: Un poker abierto y a partir del 7, la veintiuna rebajada a once, y el cara y cruz de una moneda al aire, eso sí, un dólar de plata tirado por sofisticados croupiers con arabescos inspirados en los que lanzan el bastón al aire en los desfiles de Estados Unidos. La ruleta, símbolo de los casinos en el mundo entero pero demasiado complicada para las nuevas generaciones, se había reducido a una apuesta a rojo y negro para mantenerla viva. Si alguien se arruinaba, se le permitía descansar en grandes salas habilitadas como aeropuertos, donde múltiples monitores ubicuos mostraban a jóvenes locutoras-sacerdotisas invitando en inglés, chino y ruso a la aceptación del destino. Con esas salas se procuraba que la gente no regresase a Madrid y sus ciudades antes de tiempo para que no fuesen identificados como perdedores... y humillados.

    Sí, porque no se accedía a la ciudad mediante ninguna entrada-pasaporte, pulsera o sello brillando en el dorso de la mano. A la entrada, en un ritual algo iniciático acompañado música heavy, se bebía una Coca-Cola con una píldora de fórmula secreta que teñía los ojos: verde pálido para los jugadores de sólo una noche, azul triunfo para quienes también alquilaban una habitación, o rojo vampiro para los valientes y ambiciosos que se disponían a quedarse más de veinticuatro horas. Pocos resistían este tiempo y las salas de descanso estaban sobre todo ocupadas por estos últimos, que a veces lloraban lágrimas rojas, parecidas a sangre, en busca de consuelo. 

   Agrupar y catalogar a través de los ojos no era una coqueta cuestión de diseño sino una necesidad: Las clases sociales resultaban indistinguibles ya que todos iban vestidos más o menos de lo mismo. Por segundo siglo consecutivo los vaqueros seguían siendo el mayor uniforme de la Humanidad jamás inventado, así como las chanclas de firma en la temporada alta del verano, los tatuajes en bajo relieve y  pintura fosforescente... y los collares de oro, que habían dejado de ser marca de narcotraficante y eran de uso común, sobre todo por la gente de posibles: el número de vueltas de los pesados collares anunciaba con cuánto riesgo estaban dispuestos a jugar. Lo que no se podía ver es que los collares eran uno de los medios mediante los cuales los jugadores recibían consignas de jefes situados en el exterior; también los podían recibir a través de los tatuajes, mediante casi imperceptibles órdenes a través de la sangre, o de las gorras de béisbol y gafas de sol que usaban muchos jugadores, no sólo los de poker, y que, más que ocultar sus intenciones, intimidaban al contrario y procuraban inhibirle en las apuestas.

     No se puede hablar -es preciso reconocerlo- de un ambiente de sólo ocio y diversión. En Madrid-Las Vegas se podían respirar las tensiones propias de los casinos, como siempre allí donde circula el dinero, pero también las de la convivencia entre diferentes bandos. A los viejos, por ejemplo, que son grandes jugadores y por lo tanto un sector imprescindible de la industrial mundial del juego,  no se les permitía jugar en los casinos más a la moda, pero se les conducía a réplicas casi iguales donde no se veían ni a jóvenes ni a guapos. Ellos fingían no darse cuenta de ese mundo súbitamente especializado.

     Aunque en los otros casinos todos iban vestidos igual y todos tenían un físico casi idéntico, se las arreglaban para agruparse en tribus: los madrileños, los catalanes, los andaluces, los ingleses, los flamencos, los corsos, los escoceses, los ucranianos...  En ocasiones se producían sobresaltos en torno a las mesas por cualquier nimiedad, y salían a relucir viejos agravios. Es evidente que las consignas exteriores les ayudaban a reconocerse y eventualmente atacar. Gorilas con cascos dotados de rayos X imponían la paz y, en caso de que algún grupo no quisiera calmarse, se le llevaba a unas dependencias reservadas, donde eran reeducados durante algún tiempo mediante la insistente lectura del Libro Azul de la lideresa fundadora de la ciudad, que llamaba a la libre circulación de las ideas.

     Las esculturas de la Gran Lideresa punteaban la ciudad como una suerte de Culto al Líder y código del que sin duda formaba parte un ángulo recto triunfante, que presidía, armaba, sostenía y dividía todos los edificios. Hoteles, casinos, cafeterías y discotecas construidos en escuadra, como cartones de vino apilados en un supermercado y rindiendo tributo a un mundo simple y sin curvas. Además, todos los edificios tenían un nombre propio fácilmente reconocible y familiar a los visitantes de la ciudadela, desde el Hotel Levi’s hasta la discoteca Durex, con diez pistas y capacidad para veinte mil personas, y el casino Cocaína Gold (bautizado así tras la legalización de la droga, años antes). Sobre todas las azoteas triunfaba una escultura ad hoc, encargada a artistas de reputación internacional, visible desde lejos de forma que fuese también una feria de marcas permanente. Al mismo tiempo ese edificio incorporaba en su decoración la escultura totémica de mil formas diferentes: así, la aceituna del edificio Play Boy iba en las copas de Dry Martini esculpida en forma de conejita en miniatura. A las mujeres se les servía la copa con un conejito masculino. Y en los folletos de publicidad se escribía conejit@ para que hombres, mujeres y conejit@s no se sintiesen discriminados.

  


  • Pedro Sorela

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