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Artículos etiquetados con: Literatura

Con la polaca sonriente en el avión

Miércoles 03 Diciembre 2014. En Escritores, Blog, Lecturas

p.S
Wislawa Szymborska.

Lecturas

Más lecturas no obligatorias. Wislawa Szymborska. Traducción de Manuel Bellmunt Serrano. Alfabia, 2012.

Uno de los mayores misterios a los que me he enfrentado en estos días es por qué he leído Más lecturas no obligatorias en dos sentadas, en sendos aviones, y sin ninguna obligación: como suelo hacer, me había traído más lecturas, por si acaso.

     Tratándose de crítica literaria, por ponerle un nombre, sólo me había sucedido algo parecido con los Prólogos con un prólogo de prólogos (Alianza) de Borges, que he leído con gran placer y subrayado más de una vez, y sí, también en trenes y aviones. Debe de ser porque se le parece.

      He dicho crítica literaria pero no lo es. Quiero decir que en los ágiles, aunque nunca leves, textos breves de Szymborska no hay nunca una visible intención de establecer una verdad, ni fijar categorías, ni hablar de resultados, ecos ni premios como si la literatura fuese una olimpiada, ni de agrupar a autores en supuestas tribus, ni crear ismos o generaciones. Nada de eso ni nada por el estilo de lo que se suele auto adjudicar como misión lo que llamamos crítica literaria. Lo que hay es el espectáculo de una señora con una cultura realmente notable (como la de Borges), y no sólo clásica, que sin embargo por algún milagro de la alquimia y del cerebro ha conseguido conservar una especie de frescura primigenia, inocencia, curiosidad genuina, nada fingida, y sentido del humor, y que lee los libros con inteligencia, ausencia de prejuicios y generosidad, mucha generosidad, como una sabia que tuviese un espíritu muy joven. Una delicia.

     En su día empecé a leer el primer volumen de lo que es ya una trilogía, Lecturas no obligatorias, pero perdí mi ejemplar y no lo volví a comprar sabiendo que con toda probabilidad reaparecerá algún día en la agitada vida de los libros en mi casa. Doy por supuesto que tanto ese como Siempre lecturas no obligatorias, el tercer volumen, están escritos con el mismo espíritu y talento.

      Por lo visto al principio se trataba de escribir cada semana, por encargo de una revista literaria, comentarios sobre los libros un poco marginales que llegaban a la redacción. Poco a poco, con manifiesta destreza, Szymborska fue conquistando mayor autonomía, y los libros que comentaba no eran forzosamente los más pintorescos y periféricos, aunque tampoco los centrales que organizan la vida y polémicas de las sociedades literarias. Los del segundo volumen fueron publicados en los años 68 al 71 del pasado siglo. Y desde ediciones de El satiricón y Gilgamesh, a otras como Obras maestras del Medievo francés o Los problemas sicológicos de las ilustraciones infantiles, uno se queda boquiabierto sobre la calidad y sofisticación de los libros que se publicaban en la Polonia (todavía comunista) de entonces.

     Además del gusto, lo que ha acompañado mi lectura son dos o tres irritantes estupefacciones: ¿Dónde se publican hoy libros sobre La antigua novela corta italiana o Las cartas de amor de los antiguos polacos? ¿Dónde han ido a parar los posibles lectores de esos libros, que sin duda existían aunque no agotasen las tiradas? ¿Y las revistas que encargan a poetas como Wislawa Szymborska (fallecida en 2012) cultos, ingeniosos, libres y siempre sonrientes comentarios sobre ellos? ¿Y las Wislawas Szymborskas capaces de escribirlos? Seguramente existen pero yo, en mi infinita ignorancia, las desconozco.

      Y lo que tampoco termino de comprender es por qué leo estos breves textos de Szymborska y de Borges de preferencia en los aviones.

No libros sino pasteles, mezclas de libros

Miércoles 12 Noviembre 2014. En Blog, Lecturas

...cuando me gusta mucho un libro lo engaño con otro...

Lecturas

Es curioso cómo decimos que estamos leyendo un libro cuando en realidad eso es rara vez verdad o lo es a medias. Lo más habitual es que leamos dos o cuatro libros al tiempo, cinco o vete a saber. Yo esta tarde de noviembre de 2014 estoy leyendo ocho, y eso que no incluyo algunos, como La Biblia, que cojo de vez en cuando con la idea de que habría que leerla al menos una vez en la vida. El asunto, si se piensa, tiene más consecuencias de lo que parece: pues no leemos libros -al menos yo no los leo- sino mezclas de libros. Y además únicas pues es raro que otros lectores vayan a mezclar como cada uno de nosotros.

     A veces me ocurre, como hoy, que no sé cuál es mi lectura principal del momento, que a veces sí se destaca y hasta casi echa a los otros durante un tiempo. Digo casi pues cuando me gusta mucho un libro hasta lo engaño con otro, como hacía con las cartas de amor, para que me dure más. Mejor que hoy no tenga un favorito claro: así se verá más el mestizaje.

     Todos los días leo unas pocas páginas de una de las novelas más largas que se han escrito en Occidente y que me va a durar unos años -en China la tradición está construida con novelas muy largas-, y eso constituye una suerte de masa madre de un pastel. Un pastel de lecturas. Me sirve además para colocarme en una onda realmente literaria, algo que no es de despreciar en estos tiempos en que los periódicos hablan de premios decididos de antemano y auto ayuda. Algunos días, en esa línea, leo otro libro infinito en el que un aristócrata palaciego -no es forzosamente sinónimo- contó en detalle la corte de Luis XIV. En aquel tiempo todos ellos lo tomaban por historia. Minuciosa y de detalles, pero historia. Hoy me imagino que es lectura obligada en las escuelas de pensamiento republicano.

     Y si sigo en esa tónica -pero rara es la tarde en que lea de los tres libros- cojo el segundo volumen de la inacabable correspondencia de uno de los maestros (y teóricos) de la novela, y lo que más me sorprende es que, aunque he abordado varias veces esa correspondencia, leído resúmenes y hasta escrito ya sobre ella, siempre me sorprende y sigo aprendiendo.

     Ya voy por la mitad de un libro que hace treinta años me hubiese (casi) monopolizado y ahora tengo a veces la tentación de dejar de lado. (¡Ah! Se me olvidaba decir que ahora ya casi siempre me puedo dar el lujo de dejar de leer algo si deja de interesarme. No tengo tiempo). Se trata de la extensa biografía de uno de los grandes narradores norteamericanos, el más grande según algunos, y me cansa no tanto por lo extensa -nunca me cansaron las 2.000 páginas de la biografía canónica de Faulkner- como porque responde a la más o menos reciente moda de las biografías exhaustivas en que el autor, por lo general un académico, pretende acabar con el tema y dar una nueva visión del mundo. Es agotador. ¿Interesa realmente cómo eran en detalle las tribus de las islas que este autor visitó de joven y que años más tarde inspirarían sus libros y no el más importante? Pues sólo hasta cierto punto.

      O sea que cuando me empacho -casi todos los días- cojo los brevísimos ensayos sobre escritura de un peculiar escritor mexicano que aprendió el español ya tarde -y que leo con lentitud para que no se me gaste-; los delicados y finísimos ensayos sobre laberintos y sombras venecianas de una amiga mía que vive allí (aunque asustada por los nuevos grandes paquebotes de los cruceros que ha dejado entrar en la ciudad la especulación turística para terminar de una vez con la idea de viaje); o los breves capítulos de una especie de memorias de un autor francés que voy siguiendo de vez en cuando con la esperanza de que uno de sus libros me guste como lo hizo una de sus primeras obras, hace décadas.

     Y así. En la misma mesa ya esperan otros libros. Por las noches leo en la cama los ensayos de George Orwell, y con gran placer y algo de respeto porque tienden a despertarme. Aunque imagino que esa debe de ser la obligación de la literatura...

Los malos en matemáticas son invisibles

Miércoles 29 Octubre 2014. En Novela, Blog, Obra

Fernando Vicente
"Había perdido para siempre la lógica de los números".

Mis profesores, en el colegio, se dividían en dos bandos: los que se preguntaban cómo había podido fracasar el sistema hasta el punto de permitirme llegar hasta ese curso, y los que salían en mi defensa y señalaban que, por el contrario, yo tenía cierto talento en la interpretación de las metáforas de Víctor Hugo o Chateaubriand, o el humor de Molière y de Ionesco. Estos eran los profesores de Letras. Los primeros, los de álgebra, geometría, física y química, aunque esta última era lo bastante literaria -a fin de cuentas sus fórmulas tenían letras- como para permitirme aprobarla de vez en cuando.

     Hay que tener en cuenta, por si no hubiese quedado claro con la mención de lo que estudiábamos, que yo vengo de un tiempo tan remoto que no había especialización en el bachillerato y había que estudiar tanto letras como matemáticas -ahora lo agradezco, por increíble que me parezca a mí también-, y buena parte de mis profesores no habrían superado los exámenes de la moderna Inquisición Pedagógica: ni el profesor impaciente que nos arrojaba tizas para hacernos callar, con una puntería que le envidiábamos, ni la profesora a la que llamábamos El Moco y que en cierta ocasión le dijo a Moreno (seudónimo): "Moreno, si los gilipollas volasen, usted sería jefe de escuadrilla".

    Pese a que nos ponía notas algebraicas (-3, -4,5 y por lo tanto el cero ya era una conquista), tengo un gran recuerdo de El Moco, y no sólo porque a mí me fuese envidiablemente bien con ella: aprobado justo en medio de verdaderas orgías de notas algebraicas (y eso también sería hoy imposible). Vestida siempre de rojo y negro en homenaje a Stendhal, admiración que me transmitió, aunque muchos años después, la razón más probable de su tolerancia conmigo es que mi apellido tenía tan sólo una letra más que el Julien Sorel, el héroe de El rojo y el negro, y quién sabe si no éramos incluso parientes. Intuyo que era una izquierdista intransigente (en aquel tiempo, en ese colegio los profesores respetaban las cabezas indefensas de los alumnos y no se abrían las gabardinas para exhibir sus ideas políticas) pero nadie como ella me enseñó nunca tanto sobre las sutilezas de la poesía galante ni me inculcó tanto respeto por los clásicos. O mejor aún, por lo que merece serlo. Y sin duda me enseñó más literatura que la que me iban a enseñar luego en la universidad, con grupos, generaciones y fechas de edición, trucos todos inventados por los profesores para no cansarse.

     Salvo de alguno, buen profesor por un azar improbable, me temo que no guardo un buen recuerdo de los demás profesores de matemáticas. Porque eran malos. Es cierto que por culpa de los viajes de mi familia yo me había saltado dos cursos, perdiendo ritmo para siempre en la lógica de los números, pero creo que jamás se plantearon ningún problema que no fueran los muy misteriosos que resolvían en la pizarra los buenos de la clase en matemáticas, y desde luego jamás supieron lo que era la pedagogía. Como por ejemplo K., que el primer día de clase deambuló por entre los pupitres pasándonos revista con la narizota roja de un sargento alcohólico, y al llegar a mi sitio, en la esquina más remota del aula, se me quedó mirando con adelantada fruición y me dijo con impecable lógica matemática: "Estás sentado en el puesto que el año pasado ocupaba Fernando Vega. Fernando Vega era un gamberro, y por lo tanto tú eres un gamberro". Nunca la lógica matemática me había parecido lo irrefutable que dicen que es, pero ese día confirmé mis prejuicios.

     Los malos en matemáticas son invisibles, que acaba de salir en Alfaguara Juvenil, trata de todo ello. Leyéndolo despacio y en frío, sí tengo la impresión de estar poniendo ciertas cosas en su sitio, pero no  creo que sea una venganza pues hace demasiado tiempo y mi memoria sonríe, pese a todo. A veces pienso que esos fueron los mejores años de mi vida.

  • Pedro Sorela

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