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Artículos etiquetados con: Lecturas

Aprender comparando: Black y Banville

Jueves 26 Junio 2014. En Blog, Lecturas, Sastrería

John Banville, Benjamin Black (en el centro) y Anthony Blunt.

Lecturas / Sastrería

El lémur. Benjamin Black, Alfaguara; El intocable, John Banville, Anagrama.

Me ha resultado de enorme interés la lectura simultánea de El lémur, de Benjamin Black, con El intocable, de John Banville, que como quizá no todo el mundo sepa es el verdadero autor tras el pseudónimo de Black. Aunque él no lo esconde, y tanto él como sus editores juegan con ese coqueto disfraz literario. En la tradición de alternar -explícitamente- libros serios con entretenimientos (así los llamaba él), con el muy comprensible propósito de ganar dinero para vivir, sólo recuerdo a Graham Greene. Con la circunstancia de que alguno de los entretenimientos de Greene, como Nuestro hombre en la Habana, resultó a la postre superior a alguna de sus novelas serias.

   No es el caso de Banville, al menos a juzgar por estos dos libros. El lémur es una entretenida novela negra, que se desarrolla en Nueva York (fue publicada por entregas en The New York Times) y en cierto modo hasta recuerda alguna de las tramas de Millenium, que sólo he visto en película: Un antiguo periodista recibe el encargo de escribir la biografía de su suegro, un magnate, antiguo miembro de la CIA; contrata para ello a un pintoresco investigador, genio de la informática (el lémur); y descubre lo que no estaba previsto. El libro respeta algunas convenciones del género -policías que parecen filósofos con pistola, potentados con los que uno no jugaría ni a las chapas, y neón, rascacielos, alcohol y humo, aunque este cada vez menos- pero sin ser ningún especialista, no creo que, al menos esta novela, sobresalga demasiado en el abundante mundo de la novela negra, renacido con tal fuerza que a Black-Banville le encargaron el desafío de escribir una nueva novela de Philip Marlowe al modo de Raymond Chandler: La rubia de ojos negros.

      El lémur sirve en cambio como contraste y el comienzo de una gran lección cuando se la compara con El intocable, la novela seria -y mucho más extensa- en la que Banville recrea de forma exhaustiva la trayectoria de (sir) Anthony Blunt, quien fuera asesor de la Reina de Inglaterra en materia de arte y uno de los cinco famosísimos espías ingleses, procedentes de la universidad de Cambridge, que sirviendo a la Unión Soviética durante décadas desequilibraron a los servicios secretos británicos y, sobre todo, propusieron preguntas muy agudas sobre conceptos que parecían intocables, como lealtad, patria y demás. A algunas de esas nuevas preguntas es a lo que intenta responder Banville, que en alguna entrevista ha dicho que él no tiene respuestas a las grandes cuestiones, también políticas -lo que a mi modo de ver desmiente su libro-, y que se limita a escribir lo mejor que puede: eso sí es cierto. Su libro está llamativamente bien escrito (y traducido), y eso, más que la trama, que de algún modo ya conocemos, o intuimos, es lo que te hace avanzar con avidez.

      Lo que en cierto modo resulta paradójico es que Banville comparte algunos de los recursos de Black: Por ejemplo, el de una gran y evidente documentación, residuo, tal vez, de la antigua vida del escritor como periodista. La diferencia es que en Black la documentación está implícita -en la descripción de Nueva York, por ejemplo, muy exacta-, en tanto que en Banville no se reprime, se explaya, no cae en la obviedad y se da por supuesta en el lector, además de una respetable cantidad de conocimientos. Lo que alguna vez se llamó "cultura general".

     Ambos tienen además el valor de sostener, después de persuasivas sugerencias, lo que no está previsto ni es correcto: el traidor, por ejemplo, puede ser un héroe o por lo menos sus actos son más comprensibles.

      La gran diferencia, me parece, estriba en el despliegue de recursos que utiliza Banville frente a Black, que se limita a los propios del género y apenas se permite lujos. En lo que a la postre se termina percibiendo como una estimulante y grande libertad mental, Banville renuncia a poco de sí mismo para complacer al lector como se supone que se debe hacer según el libro de instrucciones del escritor más comercial. Si tiene que reflexionar, reflexiona. Si describir, lo hace. Si ha de citar nombres o historias que requieran cierta preparación del lector, no se corta. Se le nota desde lejos el placer de escribir. El escenario, como le ocurre a la cabeza humana, es muy amplio.

     Quizá como consecuencia de ello se permite además ciertas libertades del narrador que, en principio, frenarían la comprensión. Por ejemplo, interpela directamente a los personajes, aludiendo a detalles casi privados que el lector debe deducir, y el marco de su historia -una vida y un país, y una vida y un país muy ricos- es enorme: abarca mucho tiempo, mucho lugar, muchos acontecimientos, sobre todo el de una traición muy compleja.

     Pero tal vez el principal regalo de la prosa seria de Banville es que no se pliega a las clasificaciones dispuestas desde hace demasiado tiempo por la industria y la academia, y sólo por inercia llamamos novela a El intocable. En realidad es novela, ensayo, memorias, revisión, libro de historia... Habrá quien se extrañe de esta última, pues el libro no respeta ni los nombres de los protagonistas, pero lo cierto es que ningún reportaje ni libro de historia -véase la bibliografía del final... ¿bibliografía en una novela?- podría ahondar más profundamente en los motivos, matices y hasta olores de la historia de Anthony Blunt, que a menudo respeta al detalle, con los nombres cambiados. Si en alguna ocasión fue cierto lo de que la novela es la mejor manera de mentir para llegar a la verdad, esta fue.

    Un recuento del libro, incluso sucinto como este, no debería dejar de lado lo que tal vez salta a la vista en primer lugar, y es, no sólo la precisión de las palabras, según el ideal stendhaliano, sino el aprovechamiento de la menor ocasión para, sin ser cargante,  hacer de cada descripción algo memorable. Precisión, pues, al servicio de la imagen, e imagen en busca de la plasticidad inolvidable: "...pasó un hombre grande montado en un caballo pequeño, un centauro con bombín". No es casual que el protagonista que habla en primera persona sea un experto en arte. Apostaría a que Banville también lo es.

Los dioses tenían jardín hasta anteayer

Miércoles 14 Mayo 2014. En Blog, Lecturas

Gerald y Lampadusa, la lechuza que le regaló la condesa.

Lecturas

El jardín de los dioses. Gerald Durrell. Alianza Editorial.

Hace días que vengo leyendo en todo tipo de antesalas y medios de transporte Bichos y demás parientes, segundo volumen de la célebre trilogía de Gerald Durrell, con la cabeza dividida entre el gran, el enorme placer que me produce el texto y el consiguiente secuestro de mi atención, y una insaltable pregunta de escritor: ¿por qué? Pues los valores literarios de este Durrell son más bien sencillos y, una vez despellejados y deshuesados como él mismo haría con los cadáveres de los animalillos e insectos que pueblan sus libros, sin ningún secreto intimidante.

     Como tal vez no todo el mundo sepa, Gerald Durrell es el hermano pequeño de la misma familia inglesa de Lawrence, autor del imborrable Cuarteto de Alejandría (Edhasa) que a mí me partió en dos -antes y después- un verano de ásperas prácticas de periodismo, en Bilbao, hace ya años, y al igual que a unos cuantos amigos, se me convirtió en libro tótem, de los que uno no se atreve a revisar, no vaya a ser que lo hayan cambiado. En la trilogía de Gerald se cuenta que la familia Durrell (el padre había muerto en la India, donde nació Gerald), con un pasar económico más que aceptable, decide huir de la lluvia británica al sol de Corfú, isla griega en la que se instala en 1935, el tiempo feliz en que los colegios no son indispensables y cabe la formación en casa, y los turistas del Mediterráneo no son más que ciencia ficción futurista.

    Yo ya había leído con el mismo gusto Mi familia y otros animales, libro que he regalado media docena de veces a personas melancólicas o en cama con gripe, sin saber que le seguían este y un tercero que todavía no conozco. Y que leo preguntándome por qué tiene la capacidad de abstraerme en el metro hasta no escuchar el rap que se escapa de los cascos de mis vecinos, y las salas de espera se vuelven incluso extravagantes objetos de deseo a causa del par de páginas que me van a permitir leer. Es, como se ve, mi libro de transporte y esperas, y rara vez he hecho una elección más eficaz para neutralizar el tedio de ambos.

     Y no he terminado de averiguarlo del todo pero algunas cosas sí he ido descubriendo. Puede que no sea muy literario pero el valor más evidente de esos libros es, simplemente, no sólo la alegría de vivir sino el entusiasmo y curiosidad que desprenden por el mundo de alrededor. Los libros están contados desde la perspectiva de un chico que por entonces debe de andar por los doce o trece años, y que además -¡qué tiempos!-, es un naturalista no sólo curioso sino ya bastante experto. (Y que se volverá uno de los más conocidos de su tiempo, fundador de un parque natural legendario).

    A mí, si he de ser sincero, no me interesa particularmente la vida secreta de las mígalas o de los gobios, arañas y pececillos que entre otros muchos bichitos y animales conforman la muy rica naturaleza de Corfú, pero el talento de Gerald Durrell para recrearlos y hacer de su vida existencias enigmáticas e indispensables es tal que uno termina deseando bajarse del metro para meterse en un tren de cercanías armado de una red de mariposas.

       El siguiente valor podría ser el de una artesanía narrativa que no se arredra ante la complejidad de lo que tiene que contar y, con un enorme sentido del ritmo pero también sensibilidad para la belleza de la vida natural, enfrenta la descripción de esta sin temer ni por un instante resultar aburrido con las costumbres sociales de los gusanos nemertino. Y eso se nota. El resultado de esa generosidad, expuesta con talento narrativo, sin duda, es que no lo resulta en ningún momento.

       Urge precisar que la lectura de los libros de Durrell avanzan a golpe de carcajadas -uno de los más eficaces motores de un libro- para amarillenta envidia de los otros pasajeros del metro. Y no porque ridiculice o haga bromas a costa de los animales, que no lo hace jamás, y si se ríe con ellos lo hace con gran ternura. Por el contrario, Durrell comprende a los animales como si hubiese sido el secretario de Noé cuando se decidía quién era insustituible en el Arca. (De hecho dos libros suyos aluden a ella). Sus risas reposan en la familia: los "... otros animales", los "demás parientes". Gracias a esta alegre confusión entre animales, hermanos y otros personajes de la isla, a cual más pintoresco, sabemos que son las exóticas costumbres de los Durrell -perfilándose poco a poco como los animales con más personalidad del zoo- las que, comparadas con las de los pulpos o las tijeretas, resultan más extravagantes. El todo funciona en buena parte como un teatro.

     No es extraño pues que, en ese Edén europeo que se iba a perder con la guerra (los Durrell se marchan de Grecia en 1939), el tercer volumen de la trilogía se llame El jardín de los dioses. En ese mundo en el que los animales y hasta las mariposas parecen dialogar de tú a tú con los humanos gracias a Gerald, un diosecillo erudito y con sentido del humor, eso es justo lo que era.

Bibliotecas con fronteras

Jueves 20 Febrero 2014. En Blog, Lecturas

  Ana Gilmore. "Biblioteca de Alejandría", detalle, 2009.
  "La inaudita visión de jóvenes egipcias leyendo a Baudelaire o Hugo..."

En un viaje reciente descubrí una librería de la isla de Skye, en el oeste de Escocia, que tenía por frontera la de las islas; quiero decir que todos los libros habían sido escritos por autores británicos, o se referían a temas británicos. Como ya hace unos cuantos años que descubrí las bibliotecas de sólo mujeres, en Londres (en este caso escritas sólo por mujeres), no me extrañó demasiado. Pero sí consiguieron sorprenderme cuando, al continuar mi paseo por la librería, descubrí que la siguiente habitación versaba sobre Escocia, con libros escritos por autores escoceses. En la siguiente se exhibían libros y autores de la isla de Skye, donde nos encontrábamos... y la siguiente, claro está, de la población donde se encontraba la librería, y cuyo nombre imperdonablemente no recuerdo. No vi otra habitación pero me imagino que, en pura lógica, de haber existido debiera haber sido una habitación con las paredes forradas de espejo y con un cuaderno en blanco con una pluma sobre una mesita para comenzar ahí mismo un diario.

    Imagino que a cualquier viajero por Escocia le sonará esta anécdota, pues abundan los pequeños y también tranquilos altares de exaltación nacionalista, o de simple testimonio de amor al terruño, como sucede también en Irlanda o en Gales, por no salir de las islas. Lo que ya resulta más llamativo es comprobar hasta qué punto esta visión, que llamaré con fronteras, se ha ido instalando en la realidad europea, de modo que las tensiones interiores belgas, las de Chequia con Eslovaquia, o los exabruptos fáciles de escuchar en los Balcanes respecto al vecino más próximo no sólo son frecuentes sino aceptados como normales. No pretendo que no lo sean, ni negar una inercia que viene de muy atrás, en un continente en el que, al menos en las bibliotecas de Francia o de Italia que he visitado, sigue primando el universalismo. Lo que me parece extraordinario es que, entre gente medianamente leída o viajada, estas barreras mentales y en cierto modo étnicas sean aceptadas con la impasibilidad de lo normal. ¡Si hasta en los países escandinavos los daneses bromean sobre la seriedad de los noruegos y el estiramiento de los suecos como si fuese una realidad ontológica! Esto es, como si existiera tal cosa como un modo escocés de acercarse a los libros... sobre todo si estos tratan de Escocia. De existir ese modo nacionalista, ¿significaría que Stevenson, uno de los santos de la generosa literatura escocesa (y también de la mundial), no podría haber escrito sobre los mares del sur, donde se refugió al final de su vida, y donde, como Gauguin, pareció encontrar una suerte de refugio?

     Mi historia en la librería de la isla de Skye resalta más si la comparo con lo que me sucedió, un par de años antes, en la mejor librería de Taipei, en Taiwán, que -dicho sea de paso- al igual que otras muchas abre veinticuatro horas al día.

     Un viajero acude la primera vez con algunas prevenciones a una librería en país lejano y con idioma enigmático. ¿Para qué esa visita? Parece que es como pedir un cuchillo de carne en un restaurante vegetariano. Pero eso sólo sucede una única vez, pues al menos en Asia las librerías están dotadas de estupendas secciones en inglés, francés, y a veces hasta en alemán, español e italiano, y así ocurrió en esa y otras librerías, donde por cierto descubrí en inglés y francés a autores chinos de primerísimo nivel de los que en España no hemos oído ni hablar.

      Pero en esa primera entrada lo que más me chocó fue lo primero que vi. Y fue, presidiendo en cierto modo toda la librería, una sección de "los maestros de la literatura universal" -así, maestros, con toda la inocencia escolar de la fórmula- donde se había reservado lugar a los dos o tres clásicos indispensables de la literatura china (los Sueños del pabellón rojo, de Cao Xueqin, o el Viaje al oeste) pero toda la biblioteca daba refugio a lo que podría ser muy bien una sólida lista de recomendación de lectura sin fronteras: De Tolstoi a Hugo y Flaubert, de Dickens a Faulkner, Borges, Herodoto et ainsi de suite. Y no era la justicia o no de ese canon lo que llamaba mi atención, con las glorias nacionales que pudiesen o no haber sido olvidadas en esa suerte de medallero olímpico, sino justamente la ausencia de cualquier chovinismo nacional o tan siquiera continental o racial. El cosmopolitismo clásico de esa lista, que yo consideraba una regla de entrada, fue lo que por contraste tuve que recordar cuando visité la librería escocesa.

     De modo inevitable -los recuerdos casi nunca llegan solos, sino enredados entre sí como las cerezas- también me vino a los ojos la inaudita visión de la nueva Biblioteca de Alejandría con jóvenes egipcias, muchas de ellas vestidas con hijab, ocupando los bancos en escalera de ese monumento que reconcilia con la arquitectura moderna para leer a Baudelaire o a Hugo. Lo sé porque, en una visita de un día entero a la biblioteca, pocos meses antes, que podía cambiar todos los prejuicios sobre lo que leen o dejan de leer los musulmanes, tuve la oportunidad de comprobar que esos clásicos eran los que se encontraban en los anaqueles de la literatura francesa.

     Uno de los fenómenos más llamativos de entre todas las (no muy buenas) noticias relativas al libro que se dan en estos tiempos lo constituyen las bibliotecas populares de Colombia que, en ciudades como Medellín o Bogotá (y a veces, me parece, con la ayuda de la cooperación española) han pasado a ocupar territorios que hasta hace nada eran terreno de bandas y de pago de derechos por el paso de invisibles aduanas.  Para empezar, físicamente. Y queda la esperanza de que sea para revolucionarlos. Pues, sin caer en el buenismo bien intencionado, sí es cierto que la implantación de estas bibliotecas, que son también revolucionarias en el diseño arquitectónico, han contribuido a cambiar las costumbres de esos barrios para rebajarles la tensión y abrirles el horizonte y darles alguna esperanza, como corresponde a los lugares con libros. Y hasta donde yo sé, y como ya vamos viendo es norma fuera de Europa, los catálogos de estas bibliotecas proponen una lectura universal, alejada en lo posible de los localismos exclusivistas.

     En cierta ocasión me dijeron en Inglaterra que si se interesaban tanto por Estados Unidos es porque lo que sucede en Estados Unidos termina por suceder en Inglaterra y en Europa. Y dado el ombliguismo de la cultura anglosajona -baste saber que para un escritor hoy la traducción más difícil de conseguir es al inglés, el idioma más global-, no termino de saber dónde sucedió antes, si en Londres o en Nueva York. A mí me sucedió hace veinte años en Londres, cuando en una de las librerías clon de las tres o cuatro cadenas que han sustituido a las mejores librerías del mundo, me cansé de recorrer los anaqueles de jóvenes, ciencia ficción, autoayuda, género, etcétera, para finalmente encontrar (en unos anaqueles más delgados, lo prometo), la sección de literatura. Y ahí estaban, casi todos en "saldo", los autores que yo esperaba encontrar en cualquier librería.

  • Pedro Sorela

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