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Artículos etiquetados con: Individuo

Esquiando la maratón

Por: Pedro Sorela Miércoles 26 Octubre 2011. En Blog

...será devorado y asimilado por una maratón de corredores. O de ciclistas. O de motoristas. O de papistas. O de ombliguistas llevando banderas y carteles...

Despierta y abre la ventana para dejar que entre el gris de octubre y matice el blanco y negro de la radio. Todos los días lo mismo: unos a favor y otros en contra. Y siempre los mismos y en las mismas trincheras. Ninguna sorpresa. O sea que canta en la ducha para tapar las voces y sorprenderse -tiene una alta opinión de sí mismo- de lo mal, muy mal que canta. Pero lo bueno es la sorpresa. Ha sido una sorpresa un poco preparada pero no importa: ¡Hay tan pocas!

     Luego viene el pequeño mal rato de abrir el armario y vestirse. Sólo tiene tres opciones: vestirse de universitario pijo, de periodista progre con pana, o de banquero. La calle, hoy, no admite más, y él tampoco. Ahora bien, no se va a vestir de banquero porque hoy está muy mal visto en sociedad y hasta podrían detenerle para interrogarle y pedirle los papeles, como a los inmigrantes, ni tampoco de rockero, que es la otra opción: clavos y cuero, y él es, qué remedio, de los que creen que el rock duro es claramente una profecía, un signo de la involución de la especie. O al menos de la música. Y no puede inventarse nada, en primer lugar porque no le entenderían -su amante le dejaría, sus hijos se reirían de él: "adónde vas con esa pinta", los colegas le pondrían la sonrisita tolerante... etc-, y en segundo porque no hay nada en el armario, pese a estar lleno, que le permita inventar algo. O sea que se pone un pantalón de actor de cine inglés de los años cuarenta, mocasines marrones, jersey de lana de castillo en Escocia, y vuelve a quedar vestido como cuando tenía quince años. Eso que sigue proponiendo la publicidad dominante desde que Charlton Heston -¿el Moisés de Los diez mandamientos? ese- vestía pantalones bombachos para jugar al golf en la universidad. Siempre le queda volver a hacer votos porque alguien invente algo, en algún sitio, y que no sea una variante de vaquero, el uniforme más multitudinario que ha creado el hombre en toda la Historia... pero ya no confía mucho: los diseñadores están tan encantados de conocerse que, según predicciones con buen aspecto, ninguno va a inventar nada en los próximos sesenta y cinco años.

     Busca en el quiosco un periódico que proponga una portada que no conozca ya, desde el telediario de la noche anterior, y como no lo encuentra, busca así sea una noticia: tampoco. No hay sorpresas en los periódicos, parece una conspiración. Sabe por otra parte que todos los columnistas van a cumplir con su papel, y ninguno se va a lanzar a improvisar. ¡Pondría en riesgo a sus lectores, que compran el periódico para confirmar lo que ya saben y, sobre todo, lo que ya piensan! O sea que se concentra en los columnistas-informadores, a ser posible de países lejanos, para tener la sensación de viajar, no vaya a ser que los opinadores predecibles le agudicen la ansiedad, la impresión de que, día a día, implacablemente su ciudad se va volviendo pueblo. Asoman ya múltiples pequeños campanarios que crecerán en un par de temporadas.

     Aunque ya tampoco le sorprende, donde menos se siente masa esa mañana es en el metro, bien es verdad porque ya sabe moverse y elude con astucia los televisores en los que una voz de alcalde pretende adoctrinar a los ciudadanos con consignas muy, muy simples y una información que equivale a los periódicos gratuitos pero en televisión. O sea que no es información, sólo excusa para pillar publicidad. Y el metro es para él una etapa, un oasis, porque sólo ahí puede buscar un rincón y abrir un libro, un libro que no lee nadie en todo el tren y no es difícil que tampoco lea nadie en toda la ciudad. No mucha gente lee, en estos tiempos, y los que leen tienden a leer lo mismo.

     La pausa le viene muy bien porque nada más salir le rodea y avasalla una marea verde que exige una mejor educación pública. Eso le desconcierta. La marea va toda uniformada y casi todos llevan escrita la leyenda "Educación pública para todos y para todas". No termina de entender: ¿Puede la educación, y en particular la pública, la más noble, ser compatible con la uniformidad y con el "todos y todas"? ¿No debiera ser la educación, y sobre todo la pública, lo contrario de las mareas verdes y de las frases totalitarias de lo políticamente correcto? Pero además, ¿cómo podría una educación ser "privada"?

     O sea que se escapa y sube a su trabajo con ya una cosa en la garganta, y eso que sólo son las nueve de la mañana. Sabe que sus compañeros no le darán tregua acerca de los resultados del partido de fútbol del día anterior entre los dos únicos equipos que juegan este año la Liga y que a la postre vienen a ser como el blanco y negro de la radio. Y no le sirve de nada esperar al fin de semana, como el resto de la humanidad, para respirar un poco y recuperar vagamente un perfil de hombre con biografía y memoria, alguien capaz de componer cuentos, ver metáforas o dibujar, porque sabe que tan pronto salga a la calle a disfrutar del otoño y de las primeras nubes y lloviznas tras el largo desierto azul será devorado y asimilado por una maratón de corredores. O de ciclistas. O de motoristas uniformados de rebeldes y exhibiendo marca de moto como si fuesen los tatuajes de un rebaño. O de papistas. O de ombliguistas llevando banderas y carteles con grandes, enormes ombligos como reivindicación y programa. O de manifestantes a favor del blanco o del negro, en todo caso jamás a favor del gris, el gris es alérgico a las manifestaciones...

     Y visto que le ha cogido miedo a su pantalla, precisamente porque se llama ordenador y no se sabe muy bien qué es lo que ordena, ya no sabe adónde mirar.

Hemos ganado

Por: Pedro Sorela Martes 07 Junio 2011. En Blog

Ni se imaginan que hubo un tiempo en que cada cabeza
tenía que contestar por su cuenta en los exámenes,
e incluso después de haber pensado. 

El profesor cogió la hoja de examen del alumno, lo miró por los dos lados, buscando algo, y preguntó:

- ¿Y tu compañer@?

- ¿Mi compañer@?, preguntó el alumno, y miró alrededor, como buscando ayuda. No la había. "¿A qué se refiere?".

El profesor lanzó el medio bufido que se lanzan en esos casos.

- ¿No sabes que debes presentarte a los exámenes con un@ compañer@?

No, el chico no lo sabía. "Pensaba que era para los trabajos", dijo.

- Otr@ individualist@, dijo el profesor y trazó sobre el examen del alumno un garabato.

Y gracias a ese garabato, y a la filmación de la cámara de seguridad que se pudo recuperar, podemos fechar cuándo comenzó todo. El punto de inflexión. El clic, pues los signos lo venían anunciando desde hacía tiempo.

Muchos signos, para entonces ya muy evidentes: la gente viviendo en cajas de zapatos, con apenas una única ventana blanca al exterior en la que aparecían siempre las mismas historias, anuncios, telediarios. Una moda que por primera vez uniformaba al mundo, primero con corbatas y luego con los mismos vaqueros en Nueva Dehli, Lagos, Kaohsiung, Tunja, Albuquerque y Lyon (y los mismos problemas de esterilidad e impotencia a causa de las apreturas). El cambio de las canciones medievales y Beethoven por tres o cuatro notas de tamtam. El chantaje a todo el mundo para que aprendiese un inglés apto para encargar pizzas, tacos, hamburguesas y rollitos de primavera, so pena de no conseguir trabajo ni de limpiador de mesas. Y la transformación de los juicios, los laboratorios, las encuestas y la agricultura, de todo un poco, de modo que la vida pareciese una telenovela y al tiempo algo que se pudiera resumir en "hemos ganado". Así: "hemos", un nosotros colectivo que sirviese de refugio en los domingos de aburrimiento y soledad, una palabra tan temida -soledad-, pero tanto, que fue una de las primeras en irse proscribiendo del lenguaje con la vieja superstición de que lo que no se nombra no existe.

Los primeros en pillar que suprimir palabras tenía premio fueron los políticos y los periodistas oportunistas capaces de identificarse con la nueva muchedumbre: darles la razón, hacer de las leyes gramaticales una moda y convertir sustantivos, verbos y gerundios en adjetivos. Y sobre todo ir suprimiendo palabras y en todo caso agruparlas en signos muy elementales que la gente exhibía como resúmenes de sí mismos, proclamas de su modo de estar en el mundo: marcas de ropa, toros, panteras, uniformes de equipos deportivos, águilas, colores o estrellitas para usar en banderas o en tatuajes, una forma ésta, los tatuajes y uniformes, de ahorrar en palabras y reagruparse en tribus como ya se había hecho al comienzo del comienzo para defenderse del miedo a la noche y la inmensidad en torno a un fuego. El chino redujo en varios miles su número de vocablos, para poder exportar más, a más sitios, artefactos más sencillos, y el árabe adoptó el abecedario latino: antes utilizaban unos signos muy raros, alineados en una escritura elegante pero vulnerable a todo tipo de interpretaciones y se perdía mucho tiempo en discusiones.

Y las parejas, cada vez más limitadas y comprimidas por las viviendas-caja de zapatos, se vieron obligadas a ir suprimiendo inutilidades: ¿para qué saludarse? ¿despedirse? ¿desearse las buenas noches? ¿preguntar me quieres? Todo eso se fue dando por sabido, y las opiniones políticas, y las historias de la familia, y los "te quiero" o "te detesto" y se fueron sustituyendo por gruñidos y luego signos de la mano, de forma que dos manos haciendo "t", por ejemplo, querían decir "corta el rollo que ya me lo sé". Y así.

Sí, todo eso explica que, a partir del examen aquel, en el primer cuarto del siglo XXI, el hombre fuese desarrollando primero dos cabezas y luego cuatro patas, y así hasta crear los seres colectivos de hoy. Necesidades de la evolución y puro progreso: Ahora el voto de cada cual vale por cinco, nueve o catorce ciudadanos, según el número de cabezas que le hayan salido y esté más o menos evolucionado, y cuando alguien elige una ropa, la elige para tres, nueve o veintitrés personas al tiempo. Los estudiantes ni se imaginan, contestando consignas a coro en los exámenes, como hacen, que hubo un tiempo en que cada cabeza tenía que contestar por su cuenta, y en algunas ocasiones, incluso, después de haber pensado. ¿Se imaginan? Era mucho esfuerzo. Ahora es mucho más cómodo y práctico y rentable, y ayuda al funcionamiento de la sociedad. Seguimos ganando.

  • Pedro Sorela

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