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Artículos etiquetados con: Humanidades

La pérdida de tiempo y otras grietas de la educación

Miércoles 03 Enero 2018. En Blog, Artículos

La universidad real. Escaleras en la universidad de Balamand. Líbano

La última en hacer cierto ruido es la extravagante prohibición de que los periodistas puedan enseñar lengua en los colegios, pero ese no es más que un caso. En realidad, la Quinta Columna de burócratas que suele gobernar la educación en todo el mundo, con enigmáticos objetivos y alarmantes resultados, ha desencadenado una ofensiva en España en los últimos años sobre la que, misteriosamente, nadie habla. Se ve que son más importantes los problemas de nuestras aldeas y campanarios, aunque, bien mirados, esos también son un evidente síntoma del desbarranque educativo. Empezando por la reducción del programa de Historia, Literatura, Lengua y hasta Geografía al librito rojo de las consignas nacionalistas, que se suma al creciente de la Corrección Política.

     La decisión que se refiere a los periodistas no se debe a los viejos prejuicios contra estos sino porque parece ser que, en el gran mapa burocrático de la educación, los periodistas pertenecemos (yo lo fui un par de décadas y enseño en su facultad), al área de Ciencias Sociales y no a la de Humanidades, signifiquen lo que signifiquen estas resbalosas etiquetas. Y solo las titulaciones encuadradas en la segunda pueden enseñar lengua. Como por ejemplo los arqueólogos.

       No me quisiera quedar en otro regocijado relato de la (... rellénese) educativa, sino ampliar el foco para mencionarlo como un detalle más en algo que, visto en conjunto, parece encuadrarse en el género, ignoro si humanista, de paisaje después de la batalla. O quizá sea la batalla misma.

     Esto es, alumnos que estudian con un cincuenta por ciento de esperanza: esas son las posibilidades, con mucha suerte, de que terminen haciendo aquello para lo que se están preparando. Estudiantes a los que en octubre se les ve con ganas y expectativas, en enero se van poniendo pálidos y en junio es demasiado tarde: resulta que el curso en cuestión era una estafa y ya nadie les va a devolver el dinero ni -lo que es mucho más grave- el tiempo: diga lo que diga Proust, ese sí que no se recupera nunca.

     El memorial de agravios podría aburrir incluso a los interesados y se resume en un delito mayor pues se trata de jóvenes: la pérdida de tiempo. Todos esos posgraduados dejándose las energías en tesis minúsculas y llenas de estadísticas, también en el área de Humanidades, solo porque en las universidades se ha ido imponiendo la superstición muy propia de los tiempos de que solo las cifras reflejan la realidad. No es suficiente: luego, con tesis sobresaliente cum laude, como todas (lo que supone un delito contra los que de verdad se lo merecen), esos posgraduados con deseos de enseñar e investigar tendrán que vivir la nueva pesadilla de "acreditarse". Esto es, reunir los laberínticos requisitos necesarios para concurrir a un trabajo de profesor en la universidad, siempre en un escalafón con grados metafóricos tipo contratado doctor o ayudante interino, con los que no se puede saber qué hacen. Perdón por el tópico pero los que han inventado el sistema son discípulos más que aventajados de todo lo que denunciaron los visionarios del molloch burocrático en el siglo XX.

      Porque de lo que se trata no es de adquirir experiencia en la materia que se quiere enseñar, comprender su naturaleza y sus fronteras e ir viendo, en la medida de lo posible, su futuro, sino de rellenar casillas burocráticas proponiendo la publicación de artículos en revistas cuya naturaleza académica a veces solo se refleja en el uso de una jerga característica, y toda jerga tiene como primer objetivo reconocerse en la manada y expulsar a los foráneos. Y con frecuencia los artículos son -es muy probable que sean, visto el acoso de la carrera por la credencial, que además pide un número delirante de publicaciones-, refritos y reordenamientos de bibliografías manidas.

    Además, el candidato tiene que asistir a congresos especializados en muchos de los cuales, por cierto, se pide últimamente el pago por presentar ponencias (¡!), necesarias a su vez para ir rellenando las casillas de la acreditación. O sea, un nuevo chiringuito de los muchos con los que, desde hace algún tiempo, se va privatizando en España poco a poco la educación pública: en la universidad, en los últimos cursos y con la barra libre de los masters decretados indispensables y con un control discutible. Y sin la menor atención a si el candidato a profesor tiene talento o capacidad pedagógica, con la consiguiente acreditación de magnetónos humanos y virtuosos del power-point.

     Con todo, el síntoma realmente significativo -tanto en las facultades de Humanidades como en las de Ciencias Sociales- es el progresivo desvanecimiento de la mente humanista, y su lenta pero implacable sustitución por la tecnócrata y supuestamente eficaz (aún está por ver) que buscaban reformas como el Plan Bolonia. Todo ello favorecido por un bachillerato más y más vaciado de contenido -esos ruborizantes coladeros de los exámenes de selectividad-, de tal manera que el escándalo de la supresión en la práctica de la filosofía, la literatura o la apreciación artística, que en un país europeo debiera suponer la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones, pasan desapercibidas. Qué más prueba que esa.

 

Yo no sabía que se podía leer así

Miércoles 11 Enero 2017. En Blog, Lecturas, Sastrería

André Kertesz
París, 1929 (imagen de "Leer", publicado por Periférica & Errata Naturae.

Lecturas / Sastrería

Aquí donde me ven soy, modestia aparte, autor de un best seller. Sí, a mí mismo me cuesta creerlo, pero después de dos o tres décadas de éxito me tengo que rendir a la evidencia. No solo es un best seller sino, el colmo del éxito, un long seller, esto es, algo que se sigue difundiendo pese a los años y las crisis.

   Se trata de una lista de libros. No los he contado nunca -la lista evoluciona un poco cada año-, pero no debe de tener más de ciento cincuenta libros o doscientos. Un catálogo pues, de apariencia humilde.

    Como a veces sucede con las genialidades -pues no vacilo en considerar genial la lista, y sin mucho miedo a equivocarme pues juego con material de primerísima-, esta llegó por casualidad. Al término de un curso en la universidad, donde doy clase de redacción, un grupo de alumnos se me acercó para decirme que habían disfrutado mucho con las lecturas que habían tenido que leer para mi asignatura ese año, unos nueve o diez libros para nueve meses de clase -lo que hoy se considera un desafío, una provocación-, y pedirme que les recomendara más libros. Esta halagüeña pero, si bien se mira, alarmante petición, se complementó con otra anécdota en esos años en que un alumno caracterizado por su timidez, porque siempre vestía de negro, por su tendencia a sentarse en un rincón y porque pertenecía a un pequeño grupo de alumnos que siempre me estaban recomendando oscuras pero prestigiosas películas proyectadas en salas para iniciados, me abordó un día en un remoto camino del campus y con gran apuro me dijo: "Quería darle las gracias por los libros que nos hizo leer en clase. Yo no sabía que se podía leer así. Que sepa que ahora soy un adicto". Y a continuación desapareció.

     Así que escribí una primera versión de la lista y le pedí a Soledad, la imprescindible secretaria de mi departamento, que se la facilitara en fotocopia al puñado de estudiantes que vendría a solicitarla. Al cabo de unas semanas Soledad me pidió que entregara la lista al departamento de reprografía de la facultad, donde la podrían pedir los estudiantes. "Es que nos van a fundir la fotocopiadora del departamento", me dijo. Por lo visto venían a pedirla no solo de mi curso, sino, incluso, desde otras facultades. No soy vanidoso, o al menos no lo soy en esa liga, de modo que la noticia no dejó de alarmarme (ahora ya estoy vacunado): Qué orfandad literaria tiene que haber entre los jóvenes para que una lista de propuestas de lecturas más bien evidentes se convierta en un éxito. Y qué habrá tenido que soportar en sus clases de literatura el estudiante del "yo no sabía que se podía leer así".

     Es una situación que se prolonga desde entonces. De vez en cuando me escriben viejos alumnos para pedirme una nueva copia pues han perdido la suya y lo consideran un drama. Y no la cuelgo en Internet, ni aquí, porque por un lado considero que es una lista firmada, por la que hay que mostrar cierto interés, no es spam, y también por modestia: no es más que la lista de unos cuantos clásicos que no hace tanto (lo que revela la dimensión de la catástrofe) eran considerados obligatorios en el bagaje de cualquier persona más o menos alfabetizada: Tolstoi, Balzac, Verne, Borges, Orwell, Victor Hugo, Saint-Exupéry (no El pequeño príncipe sino lo demás, más importante), en fin, lo ineludible, junto con algunos autores menos clásicos pero también para mí indispensables como Kawabata, El libro de la almohada, Steinbeck, Berger, Rulfo, Stendhal, Beckett, Greene, Semprún, Primo Levi, Hesse... con dos condiciones: son todos buena literatura, sin discusión, y no pueden ser demasiado difíciles pues sé que un libro difícil leído a destiempo echa a alguien de la lectura. Así que, confiando en que los seguidores de la lista lleguen a ellos por su propia ruta, no figuran ni Proust, por ejemplo, ni Mann, ni Faulkner, autor al que le dediqué un año de mi vida para uno de los ensayos de Dibujando la tormenta, pero al que es mejor no acudir para iniciarse en la lectura. Más aún: es recomendable leerlo en orden.

    Pero la frase de mi alumno no deja de perseguirme. Lo de "yo no sabía que se podía leer así". Me acuerdo de ella de vez en cuando, para intentar explicarme el país en el que vivo, y su educación, que es lo que más me interesa, cuando sale una vez más la estadística de que cuatro de cada diez españoles ni abre un libro al año. Y que, según los informes de los expertos, la lectura se ha estancado en España.

      Y cómo no, me digo, con esos planes educativos por los que algún día alguien tendrá que pagar ante algún tribunal, con la lectura arrinconada a un puesto inferior a asignaturas delirantes en los colegios y planes de tediosas lecturas perpetrados -no cabe otra explicación- por gente que en el fondo odia la literatura. O tampoco ha leído un libro en su vida.

  • Pedro Sorela

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