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Artículos etiquetados con: Historia de las despedidas

Banquero que ya casi no lo es, viajero a punto de detenerse, muchacha que no quiere ver

Por: Pedro Sorela Domingo 06 Marzo 2005. En Cuentos, Viaje

Supongamos un instante en el Gran Canal, tal como hizo Canaletto en cualquiera de sus cientos de cuadros. Y tomemos por ejemplo a ese individuo, ya no tan joven pero tampoco viejo, que en una lancha-taxi se dirige a velocidad rigurosamente limitada al embarcadero de la Accademia Desde allí seguirá a pie hasta via Campo Santo Stefano, en cuyo Banco di Lavoro entrará con el ceño fruncido, aire ocupado y sin mirar el reloj: lógico, es el director, y sabe además que llega antes que casi todo el mundo. Esa generosidad con su tiempo ayuda a comprender que a sus 37 años sea el director de un banco en Venecia.

Se trata de un trabajo soñado, o al menos, del viaje diario soñado al trabajo sudoroso al que estamos condenados desde que Adán y Eva pecaron en el Jardín: a modo de metro, un vaporetto veneciano. En lugar de la oscuridad del metro en Milán (la ciudad donde nuestro banquero se ganó sus galones), las luces improbables del amanecer, en invierno, o rebotando en las fachadas de los palacios en primavera: Venecia es una de las pocas ciudades del mundo en la que por razones diversas brillan las piedras. Y como compañeros de viaje, venecianos tan convencidos de su linaje que lo exhiben en sus discretos modales de grandes señores, o turistas rindiendo sin fin pleitesía a la ciudad.

Pero algo falla, por decir algo, en este sereno cuadro al modo de Canaletto, y además en este preciso instante: Por ejemplo.¿por qué esta mañana Fabrizio va en taxi? (Se llama Fabrizio, un nombre que es más de héroe que de banquero). Aunque es cierto que dirige un banco y se puede pagar la tarifa de carruaje de los taxis venecianos, aún es temprano y no llega tarde –única remota posibilidad que justificaría el exceso-, y además se le ve cómodo en su asiento, brazos abiertos abrazando el mundo, disfrutando, se ve.

¿Acaso no era así, antes? ¿acaso no disfrutaba al remontar el Gran Canal?

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    Por: Pedro Sorela Lunes 01 Diciembre 2003. En Cuentos, Viaje

    En: Historia de las despedidas, 2008

    Ilustración: Eneko. Letras Libres

    ¿Habrá tigres? Absurda pregunta, lo sé, pues ya casi no quedan, pero es que yo no me refiero a los tigres de Bengala sino a los otros, más peligrosos: tigres-araña como el que nos esperaba sobre la almohada, en nuestra jaima en el desierto, o el tigre-calor, asesino un verano en Europa de tanta gente como la que matan los coches en un puente o enanizan cinco minutos de porno rosa en la televisión (gente que encoge de golpe porque su cuerpo se ha de adaptar a su nuevo cerebro menguante), o el minúsculo tigre que se tiñe de amarillo en el curry para advertir de su peligro. Como ya sabía Moctezuma, un curry con tigres puede acabar con un ejército en una siesta.

    Y tigres azules, claro. ¿Podré ver tigres azules en la India (y verdes, y rojo y gris, ese me gusta mucho)? Sé que el marajá vitalicio de los tigres azules es Borges –así fue reconocido por el que le puso la zarpa encima y le soltó en la cara un aliento oloroso a carne, en signo de sumisión-, aunque sospecho que el padre de sus tigres azules fue Inplikg Yaurd, uno de sus maestros de lectura, además de Albek, el autor de esos versos,

    Tigre! Tigre! Divampante fulgore

    Nelle foreste della notte,

    Quale fu l’immortale mano o l’occhio

    Ch’ebbe la forza di firmare la tua addhiacciante simmetría?[1] 

    que los niños recitaban en las escuelas cuando éstas no habían sido aún tomadas por la reacción y los acobardados ante los tigres. Y lo habría reconocido: Borges pensaba que cada escritor es hijo y padre de otros, aunque se mantenga casto.

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    Por: Pedro Sorela Sábado 06 Abril 2002. En Cuentos, Viaje

    La gente envidia a los ricos, pero es porque no los conoce. A mí me tocó ir a Guatemala como uno de ellos. Como un caballo rico, quiero decir. Fui con Marcela, mi dueña, mi niña, y fue algo tan fuerte que ahí mismo decidí cambiar de vida.

    Estuvimos en un concurso hípico. Algo inocente y hasta un poco bobo, se podría pensar –saltar unas cuantas vallas sin miedo para adelgazarle unos segundos a unos pocos minutos- pero no crean: en estos concursos lo de menos es lo de los jinetes-estatua saltando sobre caballos pijos que se ven en las televisiones algunos domingos por la tarde. Eso, el campeonato propiamente dicho, es sólo para disimular. Lo que de verdad importa es el carrusell, el picadero de alrededor: jóvenes mamás venezolanas, chilenas y otras rivalizando en los perfumes y estudiándose a fondo durante los besos de mariposa con que apenas se rozan las mejillas. Unos pocos papás haciendo lo posible por parecer buena gente mientras disimulan en sus miradas cosas que no me atrevo a nombrar. Chicos mexicanos que apenas se afeitan exhibiendo como tatuajes las marcas de sus ropas, es decir sus precios, a la vez que pronuncian una de cada tres frases en inglés: otra forma de proclamar su rango -lo sé, los conozco-, pues no es lo mismo un inglés de campamento de verano en Easthampton que otro aprendido en las películas viejas de la televisión por cable.

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