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Artículos etiquetados con: Escritura

La crisis del escritor de fajas

Martes 07 Marzo 2017. En Blog, Cuento

p.S
"... comenzó a titilar y luego soltó un pequeño chisporroteo..."

Jorge San Epifanio había terminado de escribir la última frase destinada a la faja de uno de los libros de la editorial, y se disponía a apagar el ordenador para ir a ver los últimos dos capítulos de su serie preferida, cuando la frase -la mejor novela de iniciación de la última década- comenzó a titilar, luego soltó un pequeño chisporroteo, como si no estuviese bien engrasada, y finalmente se desprendió de la pantalla. Primero una esquina que la dejó colgando al modo de un borracho aún cogido por una mano al repecho de un balcón, y luego las dos. E igual que ropa sucia arrojada a la lavadora, la frase fue a caer en "lunes", en la agenda que se encontraba debajo de la pantalla. San Epifanio la cogió, la examinó, le dio la vuelta, sopló un poco para quitarle el polvo y, visto que la frase no revivía y tampoco era tanto trabajo, la tiró al cesto de los papeles y se dispuso a escribirla de nuevo. Y estaba a punto de escribir "la mejor..." cuando la frase que había escrito antes, destinada a otra de las novedades -el contundente "un hallazgo"-, dejó asomar una especie de ampolla sobre la o final y, tras el mismo chisporroteo, fue a parar en la frontera entre el martes y el miércoles en la agenda.

      Para darse cuenta de la gravedad de la crisis es necesario decir que era la primera. San Epifanio no sabía lo que estaba pasando. Poeta con cierto talento resultón en la universidad, había escrito un par de novelas prometedoras poco después (eso dijeron los escritores de fajas de la época: "una espléndida promesa", "una de las más prometedoras promesas en estos tiempos de sequía"), y en contraprestación a que su editorial lo becara con un modesto sueldo para que pudiera cumplir esas esperanzas, se comprometió a escribir las fajas de las novedades para hacerlas más atractivas a los lectores: cuatro o cinco al mes, y con tiempo por delante. Nada. Como hubiese dicho uno de sus personajes sobrados y simpáticos,  "pan comido".

     Pero tratándose de alta literatura es arriesgado comprometerse. Hay que andarse con cuidado. Porque lo que no sabía San Epifanio es que, para los poetas como él, el número de versos es limitado y los adjetivos también. ¿Cuántas frases atractivas que inciten a la compra (a la lectura ya es otra cosa) puede escribir un escritor de fajas de libros, por mucho talento que tenga? Pues según una tesis doctoral presentada en la Facultad de Publicidad, no más de 200. En caso de verdadero talento, 250.  Era una tesis doctoral clandestina, como todas las tesis, pero solo era cuestión de tiempo de que llegara a muchos editores del país y, si no se habían dado cuenta por sus propios medios, el que procedieran a los despidos correspondientes en el sector, como indefectiblemente los llamaría la prensa. Y pese a que San Epifanio ya se acercaba a las 500 frases, se habría ofendido mucho de haber sugerido alguien que pertenecía a sector alguno. Él era un poeta. Un artista. Aún así, lo cierto en cualquier caso es que medio millar de fajas de libros desafía los talentos de cualquier poeta, por Petrarca que sea.

      No hizo falta que la tesis trascendiera. Por propia inercia, las frases vencedoras de San Epifanio dejaban aflorar sus tumores y artrosis -su fatiga de los materiales, por así decir- y, simplemente, ni siquiera resistían en la página.  San Epifanio escribía brillante, conmovedor, memorable, pero su entusiasmo no bastaba y no pasaban diez segundos antes de que las palabras se desprendieran de la pantalla del ordenador y cayeran chisporroteando sobre el escritorio como guerreros fritos en aceite hirviendo durante el asalto a una fortaleza.

      Asustado aunque no rendido, San Epifanio volvió a leer poesía con afán y pronto se dio cuenta de que los poetas se movían, o entre el verso hecho y el topicazo, o entre metáforas que no se podían escribir en fajas de libros porque las consecuencias habrían sido todavía más fulminantes. ¿Como poner en una faja Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan como las huellas de las gaviotas en las playas? No se puede. El editor saldría de su despacho furioso y con el cabello en desorden y arrojaría al culpable por la ventana. La gran poesía no está para ser moneda de cambio en las editoriales.

    Acudió entonces a la Real Academia, como hace todo el mundo que pretende revestirse de autoridad, pero solo para descubrir que allí también se habían infiltrado los bárbaros y se dedicaban a consagrar palabras que no eran de consagrar. Resultado:  no era posible abrir mucho tiempo el Diccionario sin que la habitación se perfumase con un olor sospechoso y los dedos que habían dado vuelta a las páginas cogieran un aspecto escrofuloso y maluco.

     De modo que ahí está San Epifanio, con el ordenador encendido y al acecho, contemplando cadáveres de fajas, sin saber qué hacer.

¿Cuántas notas antes de escribir?

Miércoles 01 Marzo 2017. En Blog, Sastrería

Leonardo, L'ombra della sera, Pisarro.

Sastrería

He leído en algún sitio que El Quijote iba a ser un cuento y, visto que funcionaba muy bien y que se podían escuchar las carcajadas de Cervantes en el ático mientras lo escribía, decidió alargarlo.

     Quizá. Por qué no. (En efecto, el comienzo tiene diferencias con el resto de la novela, aunque eso le ocurre a muchas novelas). Lo que se olvidan de contar los aficionados a este tipo de anécdotas, en las que parece que el arte es una ocurrencia en un domingo de lluvia, es que, ya sea un cuento alargado o la fundación de la novela moderna, lo evidente es que se trata de un escrito muy maduro, una consecuencia que se produce tras una existencia vivida y sobre todo mirada de un modo muy determinado y no de otro. Como decía Saint-Exupéry, "no hay que aprender a escribir sino a ver".

    En pintura se aprecia con mucha mayor claridad: en lo que llamamos arte clásico, el artista necesitaba numerosos apuntes y esbozos para emprender la pintura de un cuadro, una escultura, una catedral. Pero eso se da a veces, incluso, en la pintura moderna: véase todo el proceso que conduce al Guernica, de Picasso, que se puede recorrer en el Reina Sofía de Madrid. Y cualquiera que haya visto la escultura etrusca L'ombra della sera (La sombra de la tarde) puede apostar a que Giacometti ya la conocía al proponer sus seres verticales. Pero esa es otra historia.

     Todo lo cual propone el no menor asunto de cuándo debemos a empezar a escribir. De mis años de periodista recuerdo a un jefe que, cuando un reportero se quejaba de que no sabía por dónde empezar, le decía: "Tú empieza y verás cómo va saliendo". Y así era, en efecto. O sea, que la escritura va tirando de sí misma como cerezas en un cesto.

      En periodismo, ciencia, contratos... está claro cuándo hay que empezar a escribir: al tener suficientes datos para hacerlo. ¿Pero en creación? También aquí hay dos escuelas: la que yo identifico con el mundo anglosajón, en la que muy a menudo el escritor elabora muy densos planos y sabe todo lo que va a ocurrir antes de ponerse, y la de los escritores que se sientan a escribir... para descubrirlo. Solo escribiendo descubren cuál es la historia, que estaba guardada en su subconsciente o en el lugar, sea cual sea, donde vive la imaginación. Ese sería el caso de Saint-Exupéry, que escribía largo, muy largo, y luego cortaba, cortaba mucho, hasta descubrir las páginas de las que ya no es posible suprimir más. Y lo sabemos gracias a su manuscrito Ciudadela, que no tuvo tiempo de pulir y que multiplica por cuatro o cinco el volumen de sus otros libros. Estoy convencido de que a Borges le pasaba otro tanto, solo que él lo hacía en la cabeza y luego escribía o dictaba ya en limpio sus páginas irresumibles: véase el manuscrito de El Aleph. Flaubert en cambio luchaba durante semanas, como es sabido, para aprobar un párrafo. Lo que preparaba era la documentación: según decía, para escribir Bouvard et Pécuchet, una enciclopedia de la estupidez humana, leyó mil quinientos libros.

     Y aunque esa historia parta de muchas más notas que las escritas, me atrevería a decir que el resultado final no depende de lo que sabe o no sabe de su historia el escritor, al sentarse a escribir, sino del estado en que se encuentra cuando lo hace. ¿Cómo están sus ojos? ¿La poética de su mirada? ¿Su mano? No me atrevo ni a imaginar todo lo que se necesita para hablar de esos ojos. De esa mirada.

Hugo, la escritura como respiración

Miércoles 21 Diciembre 2016. En Blog, Lecturas, Sastrería

p.S
Victor Hugo.

Lecturas

Choses vues. 1830-1848. Victor Hugo. Folio classique.

Como a veces sucede, si en algún sitio queda clara la naturaleza de Victor Hugo de Narrador-Dios es en una esquina de su obra, Choses Vues 1830-1848 (Cosas vistas...), en la que, a propósito de un proceso de la época, el escritor apunta en la sala de audiencias: "(Estas notas están destinadas a decir lo que los periódicos no dicen)".

     Un deseo que ha sentido todo periodista -parece que lo ha dicho un Orwell antes de su tiempo- pues se aprende pronto que los periódicos, pese a los ambiciosos nombres de sus secciones, no solo no informan de lo que prometen sino apenas de una ínfima selección, una frágil entelequia llamada actualidad.

      Pero diarios hay muchos. Diarios, dietarios, memorias, autobiografías... Desde siempre, no solo en la era Internet, se han producido más obras subordinadas que creaciones: llamémoslas así. Las pregunta que me ha acompañado durante la lectura de las 798 páginas de este volumen es por qué un autor caracterizado por una creación tan poderosa que muy pocos podrían igualar, o tan siquiera leer, encontraba tiempo para, por ejemplo, describir uno a uno a sus compañeros en una cámara legislativa.

     ¿Por qué? Aunque llegó a anciano -un anciano activo hasta el final, también en amoríos-, Victor Hugo creaba cien o doscientos alejandrinos en un día, según dice la leyenda; es el autor de muy voluminosas novelas maestras que aún leemos, como Los miserables, Nuestra Señora de París o Los trabajadores del mar; y además participó en primera línea de la política y vida social de su siglo: era académico y miembro de la cámara de los Pares, lo que según este libro le tomaba bastante tiempo. Su actividad política no era ninguna distracción honorífica, ni de escritor con falta de ideas: para no convivir con quien laminó para siempre con el mote de Napoleón el Pequeño -hijo de un general de Bonaparte, él admiraba a Napoleón-, se exilió diecisiete años en un par de islas del Canal, gracias a lo cual le debemos Los miserables, no pocos muebles creados con sus manos y también dibujos que hoy siguen siendo de vanguardia. En fin, como dijo Valéry de Stendhal, "no hay forma de terminar con Victor Hugo, no conozco un elogio más grande".

     En sus Cosas vistas (me resisto a creer que ese no fuera un título provisional), he encontrado alguna página famosa, como su testimonio de la esposa de Chateaubriand -"ser Chateaubriand o nada", había dicho él de joven-, o la crónica de los disturbios de 1848, la caída de Luis Felipe y el advenimiento de la III República, hechos tan conocidos en Francia como desconocidos fuera. Crónicas de gran interés, sin duda, al igual que una visita a una cárcel con la que no es posible no recordar Los miserables y también la mucho menos conocida primera de sus novelas, y sin embargo casi contemporánea, El último día de un condenado. Además de conversaciones y testimonios desde cerca de algunos personajes, incluido el rey, gran parte del libro trata de juicios, sesiones asamblearias y personajes hoy en día olvidados, como estaba claro que iba a ocurrir desde el principio, y de gran utilidad sin embargo para formular una pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué un inmenso escritor emplea tiempo en una escritua de antemano condenada?

     Y la respuesta, pese a ser obvia, es deslumbrante: Porque hay escritores que están ahí para recordarnos que la escritura no es solo un medio de ganar premios o dinero, o de que les hagan películas, sino que escriben porque no lo pueden evitar. Y cómo podrían si esa es su respiración.

  • Pedro Sorela

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