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Artículos etiquetados con: Escritura

El fin de la soledad

Miércoles 17 Enero 2018. En Blog, Sastrería

André Kertesz (detalle).

Sastrería / Qué escribir

Alguien que no sabe lo que hace llega desordenado a casa y, casi inconsciente, se pone a escribir. Quién sabe por qué, eso le calma. Días después le pilla desprevenido o vago la entrega de un trabajo para el colegio y, como recurso de última hora, decide presentar ese texto que, encima, le toca leer ante el aula. (El azar cargado existe). No sin misterio, la clase, que normalmente suena, va dejando de hacerlo. Y cuando termina, descubre que su auditorio le mira con curiosidad y un rarísimo silencio. "Y a este qué le ha ocurrido?", parecen preguntarse. No saben -él tampoco, aunque todos lo intuyen-, que acaban de asistir a un milagro, el de alguien que, muy pronto, ha encontrado lo que no se sabe si quiere pero de todas formas va a hacer en la vida: escribir. Qué, importa menos. Lo que importa es escribir.

     Ese podría ser el comienzo de uno entre mil escritores. Quiero creer que, con suerte, hay tantos comienzos como escritores. Lo que en cambio empiezo a intuir es que, con el tiempo, el qué, qué escribir, va cobrando importancia para todos. Escribir, no por un azar del ánimo sino por una elección de la voluntad y de la idea.

     A veces un joven me pregunta cómo se hace para dedicarse a la literatura. Y aunque estoy cada vez más inseguro de las posibles respuestas, lo primero que le pregunto es si lo que él quiere es ser escritor o ser famoso: ser como (...rellénese) Pues según he ido descubriendo, muchas veces se trata de lo segundo. ¿Por qué no habría yo de escribir, tono duro y diálogos eficaces en la jerga del momento, la novela de la juventud rebelde (que cada diez años suscita el cintillo "la revelación de la década" por parte de algún crítico, bautiza una generación con una letra, inspira película y tal vez serie, además de un montón de secuelas?) Mucho más fácil eso que convertirse en notario, diputado o, incluso, en hacker.

     Pero el verdadero enigma no es ese, al fin de cuentas previsible: qué fácil es caer en el espejismo de los focos (como en el de la riqueza). El verdadero enigma es: ¿por qué no quiere dedicarse a la literatura? Eso que no falla nunca, y que siempre -siempre- se renueva con éxito y camino por el que es posible volver tantas veces como se quiera? ¿Por qué no hacerse amigo, pues de eso de trata, de los diez, veinte, cincuenta o cien escritores que van a hacer de la vida algo más, mucho más interesante? Recuerdo muy bien la época en que todo el mundo leía,  o por lo menos no confesaba con facilidad que no estaba leyendo nada. Hoy no quedan muchos pero nadie pasaba por loco si le dedicaba lo mejor de su tiempo a la literatura. Un día, encontrándome de nuevo tirado en el sofá con un libro, yo debía de tener diecisiete años o así, mi madre me dijo pensativa: "Qué suerte tienes. Te gusta leer. Nunca vas a estar solo". Y así ha sido.

     Pues si no quiere dedicarse a la literatura sino a la fama -ese joven que no sabe cómo dedicarse a la literatura- es con toda probabilidad porque no la conoce. Ni le han facilitado los libros adecuados en el momento justo, ni ha descubierto nunca el casi metafísico placer de la escritura que, según he ido averiguando, es casi universal: ese es uno de los secretos que mejor guarda la educación en España, y la razón de que los estudiantes lleguen a la universidad -y casi siempre salgan- sin haberlo descubierto. Para qué insistir en los archiconocidos programas casi inexistentes de una literatura a destiempo -No, no es posible iniciar en la literatura a un quinceañero iletrado con la lectura de los magníficos El Quijote, El libro del buen amor, o la Celestina, tampoco con los profetas de la corrección política, que compiten solo con el telediario. Habría que darle para leer a Truman Capote, buenos cuentos contemporáneos (hay muchos) o Los miserables-. Y además, a cargo de profesores desmotivados, que en no pocos casos estudiaron literatura porque era la nota más baja de acceso a la universidad (¡!), enseñan con las fichas amarillas de sus estudios y odian la literatura, que da trabajo y roba tiempo. Aunque no es por completo obligatorio y las píldoras de Wikipedia y la red han aliviado mucho la carga, hay que leer. No son ni mucho menos todos, por supuesto, pero estos no son raros, tampoco en la universidad. Sé de lo que hablo.

    Pero volvamos al que aquí interesa, que es el de quien al fin se dedicó a la literatura. Por qué hace esto o lo otro es de lo que tratan algunos cursos de literatura y, cuando se trata de los escritores más grandes, de una forma extenuante y quién sabe si necesaria. El enigma que se plantea al final es sin embargo de los que intimidan. ¿Por qué, una vez escrito el grueso de su obra, cuando ya no tiene que demostrarse nada ni demostrar nada a nadie y escribe como respira, el autor escribe esto en lugar de aquello? Quién sabe. Ahora mismo intuyo que nunca lo sabré.

El acento que importa

Miércoles 01 Noviembre 2017. En Blog, Sastrería

Peter Marlow (Magnum/ The telegraph)

Margaret Thatcher, en 1981


Sastrería

Así como que en París llueve más que en Londres, se trata de uno de los secretos mejor guardados de la creación artística: el trabajo de edición puede ocupar más tiempo, y a menudo lo ocupa, y ser más decisivo que el de la creación misma, que a veces es solo un chispazo, un impulso. La edición: esto es, la selección del ángulo, el recorte, el acento. La conformación del marco y la selección de lo que queda dentro y lo que queda fuera. Para empezar.

     Ocurre sin duda en las artes plásticas y en la escritura. Imagino que de forma inevitable también en la música, aunque por desgracia lo ignoro. Puede que lo primero que seleccione el artista sea el tema -paisaje con río y árbol, por ejemplo-, pero la siguiente elección es igual de decisiva, si no más: qué cercanía con el río y el árbol, desde dónde los miramos: ¿el este, el sur, el oeste?, en qué marco los encerramos, y con qué colores los (des)cubrimos: Pues no será lo mismo ese paisaje fotografiado en blanco y negro que pintado con los rojos y amarillos incendio de un impresionista. Y esa última selección será la decisiva en estos tiempos que terminan de oscilar desde el canon realista y clásico hacia -una vez más en la Historia- la visión emocional y subjetiva que es la nueva edición del Romanticismo.

    Esa selección y refinamiento resultan tan determinantes que la práctica de todo ello es lo que diferencia la creación naturalista de la deliberada, y me atrevería decir que al artista aficionado del profesional. Este sabe que en el revelado -o la mesa del escritor, con una primera versión ya escrita- puede cambiar todo.

    Todo ello queda muy bien ilustrado en la exposición Magnum: Hojas de contacto, una muestra muy pedagógica en la que se ve la foto finalmente elegida y acentuada por cierto recorte, acompañada del magma de contactos del que salió, igual que una cerámica del barro. Es algo que es preciso explicar a todo menor de... ¿treinta años?: en los tiempos de la fotografía en papel, los fotógrafos (ricos o profesionales) disparaban equis número de veces una misma foto, o casi, y luego imprimían esas fotos en el tamaño del negativo para ver qué podían dar de sí. Y en esos contactos seleccionaban al fin una imagen, la encuadraban y decidían qué revelado necesitaba, con qué luces y contrastes.

     Es también una exposición que da que pensar. Pues demuestra sin esfuerzo que esa verdad de aspecto objetivo que creíamos fijada por cierta fotografía -y se aportan unas cuantas históricas del siglo XX, como el borroso desembarco en Normandía de Robert Capa- no era más que una propuesta entre otras muchas posibles y luego resultó que tuvo una recepción feliz. Y pese a que la muestra es de los fotógrafos de la agencia Magnum, algunos de los cuales figuran entre los mejores de su época, no deja de resultar melancólica la constatación de cierta tendencia al clisé (ahí nace este sinónimo de "tópico" o lugar comun), como las imágenes del Ché o de Margaret Thatcher, por ejemplo, aunque es posible que ellos fuesen los primeros. Los autores del hallazgo feliz que está en el origen de todo tópico.

    ¿No hay otra forma de fotografiar, por ejemplo, la guerra? ¿Tenemos que reaccionar siempre de la misma forma a las propuestas de la realidad, que tendemos a leer de un puñado de formas y solo esas? ¿Hay algo más previsible, a menudo, que un fotógrafo? ¿Existe de verdad la posibilidad de contar de forma distinta la vieja historia humana? Es de preguntarse si un Picasso no tenía razón al proponer todas sus revoluciones con un solo tema y lienzo: el cuerpo humano, protagonista de casi todos sus cuadros.

    En cualquier caso todo este debate propone otro: ¿De dónde salen los "clisés"? ¿Qué conforma el magma del que tantos artistas sacan sus ideas? (Los que no las sacan de allí son los que luego recordamos). Qué tema para una tesis imposible, una novela, un cuadro... algo.

Elogio del Imperfecto

Jueves 07 Septiembre 2017. En Blog, Lecturas, Sastrería

p.S

Sastrería

Una de las alegrías que recuerdo en mi vida fue cuando descubrí -me descubrieron- el Imperfecto. El Imperfecto del Indicativo. Yo vivía en un mundo muy constreñido, como sucede cuando se tienen 12 o 13 años, lleno de normas, matemáticas y horas fijas para esto y aquello, e incluso tenía que llevar uniforme. Que en el colegio tampoco se tomaban demasiado en serio, y de alguna manera, aunque ahora soy partidario de los uniformes escolares, que permiten escapar de las marcas, las modas horteras y la lucha de clases, yo me las arreglaba siempre para burlarlo en algún detalle y de esa manera salirme de la fila. Y entonces, en ese mundo de misterios algebraicos que yo creía me hacían desgraciado pero en el que era muy feliz gracias a los amigos y el descubrimiento de las ideas y de las chicas (o al revés), llegó el Imperfecto.

     Como todo gran amor, llegó cuando no lo esperaba, sin el menor aviso. Al contrario. Lo he fechado a menudo en la tarde en que un profesor leyó en voz alta una página de las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, y me sacó de la siesta habitual de la clase de literatura. En realidad, visto con perspectiva, llegó por oleadas y a lo largo de esos años cruciales que son los decisivos de la lectura porque son las que se quedan para siempre. A veces tengo dificultades para recordar lo que leí hace un mes pero podría citar de memoria hasta pasajes de ciertos libros que leí entonces, hace una vida. De Guerra y paz, Pobres gentes, El gran Meaulnes, Tierra de los hombres y otros grandes clásicos, por supuesto, pero también de Mientras la ciudad duerme de Frank Yerby, casi seguro el primer libro gordo y sin dibujos que leí y el primer título de novela que admiré, o no pocos Julio Verne: con La isla misteriosa comprendí cosas que no había entendido en el colegio.

    Son libros muy distintos y no quiero caer en posmodernidades y ponerlos todos en el mismo plano porque no lo están. Pero con el tiempo he ido comprendiendo que una de las cosas que me fascinaban era una música más o menos inherente a muchos de ellos, y esa música era, en su núcleo duro, la del Imperfecto del Indicativo. Cierto que en algunos casos, como las Memorias de ultratumba, manejado con una maestría que parecía estar inventándolo.

     Como quizá todo el mundo sabe -profesor en 2017, ya no me atrevo a dar muchas cosas por sentadas-, el Imperfecto es el tiempo de la evocación, de los grandes espacios y, si se quiere, de las memorias y con frecuencia de la gran literatura. Y como su propio nombre indica, por su ausencia de rigidez y precisión es quizá el tiempo más libre, en el que el escritor se puede permitir un marco de visión más amplio, eso es crucial, y mayores saltos y elasticidades. Leerlo, escribirlo, es descubrir una refinada forma de la libertad.

    De modo que la pasión fue inmediata y, aunque todo ello era todavía inconsciente -desde luego yo habría mirado con la ceja levantada si me hubiesen dicho que mi gran amor se debía a un tiempo verbal del Indicativo- como todo gran amor pronto estuvo sujeto a roces, incomprensiones... ¿y celos también? Más bien el escozor que me produce el toparme (con frecuencia) con su uso malbaratado en la mala literatura, o el cursi de abundantes supuestas crónicas periodísticas: "El presidente del Gobierno salía esta mañana de la Moncloa con rumbo a las Cortes y no sabía si..."

   Pero esas son minucias y no merece la pena gastar pólvora en ellas. Como con el Nobel de Literatura, que se lo terminan dando a un (estupendo) cantante porque las multitudes sencillamente ya no conectan con la gran literatura ni la pueden entender, me parece que algo debe de significar el hecho de que ya no sea tan fácil oír o leer un buen uso del Imperfecto. Es como si nuestros tiempos no estuvieran a su altura, tal vez influidos por el poderío del cine, que si no es francés con voz en off, o de Visconti, es siempre presente o como mucho puro y literal pretérito simple. Véase algo tan significativo como la frecuencia y abuso en el por otra parte lícito recurso a la primera persona -recurso usado en muchísimas de las novelas que llegan a la editoriales y de la casi totalidad de las escritas por los jóvenes, aunque sea una primera persona disfrazada de tercera-, y el uso del presente y el pasado simple. En efecto, es como si hubiésemos pasado de un tiempo Imperfecto, pero amplio, más libre y complejo, a un tiempo muy concreto y más bien simple. Que no lo es, claro, pero así lo miramos y contamos.

  • Pedro Sorela

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