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Artículos etiquetados con: Entrevista

Nathalie Sarraute, contra el tópico

Por: Pedro Sorela Martes, 11 Abril 1989 En: Entrevistas

"Es la sensación la que impone la forma". Entrevista.

© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

Conversar con Nathalie Sarraute, nacida en 1902, una mujer con edad suficiente para recordar una primera infancia en la Rusia de los zares, es todo un ejercicio de gimnasia mental. Obliga a revisar no sólo tópicos vulgares, sino dogmas impresos mil veces. Por ejemplo, que los escritores del Nouveau Roman forman un grupo. Quizá. Pero casi no se conocen entre ellos.

La conversación con la escritora -ojillos negros, palabra precisa y tolerante- es la negación del fatalismo de la edad, un constante reto a vencer el más sutil lugar común y el espectáculo de una anciana que mira la vida como si la hubieran inventado ayer.

Porque esa es otra entelequia: Con la Sarraute se comprende de una vez que su creación tiene poco que ver con heladas rebeliones de la pluma, y mucho con la vieja sensibilidad de la buena literatura. Define al Nouveau Roman (la Nueva novela en traducción irreconocible) lo que define a las vanguardias: la ansiedad de cambiar de piel. En los años treinta, Nathalie Sarraute no concebía que un novelista pudiera seguir apostillando con un "dijo Jean" una réplica, y en 1939, presa del eterno deseo de expresar lo que hasta el momento nadie había hecho, escribió Tropismes. En apariencia, prescindía de la trama, prescindía de los personajes, que carecían de nombre. "No podía poner nombres", dice. "Y no podía porque el nombre se colocaba entre el lector y yo, y lo distanciaba". Luego hubo una moda en que los novelistas se dedicaron a no bautizar a sus personajes. Todos eran él, ella, nosotros... como en un curso de español, primer nivel. "Una moda estúpida", dice. "Es la sensación la que impone la forma. Si el tema es insólíto, también lo será la forma".

"La verdad se oculta más que nunca"

Por: Pedro Sorela Viernes, 09 Diciembre 1988 En: Entrevistas

Entrevista con Leonardo Sciascia en su casa en Sicilia

© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

Hacía tiempo que Leonardo Sciascia no creaba una expectación semejante, y eso pese a que El caballero y la muerte (Adelphi) tiene 90 breves páginas y tan sólo hoy debe de estar llegando a las librerías de Roma. Los cronistas italianos han dicho que se trata de un libro memorable, y alguna amiga suya, que es casi una, autobiografía. Vuelve a aparecer la figura del investigador que no concluye, quizá la más característica de su vasta obra.

En esta ocasión, 1989, es un policía desahuciado y, con esa nitidez de acero que define a Sciascia, la obra profetiza desgracias. Ocurre que varias de las profecías de Sciascia se han cumplido. El escritor recibió a un redactor de EL PAÍS en su domicilio de Palermo, Sicilia.

Leonardo Sciascia tuvo presentes, esto es, los tuvo ante sí, dos cuadritos no muy grandes cuando ideó y escribió el libro: El caballero, la muerte y el diablo -un grabado de Durero que representa a un guerrero en su montura y junto a él, el diablo, a caballo también-, y el capricho de Goya que se titula Ha muerto la verdad. El resultado es la misma prosa clara característica de Sciascia, y lo que según los primeros cronistas italianos supone el regreso del escritor a la narrativa después de varios años de novela documental. "Yo no hago diferencia entre los géneros", comenta el escritor, para quien todos estos análisis no son más que un síntoma de la pereza mental de los críticos. Así, una narración en apariencia sencilla, en apariencia policiaca: un inspector designado por su función, Vice (policía, en jerga italiana), indaga la muerte de un tal abogado Sandoz, que el día antes de su asesinato recibió una nota: "Ti uccideró" ("Te mataré"), decía.

"No temo a la muerte", dice Sciascia, que en algún sitio ha citado a Montaigne: "Vivir es prepararse a bien morir". "A lo único que temo", prosigue, "y es una neurosis, es a ser enterrado vivo." La muerte es uno de los pocos temas que se repiten a lo largo de una conversación en varias etapas a lo largo de un fin de semana. En otro momento dirá que siente una cierta curiosidad intelectual por ella, pues no la conocemos. Curiosidad, y también "ilusión de que se trate de un puerto de paz".

Los testigos como protagonistas de la historia

Por: Pedro Sorela Miércoles, 19 Octubre 1988 En: Entrevistas

Georges Duby en la Academia Francesa.

No es cierto que en los torneos de los caballeros siempre hubiera damas dispuestas a premiar con una caída de ojos al vencedor, cuenta Duby en Guillermo el mariscal o el mejor caballero de¡ mundo (Alianza Editorial). En el código de un caballero del siglo XIII podía caber perfectamente el robo a una mujer que se fugaba con un monje, siempre y cuando el caballero se gastara el botín en una fiesta, la única forma posible de hacerlo con grandeza.Años después de que la aparición de la revista Annales supusiera en el mundo de los historiadores una revolución -palabra de la que ellos desconfian-, la escuela ha perdido fuerza por la sencilla razón de que los objetivos han sido alcanzados", dice Duby. El principal era el de acabar con el secuestro de la historia a cargo del "terrorismo de la erudición", que la sepultaba en notas a pie de página, acercarla a las otras ciencias humanas, y devolverle el brillo del que gozó en el siglo XIX, cuando Michelet era casi un éxito de venta.

Duby, de 69 años, profesor en el Colegio de Francia, presidente del canal 7 de la televisión francesa (cultural) y reputado medievalista con una muy voluminosa obra en la que destaca la dirección de la Historia de la vida privada (publicándose en Taurus), recuerda que al comienzo fue geógrafo. Dato significativo, dice, porque de ahí le viene el deseo de Interpretar un conjunto entremezclado de factores de muy diverso tipo". En historia eso supone romper con la rudimentaria idea de que está hecha por generales y batallas, presidentes y elecciones. En Duby, de formación marxista, ejercieron una influencia decisiva los antropólogos que, como Levi-Strauss, demostraron cómo el parentesco, por ejemplo, tenía en determinadas culturas tanta importancia como la economía, decisiva según los marxistas.

Una vez demostrado a dónde querían llegar, los nuevos historiadores regresaron al acontecimiento o el personaje, "pero desde otro ángulo". En El domingo de Bouvines (Alianza Editorial), el detallado relato de cómo, el 27 de julio de 1214, el rey Felipe Augusto derrotó contra toda esperanza a la coalición de dos condes y un emperador en lo que para muchos es una de las jornadas decisivas en la creación de Francia, Duby muestra también cómo fue una de las primeras batallas de la edad moderna, entre otras cosas porque rompió con el sagrado ejemplo de descansar al séptimo día.

Duby escribe en un estilo casi literario, cuida su lenguaje para volverlo más atractivo y prescinde en muchas ocasiones de la cita, lo que no deja de llamar la atención en un mundo académico aún regido por el cientifismo, en el que únicamente lo verificable es válido. "Llevo 45 años escribiendo sobre la Edad Media y ya he hecho mis pruebas", dice Duby, para quien el hecho de que no haya citas no significa que cada una de las afirmaciones que hace no esté apoyada, y muy bien, en documentos fiables. Poco fiable, por ejemplo, es la literatura, que inventa. Esta es justamente la diferencia de la Nueva Historia con la literatura. Que la primera no inventa bajo ningún concepto.

Sin nostalgia

La Edad Media explica Duby, es un tiempo lejano y a la vez cercano, más cómodo para el historiador porque es posible llegar a manejar todas las fuentes disponibles, y no ser avasallado, como los pobres colegas de la Modernidad, por una inmanejable masa de documentos. El hombre medieval es profundamente distinto de nosotros, pero a la vez cercano: la prueba, explica, es la fascinación que ejerce ahora en Francia.Un tiempo parecido al nuestro, en el que los equipos de los torneos de Caballeros levantaban tantas pasiones como hoy los de fútbol, y también se confundían los colores del equipo con los de la patria. Mas era también una época muy distinta, en la que hombres y mujeres se gobernaban por imágenes ideales distintas de las que nos animan a nosotros". Lancelot, el caballero perfecto, es para nosotros un ideal distinto.

"No, no tengo nostalgia de aquel tiempo, que era abominable", dice Duby, quien más tarde sí reconocería tener cierta nostalgia por la vida de no hace tanto, cuando "el mundo era menos gris y, en el fondo, éramos más felices". En Francia, dice Duby, que ha hablado en otro sitio de la tristeza de los supermercados, existe un intento de regresar a las no lejanas raíces campesinas "ante una civilización informe y grisácea, ante unas ciudades en las que se hace cada vez más difícil respirar". "El hombre siempre ha vivido de sueños", recuerda. "Creo que es posible imaginar una vida diferente de la uniformidad. La palabraespiritualidad tiene algo de reaccionario, pero es necesario introducir en la vida algo inmaterial".

  • Pedro Sorela

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