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Artículos etiquetados con: Entrevista

"Vamos a asistir a la rebelión del alma, que es la parte humillada"

Por: Pedro Sorela Miércoles, 27 Enero 2016 En: Entrevistas

 El escritor que no cabe

 Cualquiera que frecuentase México, hasta hace pocos años, en el interior como en el exterior, se encontraba con la sociedad intelectual dividida en dos facciones que no se reconciliaron nunca: los seguidores de dos escritores que habían sido amigos, Octavio Paz y Carlos Fuentes, en una casi siempre silenciosa  pero incansable guerra civil -la grilla, como la llaman-, que llegaba hasta los lugares más inverosímiles: el reparto de becas a los creadores, las cátedras, también las internacionales, los medios de comunicación. Ambos bandos tenían su correspondiente revista afín: Octavio Paz, Vuelta, que había fundado, y Carlos Fuentes, con un poco más de distancia, Nexos. Además, y desde las dos manos del espectro ideológico, la influencia política en el todopoderoso partido único PRI, la representación de la no menos poderosa industria identitaria -es decir la competencia por ser el escritor nacional en un país muy nacionalista y al tiempo de élites muy viajeras-, y por supuesto los premios, y en particular la carrera de toda una vida hacia el Nobel, que como es sabido ganó Octavio Paz. 

     Como tantas realidades del muy enigmático México, era una guerra difícil de comprender, al menos en sus mezquindades, sobre todo si se conocía así fuera poco de la obra de ambos escritores. ¿De verdad que gente tan brillante bajaba a batallitas en realidad tan minúsculas y, vistas desde afuera, irrelevantes? En tanto que de Fuentes se hablaba de su pertenencia a la izquierda caviar y al (muy real) Club Internacional de Bombos Mutuos -media docena de escritores famosos en el mundo dedicados a hablar bien los unos de los otros-, de Paz se decía que era capaz de rastrear la última nota escrita sobre él en el más remoto de los diarios de México -país de periódicos- y, en su caso, pedirle cuentas personalmente al redactor que la había escrito. 

     Yo no percibí nada de eso cuando entrevisté a Octavio Paz, en Madrid. O quizá sí, un poco, en unos ojos cuya profundidad desvelaba de inmediato una capacidad de atención nada común. Ya estaba enfermo y ese era el último de sus viajes más o menos anuales a España, pero su inteligencia se mantenía intacta y era una inteligencia -como queda claro en cualquiera de sus libros- de las que se hacen muy pocas. Además hablaba a un gran nivel, sin pretender disimularlo para hacerse el simpático, no parecía tener tiempo para eso, y el desafío para el periodista era ese: cómo no hacer de pronto una pregunta estúpida, no caer en una simpleza, un tópico o lugar común, algo tan probable, además, con el tema del libro que había venido a presentar: el amor y el erotismo. 

     Pero no era realmente esa la dificultad. Sino la progresiva certeza, cuando uno escuchaba su idioma de gran amplitud, como se ve en sus libros a caballo entre el ensayo y la poesía y sin renunciar a ninguno de los dos, de que ese idioma no iba a caber en una entrevista, en un periódico, por mucha cita directa, por mucho primor que le pusiese el periodista, por mucha nueva crónica que inventara y por mucha generosidad que aplicase el redactor jefe al espacio adjudicado. Con Octavio Paz uno tenía la sensación -algo paradójico con quien fundó o inspiró algunas de las revistas más interesantes de la hispanidad, y siempre desde la literatura- de que venía de una de las zonas de la realidad que no caben en el periodismo. Como en efecto no caben, incluidas algunas relacionadas con las letras. 

     Cogí un taxi para volver al periódico, al salir de la entrevista, y me bajé a las dos o tres manzanas: simplemente no podía soportar, no de inmediato al menos, la cháchara de la radio y la de uno de esos taxistas. Era demasiado contraste. O sea que caminé un buen rato.


 

 

Varias veces en la conversación Octavio Paz dice "no sé", "probablemente" o similares, y ello se debe a que los recorridos de su nuevo libro, La llama doble. Amor y erotismo (Seix Barral) terminan siempre en el enigma. Más allá del lugar común, se trata de algo misterioso hasta el punto de que ni siquiera sabemos si en todas las civilizaciones hubo amor: "La excepción del erotismo" a juicio de Paz, y, en cualquier caso, algo cultural. Lo que no ocurre con el erotismo, que es "la excepción de la sexualidad". Después de años de revolución del cuerpo, dice Paz, "vamos a asistir a la rebelión del alma, que es la parte humillada". Ahí se vuelve a detener: no sabe bien en qué consistirá esa rebelión. Paz rechaza que se le acuse de determinismo. "No creo tener una concepción biologista de la vida, y no creo que el cuerpo sea determinante". Según explica, el amor es como la metáfora, algo más, "que no se puede definir con una palabra. Se encuentra más allá del cuerpo y su verdadero nombre no se conoce. Existe".

Este libro fue escrito en dos meses de la última primavera, es decir, tres páginas al día; un ritmo de prodigio vista su densidad, aunque es preciso tener en cuenta que Paz tenía en ello un antiguo interés y había tomado muchas notas a lo largo de mucho tiempo. En la India, por ejemplo, en lo referente al tantrismo. Algunas de sus lecturas, como D. H. Lawrence, o ensayos previos, tuvieron su importancia.

¡Todo es tan interesante!

Por: Pedro Sorela Jueves, 14 Enero 2016 En: Entrevistas

Una mujer empeñada en cruzar las fronteras de los géneros. Entrevista con Susan Sontag

Ilustración: p.S.

Susan Sontag

El desvío como estrategia

En calidad de autor ya me habían hecho unas cuantas entrevistas en mi vida cuando entrevisté a Susan Sontag, y nunca me sentí, ni de lejos, tan entrevistado como con ella. Tal y como cuento, disponía de una hora, en una rueda de entrevistas sucesivas con motivo de su visita a Madrid, y habían pasado veinte minutos cuando tuve que interrumpir su catarata de preguntas sobre quién era yo, y dónde había aprendido inglés, y por qué mi familia... etcétera, y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y más vale que nos pongamos a ello porque si llevo una entrevista a mi mismo me arriesgo a que me echen del periódico", o algo así. Susan Sontag soltó entonces una gran carcajada de mujer voraz y sólo así pude entrevistarla.

    Y entonces me encontré con otro problema inédito. Y es que cada respuesta merecía una entrevista especializada. Es norma elemental de cualquier entrevistador el llevar preparada una lista de preguntas, a la espera de la primera respuesta interesante, si se da, y seguir por esa senda más interesante. Y es rara la entrevista en que el entrevistador atento a la respuesta prometedora no haya tomado por lo menos un desvío, donde suelen estar la entradilla y el titular. Pues bien: con Susan Sontag el desvío se producía en cada respuesta. Eran tan sorprendentes, tan independientes y, sobre todo, tan inteligentes, que me quedaba medio atontado y tenía que usar de todos mis reflejos para no seguir sólo por esa senda que ella convertía en muy prometedora -y podía ser la pintura del sur de Italia, por ejemplo-, y pasar a los otros muchos temas que se ofrecían, a la vez que lamentaba haber perdido veinte minutos permiténdole a ella sonsacarme a mí.

      Para entonces Sontag ya había pasado su primer cáncer y escrito su Illness as a metaphor (La enfermedad como metáfora), del que me regaló un ejemplar (no dedicado, por supuesto). Y sin embargo, cuando días después me encontré con la antigua actriz que le habían puesto como guía para acompañarla por Madrid durante su visita, me dijo que, después de las intensas visitas al Prado y a los tablaos flamencos, exprimidos por Sontag en su viaje, había tenido que guardar cama, agotada.

      Mi entrevista se desarrolló de nueve a diez de la mañana. También me enteré después de que el periodista a quien le tocaba el turno siguiente había sido expulsado con el comentario de que ella no había venido para responder preguntas estúpidas... y con él terminó la rueda de entrevistas.

      Y un testigo me contó el comentario que le había hecho sobre mí a mi director, en una cena. Por lo visto sus intensas preguntas en veinte minutos no habían sido por completo inútiles, y ya había logrado construir toda una teoría.

 

"Detesto ser una marginada"

Susan Sontag llega puntual a la cita, se sienta y comienza a hacer preguntas, y hay que detenerla, pues la entrevistada es ella. Como buena periodista, hila a partir de un acento o el color de un mueble, y profundiza con la tenacidad y sistema que caracterizan, con una muy diversa curiosidad, su pensamiento. "¡Todo es tan interesante!", exclama, y los ojos le brillan; también pueden sonreír con ironía, o ennegrecerse de cólera, lo que según su editor es signo de confianza. La cólera le llega no sólo cuando habla de la política de su país -que describe sin ninguna autocensura-, sino también de la cultura oficial norteamericana. "La desprecio", dice; pero añade: "Tengo el corazón roto por ello. Detesto ser una marginada".

    En un encuentro previo, Sontag ha explicado que existen dos tipos de escritores, los que hablan de su obra y los que no lo hacen, y que ella pertenece al segundo grupo. En realidad, su pudor es más grande: la autora de Sobre la fotografía elude cuando puede las fotos, que nunca toma, no lee las críticas que hacen sobre ella ni tampoco las entrevistas, pues le parece que "no han sido escritas para mí. Tengo la impresión de que me falsifico cuando hablo de mí misma. Mi lenguaje es la escritura, y no hablo de la forma como escribo. Hablar de lo que uno escribe es un nivel inferior de comunicación".

El escritor y su máscara

Miércoles 30 Abril 2014. En Blog, Entrevistas

José Saramago

Entrevista / La máscara

Existe una primera y gran dificultad cuando se entrevista a un escritor conocido, y es que no siempre es posible -y nunca fácil- sobreponerse a la máscara y llegar a la persona.

      En su día entrevisté a no pocos escritores y una de las conclusiones que fui sacando es que no muchos, si alguno, carecían de un personaje que se sobreponía a su verdadero retrato. Algo que se agravaba entre los veteranos. Incluso los que iban de todo lo contrario, incluso los que iban de venerables pero sencillos maestros anti sistema tenían su personaje... que era justamente ese. Recuerdo a tres y en particular a uno, que en público cumplía de Oscar con el papel de sabio de la tribu y luego en la distancia corta mostraba la capacidad de intriga para obtener premios y distribuir envidias que se atribuye con razón a ciertos cenáculos literarios, y luego en la cena era tan capaz de repetir chistes rijosos y hasta casposos como cualquier mortal.

     Todo ello se producía de forma tan inexorable que uno terminaba por preguntarse si es probable que un escritor que lleva años sobre la escena pueda no copiar a su personaje... lo que por supuesto tiene consecuencias cuando uno mismo responde a la cuarta entrevista en el lanzamiento de su propio libro, que tampoco es el primero. (Si es así, ¿cuál sería mi personaje?, me pregunto en las tardes lluviosas de domingo).

      Lo que interesa en todo caso es el problema que plantea: ¿El periodista está ahí para confirmar un personaje -que es, por otra parte, lo que espera una parte de su público-, o está ahí para comenzar a agrietar la máscara creada en vida y tratar de proponer una imagen más auténtica o por lo menos una faceta menos conocida del totem? Lo que, cuando se consigue, implica algún riesgo: a la gente no le gusta que le toquen a sus ídolos.

     Es una reflexión que me viene tras las más o menos recientes desapariciones de varios grandes escritores como Paz, Fuentes, Mutis, García Márquez o, un poco más alejada, Saramago, entre otros, que con sus respectivas muertes dieron pie a la misma disyuntiva: ¿Es la muerte una ocasión para buscar perspectivas inéditas sobre el muerto o es el momento de fijar en estatua todos los lugares comunes que (se) fueron construyendo a lo largo de la vida? No hace falta que sean escritores: véanse los casos muy visibles de Steve Jobs y Adolfo Suárez.

     El escritor construyendo y fijando su máscara para la posteridad es un clásico, y me remito a los conocidos casos de Byron en el laborioso proceso de construir su leyenda; de Goethe, que incluso reclutó a un amanuense, Eckermann, para que recogiera su pensamiento en conversaciones programadas en una suerte de panteón de palabras; y Chateaubriand, viviendo, tal vez, para unas memorias que todavía resultan irrebatibles porque son de ultratumba. (Además de magníficas).

     Sin duda que resultaba muy difícil entrevistar a personajes monumento como Tolstoi, Kipling o Hugo, y ahí están las entrevistas que nos han legado para atestiguarlo: entre otras cosas porque no parecía que los periodistas de esas épocas se propusieran más  objetivos que el de cinceladores de estatuas, afianzadores de mitos.

    El problema en nuestro tiempo es que no parece factible ser escritor sin haber cursado masters de mercadotecnia y publicidad, en los talleres y cursos de escritura, y que el más tonto se ha dibujado un disfraz de estrella del rock. Y ello, con la ayuda de agentes literarios, gabinetes de prensa y amigos haciendo de asesores de imagen que les han convencido de que ningún paño se vende hoy en el baúl y que no sólo es preciso sacarlo sino, además, venderlo. Vender es una de las palabras clave de la jerga del oficio y la gente se quedaría sorprendida de saber hasta qué punto es de uso común en las redacciones de los periódicos y en el mercado artístico. Y no sólo como intercambio pecuniario sino como proceso de convencimiento, seducción. Quien seduce, vende, y al revés. Y sólo seduce quien se pone una máscara. O sea que el entrevistador lo tiene difícil.

     Todo ello no sería más que una nota a pie de página en el proceloso volumen de la vanidad humana de no ser porque plantea un problema al entrevistador, ya intimidado por la figura del Autor, sobre todo si es uno ya veterano y reconocido. Pues el Autor tiende a esperar que le pregunten en determinado sentido estatuesco, de la misma forma que casi todos los futbolistas esperan que les pidan opiniones sobre fútbol y no sobre ópera. Sucede que el escritor no es tan especializado. Más aún, es o debiera ser lo contrario de lo especializado pues no existe o no debiera existir algo más abierto que un libro, más sujeto a preguntas diversas y hasta inesperadas. ¿Cómo sobreponerse al pedestal, el gran premio, las cifras de ventas, las coronas de laurel, la Academia y los jefes de prensa que conducen en coro a la pregunta: "Háblenos por favor de lo grande que es usted"?

     Lo que no saben esos entrevistadores es que los escritores más interesantes agradecen las preguntas que les sacan de su personaje. Aunque se arriesguen a vender menos.

  • Pedro Sorela

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