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Pedro Sorela

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Artículos etiquetados con: El sol como disfraz

El peligro del "holamanoleo" con los periodistas

Jueves 22 Mayo 2014. En Blog

El reportero Tintín evitaba la peligrosa proximidad de los ministros.

Este hombre ya no sabe si dirigirse al Este o el Oeste del coctel. Ha perdido el Norte, la brújula. Es difícil saber exactamente desde cuándo -depende de lo que se mida-, pero el punto crítico ha sido desde que le han dado una columna donde se cita a veces a gente y un cargo intermedio en un periódico que tampoco es el más poderoso. Desde entonces la gente se le acerca para saludarle y festejarle como si hubiese ganado un premio. Es más: tras darle una palmada en el hombro, algún ministro le ha dicho: "¡Hola Manolo!". En realidad no se llama Manolo (preservemos su anonimato), pero ustedes ya me entienden.

     Es pues un hombre en transición. Como casi todo el mundo en España, pertenece a la gigantesca clase media que acude a los grandes almacenes a comprar en rebajas y el regalo del Día de la Madre, es de un club de fútbol como los árboles son de la tierra y, a los cuarenta y cinco años, va por su tercer o cuarto coche, posee una casita en la Sierra Pobre de Madrid y está a punto de terminar de pagar un piso con salón comedor y tres dormitorios en el distrito de Hortaleza. Y lo que demuestra que ha subido es que es el primero de un largo linaje de campesinos con un título universitario.

      Un montón de buenas noticias, como se ve, aunque en ninguna de ellas estaba previsto el "Hola Manolo" del ministro y la palmada, que de golpe le sacan del camino ya recorrido y el previsible y le colocan en otro sitio, como fui viendo con claridad en mi novela "El sol como disfraz". No sólo a él. En un tiempo en que las mujeres van a ocupando las redacciones a la misma velocidad que los tribunales y los quirófanos, también a la cronista en las Cortes: un día, como si su cara fuese el plató neutral de una televisión para un debate, el presidente del Gobierno y el líder de la Oposición se sienten autorizados a besarla en las dos mejillas, como se hace en España hasta con el bombero de urgencias. Y de la experiencia esa chica, que también pertenece a la gigantesca clase media que incluye a las otras en España, de la experiencia ella tampoco se repone. Al igual que Manolo, pierde el norte, la brújula, y sus amigas del colegio retroceden un poco, intimidadas aunque un tanto curiosas.

    Todo esto parece una tontería, un invento, una frivolidad, un excurso, un pretexto para rellenar un cometario, pero no lo es. El "Hola Manolo" del ministro es el saludo natural para el hijo de quien juega al golf con ministros desde antes de que lo sean, y los besos en las mejillas con presidentes y candidatos están previstos para la hija de un potentado con media docena de chimeneas encima de otras tantas fábricas. Se diría que son situaciones muy distintas, y sin embargo no lo son tanto: con su poder efímero de columnista o de cronista política, los dos reporteros se han igualado con la hija del potentado, que por muchas fotos que le tomen, muchas brujas que le lean la bola y espejos que consulte, jamás sabrá si ese chico que quiere llevarla al Baile de Debutantes está interesado en su mirada perturbadora cuando baja un poco los párpados o en las chimeneas de su padre. Y ese vertiginoso ascenso social se ha conseguido con una sencilla palmada en el hombro o un par de besos para los que ninguna asignatura prepara en la facultad.

   Así que, entre palmada y palmada y saludos de besito, el periodista va perdiendo noción de la realidad. Preso del síndrome del holamanoleo, o de los besos, termina por considerar normal que un banco pague los hoteles de su luna de miel o que los propietarios de su periódico le pongan en la puerta un coche de banquero, para que lo use. Cuando en un periódico muchos periodistas consideran natural saludarse de tú con los ministros, los tiburones de la bolsa o los directores de cine, da igual, supongo que ha llegado el momento de leer otro.

Madrid, el mago y el aire

Jueves 03 Abril 2014. En Blog

"...noche de prodigios en la plaza del Duque de Santás".

¿Cree usted que una gran nube negra de tormenta se puede convertir en  un pañuelo? ¿Y que un edificio oscuro se puede iluminar a medianoche con grandes luces de baile de gala para dejar ver en las ventanas a un montón de conejos asomándose? No se sabe muy bien cuántos. Un montón.

      Si dice que sí, miente. Y si dice que no, no se preocupe, no es usted nada original, pertenece a la totalidad de la población madrileña, menos tres personas, que todas las noches, una y otra vez, pierde la oportunidad de asistir a una noche de prodigios en la plaza del Duque de Santás.

     Tal vez hace tiempo que no sale usted por la noche en Madrid y no sabe que, desde los tiempos en que la ciudad era con Sevilla la capital de la noche, las cosas han cambiado mucho: ya no hay zeñoritos calaveras ni serenos, ya no hay coches en triple fila delante de ciertos tablaos, muchos cines han cerrado y si otros muchos restaurantes no lo hacen es solo porque no sabrían luego muy bien a qué dedicarse. Todo eso es bien sabido. Lo que no se sabe es que, al tiempo, en la Plaza del Duque de Santás, donde estuvo durante muchos años la sede de La Crónica del Siglo, un mago callejero se dedica a hacer lo nunca conseguido sin que nadie -nadie salvo un taxista, un mendigo y un barrendero- le hayan visto. Y el taxista no cuenta porque su extremada atención a Carrusel Deportivo y a lo que han hecho o piensan hacer el Madrid o el Barça le impiden prestar atención a nada más.

      Quedan pues el barrendero y el mendigo, y no llamo a este Sin Hogar porque lo tiene: desde hace un tiempo Paco, que así se llama, se considera un hombre afortunado porque al fin ha encontrado cobijo. Y es que sobre las diez y media u once -tampoco hay una hora muy fija pues se trata de arte y el arte no admite horarios-, un mago callejero transforma el escenario de su farola, la plaza, el quiosco de música y la ciudad toda en un sitio asombroso y por lo tanto acogedor. Pues qué otra cosa puede ser el que un hombre coja la luz de una farola y se la meta en el bolsillo para quedar iluminado por dentro, o que convierta la gravilla de un parterre en bolas perfectas con las que organizar un torneo de petanca con el mendigo y el barrendero, y el perro del mendigo, Carajillo, que se prestan encantados: toda la plaza y si se quiere hasta la calle -total, no pasa nadie- para jugar con bolas situadas entre la canica y el balón de fútbol.

     Pero nadie lo ve. Es cierto que al principio barrendero y mendigo se guardaron la información, no se fuese a estropear el espectáculo -la vieja superstición burguesa de la exclusividad-, pero luego, conscientes ambos más que nadie de lo que vale la grandeza, decidieron pasarle el dato a los amigos, la familia, la novia.

      La de Paco el mendigo no quiso saber nada, entre otras cosas porque no es propiamente una novia sino una ex, y no es lo mismo. "¿No te he dicho ya que me dejes en paz?", le recordó. Aleccionado, Paco ha decidido no contárselo a nadie más pues todos le van a decir más o menos lo mismo: ¿quién va a escuchar a un mendigo que duerme entre cartones con un perro? En cuanto a Jorge, el barrendero, teme que su novia vaya a pensar que le quiere recomendar ese espectáculo callejero porque se quiere ahorrar el restaurante, y ya le está costando lo suyo retenerla pues a ella no le gusta proclamar que su novio hace lo que hace. De momento dice que "trabaja en el ayuntamiento" y teme el día que alguien lo reconozca por la calle.

     Y esa es la situación: el prodigioso mago hace cosas cada día más difíciles pero nadie las ve, salvo los conejos que se asoman al edificio iluminado -pero los conejos ni hablan ni aplauden-, y quienes sí las ven no lo pueden contar porque no les creen.

     Pero a él no parece importarle. Se ríe, y se ve que disfruta pues cada noche se va a más y crea algo nuevo. Anoche, por ejemplo, hizo que las ramas de los árboles que rodean el quiosco, ya con brotes verdes y minúsculas flores, se movieran con la brisa como si estuviesen aclamando. ¿Y qué hay de prodigioso en ello? Pues que sólo en esa plaza soplaba la brisa. En el resto de Madrid triunfaba el aire inmóvil de siempre.

Más lejos que nunca

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Mayo 2012. En Blog

jG-R. "Guggenheim". 
"Cada día descubro una nueva red
o una nueva forma de editar una foto o un dibujo"

Cuando comencé a escribir en el mejor regalo que me han hecho nunca -esta página-, y hablé de la extrema sensación de libertad que me producía, no imaginé que, un año después, esa sensación se iba a multiplicar.

   Aunque ahora no me estoy refiriendo sólo a esta página, con todas sus posibilidades, a las que no veo todavía los límites, sino a ese mundo invisible que de pronto ha ocupado nuestras vidas para traernos, aquí y ahora, el futuro. Y digo de pronto porque no hace un lustro yo todavía miraba por la esquina del ojo las pantallas, pese a nadar con soltura en ellas tras mis veinte años en el periodismo -yo soy de la generación de jinetes que cambió de máquina de escribir a ordenador en mitad de la carrera-, y repetía el conocido mantra de que no hay nada como el olor de un libro. Cierto: el olor de un (buen) libro es magnífico -¡y su tacto!-... pero el suave resplandor de una (buena) pantalla también. ¡Y lo lejos que nos puede llevar! Ahí es nada, más lejos que nunca...

   Un año después me atrevo a afirmar lo que en el fondo intuí siempre: este mundo invisible no supone ni supondrá el final de la literatura. ¿Acaso podría? La literatura, la narración, es una de las manifestaciones del tiempo, uno de sus sinónimos e incluso una de sus posibles demostraciones, y no hay nada que pueda con el tiempo. Nada: ni las pantallas, ni Internet. Así nos enteraremos de que se ha acabado todo: No cuando se acabe el azul del cielo, ni el amor, ni el agua, ni las patrias y la industria de las banderas, ni nuestras ideas de Dios. Será cuando se acabe el tiempo.

   Lo que sí puede suceder es que cambie nuestra manera de contar, de leer y de escribir, y de hecho yo comienzo a notar esos cambios. Pero de momento sin miedo y sí con mucho disfrute, como la primera vez que volé en un Ala Delta.

   En primer lugar, me cuesta quedarme en un solo sitio y tiendo a irme a lugares que no conozco. Bien es cierto que eso podría tener que ver con la tendencia al viaje, una suerte de segunda naturaleza pues viaje es sinónimo de curiosidad, de búsqueda, y esta es también un rasgo definitorio de nuestra especie, indestructible mientras duremos. Puede tener también que ver con la facilidad de viajar por la pantalla, algo tan casual y valsístico que lo llamamos navegar: un nombre prestigioso, acaso bastante exacto, que tiene que ver con el hecho indiscutible de que los nuevos medios están más relacionados que nunca con cierto ritmo. Y se podría escribir la historia de la cultura a partir de cómo se ha relacionado con este. Lo que siempre tuvo éxito -no éxito de ventas sino el que importa- fue lo que acertó con el sonido, la cadencia de la época, y Saint-Exupéry consideraba más grave una falta de ritmo que una falta de francés.

   Y por último, puede ser que, de una forma inconsciente o no tan inconsciente nos libremos al extraordinario placer de los nuevos medios, que estamos inventando entre todos. Eso es lo que me ha ocurrido a mí y me ocurre: no pasan demasiados días sin que descubra un nuevo recurso, una nueva red, una nueva forma de editar una foto o un dibujo... o una forma de llegar lejos. Muy lejos. Lo más lejos posible.

     Eso es lo que me tiene más impresionado. Hasta el momento yo había sido un escritor de los de antes, esto es como todos. Quiero decir que, llegada la publicación de un libro, pactaba con mi editor los derechos según áreas geográficas o idiomas, y luego hacía fuerza para que llevasen doscientos o trescientos ejemplares a esta o aquella feria o a ese país con cincuenta o cien millones de personas.

   Y todo eso, descubro ahora con la publicación de El sol como disfraz, se ha terminado. Ahora, descubro ciertamente deslumbrado, mi libro ha estado accesible para mis amigos de Taiwán, Jordania, México, Francia o Colombia desde el mismo instante en que entraban los primeros volúmenes en las principales librerías de Madrid o de Córdoba. Puede que los universitarios de hoy miren un hecho semejante con tanta naturalidad como que la luz se encienda o que la fiebre baje con una aspirina. Para quien nació en el siglo XX, es algo tan deslumbrante o más que para los que vieron por primera vez un avión surcar el cielo, no hace tanto: yo escuché a mi abuela contarlo, divertida con nuestro asombro por el relato del suyo.

     El avión fue profetizado por Julio Verne y otros, al igual que la conquista de la luna o el fondo del mar. Que yo recuerde, la simultaneidad de lectura en el mundo, no. Y en estos tiempos en que asistimos al final de ciertos capítulos industriales de la cultura escrita -que no de la escritura ni de las ideas, por supuesto, como parecería por ciertas discusiones de la  industria- sí sería conveniente que lo sepan los jóvenes a quienes agobiamos todos los días con los signos del Apocalipsis que leemos en los posos del café, la subida imparable de la banalidad televisiva y el cierre de algunas librerías.

   Tal vez ese futuro no sea tan oscuro, después de todo. Tal vez estemos, por el contrario, tan sólo en el comienzo de unas posibilidades a las que de momento cuesta ver el fin. La prueba es que este texto se podrá leer -en todo el mundo, que se dice pronto- en el mismo instante en que quien lo escribe ponga un punto y le de a una tecla.

     Para comprobar en un contador, y eso es lo más impresionante, que siempre hay en Taiwán o en Melbourne alguien que te está leyendo.

  • Pedro Sorela

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