joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

      

       el sol como disfraz      dibujando la_tormenta      historia de           

ladron de arboles       portada-viajes-niebla grande     portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles                   

portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela   

entrevistas sorela      portada-fin-viento med      portada-aire-mar-gador      ya vers

cometario_gris

Artículos etiquetados con: Educación

El no tan misterioso caso del mal gusto español

Jueves 01 Marzo 2012. En Blog

p.S 
La construcción de nuevos ídolos en la península.

Uno de los misterios más hondos y tenaces a los que me he enfrentado es cómo el español, que era uno de los pueblos con el patrimonio y la arquitectura más refinados de la tierra -y no me refiero sólo a pintores y catedrales- malbarató todo ello para convertirse de golpe en un rebaño resignado a vivir en algunas de las ciudades más feas del mundo desarrollado. Y no me refiero a los centros de Barcelona o Sevilla, centros históricos, herencia del pasado. Ni tampoco a los barrios obreros de un poco todas partes: el hecho de que sean obreros se ofrece siempre como coartada para una inevitable fealdad. Me refiero también a los barrios de la clase media al parecer acomodada que no hace tanto pagaba, y sigue pagando, uno de los metros cuadrados más caros del mundo.

"¿Como dices?", ha sido todos estos años el sorprendido comentario de todo extranjero a quien se muestran las afueras de las ciudades españolas... y se le explica que el metro cuadrado del agresivo Pinar de Chamartín, una de las entradas burguesas de un Madrid gris y rectangular, cuesta lo mismo o más que el de un historiado barrio de Roma o el de un chalé rodeado de bosques a una hora de Nueva York. No olvidaré el día en que un amigo, que me conoce, me dijo "tienes que venir a ver lo que la burguesía española ha construido para sus hijos a no más de un kilómetro del parque del Conde de Orgaz", tal vez la urbanización más costosa de Madrid. Y aludía al centro comercial, de restaurantes y de multicines en torno al Palacio (sic) del Hielo, cuya banalidad y naturaleza de no lugar ni siquiera merece una descripción. Por otra parte muy conocida: es la que ha invadido los alrededores de todas las ciudades españolas con el imparable sigilo de los anillos de una boa. No se salva nadie: Ni Santiago, ni Córdoba, ni San Sebastián ni ninguna otra joya de la corona.

     No es nada nuevo. Yo lo descubrí cuando regresé a España para estudiar en la universidad, después de vivir mi bachillerato en Colombia, un país, por cierto, con magnífica arquitectura civil y también seriamente amenazado por los depredadores del ladrillo. Ese regreso fue una de las experiencias de mi vida, ahora lo comprendo, y equivalió a una entrada en la madurez y el descubrimiento de que el mundo ya no es el mismo tras una guerra. Ni lo volverá a ser. La destrucción de los escenarios de mi infancia era lo que había sucedido en mi ausencia... en la posguerra de los sesenta, cuando -exactamente igual que ahora- con el cuento de que el país necesitaba desarrollo a cualquier precio, se dio carta blanca para que -a cualquier precio si a cambio atraían turistas-, empresarios sin más escrúpulo que la curva de beneficios, y con una formación estética inexistente, comenzaran a destruir uno de los paraísos del mundo: la costa mediterránea española y en particular la catalana y balear.

   Todo ello es público y notorio. El segundo gran misterio, después de que el primero se hubiese podido producir, es que nadie hiciese maldito el caso ni pidiese cuentas por ello, ni entonces ni ahora: Mucho nacionalismo catalán y atribución de responsabilidades a Madrid, por lejanísmos, profundos y a veces misteriosos agravios, pero hasta dónde yo sé nadie le ha pedido a nadie, en esas dos autonomías, responsabilidades por haber destruido un patrimonio común... que hubiese podido ser una sostenible gallina de los huevos de oro, y ya no lo es. Casi nadie sabe en España que por ejemplo en Francia existe un neologismo, balearizar, que se utiliza como vía rápida para decir que se destruye, se fastidia, se jode un paraíso. Y lo dicen con autoridad pues ellos han sabido conservar sus jardines, más fríos y lluviosos, por otra parte: véase Bretaña. O nadie se da por enterado de que estudiantes japoneses de arquitectura vienen a observar hormigueros como Lloret de Mar, Benidorm u otros, para ver muy bien qué no hay que hacer y comprobar sobre el terreno hasta dónde se puede llegar en impunidad. No es algo reciente, como se ve, y yo en su día hasta escribí una novela que ahora veo remota, Fin del viento, que aparte de su intrínseca dificultad no suscitó el menor interés social. Más aún, un editor me comentó que la destrucción de una costa no era un tema literario.

   Cuando, sin caer en la coartada de los "asuntos Internos", bendita sea por ello, hasta la comunidad europea se ha interesado en el asunto y ha amenazado con intervenir si las autoridades españolas -y la prensa- continuaban mirando hacia otra parte, no parecía que se pudiese ir mucho más lejos. Pues bien, de corazones ingenuos están llenas las praderas del Señor. Ahora nos enteramos de que un empresario del tipo bucanero que, tras lo que hemos visto en Seseña y otros delirios, no parecía probable que reaparecieran por España durante un tiempo, tiene el proyecto de construir una ciudad de casinos en alguna parte de España... ¡Y de que las autoridades españolas compiten porque sea en su comunidad! Que asturianos, gallegos y andaluces miran de reojo y con envidia a madrileños y catalanes, y en especial a los primeros, porque por lo visto tienen la posibilidad de llevarse el proyecto. Más aún: que unos y otros ya han prometido todo tipo de prebendas y privilegios -incluyendo cambiar las leyes hasta unos extremos que a lo mejor no aceptaría un país africano- con tal de tener un pequeño Las Vegas a una hora corta de Madrid o Barcelona.

   Al principio, lo juro, pensé que era una broma de los periódicos. Pero no: por lo visto estamos a la espera de que el empresario en cuestión, un patrón de casinos en Estados Unidos y otros dos o tres países, decida si acepta o no las condiciones que le ofrecen Madrid o Barcelona: esto es, para que -entre otras cosas-, las condiciones de trabajo sean en realidad las de algo parecido a la esclavitud. Y si no se creen lo que escribo, enciendan la televisión y escuchen las declaraciones de políticos de una u otra región hablando de este nuevo plan Marshall. La película de Berlanga es sólo una pálida aproximación. Y la gran coartada es por supuesto, una vez más, que los puestos de trabajo que están en juego suman 300.000. Y uno no sabe si quedarse con la capacidad de engatusamiento de los promotores y los políticos interesados, o con la dimensión del proyecto: ¿Se imaginan lo que sería una ciudad de ocio al lado de Madrid o de Barcelona -casinos, pizzerías y megadiscotecas de plástico como las que se ven en los no lugares de la costa- que de verdad diese trabajo a 300.000 personas? Como para pedir refugio en Finisterre o en Cádiz, lo más lejos posible.

     Aparte de las cesiones legales y de otros tipos que aquí están en cuestión -y de las que espero que nuestro implacable periodismo de investigación nos informe-, lo que a mi juicio este asunto pone en cuestión es, una vez más, la formación de nuestros políticos. De las farolas supositorio de no recuerdo ya qué alcalde a los chirimbolos de Gallardón, promovido a ministro de Justicia por no se sabe por qué misteriosos méritos pues sus fechorías estéticas ya están en los libros, hace tiempo que nos hemos dejado de hacer ilusiones sobre la capacidad cultural de nuestros alcaldes. E incluyo San Sebastián con los cubos del Kursaal ideados por Moneo en la segunda de sus playas, el depredador auditorio de Sáenz de Oiza en la bahía de Santander, o el rascacielos en vías de construcción en medio de Sevilla. Pero esta ya es otra dimensión. Una demostración más del tamaño la Crisis, que cada vez más -y esta es otra prueba- me convenzo de que es la consecuencia real de una ruina educativa. Si algo así es posible es que nos han educado mal. Pero ¿cómo pedir cuentas por ello? ¿Y a quién si nuestros políticos son la principal demostración?


Que los banqueros, un día cualquiera

Martes 20 Diciembre 2011. En Blog

p.S  Lectora ideal 2011
"Que los ojos de la gente vuelvan a ser capaces de soñar con Moby Dick".

Que los banqueros, un día cualquiera, amanezcan modestos y un poco encogidos.

Que los cipreses tengan en febrero una pubertad tranquila.

Que en los quioscos broten geranios sobre las revistas del porno rosa. O cafés cortados. Algo.

Que sigamos descubriendo en pasillos oscuros de palacios inmensos tesoros bajo el polvo, como El vino de San Martín, de Brueghel el Viejo, y que cojan el camino de El Prado, no de Sotheby's.

Que los ojos de la gente vuelvan a ser capaces de soñar con Moby Dick y los mares del sur. A las librerías, esta es una promesa, regresará a continuación.

Que en las plazas de fanáticos geómetras crezcan árboles con grandes sombras sobre bancos (para sentarse).

Que las mujeres redescubran la falda. Y vuelvan a sonreír.

Que Madrid se vuelva una ciudad para caminantes. Como Roma. Se necesitan siglos pero alguna vez hay que decidirse.

Que a 857 publicistas les crezca pelo verde y, melancólicos, no puedan trabajar. Que haya un terremoto sólo para "chirimbolos", la televisión en el metro y otras pesadillas de Orwell.

Que sea necesario explicar lo obvio unos miles de veces menos. Y padecer que nos lo cuenten otros tantos miles... menos también.

Que alguien escriba una Oda a la paella. O una ópera para esta temporada en el Teatro Real.

Que por las calles de Nuevos Ricos y Horteras vuelvan a circular viejecitas simpáticas.

Que los liquidámbares sigan otoñeando en cuatro colores, y gratis: sólo para darnos ganas de viajar y pintar.

Que los telediarios y periódicos traigan noticias y caras e ideas nuevas.

Que el fútbol le ceda el primer puesto al bendito azul del cielo, y que el cielo no sea siempre azul desierto.

Que haya nubes, la escritura de los dioses, y que llueva.

Que los nacionalistas viajen un poco, aunque sea a Oporto, Casablanca o Burdeos, que eso les bajará la fiebre, y ya para siempre.

Que los arquitectos a sueldo de la Internacional del Ladrillo sean víctimas de súbitas pasiones y se fuguen lejos con mujeres fatales.

Que colegios y universidades se liberen de los nuevos puritanos, los políticos y los comerciantes. Que vuelvan los sabios, o que vengan.

Que los estudiantes escapen de Internet a respirar un poco y se topen, de pronto, con ciertas novelas. Ya verán.

Que los modistos salgan del espejo y tengan alguna idea nueva, alguna vez. Sobre todo los de hombre.

Que los padres de niños mimados sean condenados en los restaurantes a quedarse sin postre.

Que los de Soria valgan lo mismo que los de Barcelona o Madrid, y que 50 millones de españoles, no sólo unos cientos, puedan proponerse para gobernar. Quién sabe, a lo mejor alguno sabe cómo sacarnos de esto.

Que perdamos el miedo. Que dibujemos, contemos y bailemos más.

Por favor.

Esquiando la maratón

Por: Pedro Sorela Miércoles 26 Octubre 2011. En Blog

...será devorado y asimilado por una maratón de corredores. O de ciclistas. O de motoristas. O de papistas. O de ombliguistas llevando banderas y carteles...

Despierta y abre la ventana para dejar que entre el gris de octubre y matice el blanco y negro de la radio. Todos los días lo mismo: unos a favor y otros en contra. Y siempre los mismos y en las mismas trincheras. Ninguna sorpresa. O sea que canta en la ducha para tapar las voces y sorprenderse -tiene una alta opinión de sí mismo- de lo mal, muy mal que canta. Pero lo bueno es la sorpresa. Ha sido una sorpresa un poco preparada pero no importa: ¡Hay tan pocas!

     Luego viene el pequeño mal rato de abrir el armario y vestirse. Sólo tiene tres opciones: vestirse de universitario pijo, de periodista progre con pana, o de banquero. La calle, hoy, no admite más, y él tampoco. Ahora bien, no se va a vestir de banquero porque hoy está muy mal visto en sociedad y hasta podrían detenerle para interrogarle y pedirle los papeles, como a los inmigrantes, ni tampoco de rockero, que es la otra opción: clavos y cuero, y él es, qué remedio, de los que creen que el rock duro es claramente una profecía, un signo de la involución de la especie. O al menos de la música. Y no puede inventarse nada, en primer lugar porque no le entenderían -su amante le dejaría, sus hijos se reirían de él: "adónde vas con esa pinta", los colegas le pondrían la sonrisita tolerante... etc-, y en segundo porque no hay nada en el armario, pese a estar lleno, que le permita inventar algo. O sea que se pone un pantalón de actor de cine inglés de los años cuarenta, mocasines marrones, jersey de lana de castillo en Escocia, y vuelve a quedar vestido como cuando tenía quince años. Eso que sigue proponiendo la publicidad dominante desde que Charlton Heston -¿el Moisés de Los diez mandamientos? ese- vestía pantalones bombachos para jugar al golf en la universidad. Siempre le queda volver a hacer votos porque alguien invente algo, en algún sitio, y que no sea una variante de vaquero, el uniforme más multitudinario que ha creado el hombre en toda la Historia... pero ya no confía mucho: los diseñadores están tan encantados de conocerse que, según predicciones con buen aspecto, ninguno va a inventar nada en los próximos sesenta y cinco años.

     Busca en el quiosco un periódico que proponga una portada que no conozca ya, desde el telediario de la noche anterior, y como no lo encuentra, busca así sea una noticia: tampoco. No hay sorpresas en los periódicos, parece una conspiración. Sabe por otra parte que todos los columnistas van a cumplir con su papel, y ninguno se va a lanzar a improvisar. ¡Pondría en riesgo a sus lectores, que compran el periódico para confirmar lo que ya saben y, sobre todo, lo que ya piensan! O sea que se concentra en los columnistas-informadores, a ser posible de países lejanos, para tener la sensación de viajar, no vaya a ser que los opinadores predecibles le agudicen la ansiedad, la impresión de que, día a día, implacablemente su ciudad se va volviendo pueblo. Asoman ya múltiples pequeños campanarios que crecerán en un par de temporadas.

     Aunque ya tampoco le sorprende, donde menos se siente masa esa mañana es en el metro, bien es verdad porque ya sabe moverse y elude con astucia los televisores en los que una voz de alcalde pretende adoctrinar a los ciudadanos con consignas muy, muy simples y una información que equivale a los periódicos gratuitos pero en televisión. O sea que no es información, sólo excusa para pillar publicidad. Y el metro es para él una etapa, un oasis, porque sólo ahí puede buscar un rincón y abrir un libro, un libro que no lee nadie en todo el tren y no es difícil que tampoco lea nadie en toda la ciudad. No mucha gente lee, en estos tiempos, y los que leen tienden a leer lo mismo.

     La pausa le viene muy bien porque nada más salir le rodea y avasalla una marea verde que exige una mejor educación pública. Eso le desconcierta. La marea va toda uniformada y casi todos llevan escrita la leyenda "Educación pública para todos y para todas". No termina de entender: ¿Puede la educación, y en particular la pública, la más noble, ser compatible con la uniformidad y con el "todos y todas"? ¿No debiera ser la educación, y sobre todo la pública, lo contrario de las mareas verdes y de las frases totalitarias de lo políticamente correcto? Pero además, ¿cómo podría una educación ser "privada"?

     O sea que se escapa y sube a su trabajo con ya una cosa en la garganta, y eso que sólo son las nueve de la mañana. Sabe que sus compañeros no le darán tregua acerca de los resultados del partido de fútbol del día anterior entre los dos únicos equipos que juegan este año la Liga y que a la postre vienen a ser como el blanco y negro de la radio. Y no le sirve de nada esperar al fin de semana, como el resto de la humanidad, para respirar un poco y recuperar vagamente un perfil de hombre con biografía y memoria, alguien capaz de componer cuentos, ver metáforas o dibujar, porque sabe que tan pronto salga a la calle a disfrutar del otoño y de las primeras nubes y lloviznas tras el largo desierto azul será devorado y asimilado por una maratón de corredores. O de ciclistas. O de motoristas uniformados de rebeldes y exhibiendo marca de moto como si fuesen los tatuajes de un rebaño. O de papistas. O de ombliguistas llevando banderas y carteles con grandes, enormes ombligos como reivindicación y programa. O de manifestantes a favor del blanco o del negro, en todo caso jamás a favor del gris, el gris es alérgico a las manifestaciones...

     Y visto que le ha cogido miedo a su pantalla, precisamente porque se llama ordenador y no se sabe muy bien qué es lo que ordena, ya no sabe adónde mirar.

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla