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Artículos etiquetados con: Educación

No enseñamos libertad

Miércoles 18 Septiembre 2013. Blog

No enseñamos libertad

p.S

Lo más alarmante del debate sobre la educación en España es la casi falta de ese debate en lo que de verdad importa, y en todo caso el desconocimiento general, cuando no tergiversación, sobre la realidad educativa. Baste mencionar la muletilla generalizada de que "esta es la generación más preparada de la Historia", que suena a sarcasmo para cualquiera que se haya acercado a un aula universitaria española: Al menos en las facultades de Ciencias Sociales o Humanidades (no veo por qué en las de Ciencias y en las carreras técnicas la situación sería mejor), no sólo las carencias darían para llenar bibliotecas enteras de antologías del disparate, como siempre y en todo lugar, por otra parte, sino que se detectan limitaciones de verdad preocupantes por su trascendencia en el tipo de sociedad que nos damos. Y en concreto serias limitaciones en dos talentos cruciales: la capacidad de abstraer o pensar ideas; y la capacidad de imaginar. De imaginar de verdad, no simplemente traducir a otros nombres y escenarios la propia realidad del joven. Y ello con independencia de la inteligencia de los alumnos, que como sucede con los jóvenes, suele ser alta.

    Y sí, no parece que sea muy difícil encontrar las causas de tan alarmantes carencias: sin duda alguna, y en buena parte, un menosprecio evidente de las humanidades, y en concreto una postergación cuando no supresión de la filosofía y la literatura. Baste mencionar que la literatura se enseña en los colegios en la misma asignatura que la lengua, con la evidente priorización  de ésta por ser, a fin de cuentas, la más práctica. El resultado es que los alumnos españoles de hoy no saben -estos son ejemplos reales de aulas enteras- quiénes eran María Zambrano, Azorín o los caballeros de la Mesa Redonda. Según mi experiencia, estudiantes españoles con buena nota de acceso llegan a la universidad sin tener algo parecido a un comienzo de formación en literatura, redacción o filosofía, y padeciendo una dolencia intelectual que yo llamo la literalidad.

     Todo esto no pasaría de ser la habitual jeremiada de algunos profesores o viejos propensos a quejarse del presente comparado con el pasado, pero lo cierto es que se trata de algo en verdad alarmante. Pues sucede que son las capacidades de abstracción y de imaginación las que definen al ser humano, y que de ellas está hecha la libertad.

(Publicado en la revista "21", agosto 2013)

Víctimas de nuestra guerra

Miércoles 22 Mayo 2013. Blog

Víctimas de nuestra guerra
p.S
"...le hacían el regalo del continente de otra lengua..."

Parecía que había llegado al mundo mirado por los dioses, como los héroes de antes. Nacido en una familia no demasiado rica, pero liberal, Leandro fue enviado a un colegio bilingüe, donde desde la misma puerta le hacían el regalo del continente de otra lengua y todo lo que eso lleva aparejado. Tuvo un abuelo ajedrecista, que le inició en la geometría y la lógica desde los cuatro años. Una maestra con el don, que desde muy temprano le puso en el camino de la búsqueda de la belleza, la única belleza posible. Una profesora exótica de Historia, que se la comenzó a enseñar con gracia y relacionando unas cosas y otras, incluso las bastante lejanas entre sí. En su colegio eran tan buenos en lo suyo que hacían de las matemáticas una diversión y, convencidos de que el latín y el griego no eran antiguallas, ni podían serlo, enseñaban a los niños a distinguir las fuentes y el duende, no sólo de su propio idioma sino de los vecinos, de forma y manera que no eran raros los políglotas a los dieciocho. La literatura, como consecuencia natural de todo ello, era un modo de vivir, un placer buscado.

    Pero no era tanto una cuestión de excelencia en los profesores pues también ahí se colaba de vez en cuando algún sujeto que parecía haber elegido la docencia para tener garantizada la siesta, o para torturar mejor e impunemente a más pequeños y débiles que él. Esas licencias en apariencia peligrosas tenían por objeto recordar, como un espantapájaros, que la mediocridad existe y existirá siempre hagamos lo que hagamos, y es necesario mantenerse alerta. Lo importante es que por alguna razón ese sistema hacía crecer a los estudiantes, hilaban más finamente las ideas y  eran mejores personas.

     Bien: hasta aquí el cuento de hadas, el guión de la película para uno de esos telefilmes de después de comer y que no cuelan ni untándoles un poco más de aceite. En realidad Leandro se llama Manuel, o Almudena, o Josemari, y puede acudir, o a un colegio de curas donde le enseñan catolicismo antes que matemáticas y le eligen lo que debe leer en función de si es o no un ejemplo en su camino de conversión en un ciudadano dócil y buen padre de familia, o a un colegio laico pero políticamente correcto donde le enseñan que es más importante decir alumnos y alumnas que hablar bien el castellano y de acuerdo con la primera ley de todas, que es la economía del lenguaje. En este colegio la Historia pasa por detrás de la historia y geografía patrias (léase la definida por la palabra nosotros, aunque no seamos muchos), y el aprendizaje de los clásicos -¿clásicos? ni siquiera se reconoce ese concepto imperialista y colonizador- va por detrás del de  todos los hombres y mujeres, grandes o mediocres, no importa, que ha producido la aldea. La literatura es por tanto, no un sistema feliz de vida, sino apuntes amarillentos de profesores que se ganan la vida con ella como podrían ganársela dando clases en una autoescuela. Los profesores brillantes están prohibidos, pues su ejemplo y enseñanza es elitista, y eso no es solidario, hay que llamarlos profes porque así no resultan impositivos, y a ser posible han de ir vestidos de profes: todo el mundo sabe cómo es eso.

    En consecuencia el talento o tan siquiera una personalidad un poco acentuada entre los estudiantes se mira con ojos suspicaces, no vaya a resultar que ese chico  termine en individualista. Es fácil deducir que en las actividades extra escolares se rodean con cuidado territorios peligrosos como la caligrafía china o el teatro (el teatro bien entendido es casi sinónimo de subversión), y que se premian los deportes sociales y de equipo, es decir el fútbol. En las proyecciones del cineclub se suele elegir Almodóvar, en segundo lugar Almodóvar -y no tanto por cineasta sino por ganador de óscares en Hollywood- y si no es posible, entonces cualquiera de los múltiples cineastas brillantes del cine nacional, que además con ellos no hay que leer subtítulos. Los idiomas, aunque oficialmente prestigiados, son en realidad sospechosos pues alejan a los estudiantes de sus raíces y las raíces, ya se sabe, son sagradas.

     No se crea que este segundo sistema bicéfalo, el real, es una opción. Una elección. En realidad es lo que queda después de que una potente y antigua consideración de la escuela como lugar de adoctrinamiento religioso, social y económico compite -y compite duro desde hace muchos años- con una más joven pero no menos potente consideración de la escuela como lugar de adoctrinamiento de ese potpurri de ideas más o menos bien intencionadas y vagamente civiles, por llamarlas algo, el llamado pensamiento único o políticamente correcto, que poco tiene que ver con la, ya ni siquiera excelencia, sino simple eficacia educativa. Y sí, el resultado es y seguirá siendo durante años eso que se puede ver con tan sólo asomarse a la ventana: generaciones enteras de víctimas que ni siquiera pueden acudir a Europa a competir en igualdad de oportunidades con quienes no cesan de decirles que son sus iguales. Tanta ineptitud pedagógica debería ser delito pero, mientras sigamos padeciendo a estos incombustibles contendientes, atrincherados en su verdad desde hace siglos, no parece que exista la menor posibilidad de que llegue a serlo. Entre otras cosas porque los dos bandos son también propietarios del Código Penal.

El origen de todo el desastre

Martes 19 Marzo 2013. Blog

El origen de todo el desastre

...sin saber si "escrúpulo es un grano purulento" o un tipo de atardecer...

Y ahí estás, sentado entre 14.000, sin saber si escrúpulo es un grano purulento que te sale en el cuello o un tipo de atardecer, que ambas cosas te suenan, ni dónde exactamente está Pamplona sobre el mapa. Una situación incómoda, cierto, y hasta absurda, pues si lo han puesto ahí es porque es algo que deberías saber, y si no, es más que probable que suspendas la oposición a maestro. ¿Cómo no vas a saber lo que ha de conocer un niño de doce años? ¿Te imaginas? Qué se hace cuando a uno le corrige un niño de doce años. Todavía en la universidad, entre adultos, vale, pero ¿un niño? O sea que escribes algo que te suena más que otras cosas: "Escrúpulo: atardecer", y pones a Pamplona formando un triángulo con Santander y Bilbao y unos milímetros alejado de la costa. Porque está en el norte, eso seguro.

    Todo el mundo parece muy concentrado en las preguntas del test pero tú te das cuenta de quiénes disimulan en torno a ti. ¿Esa chica con flequillo que finge ir a toda velocidad? En realidad no está marcando, sólo recorre las casillas con el lápiz, pero sin señalar nada. Y si lo hace, borra a continuación. Se le ven los nervios a distancia, ignorante también ella de la diferencia entre basta y vasta. A ti jamás se te habría ocurrido que existen dos basta. Bueno, una será la hermana mayor de la primera. Ahora bien: ¿cuál? Tal vez la de b alta... Pero no siempre es el caso: tu hermano mayor, por ejemplo, es más bajito que tú.

     Aunque sabías desde el comienzo que no iba a ser fácil, pues sois 14.000 candidatos, y sólo para Madrid, no se te había ocurrido que la dificultad no viniese del número sino de no saberse los contenidos. Esto es: lo que significan las preguntas, sobre todo tratándose de oposiciones a maestro. ¿Acaso con los niños de lo que se trata no es es de tenerlos tranquilos mientras sus padres vuelven del trabajo (si lo tienen)? Y sientes un sobresalto: ¿Por qué no sabes qué provincias cruzan el Duero, el Ebro y el Guadalquivir, si es tan fácil que hasta un niño de doce años lo contesta? Por qué no lo sabes, ¿uh?

    Y, como desde una atalaya, ves todo ese valle verde que ha constituido tu educación, lleno de profesores con buen rollito y facilidades, muchas facilidades para que el estudiante no se traumatice (y dé más problemas de los necesarios). Todos esos ministros de Educación empeñados en que un estudiante con cuatro suspensos puede pasar de curso sin que eso perjudique al grupo ni le perjudique a él. Esas facultades en que los estudiantes pueden ir esquiando entre profesores que dan aprobados casi colectivos, y sin el casi, con el sabio criterio de que "ya los suspenderá la vida" (que en cambio permitirá que el aperitivo de los profesores transcurra tranquilo y sin sobresaltos). Esos planes de estudios organizados en torno a la construcción de una patria autonómica -"como el trozo de Ebro que nos corresponde (porque tenemos un trozo de Ebro... ¿no?)"-, delegando lo demás a un extranjero medio vacío y difuminado en el mapa. Por eso escribes "Valladoliz", esa es la consecuencia última de haber estado escuchando durante un par de décadas que es "una ciudad llena de fachas" en lugar de la ciudad de Miguel Delibes. Luego pasa lo que pasa. No es fácil que alguien que haya leído uno o dos libros de Delibes escriba luego "incapie" o "bolcan", como escribirías tú si tu ordenador no tuviese un corrector ortográfico.

     De modo que ahí estás, mirando el test con insistencia, confiando en que las respuestas te vengan de lo alto. Pero pocas cosas te suenan. Y eso que has invertido días y días, a razón de cuatro horas diarias, viendo la televisión. ¿Por qué no hacen tests televisivos, de cultura general, es decir lo que sale en la tele? Qué es lo que le importa a los niños. ¿Y a los adultos? La educación debería ser sobre lo que le importa a la gente, piensas, no sobre lo que le importa o oscuros y perversos fabricantes de tests, que lo único que quieren es dejar en un ridículo cósmico a 14.000 opositores y cargárselos a todos. Aunque no muchos parezcan haberse dado cuenta. Es lo que pasa con los muros autonómicos. Pretenden ser autosuficientes pero impiden ver un poquito más allá.

  • Pedro Sorela

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