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Artículos etiquetados con: Cuentos de la crisis

Héroe en blanco y negro

Jueves 27 Febrero 2014. En Blog

The New Yorker.

Cuando menos se lo esperaba se ha encontrado en la calle.  Es cierto que hoy en la calle se puede encontrar casi todo el mundo -casi, porque con algunos es definitivamente imposible imaginarlo-, pero en su caso a él ni se le había ocurrido. ¿En la calle después de haber sido reconocido y saludado como un héroe tantas veces y por tantos?

     Aunque "encontrarse en la calle" puede prestarse a confusión. Suena a policías o ujieres de un banco hipotecario, armados de tenazas, forzando el candado de tres duros de una puerta para echar al frío a una anciana que no ha podido pagar una letra de 100 euros. (¿Truculento? ¿Melodramático? Lea el periódico). Y no es el caso. Que nadie piense en esbirros de la Gran Banca cogiendo a alguien del cuello y el cinturón para arrojarlo a un callejón oloroso a pis de gato.

       Ha sido, es más sutil que eso.

       ¿Qué fue lo primero? Difícil elegir entre toda esa gente que ya no cruzaba desde el otro lado de los cocteles para venir a darle la mano y los progresivos "está reunido" que le comenzaron a saludar en no pocos teléfonos cuando llamaba para hablar con alguien que, quizá, le pudiese ofrecer trabajo. De pronto, un día, todo el mundo comienza a estar reunido para alguien. Y nadie de todo ese todo el mundo pone la cara. Para eso tienen secretarias entrenadas en silencio en las Altas Escuelas de Dirección.

       ¡Pero cómo! ¿También a él...?

       Sí, también.

       Y eso por no hablar de los correos sin respuesta. Hubo un tiempo en que una no respuesta a una carta, una nota, suponía o la ruptura de relaciones (y la devolución de las demás cartas, anudadas con una cinta de terciopelo) o un duelo al amanecer en el Parque del Oeste bajo la nieve. Pero hoy la no respuesta es una respuesta prevista -la más usada, quizá-, y no importa el número de ofendidos. De coroneles que no tienen quien les escriba.

      Todas esas no respuestas en el correo y y todos esos "está reunido" no son más que las autorizaciones para que otros se den el lujo de rechazarle. Ya se sabe: lo de las ratas y el barco. El fabricante de tintas se las niega, y no importa lo fiel que haya podido ser a ellas durante décadas, haciendo famosos los colores de su uniforme único. Ahora, le dice a modo de excusa, apenas puede fabricar las que necesita la gran industria electrónica. Hay muy pocos tableros y casi ningún taller de dibujo, como no sea el del Círculo de Bellas Artes, pero allí sólo dibujan a gente desnuda y por alguna razón la gente no quiere héroes desnudos. Tampoco encuentra quioscos amigos, y Carmen, la quiosquera inteligente de la calle Concha Espina, le explica que no es nada personal y que bastante tienen con intentar sobrevivir vendiendo diez periódicos menos cada día (300 cada mes, 3.650 cada año).

      ¿Pero y los lectores?, pregunta. Está inquieto y hasta lleno de vida. Todavía no puede hacerse a la idea, como no se la hacen tres de cada cuatro sentenciados.

       Bueno, los lectores se han pasado a los WhatsApp, porque es el trending topic global, y también a las instrucciones de uso de las nuevas tabletas, que ahora miden los latidos de la sangre y te dicen cuánta lluvia caerá dentro de cuatro días en el patio de tu casa. Muy prácticas informaciones con las que nuestros abuelos ni soñaban y que por lo visto son la sustancia de la nueva felicidad.

       ¿Y ni siquiera el dibujo importa? Aunque no lean, antes muchos niños se iniciaban en la lectura viendo primero los dibujos y luego, cuando ya los tenían muy vistos, por pura curiosidad se ponían a averiguar qué podían decir los globos con las palabras dentro.

       Pero no. Aparte de que habría que revisar la importancia de la letra, que está sobrevalorada, lo que está claro es que leer globitos en un comic es primitivo, arqueológico, casi prehistórico. En las series de televisión, dobladas a todos los idiomas, ya no es necesario. Y además, ¿será preciso decir que las series están mucho mejor hechas que los dibujos, por bien hechos que estén los dibujos? ¿Es urgente explicar la obviedad de que una imagen hecha por ordenador será siempre superior al dibujo de un lápiz humano?

       El héroe lleva semanas de mala alimentación y varios días de hambre, hambre real, de la capaz de morder pieles de plátano, y lo cierto es que ya no tiene ni colores y está dibujado a línea y en blanco y negro. No le queda más remedio que aceptar que tal vez ha llegado el momento de su jubilación. Decide pues buscar una residencia de ancianos para héroes de cómic que ya nadie lee.

       Lo que todavía no sabe es que las residencias de ancianos para héroes de comic fueron las primeras en caer con la Crisis, que en primer lugar y como causa de todo lo demás fue de educación, imaginación, ideas. Y hoy en día son algo tan remoto e improbable que nadie acepta ni siquiera creer que existieron alguna vez.

El dogma de la pureza del autobús 27

Jueves 06 Febrero 2014. En Blog

p.S
"...no está previsto que los autobuses de la línea 27 den eses..."

Aunque luego vimos que había indicios y evidencias por todas partes, no nos quisimos dar cuenta del fraude -y qué remedio-, cuando un autobús de la línea 27, que baja por la Castellana, comenzó a hacer eses y terminó anillando uno de los grandes castaños del paseo del Prado. Dos muertos y treinta y pico heridos. Bueno, ¿y cuál es la novedad? Es lamentable pero con autobuses estrellándose están escritos los periódicos. La novedad es que no estaba previsto que los autobuses de la línea 27 den eses, y menos con las ruedas intactas. Los 27 están conformados para andar solo en línea recta, subiendo y bajando la Castellana hasta el final de los tiempos. Su volante está bloqueado y solo sirve para apoyarse, en largas jornadas de monotonía e impaciencia, cuando el carril bus está atascado. Y, para evitar frustraciones y tentaciones, el conductor ha recibido un adiestramiento para solo frenar y acelerar, y ni siquiera sabría coger una curva leve.

     Al principio se pretendió pasar por encima, como con los demás accidentes, y reducirlo a estadística: "Tantas personas han muerto este fin de semana en las carreteras, lo que, siendo muchas, son tantas menos (o más) que..." etcétera: el truco periodístico habitual para no tener que pensar en ello y que la visión de los cuerpos no nos estropee el telediario mientras comemos. Pero esta vez uno de los heridos, que se había quedado sordo al clavarse en el tímpano una aguja de tejer de la señora que iba en el asiento de enfrente, decidió hacer del accidente una Causa y demandó a la compañía: "El conductor -dijo- dio una curva. No solo una, dio muchas".

    La investigación no pudo demostrar este extremo pero -con la complicidad de La mañana de Madrid, un diario valiente que tituló: "Hacía eslalom por la Castellana"-, sí que el conductor sabía dar curvas. Y que el autobús también. Era falso que hubiese sido creado, al igual que toda la línea 27, para subir y bajar en línea recta.

     Hacía tiempo que no trascendía un fraude de ese calibre y, poco a poco, por exigencias de su público, a la prensa no le quedó más remedio que dejar de cubrir ruedas de prensa sin preguntas y continuar con las revelaciones. Así se supo que hacía por lo menos medio siglo que los castaños del paseo del Prado carecían de licencia para estar ahí, y menos para seguir creciendo. Y un reportero que se subió a uno de ellos para escribir un reportaje sobre "el techo de Madrid" hizo la revelación: desde allí se veía una suerte de obscenidad gigantesca que sobresalía por encima de la Puerta de Alcalá, violando cualquier sentido estético urbanístico mientras jorobaba las armonías de El Retiro. Y al parecer nadie la había visto: las pomposamente llamadas Torres de Valencia. Un escándalo enorme... si bien transparente.

     Lo que a su vez condujo al inquietante descubrimiento de que muchos edificios de Madrid habían sido diseñados por arquitectos, sí, pero al dictado de constructores con un colmillo de oro, cuando no de diamante, y muchos amigos en el ayuntamiento. Lo que no habría tenido tan grave importancia de no ser porque, hechas las investigaciones -todo esto iba tomando tiempo y periódicos, no crean-, trascendía que esos constructores y ayuntamientos no sabían dibujar. No sabían leer. No conocían la historia, y ni siquiera habían oído del Partenón de Atenas y la proporción áurea. No sabían nada. ¿Cómo era pues posible que les encargasen así fuese la caseta de un perro? Ni siquiera, porque los perros tienen algo que los humanos no, y salvo casos, en general son insensibles a prepotentes horteradas como las Torres de Valencia.

    Al galope ya de la verdad, cuya búsqueda y construcción crea vicio, los periodistas atacaron por ahí y, tras unos cuantos hallazgos irrelevantes, descubrieron que los constructores y ayuntamientos no eran excepción y ya casi nadie sabía qué es la proporción áurea. No ya los constructores sino nadie. Tampoco los arquitectos sabían del Partenón ni de Atenas, salvo las manifestaciones que contaba el telediario, ni de historia, ni dibujar, ni leer, como no fuesen los millones de mensajitos urgentes de los móviles, que tenían el poder prodigioso de estupefactar a la gente ante ellos como gallinas ante una línea recta.

     Lo que explica que nadie relevante leyese las revelaciones de los periódicos y todo el mundo siguiese creyendo en el dogma de la pureza  primigenia de los autobuses de la línea 27, que no conocían la curva, y así los siguiesen tomando con toda tranquilidad. Como tantas otras cosas incomprensibles. 

  • Pedro Sorela

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