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Artículos etiquetados con: Cuento

Ladra di cani

Por: Pedro Sorela Domingo 13 Marzo 1983. En Cuentos

Llueve. Llueve sobre las afueras de Roma y Annalisa escarba la cerca confiando en llegar hasta Panda antes de que alborote. Llueve. Annalisa se aparta el pelo de la cara con el reverso de la mano y se pinta de barro. No le importa, ni lo piensa, está pendiente de cavar lo suficiente para poder pasar. Llueve, llueve sobre Roma. «Tranquila, Panda, tranquila», musita de cuando en cuando. Y cava con las manos.

En la casa la fiesta continúa, más sosegada. Las voces han ido bajando el volumen, aún se oye alguna carcajada, suena un bolero. Deben de estar bailando, piensa Annalisa, y se imagina dos o tres parejas dispersas por los sofás, dos o tres parejas bailando en el amplio salón, todos pensando en lo mismo. Ha reconocido los coches de Paola, Giancarlo y Alberto en el porche de la entrada, además de otros dos, y se imagina las chicas que han llevado maniquíes intercambiables, azafatas de revista, infelices. Varias se quedarán a pasar la noche.

El foso es ya casi suficiente y Panda, que siente la cercanía, gime con más fuerza. «Tranquila, Panda, tranquila», musita Annalisa, y araña la tierra, ya no piensa en quitarse el pelo que se le pega a la cara. La tierra arenosa se escurre por el agua, a cada rato tiene que empujarla más atrás.

Atrapada en el esfuerzo, Annalisa no ha oído la llegada de otro coche

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    Por: Pedro Sorela Martes 14 Abril 1981. En Cuentos

    Él, L.P., periodista cansado, viajaba al norte tan pronto como podía, con la desesperada intuición de que sólo el viaje ­­­–el viaje al norte, París, Londres, Roma, a veces Berlín– podía devolverle de cuando en cuando, como los plazos de un crédito, la sangre que tenía que ir invirtiendo día a día en su periódico.

    Ella, A.N., alta, morena, pómulos de eslava, iba todas las tardes con su hijo a los jardines de las Tuilerías, pasaba las mañanas en la silenciosa sección de arte de la Bibliothèque Nationale, y se transformaba por las noches en compañía, adorno, baza decisiva en la veloz carrera de su marido como alto cargo de una multinacional de ordenadores. París a los 39 años, nada menos.

    Octubre fue para él, como siempre, un alivio. Al fin un poco de fresco, noches más largas y ya no las infinitas tardes de agosto, regreso de Madrid a su verdadera naturaleza de ruido y atasco y conflicto en lugar del escenario fantasma en cuyo silencio destaca más la radio del vecino superviviente. A ella, danesa de Skagen, una península donde rebota la luz de dos mares, octubre la ponía en un estado de exaltación parecido al del estudiante que después de tres meses de tedio de playa, discoteca, oye fascinado los engranajes de su cerebro al ponerse otra vez en marcha.

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    Por: Pedro Sorela Lunes 14 Abril 1980. En Cuentos

    Esa noche conduje de nuevo a 40 por hora, pues no había podido recoger mis gafas nuevas y seguía con las de sol. Entre no ver nada y ver poco y oscuro prefiero lo último.

    De haber sido más prudente, de haber cogido un taxi, ¿la habría visto? Seguramente no. Es indudable que el taxi hubiera marchado más aprisa, pero apenas circulan taxis frente a la fábrica, a las dos de la mañana, y hubiera pasado más tarde por aquella plaza. Ya se habría ido.

    Y caso de no haberse ido, caso de seguir ahí, agarrándose el vestido por el cuello y mirando al horizonte, ¿habría podido parar, de ir en taxi? Sé que no. Es obvio que no es lo mismo ir en taxi que en coche. Ni se me habría ocurrido. Además, ¿se imaginan? «Oiga, pare el coche que veo una viejecita extraña».

    Sí, es probable que ni la hubiera visto. En los taxis se habla e fútbol, de calor –hacía un calor demencial–, de si se trabaja mucho o poco por la noche. Se tiende a mirar al conductor, o mejor a sus ojos en el antifaz del espejo, de forma que uno no mira el paisaje; sería de mala educación. Tampoco habría llevado mis gafas negras: ¿qué hubiera pensado el taxista?; ni siquiera habría aceptado a un individuo con gafas negras, a las dos de la mañana, a la salida de una fábrica. No hubiera podido ver ni el paisaje, ni a la viejecita, y caso de adivinarla no hubiera podio percibir el detalle de que se sujetaba el cuello y miraba el horizonte, como perdida.

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