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Artículos etiquetados con: Crónica ficción

Perdemos lastre

Jueves 12 Diciembre 2013. En Blog

p.S
"...pero ya no el 6 X 6"

 Sí parecían más ligeras, las maletas, cuando al fin surgieron en la cinta de equipajes, pero no dije nada. Ni siquiera me detuve a mirar las caras de otros pasajeros: tanto ellos como yo salíamos con prisa en busca de un taxi, como se hace siempre en los aeropuertos, quién sabe a qué se debe esa impaciencia por llegar.

     -¿Ha ocurrido algo?, le pregunté al taxista cuando ya enfilábamos por la Avenida de América.

     - Algo como qué, me preguntó con la vaga desconfianza taxística habitual.

     Tenía razón, yo también desconfiaba: La fila de taxis en Barajas era tan larga como siempre pero no había policía, y una viejísima mafia de taxistas corruptos habían vuelto a sacar las navajas para pelearse por los pasajeros, a ser posible los asiáticos: son los que no se extrañan de pagar 100 euros por un trayecto.

   No le dije que desde el aire Madrid me había parecido más pequeña, o mejor, más leve, el tamaño de una ciudad es tan relativo...

   Pero lo confirmé esa misma noche, en la cama. Aunque yo no soy particularmente alto, los pies tendían a desbordar el edredón, como si yo fuese un Gulliver jugador de baloncesto. Antes, en el comedor, la cena me había parecido, más que escasa, mezquina, que es peor. Como si hubiesen echado agua a la sopa y sacado los congelados de la nevera en lugar de esforzar la imaginación al abrir la despensa.

    No podía saber que todo eso no eran más que anuncios, y a medio gas, para no asustarme. Cuando en los días siguientes ya había comprobado todos los restaurantes que habían cerrado por la crisis, y las librerías, y todos los libros que ya no se podían encontrar, y los cines con monotema y no digamos ya los teatros, un día me encontré con que una dependienta -muy bonita, por lo demás, aunque de una belleza un poco publicística- se hacía un lío con los cambios que me tenía que dar tras una compra.

    - Usted perdone, terminó por decirme, pero es que las matemáticas nunca fueron lo mío. Yo soy de letras.

    - Bueno, existen las calculadoras, los móviles...

    - Ya, me dijo; es que la dirección nos los tiene prohibidos porque hablábamos demasiado por WhatsApp.

     Podía comprenderlo mas esa no era razón para que nos venciese una sencilla operación aritmética.

     Y ese fue mi primer hallazgo serio: como fui comprendiendo poco a poco, la chica se sabía la mitad de sus matemáticas. No es que no se supiese las tablas de multiplicar del 7 y el 8 (yo mismo sigo teniendo dificultades con la del 8), no: lo que sucedía es que sólo se sabía la mitad de las tablas: hasta el 5 X 6, por ejemplo, pero ya no el 6 X 6. Hasta el 8 X 4..., y ya no el 8 X 6 (y mira que es fácil).

     Una cosa muy rara que se fue confirmando a continuación, y a toda velocidad. Como si una vez desvelado el secreto ya no tuviese sentido seguir manteniéndolo. Por ejemplo: No era cierto que la chica fuese de letras, era sólo un modo de hablar. ¿Cómo iba a ser de letras si -según me confirmó en una conversación- en el último año no había leído un solo libro, y el año anterior tan sólo uno de los volúmenes de 50 sombras de Grey?

    - ¿No te gustó?

    - Mucho. ¿Por qué piensa que no me gustó?

    - Como sólo leíste uno de los volúmenes...

    - Bueno, este año pienso leer otro.

    No le dije que ya estábamos en diciembre y que más valía que se diera prisa porque justo en ese momento, como si se hubiese despejado la niebla de diciembre que cubría la ciudad, comencé a ver que la ciudad sí había disminuido, como mi maleta. No es que hubiesen comenzado a menguar o desaparecer edificios, o arcos del triunfo, o bancos en los parques: nada de eso, y eso sería además demasiado fácil. Tampoco había perdido nada al abrir mis maletas. Tan sólo me pareció que los libros que llevaba habían perdido peso.

    Lo que quiero decir es que -no quedaba más remedio que verlo de frente- la gente había comenzado a perder lastre en la cabeza. Lastre es la palabra pues  parecían muy contentos con quitarse peso inútil y encontrar todo lo que necesitaban en la Red y en Wikipedia. Lo primero que habían comenzado a perder era la memoria pues quiero creer que esa chica alguna vez se supo la tabla del ocho -si no, no la habrían dejado pasar de curso, ¿no?-, y alguna vez escuchó quién fue Hernán Cortés, de lo que ahora no tenía ni la más remota. (Cortés fue uno que quemó sus barcos para no tener la tentación de regresar).

     Pero ya no se trataba de la memoria. Otra cosa que estaban perdiendo o habían perdido ya era la imaginación. La prueba es que nadie me preguntaba por qué había visto o qué había hecho en mi viaje, y eso que le había dado la vuelta al mundo. Parecían muy felices con los límites de la ciudad, que además -me pareció deducir de las conversaciones-, que además iba encogiendo.

      Lo que me confirmó que vivíamos un proceso de desaparición, y quién sabe si extinción, fue que ya muy pocos, y pronto nadie, comprendían ciertas ideas, palabras, abstracciones que eran habituales cuando yo era joven, y que no puedo traer aquí pues el corrector de mi teclado no me deja. Las escribe en rojo y cuando insisto se niega a dejarme avanzar. 

              

Horas distintas en Atocha

Miércoles 24 Octubre 2012. En Blog

p.S Atocha bajo la llovizna
´"El reloj andará retrasado"
-"¿Los dos?"

   - ¿Qué hora es?, le pregunté a Manuela cuando salimos. Ella se giró hacia el reloj de la Estación de Atocha.

   - Las doce menos veinte, dijo.

   Chispeaba un poco pero ni merecía la pena desplegar el paraguas.

   - No entiendo nada, dije.

   -¿Por?

   Le expliqué que cuando habíamos entrado en el Reina Sofía eran las once y diez en ese mismo reloj. Y entretanto nos habíamos visto una extensa exposición sobre los años treinta: realismo, fascismo, surrealismo, cartelismo y el resto de todo el bazar.

    - Bueno, andará retrasado, dijo Manuela.

    - ¿Los dos?, le dije mostrando el otro reloj, en la torre cuadrada, en uno de esos alardes de arquitectura y alcaldada que se pueden apreciar en Madrid a simple vista. Y como el otro reloj también marcaba las doce menos diez noté cómo se quebraban un poco las delicadas cejas de Manuela, y resaltaban todavía más sobre ese cutis blanco, casi, de geisha, que me gusta tanto.

    Entonces comprobamos que su reloj marcaba la una y cuarto, y una señora japonesa a la que le preguntamos por señas -seguro que era japonesa: se vestía con una elegancia sutil pero evidente- nos mostró un reloj tan refinado que tuvimos que confirmarlo:

    - ¿No marcaba las dos y pico?

    - Sí, me dijo Manuela, ya divertida con todo ese baile de las horas.

    Durante un tiempo estuvimos esperando por Atocha a que terminase de pasar una procesión de gente trotando a paso corto, como lo hacen en el ejército o al menos en las películas. Todos ellos iban vestidos con vaqueros que les llegaban hasta el pecho. Sus pancartas explicaban que la carrera era para apoyar la industria del vaquero murciano, y por eso lo habían alargado para convertirlo en mono. No teníamos prisa y esperamos con paciencia a que pasaran, pero algo me hizo recordar ese episodio y el de los relojes -¿cómo llamarlo? ¿accidente?, ¿anuncio de tormenta?, ¿profecía?, ¿diagnóstico?...- en la exposición sobre Blake y sus contemporáneos que fuimos a ver a La Caixa a continuación. Allí se apretaba medio a oscuras una muchedumbre como si fuesen a repartir algo y no fuese aún la hora de comer. Nada especial, ese es el paisaje acostumbrado de La Caixa y en especial si es el último día de una exposición, pero más aún que en otras muestras de arte -se trata de un fenómeno todavía innombrado-, éramos nosotros, y no Blake, quienes parecíamos de museo.

    Quiero decir, éramos nosotros, la muchedumbre amorfa del domingo en el museo los que parecíamos invariables, idénticos a nuestros abuelos y a los abuelos de nuestros abuelos que ningunearon a Blake porque pensaban que era un raro, que es el adjetivo que se aplica a los artistas cuando su habilidad no es discutible y no pintan lo que está previsto que pinten. Cuando crean y tienen ideas propias, que era el caso de Blake: un escritor, además, un visionario y un místico con una religión personal, más o menos auto revelada con mimbres de las otras y sus propias visiones. ¿Existe algo más subversivo que eso? Y quien dude que sus visiones eran tan concretas como árboles, como rocas, como montañas, que vea cualquiera de sus cuadros: es evidente. Nadie puede inventarse el fantasma de una pulga si no lo ha visto. Es un hallazgo pictórico portentoso... y también teatral. Tal como él propugnaba -y a mí me convence-, es algo que revela más del interior del artista que del exterior que supuestamente refleja.

      Pero no nos distraigamos: lo peculiar de la exposición de Blake - uno de esos autores cuyas sugerencias aumentan con el tiempo-, es que de algún modo nos remitía, a nosotros, a la muchedumbre, al Reina Sofía situado a unos doscientos metros de allí: A la exposición de los años treinta.

     Y allí, nos volvíamos a encarnar en las muchedumbres propias de esos años, entusiastas con el surrealismo pero también con el futurismo. Encantadas con las Ferias Internacionales -un cartel enternecedor proponía una "vuelta al mundo en un día", y reflejaba las cuatro razas arquetípicas e ideales-, pero arrastrando lastres medievales y dirigiéndose, en ocasiones con entusiasmo, hacia el fascismo. En ese día raro, con los relojes retrasados en horas distintas, éramos nosotros los que parecíamos la exposición de los años treinta.

     Al salir nos encontramos con que una cadena de gente cogida de las manos nos impedía pasar. Aunque muchos sujetaban un móvil con el cuello, o se soltaban de la cadena para leer mensajes o teclearlos con pasión, parecían los nietos de las muchedumbres de los años treinta. Todos vestían una camiseta de color azul cielo "en contra de la soledad".

  • Pedro Sorela

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