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Artículos etiquetados con: Cortazar

Ritmo o la escritura bailable

Jueves 23 Enero 2014. En Blog, Sastrería

Campesinos, de Malevich, y creación de arte cinético de Jesús Soto.

Sastrería / El ritmo

No es lo mismo lo que un castellano entiende por ritmo -Azorín, por ejemplo- que lo que entiende, digamos, un colombiano de la costa mulata Caribe (García Márquez). Que a su vez oye algo muy distinto que un mexicano de cultura mestiza (Rulfo). Ni lo que entiende un francés y lo que oye un alemán, aunque sólo sea por las leyes interiores de su idioma y las tradiciones de su cultura: véase la clásica diferencia entre ópera italiana y alemana: Rossini y Wagner. ¿Qué tendrán que ver? Poco. Pero ambas sí comparten algo, y con pasión: sitúan el ritmo, la cadencia, en primer término.

     De forma no tan obvia el ritmo define casi todo, de las artes plásticas al periodismo, y desde el origen: Esa es la definición misma de la lluvia -así llamaban los mayas a la poesía: "sonido de la lluvia"-; de la jungla; de la tempestad: sobre la cadencia de una característica tormenta europea de primavera compuso Beethoven la 6ª Sinfonía, La Pastoral. ¿Qué une a muchas de las vanguardias en pintura? Pues desde el arte geométrico de Malevich al cubismo, el ritmo. ¿Y qué el perio-dismo? Ritmo: un ADN común reúne a los géneros periodísticos, ya sean escritos, de televisión o radio, y es un ADN rítmico. Hasta el punto de que casi podríamos decir que algo no es periodístico si no cumple con esa condición; si no está integrado en una estructura periódica, ya sea la distribución en columnas de una página, el compás de las noticias en un telediario, el formato de partitura de un semanario o los párrafos de un teletipo, por no mencionar ya su estructura interna. Esa cadencia es lo primero que se busca en periodismo, y casi se podría decir que, más que la dificultad intrínseca de un texto -una idea, por ejemplo-, una primera condición para que cierta realidad sea aceptada como periodismo es que sea formulable de una forma sincopada.

     El ritmo es o debiera ser lo primero que percibimos de un texto, y cuando digo "debiera ser" quiero decir que si no lo percibimos, el texto está mal: algo falla. Es pues la primera condición para que un texto sea aceptable, el primer examen, el primer filtro. Saint-Exupéry, que escribía un francés como muy pocos, decía que prefería una falta de francés a una de ritmo.

     Una vez aceptado como eje de casi todo, se descubre que a partir de ahí la discusión es infinita. Pues aparte de algunos autores que se mantienen universales -nuestra melodía interior no se aleja mucho de la de Shakespeare: esa es una de las razones de que permanezca-, vemos que no es lo mismo la cadencia de Proust -la tiene, y de qué manera, una cadencia larga en la que a veces una frase puede ocupar una página- que la de Hemingway, otro que basa su escritura en su concepción cortante y sincopada de la música de la narración. Valle Inclán se leía en voz alta para ver si un texto funcionaba -y su música se percibe desde la primera línea-, al igual que Eugenio D'Ors, que huía de todo ritmo demasiado reconocible. Cortázar habló de su diálogo con el jazz, y en particular con los "takes" o improvisaciones, intuición que gobierna buena parte de su última escritura. Y García Márquez, que nos devolvió la confianza en la música posible de la prosa, ha contado más de una vez que sus influencias vienen sobre todo de la poesía, incluso mala, y sin duda de la música: por decirlo rápido, le ha prestado más atención a la música que ha escuchado que a la literatura que ha leído. En cuanto a Stendhal, al parecer se desayunaba leyendo unos artículos del Código Civil, como ejercicio de sobriedad y de estilo.... y por consiguiente de ritmo. Inútil ir más lejos: no es posible encontrar un escritor de interés cuya obra no esté compuesta a partir de una cierta concepción del ritmo. O mejor todavía, no es posible encontrar una escritura interesante que no tenga swing. Que no se pueda bailar. 

La naturalidad

Miércoles 05 Junio 2013. Blog, Sastrería

La naturalidad
p.S
Cortázar propugnaba escribir como en el jazz.

Sastrería / La naturalidad

Hacia el final de su vida Cortázar defendió alguna vez la necesidad de escribir mal,  o al menos no empeñarse tanto en escribir bien, al tiempo que elogiaba la escritura de takes del jazz (algo así como improvisaciones, que es como se desarrolla el jazz auténtico), y que por propia naturaleza no suelen, salvo excepciones, ser la mejor ejecución posible. A cambio los takes tienen o se supone que tienen naturalidad, algo que no todos los jóvenes aprecian y que sin embargo algunos lúcidos terminan pensando que es lo que de verdad importa. Más aún: si algún artista maduro no lo aprecia, puede considerarlo como la prueba de que su tiempo ha pasado, sin que él forzosamente lo sepa.

      Todo escritor, todo artista joven sabe desde el primer instante que debe preservar la naturalidad en la creación, y por eso desconfía de las escuelas, llámese Escuela de Bellas Artes, Máster de Cine, Taller de Escritura o Facultad de Filología. Y hacen bien en desconfiar pues si no cómo podrían defenderse de todos esos profesores que consideran que lo importante en literatura son las ponencias en congresos con notas a pie de página. Otros no desconfían y es probable que terminen pintando para vender en ARCO o escribiendo para "enganchar" y ganar esos premios que se negocian con los agentes literarios y salen en los periódicos.

     Pero al tiempo no es posible eludir todas esas escuelas. No que yo sepa. ¿Es posible hoy un Rimbaud que todavía adolescente desvió el rumbo de la poesía de su tiempo con un poema llamado Les bateaux ivres?¿Es posible hoy el artista autodidacta que no ha pisado una escuela de Bellas Artes o no le han enseñado algo de informática para poder componer música? Pues confiemos en que sea posible pero también es altamente improbable. Y no dejo de recordar siempre a una prima mía, artista dotada, que ya mayor alguna vez me dijo que de lo único que se arrepiente es de haber pasado por la Escuela de Bellas Artes de Barcelona pues allí había perdido la naturalidad.

     Así las cosas, y puesto que, al parecer, no queda más remedio que entrar en una Escuela de Tauromaquia para convertirse en torero, ¿cómo preservar la naturalidad?

    No se crea, es una de las preguntas más difíciles con las que se puede enfrentar un artista, y adelanto la respuesta: No tengo ni idea. No me sorprendería que alguien propusiese hacer yoga o deporte, comer mucha fruta, leer, leer mucho o ver mucho arte (bueno), viajar, no temer ni al divorcio ni a la experiencia, la vida, dibujar para ver más y a lo mejor hasta escuchar mucha música (buena) y hasta tocarla. ¿Por qué no?

     No tengo ni idea, como digo, y me inclino a pensar que ni siquiera hay unos caminos más recomendables que otros. (Confesaré que a veces, cuando una lluvia fuerte se esfuerza en romper las ventanas del tejado de mi casa, tengo la esperanza de que algunos de los relámpagos de la tormenta sean como GEOS del arte, que se descuelgan por entre las nubes grises, para sacudir mi desidia y recordarme que la escritura, o es tormenta -"la que cambia el paisaje"- o no es).

    Pero a cambio sí tengo algunas ideas -intuiciones, más bien- de lo que, con independencia de si se ha ido o no a una escuela, NO hay que hacer si se quiere conservar la naturalidad.

   De ninguna manera hay que creer que la experiencia, que es condición del arte, tiene algo que ver con coger el punto con cañas, whisky, porros o rayas. La ingenua pero extendida superstición del poeta borracho o colocado, que ha puesto punto final a tantas obras antes de haber empezado.

    Otro momento crítico es cuando el artista decide que será artista en el futuro, pero entretanto es necesario conseguir antes un colchón y un coche. Lo más probable es que cuando lo consiga -si lo consigue y se da por satisfecho, pues los colchones y los coches son insaciables- se le haya olvidado lo que quería, y los domingos por la tarde diga de vez en cuando, mientras mira el fuego del invierno y se acaricia los dedos torcidos por el exceso de timidez y una pequeña codicia de clase media: "Sí, yo de joven también pintaba".

     Y lo tercero que tampoco perdona -y termino de momento aquí la lista, para no asustar- es cuando el artista decide que hay que transigir con la época, y adaptarse al gusto del público, y prestarse a ganar premios y medallas que todo el mundo sabe son corruptos y pactados previamente pero nadie dice nada. Ahí, qué duda cabe, ahí termina la naturalidad. Como mínimo.

Opinión Riesgo Sal

Miércoles 13 Febrero 2013. En Blog, Sastrería

Madame Bovary según una portada de Livres de Poche.

Sastrería

Opinión: No creo que se lo pregunten pero apostaría a que, si lo hiciesen, uno de los mega computadores que se  preparan para las futuras ciber-guerras diría que hoy circulan más opiniones e interpretaciones que hechos, o al menos hechos relevantes, no sólo números de teléfono. No crean: esa estadística tiene más importancia de lo que parece. Para empezar, que en la era de la información vamos camino de estar peor informados que nunca... entre otras cosas porque creemos lo contrario.

     Una de las sorpresas agradables de viajar a un país tercermundista es percibir el hambre que se respira. Y me refiero al hambre, el ansia de conocimiento. Lo que nos diferencia de ellos no es sólo el nivel de renta y nuestra dieta sino nuestra actitud respecto a la cultura. Nosotros creemos que la inventamos y que la tenemos para siempre, y ahora tendemos a mirarla por encima del hombro, como una suerte de jardín trasero. Ellos, como sabe quien haya dado clases o conferencias en cualquiera de esos países, tienen muy claro que no la tienen, y la desean con unas ganas cuya simple contemplación pone de buen humor. Ocioso predecir quién prevalecerá al final. Prevalecerá quien se mantenga en vida en la cultura.

     Si vamos al matiz concreto, veremos que las páginas impresas están hoy llenas de adjetivos e indignación, pero echamos de menos los sustantivos y los verbos de la pasión de verdad. Quiero decir, montones de escritores se desgañitan arrojando al aire todo tipo de emociones -hoy en España una indignada decepción-, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se inventó una escena de amor cuya fuerza residía en su no descripción, o precisión, como el paseo en carruaje de Emma Bovary con su amante, o como el punto y coma -- ; -- que sugiere  con la potencia de un acuarelista japonés una célebre escena de amor en El rojo y el negro. Qué casualidad que ambos autores -Flaubert más que Stendhal- fueran quienes se rebelaron contra una época parecida a la nuestra, en la que un romanticismo ya exhausto inundaba el mundo con adjetivos sobre puestas de sol y melancolías que en realidad venían a ser pieles viejas de serpiente de las verdaderas pasiones.

 Riesgo: Toda verdadera escritura pasa por el riesgo (véase "coraje"), y esa es una condición inexcusable. La cuestión en esta época, como en todas, estriba en saber cuál es el riesgo y dónde está. Presos de cadenas de imágenes, como la muy romántica del héroe prisionero con una bola de hierro al pie por publicar adjetivos contra este o aquel reyezuelo transitorio, pero poderoso, no nos damos cuenta de que quizá eso, al alcance de cualquier tuitero, sea hoy lo fácil. Y que como sabe un escritor, así sea de correos electrónicos, lo difícil es contar el mismo amor de siempre, por ejemplo, de una forma novedosa y que no resulte artificial.

    Las zonas donde vive el riesgo son muchas y la literatura tiene donde escoger. La experimentación, por ejemplo, tan penalizada hoy, sospecho que por falta de experiencia del lector: pues para poder rebelarse contra algo es necesario conocerlo primero. Y lo que era natural para nuestros abuelos, esto es, un fondo común de lecturas literarias, ha dejado de serlo.

 Sal: Pero me parece que la zona por antonomasia donde se produce el riesgo es lo que llamaré "la sal", el espesor. ¿Cuánta sal admite un texto en estos tiempos ligeros? Y cómo saberlo en una época en la que los lectores, al menos esos que intenta capturar el mercado dictatorial, no entienden el humor de Cortázar o leen con la esquina del ojo a Borges, la más clara de las escrituras, temerosos por lo que creen excesiva complejidad. No lo es. Pero para saberlo hay que haber leído al menos algunos de los libros con los que Borges, la mayor parte de las veces, está jugando.

      La sal. Un escritor que presuponga hoy ciertos conocimientos en su destinatario está jugando con dinamita.

      Todo el proceso recuerda el "regreso al origen" que describió Carpentier. 

  • Pedro Sorela

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