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Artículos etiquetados con: Comunismo

Mar de motos en Saigón

Por: Pedro Sorela Domingo 10 Abril 2011. En Blog

Mar de motos en Saigón
Cuando llegué a Hanói recorrí durante un buen rato las habitaciones libres de mi pequeño hotel “boutique” que había contratado por internet –esto es, un hotel de bolsillo, al margen de las agencias de turismo y sin la obligatoria CNN en la televisión del desayuno–, en busca de aquella que me ofreciera un nivel de ruido aceptable. 

Mar de motos en Saigón

Por: Pedro Sorela Martes 15 Febrero 2011. En Viaje

Un gigantesco atasco, deliberado y feliz. Foto: pS

Cuando llegué a Hanoi recorrí durante un buen rato las habitaciones libres de mi pequeño hotel “boutique” que había contratado por internet –esto es, un hotel de bolsillo, al margen de las agencias de turismo y sin la obligatoria CNN en la televisión del desayuno–, en busca de aquella que me ofreciera un nivel de ruido aceptable. El patrón del hotel me seguía con sumisión oriental y una sonrisa un tanto ambigua, sin querer decirme –de todas formas yo terminaría por descubrirlo, es algo insorteable– que no existe en Hanoi tal cosa como un nivel de ruido aceptable. No en el centro, al menos, donde en un metro cuadrado pueden pasar casi tantas cosas al tiempo como en Nueva Delhi, que ya es decir. Y el centro es la parte interesante de Hanoi. O sea que lo mejor es acostumbrarse a los tapones de cera en los oídos, aunque es mejor traerlos puestos pues en Hanoi, la ciudad que después de la guerra hacía hablar a algún cronista de un “silencio casi sobrenatural” en sus calles ocupadas por los ciclistas, todavía no han considerado oportuno importarlos, o fabricarlos. A lo mejor esperan que el nivel de ruido sea realmente inaceptable. A fin de cuentas apenas ahora se comienzan a despedir de los miles de años de una civilización agrícola en la que, por ejemplo, el rey enviaba a las concubinas rebeldes a tejer seda blanca a un monasterio retirado frente a un pequeño lago que no es difícil imaginar silencioso y casto. Hoy, en medio de la ciudad, el monasterio está cercado por colegios que a su vez bordean el lago, cerrado al tráfico pesado –por lo visto se prefiere el riesgo del agua al de los coches–, y al atardecer, en estruendo, el idioma más universal que existe: niños jugando.

Treinta y cinco años después de la guerra entre el norte de Vietnam y un sur aliado con Estados Unidos, la impresión dominante, en especial en el norte, es que la guerra no ha terminado del todo. Y no sólo porque norte y sur sigan siendo regiones muy distintas, lo que se nota desde el urbanismo hasta el clima. Ni tampoco porque en museos, calles, librerías y demás se sigan presenciando arcaicos ejemplos de una suerte de religión que se creía en decadencia, al menos en política: el culto a la personalidad. En este caso, Ho Chi Minh, el líder que ganó la guerra de independencia de la entonces Indochina contra Francia, y luego inspiró la guerra contra Estados Unidos. Esa santificación laica a caballo de la religión y la publicidad recuerda los viejos tiempos de la Unión Soviética y el Telón de Acero, aunque sin llegar a excesos como la Rumanía de Ceaucescu o la actual Corea del Norte, con la única dinastía hereditaria comunista en el mundo, a falta de confirmar la cubana. Allí se han registrado niveles que ni Orwell pudo imaginar en las peores fiebres de la tuberculosis. Por otra parte, el culto a la personalidad ¿es patrimonio comunista? En la vecina Tailandia el culto es quizá mayor hacia el rey Bhumibol Adulyadej, cuyas imágenes tamaño top model ocupando grandes espacios en Bangkok parecen hacer las veces de un moderno Gulliver vigilando a los pobladores enanitos que se agitan contra la contaminación y los rascacielos en una de las varias ciudades que en el mundo superan los veinte millones de personas.

Comunistas tímidos en busca de los rastros de la Revolución en China

Por: Pedro Sorela Sábado 15 Octubre 2005. En Textos de viaje, Viaje

¿Cómo saber que China es un país comunista? Muy fácil: uno va a la plaza de Tiananmen y se encuentra con larguísimas colas de campesinos con banderitas comunistas, pastoreados por comisarios gritones con megáfono, esperando a saludar a Mao en su tumba. El mismo que, en una descomunal foto retocada de carné, preside la entrada a la Ciudad Prohibida de los antiguos emperadores, una ciudadela que albergaba a diez mil personas, tan exigente con la admisión que, en su día, tan sólo acercarse a ella sin ser socio podía costar la muerte.

Con cuidado se pueden encontrar otros rastros: los (muchos) cochazos negros y con los cristales ahumados de la "nueva clase", inconfundible para quien recuerde los antiguos ZIL soviéticos y de otros países tras el Telón, y que guardan en su interior, como gusanos de seda, a los invisibles guardianes de la revolución. O una asociación de escritores que ocupa en Shanghai todo un palacete art nouveau, incautado a un antiguo "capitalista" (así lo explicó su relaciones públicas con lenguaje tan retro como el palacete), y que edita varias revistas a razón de diez o doce personas en plantilla en cada una. 

  • Pedro Sorela

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