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Artículos etiquetados con: Alfaguara juvenil

Los malos en matemáticas son invisibles

Juvenil. Autor: Pedro Sorela Alfaguara Juvenil, 2014. Páginas: 160. ISBN: 9788468019796 

¿Alguna vez te has sentido invisible? Cuando Andrés llega a Madrid, en el último traslado de su familia, confirma en su nuevo colegio lo que ya había notado: y es que no le ven. Los profesores no parecen creer que existe –sobre todo el de matemáticas–, los otros chicos le llaman por su apellido y las chicas le miran como si fuese transparen

Mis profesores, en el colegio, se dividían en dos bandos: los que se preguntaban cómo había podido fracasar el sistema hasta el punto de permitirme llegar hasta ese curso, y los que salían en mi defensa y señalaban que, por el contrario, yo tenía cierto talento en la interpretación de las metáforas de Víctor Hugo o Chateaubriand, o el humor de Molière y de Ionesco. Estos eran los profesores de Letras. Los primeros, los de álgebra, geometría, física y química, aunque esta última era lo bastante literaria -a fin de cuentas sus fórmulas tenían letras- como para permitirme aprobarla de vez en cuando.

     Hay que tener en cuenta, por si no hubiese quedado claro con la mención de lo que estudiábamos, que yo vengo de un tiempo tan remoto que no había especialización en el bachillerato y había que estudiar tanto letras como matemáticas -ahora lo agradezco, por increíble que me parezca a mí también-, y buena parte de mis profesores no habrían superado los exámenes de la moderna Inquisición Pedagógica: ni el profesor impaciente que nos arrojaba tizas para hacernos callar, con una puntería que le envidiábamos, ni la profesora a la que llamábamos El Moco y que en cierta ocasión le dijo a Moreno (seudónimo): "Moreno, si los gilipollas volasen, usted sería jefe de escuadrilla".

    Pese a que nos ponía notas algebraicas (-3, -4,5 y por lo tanto el cero ya era una conquista), tengo un gran recuerdo de El Moco, y no sólo porque a mí me fuese envidiablemente bien con ella: aprobado justo en medio de verdaderas orgías de notas algebraicas (y eso también sería hoy imposible). Vestida siempre de rojo y negro en homenaje a Stendhal, admiración que me transmitió, aunque muchos años después, la razón más probable de su tolerancia conmigo es que mi apellido tenía tan sólo una letra más que el Julien Sorel, el héroe de El rojo y el negro, y quién sabe si no éramos incluso parientes. Intuyo que era una izquierdista intransigente (en aquel tiempo, en ese colegio los profesores respetaban las cabezas indefensas de los alumnos y no se abrían las gabardinas para exhibir sus ideas políticas) pero nadie como ella me enseñó nunca tanto sobre las sutilezas de la poesía galante ni me inculcó tanto respeto por los clásicos. O mejor aún, por lo que merece serlo. Y sin duda me enseñó más literatura que la que me iban a enseñar luego en la universidad, con grupos, generaciones fechas de edición, trucos todos inventados por los profesores para no cansarse.

     Salvo de alguno, buen profesor por un azar improbable, me temo que no guardo un buen recuerdo de los demás profesores de matemáticas. Porque eran malos. Es cierto que por culpa de los viajes de mi familia yo me había saltado dos cursos, perdiendo ritmo para siempre en la lógica de los números, pero creo que jamás se plantearon ningún problema que no fueran los muy misteriosos que resolvían en la pizarra los buenos de la clase en matemáticas, y desde luego jamás supieron lo que era la pedagogía. Como por ejemplo K., que el primer día de clase deambuló por entre los pupitres pasándonos revista con la narizota roja de un sargento alcohólico, y al llegar a mi sitio, en la esquina más remota del aula, se me quedó mirando con adelantada fruición y me dijo con impecable lógica matemática: "Estás sentado en el puesto que el año pasado ocupaba Fernando Vega. Fernando Vega era un gamberro, y por lo tanto tú eres un gamberro". Nunca la lógica matemática me había parecido lo irrefutable que dicen que es, pero ese día confirmé mis prejuicios.

     Los malos en matemáticas son invisibles, que acaba de salir en Alfaguara Juvenil, trata de todo ello. Leyéndolo despacio y en frío, sí tengo la impresión de estar poniendo ciertas cosas en su sitio, pero no  creo que sea una venganza pues hace demasiado tiempo y mi memoria sonríe, pese a todo. A veces pienso que esos fueron los mejores años de mi vida.

Cambio de amigos

Juvenil. Autor: Pedro Sorela Alfaguara Juvenil, 2005. Páginas: 144. ISBN: 9788420467382

cambio_de_amigos

Irse de la propia ciudad suele ser una experiencia fuerte. Y por razones que no puedo explicar aquí, debería ser obligatorio, aunque sea solo un tiempo. Seguro que se acabarían algunas guerras, que suelen ser discusiones vecinales de ombligos.

Regresar a esa ciudad de la que se partió un día suele ser más fuerte aún. De eso trata La Odisea. Porque se haga lo que se haga, la ciudad ha cambiado. Creemos que volvemos pero en realidad seguimos yendo. Se comprende que mucha gente sea reacia a todo ese tráfico por los mares y los aeropuertos.

Visto que yo he migrado varias veces en mi vida, y eso desde los seis meses de edad, "mi" ciudad es una compuesta por otras varias, no forzosamente cercanas y ni siquiera en el mismo idioma, y además va modificándose -quiero que se modifique- a medida que descubro otras en las que me siento cómodo. Tal vez lo que más me gusta de Madrid, donde vivo desde hace tiempo, es la facilidad con que deja que te marches (vivo a diez minutos del aeropuerto)... y la generosidad sin aspavientos con que te recibe al regreso.

Y no, no debe de ser fácil esa generosa fluidez, a juzgar por la fuerza con que la gente se agarra a otras ciudades, que tampoco se lo ponen fácil para marcharse. Todo eso le ocurre al héroe de este libro, un muchacho que regresa de Barcelona a Madrid, su ciudad, para descubrir que esta ha cambiado. Y él también.

Cuéntamelo de nuevo

Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2003. Páginas: 156. ISBN: 9788434895119

Esta novela se desarrolla en la isla más extrema de Europa, por el lado de las Canarias, y es a la vez una isla y, claro está, una memoria, una nostalgia: La de los veranos que, padre divorciado, pasé en playas y casas de campo con mi hija Inés cuando era niña. Y la de mis propios veraneos eternos, de niño, en las costas de Cataluña y Mallorca, antes de su destrucción por la codicia, la ignorancia y el mal gusto -acaso todo ello es lo mismo- quién sabe si para siempre. Es pues una costa bellísima y áspera, una isla tranquila, como suelen serlo, pero al lado de las simas habitadas por los monstruos. 

Y luego la novela tiene que ver con la única ideología en la que fui educado en mi vida: el odio al racismo. Y no hacía falta que nos educaran pues de alguna forma mi hermano y yo (mi hermano era mucho más político que yo) reaccionábamos contra él de una forma natural desde niños. ¿Sería genético? No sin cierta sorpresa genuina, con el tiempo me fui enterando de que desciendo de Juan del Corral, un dictador decisivo en la liberación de los esclavos en Colombia, y de que mi abuelo, explorador de Guinea y jefe de una de las últimas grandes expediciones de España en África, que bajó hasta el río Níger, dedicó buena parte de su vida y su fortuna a la creación de la Sociedad Antiesclavista Europea, con la escritura de varios libros sobre el tema y un triunfo que, sin retórica, me parece el mayor de la familia: consiguió que los países aún esclavistas -había nacido un siglo antes que yo- prohibieran los latigazos como castigo.

  • Pedro Sorela

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