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Modisto en gris marengo y azul marino

Por: Pedro Sorela Miércoles 24 Julio 2013. En Blog

Modisto en gris marengo y azul marino

... mansiones que todavía quedan como testimonio
de un mundo antiguo y mucho mejor...

No toma café ni bebidas estimulantes.

Lee alguna vez a los clásicos ingleses, pero en general no lee porque la literatura es excitante y por lo tanto peligrosa por sí misma. Algo tiene la lectura que siempre termina llevando la cabeza del lector por terrenos incontrolados.

Lleva una vida ordenada, sin sobresaltos ni divorcios, pues ello podría conducir a un intento de romper con el pasado y la tradición, y en su caso romper con la tradición es lo peor que le puede ocurrir. Una auténtica hecatombe. Lo que sí se permite es fumar casi una cajetilla de Marlboro Light, un moderado alcoholismo de cuatro whiskies al día y un porro o alguna raya de cocaína para entonarse antes de las fiestas. En su caso no es tanto por placer, es que no hay nada como las drogas para impedir el cambio y mucho menos la creación.

Pasea mucho por entre las tiendas y acude a los viejos barrios para inspirarse en las mansiones que todavía quedan como testimonio de un mundo antiguo y mucho mejor. Pero las tiendas de antes van cerrando, en esas casas hay cada vez menos gente como la de antes y van cediendo el sitio a las nuevas clases, que ya no saben llevar el fular como entonces. En cuanto a las tiendas, poco a poco los escaparates han ido obedeciendo, como siempre, a las órdenes tácitas de los grupos emergentes: los yuppies de hace un par de décadas, los ejecutivos agresivos en la era de los banqueros triunfantes, los gays con dinero, que gobiernan el Buen Gusto de ahora o al menos el que marca tendencia (pero no consigue imponerse) en las pasarelas y en las tiendas. Lo que pasa es que es un Buengusto distinto y ya hemos dicho que lo distinto, así sea una onda, así sea un soplo, es lo más peligroso. Lo que comienza con un soplo suele terminar con un huracán en Borneo.

Se va refugiando en el cine. No en el de ahora, lleno de efectos especiales y adolescentes con palomitas -y de todas formas ya quedan pocas salas, y menos que van a quedar con el impuesto que grava el cine como si fuese un perfume de mujer fatal-, sino en el "de siempre". Esa es su biblioteca de historiador, su manantial. Lo único malo es que ese cine es en blanco y negro, y él tiene que deducir los colores. Cierto: sabe perfectamente qué colores combinan en los estampados de los sofás y las cortinas, que las alfombras son casi siempre persas, que las señoras, entonces, iban vestidas de Chanel, con rebecas, faldas de tablas o de tubo, y collares de perlas.

Pero no es eso lo que importa. Lo que a él le importa es conservar el aire, la allure de aquel tiempo para poder diseñar ropa nueva de hombre, una y otra vez, sin que nada, en el fondo, cambie. Y parece una tontería pero no ha sido fácil y se ha ido consiguiendo. Desde hace ya casi un siglo, él y varias generaciones de modistos, sastres y diseñadores idénticos entre sí han conseguido que el hombre se siga vistiendo de azul marino, gris marengo y camisas azul celeste, corbatas de rayas, mocasines y zapatos de ante, abrigos idénticos y jerseys de cachemir extraídos directamente de los anuncios de whisky o golf en Escocia. En ese tiempo hemos pasado de la mula al avión; de las monarquías al comunismo y a la refundación de las monarquías con dinastías de banqueros; de las judías con chorizo a la cocina de diseño; del exotismo al sur de los Pirineos a 60 millones de turistas anuales (y de 1.000 a 7.000 millones de personas en el mundo); de los piojos a la medicina de la felicidad, pero los diseñadores de ropa para hombre se las han arreglado para no cambiar nada y conseguir que nos sigamos vistiendo como nuestros abuelos. El Corte Inglés, Massimo Dutti y Zara parecen extensiones del museo de Antropología. Vestimos (y la gran duda es si pensamos) igual que en la época de Cánovas, de García Lorca y Alberti, de los repeinados de Falange, de los niños bien que volvían de estudiar en Inglaterra y de los banqueros de los 70, que aprendían a jugar al golf para seguir haciendo los negocios de siempre. Nos vestimos con los mismos mocasines que llevaban los personajes de Scott Fitgerald, y El Gran Gatsby no va a conseguir el Oscar al mejor vestuario porque no se le concede un Oscar a ropa que se puede comprar en el Corte Inglés, sección marcas. Sí hay alternativas, claro. Se puede ir de rockero, de tatuado, de chándal, de Harley Davidson, de reina mora, de chanclas y hasta de blanco y rojo para correr en los sanfermines. Pero no es lo mismo. Y ellos lo saben.

También lo saben los partidos conservadores, que están pensando en fichar a los diseñadores de ropa para hombre. Y no tanto para uniformar a sus líderes, profetas, ideólogos y diputados, que ya van uniformados. Sino para arrancarles el secreto. Nadie, ni reyes, ni conventos, ni el formol, ni ricos, ni prisiones, ni arqueólogos han conseguido nunca conservar tanto y con tanta eficacia como los diseñadores de ropa para hombre.

  • Pedro Sorela

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