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Pedro Sorela

El sol_como_disfraz_banner«Ese joven escurrido sobre el sofá como una gabardina vieja lleva ya un buen rato sin que nadie le haga caso, pero no parece importarle. Al contrario. Sus ojos sonríen como quien al fin ha llegado a alguna parte. Y así es, ha llegado al antedespacho de Picasso en La Crónica del Siglo, y ésa es para él una conquista. Ha llegado al lugar en el que se libra la guerra de su tiempo. Más aún, donde, en el año seis desde que Picasso fue nombrado director, se va ganando.» 

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La invención de Agosto

Por: Pedro Sorela Miércoles 10 Agosto 2011. En Blog

La invención de Agosto

p.S
Nubes del medio del mundo.

Durante muchos, muchos años creí que el tiempo inmóvil era un patrimonio de los países del medio del mundo, donde, como es sabido, para saber que el tiempo pasa hay que subir o bajar por las montañas. Sólo así se cambia de clima, y el cambio de clima es, como descubrí cuando fui a aquellos países muy joven, lo que demuestra que el tiempo pasa.

Sí, hay otros indicios, como el paso de las nubes -y el paso de las nubes en aquellos países puede ser alto, dramático y magnífico, al galope-, el paso de las nubes y las fiestas de cumpleaños. Pero en lo esencial, el tiempo no pasa. O pasa -no sé si me explico- menos.

Y así lo fui descubriendo en Bogotá, la ciudad de mi madre, donde pronto pude ver que las bodas, bautizos y entierros se sucedían, yo creía que para ir marcando el paso del tiempo, ya que el clima no cambiaba, pero en realidad para todo lo contrario: los hombres pasaban -nacían, se divorciaban y morían-, entre otras cosas como una forma de disimular una realidad desconcertante: el tiempo seguía igual. El mismo tiempo encapsulado en ciudades inmóviles, el mismo otoño perfecto en uno de los valles más bellos de la tierra, la Sabana de Bogotá, un valle grandísimo situado a 2.600 metros sobre el nivel del mar y un observatorio ideal para el paso de las nubes. El crecimiento demográfico y la conocida alianza de los políticos con las bandas del ladrillo ya se han encargado de condenar a muerte ese valle, permitiendo su urbanización a cualquier precio, y está claro que terminará siendo como el de Ciudad de México o El Cairo, ciudades sin más límites que el mar. Lo estoy viendo.

Aún así, el tiempo no pasa en Bogotá, según he comprobado en últimas visitas, después de años sin ir, y un visitante recién llegado, todavía no familiarizado con el paisaje conservador, puede comprobar el fenómeno leyendo El Tiempo, por ejemplo. El periódico más rico, cuyos titulares, tanto de política como de bodas, entierros y fiestas de noviazgo en clubes de golf, idílicos y encapsulados a su vez en píldoras de tiempo, repiten nombres y temas durante generaciones: son los mismos. Cómo será que incluso el presidente del país pertenece a la familia propietaria del periódico: Un presidente miembro de los Santos dueños de El Tiempo. ¿No es sugerente? No creo que se trate de plantillas ya escritas, que redactores perezosos van rellenando con los sucesivos nombres, sin siquiera cambiar los apellidos, mientras se mantienen impávidos y se diría que inmunes a uno de los cambios sociales más violentos y crueles que se pueden producir -me niego a llamarlo guerra ni revolución, es otra cosa-, y que a este país le han dado la vuelta casi por completo en dos o tres generaciones. Pero lo parece.

- Mamá, ¡las tiras cómicas de los periódicos no cambian nunca!, le dije a mi madre al comprobar, alarmado, que se repetían de un año para otro.

- No, y ya eran las mismas cuando yo era niña, me respondió mi madre.

Pero el tiempo va colocando las cosas en su sitio, todas las cosas, y he terminado por comprender que tampoco son los cambios de estación y de clima los que marcan su paso.

Y la prueba es agosto, que por lo general procuro evitar, yéndome lejos no tanto del calor como de lo agostioso, algo muy concreto que se produce este mes y que, al fin lo se, es lo que inventaron los dioses para demostrarnos, en estas tierras de verano, otoño, invierno, etcétera, que pese a esos disfraces de carnaval el tiempo tampoco pasa por aquí: qué os creíais. Y la prueba está en el cielo azul en donde no sucede nada.

En Agosto, redescubro con la fascinación hipnotizada que producen las culebras, por ejemplo, las ciudades parecen vacías, como es fama, pero se trata sólo de apariencia: en realidad los que se quedan se agrupan con los uniformes de reglamento para la temporada en las terrazas y los lugares de moda (léase "rebaño"), y sobre todo se agrupan, como las ovejas, rebajando sus exigencias intelectuales: la televisión de siempre, aunque simplificada en programas de nivel mental aún más límite, por difícil que parezca, a cargo de gente tatuada, con cadenas y bronceada para mostrar pureza de sangre, y periódicos todavía más simplificados por dos o tres pánicos globales, que de ser posible no entienda casi nadie: eso da mucho juego en las charlas de sobremesa. Montañas rusas en las Bolsas, por ejemplo. O algo que parece el título de una novela perversa: "Prima de riesgo". O asaltos de turbas enloquecidas de alcohol, crack y venganza en lugares civilizados e idílicos como Londres. (Que de idílico nada: hace ya tiempo que Londres ha sido tomado por una alianza de porno amarillo y prestamistas descendientes directos de los de Dickens, y que los bancos de las calles tienen un hierro en la mitad para que a los vagabundos o los amantes impacientes ni se les ocurra acostarse).

Y tampoco hay salvación fuera de las ciudades: Las muchedumbres se agolpan en toda la costa -cincuenta millones de turistas y unos cuantos millones de nacionales-, en un fenómeno ya muy descrito (yo hasta escribí un libro), pero cuyo misterio se mantiene e incluso aumenta: ¿Qué es lo que hace que millones de personas oliendo a aceite bronceador y sentándose en playas donde no se pueden estirar piensen que eso son vacaciones y pongan cara de sufrimiento cuando -un año más y hasta el final de los tiempos- los reporteros de televisión les pregunten qué sienten al volver? ¿Qué es lo que hace que esa gente crea que esas son vacaciones, lo más cercano a la felicidad en el mundo de las catorce pagas y no hace falta entrar en detalles tipo pizzas tóxicas, hoolligans dando alaridos y una cosa que llaman música hasta debajo del agua? ¿Mmm?

Es Agosto.

El tiempo que inventaron los dioses para bajar nuestras defensas.

Para hacernos creer que el tiempo no pasa sino que se diluye en un cielo de azul infinito donde no ocurre nada. O que pasa más despacio, no pesa. Un tiempo que no envejece. 

Cuando es evidente que sí pasa, basta mirarse a los ojos en el espejo -a solas, en silencio, a la sombra y lejos del azul engañoso del cielo-, y eso que vemos, si lo supiésemos todo el tiempo, crearía agitación y tumultos. El tiempo pasa y se dirige hacia no se sabe dónde. Aquí y allí.

Claro que pasa. 

Comentarios (1)

  • Elvira
    Elvira
    15 Agosto 2011 a las 16:55 |

    El mes de Agosto es como los días bíblicos, que no se sabe muy bien cuánto duran. Para mi es entre eterno e instantáneo, un tiempo de astío y aburrimiento que parece no terminar nunca pero de repente desaparece.

    ¡Un saludo!

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