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Noche de hojalata

Por: Pedro Sorela Lunes 27 Junio 2011. En Blog

Patera y luna. p.S
Se inclina de lado, como una patera y parece que el tiempo
para que se hunda ya ha sido fijado. Tic tac, tic tac, tic tac...

A quien corresponda.

Estimada vuecencia excelentísima:

Anoche cené en Madrid en una terraza discreta -algo nada fácil-, y la comida era casi excelente pero el camarero llevaba el tatuaje de una telaraña en el codo (una telaraña de tarántula), y las sillas, de hojalata, nos obligaron a tomar el café en otra parte. Además, a la altura del postre, alguien se puso a lanzar cohetes, buscasuegras y petardos desde un edificio vecino -súbitos alaridos en una noche caliente-, y eso arañó la velada, qué duda cabe, nos agrupó bajo los toldos para eludir las chispas y endureció las sillas todavía más: nada como un petardo para infundir en quien ande por ahí el deseo de asesinar a alguien.

Nos íbamos ya cuando apareció la policía. Tras mirar con ojos lentos el horizonte roto por la chapuza urbanística en el que se emboscaba el francotirador de los petardos, uno de los agentes escupió con parsimonia como un policía de película de Misisipí -es lo que pasa cuando se abusa de los telefilmes-, y nos informó que los únicos ruidos que pueden reprimir las leyes son los continuados. No el de una bomba, por ejemplo, o el de un cohete. Esos no. Lo cual admira sobre la inteligencia del legislador y explica tantas enigmáticas cobardías de la ley. Además, a los policías no se les veía muy dispuestos a reprimir nada, ni siquiera a detener a cualquier homínido que pasase por ahí en una moto a doscientos, hacía calor y reñir a quien tira cohetes en la madrugada suena antipático, represor, protofascista. A mí me parece sin embargo algo más primitivo que, digamos, los toros. Mucho más. Todos los años celebro mi Navidad particular con ocasión de las Fallas de Valencia, me siento como en la noche de Reyes cuando aún me traían regalos, feliz, pese a mi nostalgia de la paella hecha en fuego de leña de la playa de la Malvarrosa, feliz de no estar allí.

De la terraza donde tomamos la copa nos echaron a una hora tipo Bruselas -aunque estoy seguro de que en Bruselas hoy se puede trasnochar más que en Madrid, donde beatos pero astutos alcaldes han hecho creer que madrugar en las terrazas es de pobres y poco europeo-, y luego crucé una ciudad de un vacío inquietante, se hubiese dicho que enfermizo. Y me acordé de cuando en Madrid las tertulias de Gómez de la Serna o de Cansinos Assens empezaban a medianoche y hubo un conato de motín porque los taberneros exigieron poder cerrar una hora, sobre las seis de la mañana, para barrer. Eso se consideró un asalto a la libertad de los noctámbulos, una zancadilla al derecho a charlar. Que no necesitaba de cohetes para animarse. Nadie tiraba cohetes a la noche como tribus asustadas por el silencio que le arrojan flechas a los eclipses.

Pero me distraigo. Durante la cena, una joven extranjera y sin casi acento en español se quejó de que cuando ella dice que estudia chino, le suelen preguntar: "¿para qué?". Y cuando dice que no para de traducir textos de guiones de cine, comics o canciones, el comentario no es sobre las canciones sino: "Estarás forrada". (Para más inri, no lo está: ya se sabe que a los traductores, cuentistas, poetas, dramaturgos y demás es lícito pedirles que trabajen gratis. ¿No es un placer? ¿Acaso no se lo pasan en grande? Pues eso. Que agradezcan que al morir ya se les admita en los cementerios de la gente honrada).

Otra joven amiga, en paro, que se apresta a irse al extranjero a estudiar... y también escapar, contó una peripecia con los oficinistas con poder para tramitar visados a los parados que les ahorro pues todo el mundo, incluidos los anafabetos, conoce las obras completas de Kafka tras haberlas vivido.  "¿Será posible que me haya costado menos conseguir plaza en una universidad legendaria que un permiso del paro, por lo demás legal?", se preguntaba. A los quince días de los consabidos no son estos papeles, esto no es aquí, vuelva usted mañana y demás letanías que Kafka y todos los demás nos sabemos desde niños, como los rezos de antes de dormir, mi joven amiga terminó gritándole a un fulano: "¡Usted es quien debería estar en el paro!". Debería. Pero lo que sucede rara vez hace lo que debería.

Podría seguir. Noches y noches, y travesías de la ciudad desierta (ojo: no es exactamente botellón lo que echo de menos), y convertir esto en un largo lamento. Pero sospecho que ya nos lo sabemos y que cada cual podría escribir el suyo y competir en historias sobre sillas de hojalata, telarañas humanas, la tuberculosa falta de curiosidad y sádicos chupatintas.

Sin embargo, atravesando la ciudad, más desierta que dormida, a mí me pareció que esa noche -de inteligente y suave compañía, por otra parte- era como una alegoría, una imagen de un marco más ancho y más profundo, un emblema de un tiempo de hojalata. Si pese a todo caigo en la casuística y expongo los síntomas de una sola noche -y por eso me dirijo a vuestra vuecencia excelentísima, donde quiera que se encuentre-, es porque me ha venido la sospecha de si alguien habrá notado que desde hace cierto tiempo esta esquina de la tierra se inclina. Se inclina mucho. No hacia la derecha o a la izquierda, y ni siquiera basta que se vaya metiendo en el agujero nacionalista (aunque ayuda). Se inclina de lado, como un Titanic, una balsa, una patera, y parece que el tiempo que falta para que vuelque y comience a hundirse ya ha sido fijado. Tic tac, tic tac, tic tac...

Lo cual digo para avisar.

Parecería necesario tomar medidas. Contra la chapuza, los petardos, lo hecho a medias, las sillas de hojalata en las terrazas, los escupitajos de los policías, la necesidad de emigrar (de escapar), lo mediocre que parece un tsunami lento y nocturno pero invencible, las conversaciones interruptas en la noche, los chupatintas interviniendo en nuestro destino... en fin, usted, confío, ya me entiende.

Suyo respetuoso,

Las muchas fronteras de un texto

Martes 14 Junio 2011. Blog, Sastrería

Las muchas fronteras de un texto
Uccello pintó el trípico de La Batalla de San Romano para mostrar el escorzo del pequeño cadáver en primera línea

Sastrería

El marco

En principio todo texto cabe en un marco, de igual modo que todo paisaje ha de ser elegido por un pintor de paisajes y luego recortado para que quepa en el lienzo. Lo mismo hace un fotógrafo con el teleobjetivo: lo mueve para acercar o alejar lo que ve y de paso consigue un modelo más o menos grande. El marco es pues una limitación física, al menos en la pintura realista, y de ahí el viejo sueño de la vanguardia de quebrar ese marco.

En escritura, casi que se podría caracterizar a cada época por su concepción del marco: los griegos reclamaban que toda obra de teatro se desarrollase en un sólo lugar, para contar una sola acción y a ser posible en un tiempo determinado, que llegaron a fijar en un día y una noche. El periodismo todavía tiende a creer que toda se historia se puede contar contestando a las archisabidas cinco preguntas, tal vez seguidas de otras dos: por qué y quién lo dice.

Pero desde que los seguidores de Victor Hugo se vistieron de amarillo para ir a librar la "batalla" de Hernani, la obra de teatro que acababa con algunas convenciones clásicas (la batalla duró todas las noches de un mes, y cuesta entender cómo se podía entender la obra, con los abucheos de unos y otros), la noción de marco está en crisis. O mejor, de un único marco, y no sólo en el teatro. Hace tiempo que algunos periodistas comenzaron a notar que la aplicación de las famosas preguntas, y de sólo esas, podía conducir en ciertos casos a mentir, mentir legalmente, y que Picasso y los cubistas rompieron el plano de la mirada natural para buscar una más completa. Los ejemplos de tales rompimientos del marco son muchos y constituyen la historia de la modernidad... o tal vez de todas las épocas.

Ucello

El Renacimiento sacó la pintura de la obligación de la temática religiosa, por ejemplo, y con la invención o el descubrimiento de la perspectiva cambió la visión del mundo: en Florencia la gente hacía cola para ver los frescos de Santa María Novella (otra iglesia) y contemplar cómo la gente "vivía" en la pared. Se dice que Uccello, que hablaba de la "divina perspectiva" y murió trastornado, montó el enorme tríptico de su "Batalla de San Romano" (una deslumbrante batalla, falsa como pocas, hoy en tres museos), sólo para poder mostrar en el primero el escorzo del pequeño cadáver situado al frente : un rompimiento del marco, en ese momento prodigioso.

La noción de marco, hoy muy amplia y variada -desde la geografía que abarca una novela hasta su ritmo interno- puede ser utilizado como medida de armonía... a condición de que no se caiga en el dogma y la mezquindad. Siempre recordaré la lección de generosidad e inteligencia artística que daba, en la universidad, el compositor contemporáneo Cristóbal Halffter al hablar de los grandes clásicos y desvelarlos. El cubismo, la dodecafonía de la Escuela de Viena, la fiebre de los pintores fauve, En busca del tiempo perdido, el imposible empeño de Paradiso, de Lezama Lima, un reportaje-libro de David Foster Wallace contando un torneo de tenis de segunda división en Illinois, los cuadros insolentes del expresionista Otto Dix o El secuestro, de Georges Perec, una novela escrita sin la "e" en francés, sin la "a" en su traducción española), proponen marcos distintos a los heredados, en obras por otra parte admirables. Igual que Picasso o que Beckett.

Bastante tiene hoy la escritura con pelear contra el marco menguante de "lo legible", esto es, vendible. Lejos estamos del descubrimiento del subconsciente por el sicoanálisis y el consiguiente desarrollo por las vanguardias del monólogo interior y hasta la escritura automática por los surrealistas. No hace un siglo de ello.

Hemos ganado

Por: Pedro Sorela Martes 07 Junio 2011. En Blog

Ni se imaginan que hubo un tiempo en que cada cabeza
tenía que contestar por su cuenta en los exámenes,
e incluso después de haber pensado. 

El profesor cogió la hoja de examen del alumno, lo miró por los dos lados, buscando algo, y preguntó:

- ¿Y tu compañer@?

- ¿Mi compañer@?, preguntó el alumno, y miró alrededor, como buscando ayuda. No la había. "¿A qué se refiere?".

El profesor lanzó el medio bufido que se lanzan en esos casos.

- ¿No sabes que debes presentarte a los exámenes con un@ compañer@?

No, el chico no lo sabía. "Pensaba que era para los trabajos", dijo.

- Otr@ individualist@, dijo el profesor y trazó sobre el examen del alumno un garabato.

Y gracias a ese garabato, y a la filmación de la cámara de seguridad que se pudo recuperar, podemos fechar cuándo comenzó todo. El punto de inflexión. El clic, pues los signos lo venían anunciando desde hacía tiempo.

Muchos signos, para entonces ya muy evidentes: la gente viviendo en cajas de zapatos, con apenas una única ventana blanca al exterior en la que aparecían siempre las mismas historias, anuncios, telediarios. Una moda que por primera vez uniformaba al mundo, primero con corbatas y luego con los mismos vaqueros en Nueva Dehli, Lagos, Kaohsiung, Tunja, Albuquerque y Lyon (y los mismos problemas de esterilidad e impotencia a causa de las apreturas). El cambio de las canciones medievales y Beethoven por tres o cuatro notas de tamtam. El chantaje a todo el mundo para que aprendiese un inglés apto para encargar pizzas, tacos, hamburguesas y rollitos de primavera, so pena de no conseguir trabajo ni de limpiador de mesas. Y la transformación de los juicios, los laboratorios, las encuestas y la agricultura, de todo un poco, de modo que la vida pareciese una telenovela y al tiempo algo que se pudiera resumir en "hemos ganado". Así: "hemos", un nosotros colectivo que sirviese de refugio en los domingos de aburrimiento y soledad, una palabra tan temida -soledad-, pero tanto, que fue una de las primeras en irse proscribiendo del lenguaje con la vieja superstición de que lo que no se nombra no existe.

Los primeros en pillar que suprimir palabras tenía premio fueron los políticos y los periodistas oportunistas capaces de identificarse con la nueva muchedumbre: darles la razón, hacer de las leyes gramaticales una moda y convertir sustantivos, verbos y gerundios en adjetivos. Y sobre todo ir suprimiendo palabras y en todo caso agruparlas en signos muy elementales que la gente exhibía como resúmenes de sí mismos, proclamas de su modo de estar en el mundo: marcas de ropa, toros, panteras, uniformes de equipos deportivos, águilas, colores o estrellitas para usar en banderas o en tatuajes, una forma ésta, los tatuajes y uniformes, de ahorrar en palabras y reagruparse en tribus como ya se había hecho al comienzo del comienzo para defenderse del miedo a la noche y la inmensidad en torno a un fuego. El chino redujo en varios miles su número de vocablos, para poder exportar más, a más sitios, artefactos más sencillos, y el árabe adoptó el abecedario latino: antes utilizaban unos signos muy raros, alineados en una escritura elegante pero vulnerable a todo tipo de interpretaciones y se perdía mucho tiempo en discusiones.

Y las parejas, cada vez más limitadas y comprimidas por las viviendas-caja de zapatos, se vieron obligadas a ir suprimiendo inutilidades: ¿para qué saludarse? ¿despedirse? ¿desearse las buenas noches? ¿preguntar me quieres? Todo eso se fue dando por sabido, y las opiniones políticas, y las historias de la familia, y los "te quiero" o "te detesto" y se fueron sustituyendo por gruñidos y luego signos de la mano, de forma que dos manos haciendo "t", por ejemplo, querían decir "corta el rollo que ya me lo sé". Y así.

Sí, todo eso explica que, a partir del examen aquel, en el primer cuarto del siglo XXI, el hombre fuese desarrollando primero dos cabezas y luego cuatro patas, y así hasta crear los seres colectivos de hoy. Necesidades de la evolución y puro progreso: Ahora el voto de cada cual vale por cinco, nueve o catorce ciudadanos, según el número de cabezas que le hayan salido y esté más o menos evolucionado, y cuando alguien elige una ropa, la elige para tres, nueve o veintitrés personas al tiempo. Los estudiantes ni se imaginan, contestando consignas a coro en los exámenes, como hacen, que hubo un tiempo en que cada cabeza tenía que contestar por su cuenta, y en algunas ocasiones, incluso, después de haber pensado. ¿Se imaginan? Era mucho esfuerzo. Ahora es mucho más cómodo y práctico y rentable, y ayuda al funcionamiento de la sociedad. Seguimos ganando.

La muchacha del falso pelirrojo

Por: Pedro Sorela Domingo 22 Mayo 2011. En Blog, Fragmentos

Dibujo-Fragmento

...Apoyada con un codo en la ventana, contra el amanecer, en una postura que a Kei le pareció la de una suerte de guerrero descansando, de gran elegancia, la muchacha le escuchaba. Kei no entendía muy bien a qué se debía su propio bienestar. Es cierto que se había sentido bien en momentos puntuales desde que llegó refugiado a Madrid tras el desastre de Fukushima: -al volver a ver aire azul y respirarlo, al caminar por El Retiro una tarde de fútbol desierta sin temor a terremotos ni a que la policía le detuviese, al…-, pero nunca tan bien. Como pocas veces, incluso, antes del desastre.

Se preguntó por qué. La chica era como tantas, al menos en parte, y él seguía teniendo el poder de ver más allá de sus capas de maquillaje, de sus ideas hechas y prejuicios, y aún más lejos. Un poder que aún le sorprendía. Hubiese preferido no deberle esos ojos a una explosión nuclear, esas cosas siempre terminan por pagarse.

Podía ver, por ejemplo, que el pelirrojo de la muchacha era postizo y que debajo tenía un pelo negro extraordinario. ¿Cómo era posible que a una chica de pelo negro, negro de verdad, como el de las japonesas, se le ocurriera teñirse? Aunque esta, al menos, no había decidido atentar contra sí misma tatuándose cualquier pequeña banalidad en alguna parte del cuerpo, condenándose a no ir jamás de nuevo desnuda.

No, lo que a Keitu le hacía sentirse bien, esa mañana, un mes después del desastre, era que la chica le oía, le escuchaba con atención. No le hacía preguntas, ni opinaba. Sólo le oía…

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