joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Detalle

Miércoles 20 Abril 2011. Blog, Sastrería

Detalle
¿Mujer con una flecha o con un cordón? 
Dibujo, puntaseca y grabado. 
Rembrandt, Rijksmuseum, Amsterdam.

 

Sastrería

El detalle construye la historia

Uno de los momentos más emocionantes del dibujo de Rembrandt es cuando una escena en principio inmóvil se convierte, en virtud de un detalle, una luz, algo en la sombra que miramos desde un poco más de cerca, en una narración. Así sucede con el conocido grabado de Mujer con una flecha¸ que para generaciones fue, en efecto, el retrato de una mujer -¿Venus?- vista de espaldas, y que sujetaba una flecha, seguramente lanzada por Cupido. Pero ojos más atentos a las sombras del grabado han determinado que lo que sujeta no es una flecha sino el cordón de las cortinas de su cama con baldaquín, y que no está sola: en la oscuridad, al fondo de la cama, la observa un hombre apenas insinuado. Dos simples detalles –o una forma de leer distinta- cambian por completo el cuadro y la historia: puede que sea Venus, pero está con Marte, su amante.

¿Puede algo así suceder en la escritura? No estoy muy seguro, y si sucede tal vez no sea de una forma tan decisiva. Entre otras cosas porque los ojos del lector están cambiando a toda velocidad y, como desde el tren, los detalles del paisaje se vuelven borrosos.

P.D. El cambio de lectura es en este caso vertiginoso. Pues pasa de una lectura mítica -Cupido, Venus, una flecha...-, a una más racionalista: el cordón de la cortina en la cama de dos amantes.


Nuevas leyes de las hormigas

Por: Pedro Sorela Martes 12 Abril 2011. En Blog

No sé si le dejarán existir en la Tiranía de los murmullos. Foto: pS

No es cierto que las hormigas trabajen y se agiten todo el día. No las de mi jardín, en todo caso, que trazan en la mitad del patio una raya caprichosa con aspecto de frontera, muy parecida en este caso a la sinuosa y traicionera que, en calidad de periodista, en su día recorrí en helicóptero de la OTAN entre las dos Alemanias. Una lección, por cierto, decisiva, que borró doscientas asambleas en la universidad: el "socialismo real" era una cárcel. Literalmente, con siempre torreones a la vista dispuestos a disparar, alambradas de alta tensión y perros asesinos patrullando. Por eso mismo me resisto a llamarlas "mis hormigas", aunque estén en mi casa.

Viéndolas ahora desde el primer piso, me parece recordar que ya en los últimos años las hormigas, al volver en primavera, se habían mostrado más lentas de lo normal. Aunque puede ocurrir que mi memoria falsifique, como es sabido la memoria elige en el pasado lo que le gusta.

Antes, las exterminaba. Compraba un flit en el supermercado, un lugar donde las comprenden muy bien porque es también un poco hormiguero y, manejándolo como un lanzallamas, las gaseaba. Y tras un par de ejecuciones multitudinarias, las supervivientes aprendían la lección, le pasaban la noticia a sus paisanas con sus microscópicos tamtams, y no volvían... hasta el año siguiente. Igual que las cucarachas.

Pero entretanto viajé algo por Asia y, de algún modo -porque allí nadie te dice nada ni te intenta convencer, esa es quizá la primera novedad-, se me quitaron las últimas ganas de andar matando todo lo que se mueva que todavía tenemos por aquí como un chichoncito en la evolución (un millón de licencias de caza). Y dejé de matar las hormigas, al menos las que no se meten en mi casa, mis calcetines, mi azucarero. Qué diablos, dije, un jardín es su lugar natural, tienen tanto derecho a estar ahí como la lagartija, el par de urracas, los gorriones, los perros del vecindario y hasta los gatos que se pasean por los techos y desagües. De hecho, descubrí que ya no quería matar a nadie cuando un gato gamberro orinó en una hermosa hiedra, hasta quemarla (una hiedra que tarda cuatro años en crecer), y me limité a comprar repelente antigatos. Ni siquiera imaginé otra posibilidad, pese a las sugerencias apenas veladas de mi asistenta, que con sonrisa y voz dulce hacía de Yago con Otelo. Me sentí budista, me sentí civilizado.

Mas todos esos avances de la civilización en mi jardín se me tambalean, sin embargo, ante la progresiva evidencia de que las hormigas han migrado de regreso... para quedarse. 

Mar de motos en Saigón

Por: Pedro Sorela Domingo 10 Abril 2011. En Blog

Mar de motos en Saigón
Cuando llegué a Hanói recorrí durante un buen rato las habitaciones libres de mi pequeño hotel “boutique” que había contratado por internet –esto es, un hotel de bolsillo, al margen de las agencias de turismo y sin la obligatoria CNN en la televisión del desayuno–, en busca de aquella que me ofreciera un nivel de ruido aceptable. 

Náufrago nuclear, cuarto día

Por: Pedro Sorela Miércoles 06 Abril 2011. En Blog

Mantenían a los ancianos detenidos en un campo. 

Al llegar a Madrid, hace una semana, Kei Tetsu agradeció que todavía exista la primavera, aunque sea al otro lado del mundo, y bendijo a la oenegé Aire Azul que lo ha traído para que respire aire libre y se limpie un poco los pulmones de toda la porquería que tragó tras el tsunami. Kei fue seleccionado para venir a España porque, en su larga vida de pescador -tiene 59 años- ha convivido algo con marineros peruanos y chilenos y, aunque su idioma es bastante técnico (marea, percebe, red, ballena deliciosa, viento de levante, tiburón), se defiende en español.

El lunes y martes de su llegada, pues, todo fue agradecimiento y goce: aire libre, cielo azul y gambas en gabardina con cañas en el mercado de San Miguel. Emocionante solidaridad de los madrileños, que pronto le llamaron Manolo, Manolín, le regalaron un capote en la Escuela de toreros para torear la mala suerte y una peineta para su madre en el museo del Traje. La presidenta regional le organizó una recepción con niños japoneses cantando himnos y el alcalde aprovechó para señalar que debemos aprenderdelalaboriosidadjaponesaparasalirdelacrisis. Etcétera.

El martes y miércoles permitieron que un par de científicos le tomasen el pulso y la tensión... y también convocaron a una rueda de prensa, para que contase: Cómo la ola metió los pesqueros en los salones y dentro de las almohadas se refugiaron los pequeños calamares del norte de Japón. El jueves fue agarrado de la mano durante siete minutos por una ministra que, mostrándole los dientes, ya se encontraba en campaña electoral (si es que alguna vez no lo están). Esa noche, sentado en la cama de su hotel y después de verse subtitulado como "náufrago nuclear" en el telediario, escuchó por primera vez el silencio que en Madrid, pese a las apariencias y la leyenda de ciudad simpática y nocturna, puede ser grande, largo, de planicie castellana con un chopo en la lejanía.

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla