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Hemos ganado

Por: Pedro Sorela Martes 07 Junio 2011. En Blog

Ni se imaginan que hubo un tiempo en que cada cabeza
tenía que contestar por su cuenta en los exámenes,
e incluso después de haber pensado. 

El profesor cogió la hoja de examen del alumno, lo miró por los dos lados, buscando algo, y preguntó:

- ¿Y tu compañer@?

- ¿Mi compañer@?, preguntó el alumno, y miró alrededor, como buscando ayuda. No la había. "¿A qué se refiere?".

El profesor lanzó el medio bufido que se lanzan en esos casos.

- ¿No sabes que debes presentarte a los exámenes con un@ compañer@?

No, el chico no lo sabía. "Pensaba que era para los trabajos", dijo.

- Otr@ individualist@, dijo el profesor y trazó sobre el examen del alumno un garabato.

Y gracias a ese garabato, y a la filmación de la cámara de seguridad que se pudo recuperar, podemos fechar cuándo comenzó todo. El punto de inflexión. El clic, pues los signos lo venían anunciando desde hacía tiempo.

Muchos signos, para entonces ya muy evidentes: la gente viviendo en cajas de zapatos, con apenas una única ventana blanca al exterior en la que aparecían siempre las mismas historias, anuncios, telediarios. Una moda que por primera vez uniformaba al mundo, primero con corbatas y luego con los mismos vaqueros en Nueva Dehli, Lagos, Kaohsiung, Tunja, Albuquerque y Lyon (y los mismos problemas de esterilidad e impotencia a causa de las apreturas). El cambio de las canciones medievales y Beethoven por tres o cuatro notas de tamtam. El chantaje a todo el mundo para que aprendiese un inglés apto para encargar pizzas, tacos, hamburguesas y rollitos de primavera, so pena de no conseguir trabajo ni de limpiador de mesas. Y la transformación de los juicios, los laboratorios, las encuestas y la agricultura, de todo un poco, de modo que la vida pareciese una telenovela y al tiempo algo que se pudiera resumir en "hemos ganado". Así: "hemos", un nosotros colectivo que sirviese de refugio en los domingos de aburrimiento y soledad, una palabra tan temida -soledad-, pero tanto, que fue una de las primeras en irse proscribiendo del lenguaje con la vieja superstición de que lo que no se nombra no existe.

Los primeros en pillar que suprimir palabras tenía premio fueron los políticos y los periodistas oportunistas capaces de identificarse con la nueva muchedumbre: darles la razón, hacer de las leyes gramaticales una moda y convertir sustantivos, verbos y gerundios en adjetivos. Y sobre todo ir suprimiendo palabras y en todo caso agruparlas en signos muy elementales que la gente exhibía como resúmenes de sí mismos, proclamas de su modo de estar en el mundo: marcas de ropa, toros, panteras, uniformes de equipos deportivos, águilas, colores o estrellitas para usar en banderas o en tatuajes, una forma ésta, los tatuajes y uniformes, de ahorrar en palabras y reagruparse en tribus como ya se había hecho al comienzo del comienzo para defenderse del miedo a la noche y la inmensidad en torno a un fuego. El chino redujo en varios miles su número de vocablos, para poder exportar más, a más sitios, artefactos más sencillos, y el árabe adoptó el abecedario latino: antes utilizaban unos signos muy raros, alineados en una escritura elegante pero vulnerable a todo tipo de interpretaciones y se perdía mucho tiempo en discusiones.

Y las parejas, cada vez más limitadas y comprimidas por las viviendas-caja de zapatos, se vieron obligadas a ir suprimiendo inutilidades: ¿para qué saludarse? ¿despedirse? ¿desearse las buenas noches? ¿preguntar me quieres? Todo eso se fue dando por sabido, y las opiniones políticas, y las historias de la familia, y los "te quiero" o "te detesto" y se fueron sustituyendo por gruñidos y luego signos de la mano, de forma que dos manos haciendo "t", por ejemplo, querían decir "corta el rollo que ya me lo sé". Y así.

Sí, todo eso explica que, a partir del examen aquel, en el primer cuarto del siglo XXI, el hombre fuese desarrollando primero dos cabezas y luego cuatro patas, y así hasta crear los seres colectivos de hoy. Necesidades de la evolución y puro progreso: Ahora el voto de cada cual vale por cinco, nueve o catorce ciudadanos, según el número de cabezas que le hayan salido y esté más o menos evolucionado, y cuando alguien elige una ropa, la elige para tres, nueve o veintitrés personas al tiempo. Los estudiantes ni se imaginan, contestando consignas a coro en los exámenes, como hacen, que hubo un tiempo en que cada cabeza tenía que contestar por su cuenta, y en algunas ocasiones, incluso, después de haber pensado. ¿Se imaginan? Era mucho esfuerzo. Ahora es mucho más cómodo y práctico y rentable, y ayuda al funcionamiento de la sociedad. Seguimos ganando.

La muchacha del falso pelirrojo

Por: Pedro Sorela Domingo 22 Mayo 2011. En Blog, Fragmentos

Dibujo-Fragmento

...Apoyada con un codo en la ventana, contra el amanecer, en una postura que a Kei le pareció la de una suerte de guerrero descansando, de gran elegancia, la muchacha le escuchaba. Kei no entendía muy bien a qué se debía su propio bienestar. Es cierto que se había sentido bien en momentos puntuales desde que llegó refugiado a Madrid tras el desastre de Fukushima: -al volver a ver aire azul y respirarlo, al caminar por El Retiro una tarde de fútbol desierta sin temor a terremotos ni a que la policía le detuviese, al…-, pero nunca tan bien. Como pocas veces, incluso, antes del desastre.

Se preguntó por qué. La chica era como tantas, al menos en parte, y él seguía teniendo el poder de ver más allá de sus capas de maquillaje, de sus ideas hechas y prejuicios, y aún más lejos. Un poder que aún le sorprendía. Hubiese preferido no deberle esos ojos a una explosión nuclear, esas cosas siempre terminan por pagarse.

Podía ver, por ejemplo, que el pelirrojo de la muchacha era postizo y que debajo tenía un pelo negro extraordinario. ¿Cómo era posible que a una chica de pelo negro, negro de verdad, como el de las japonesas, se le ocurriera teñirse? Aunque esta, al menos, no había decidido atentar contra sí misma tatuándose cualquier pequeña banalidad en alguna parte del cuerpo, condenándose a no ir jamás de nuevo desnuda.

No, lo que a Keitu le hacía sentirse bien, esa mañana, un mes después del desastre, era que la chica le oía, le escuchaba con atención. No le hacía preguntas, ni opinaba. Sólo le oía…

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    Por: Pedro Sorela Miércoles 18 Mayo 2011. En Blog

    ¿Será cierto que no ven la fealdad? 
    Suena tan inverosímil....
    Plaza "de los cubos", en Madrid.             p.S.

    Cuando estudiaba en la universidad, a unos amigos míos de Arquitectura les pidieron un proyecto para una "Ciudad de Artistas" -un gueto donde los artistas encontrasen la paz de espíritu que según esa visión de mesa camilla era la necesaria para su arte-, y recuerdo muy bien que mi asombro fue diverso:

    a) Porque a un profesor al parecer alfabetizado, y miembro de una universidad con algún renombre, se le ocurriese una idea tan estúpida. Yo era muy joven y aún creía que un profesor gozaba de una inmunidad, así fuese parcial, al virus más extendido sobre la tierra.

    b) Porque mis amigos arquitectos entrasen al trapo, todos sin excepción (aunque qué remedio les quedaba), y se lanzasen a diseñar todo tipo de utopías sobre esos grandes papeles cebolla o mantequilla, y con gran variedad de reglas de cálculo y escuadras y cartabones que les otorgaban a sus proyectos un carácter de probable verosimilitud (o verosímil probabilidad o algo por el estilo). Cualquier delirio estalinista puede adquirir con esos materiales y el lenguaje que suele acompañarlos una capacidad de persuasión comparable a las que Albert Speer diseñó para Hitler, o Ceaucescu mandó construir en el centro de Bucarest, para destruirlo.

    y c) (entre otras): Que entre esos mismos amigos figurasen algunos que hacían teatro conmigo en el grupo de la universidad. Con los que coincidía en los conciertos de la Sociedad Filarmónica de la pequeña ciudad en la que estudiábamos. Y que participaban en los encendidos debates que tengo asociados a la universidad -a la mía, al menos, pues soy muy consciente de que ya muchos estaban ahí exactamente igual que los bañistas que se tienden sobre las toallas en junio y no se vuelven a levantar hasta el otoño-, y sin decir más tonterías que los demás. A veces, incluso, tenían ideas. (Y no me meto en si leían o no porque ya entonces era mejor no preguntar).

    En síntesis, como dijo mi amigo Dimas Foz, el único que siguió haciendo teatro después: "¿Cómo es posible -les dijo en una de aquellas tenidas en tabernas de mesas largas-, que hagáis teatro y escuchéis música, y al mismo tiempo penséis que se puede construir una ciudad para artistas? ¡De qué artistas estáis hablando! Qué carallo creéis que es un artista, que se le puede almacenar en una esquina como un brick de leche en un supermercado". Dimas es originario de Betanzos, un pueblo entonces de cuento de La Coruña, y aunque durante todos estos años ha viajado hasta volverse políglota (yo creo que por llevar la contraria), por entonces usaba palabras melodiosas como "carallo". Hoy, pasados los años, lo que me asombra es nuestra ingenuidad. Pero no la de los estudiantes de Arquitectura sino la de Dimas y mía, y alguno más.

    Comparación

    Miércoles 11 Mayo 2011. Blog, Sastrería

    Comparación
    Los frescos del renacentista Fra Angelico 
    en el monasterio de San Marcos, en Florencia, 
    agrandan las celdas. Véase: Lección del ángel
    Picasso sabía que cualquier hombre reconoce a otro.

    Sastrería

    La escala humana

    El número de imágenes y de comparaciones posibles es superior, muy superior al de granos de trigo multiplicados por las casillas del ajedrez según el célebre cuento egipcio, y sin embargo tendemos a resignarnos a unas pocas: alto como un armario, ojos como carbones encendidos, etc.

    De la comparación podríamos hablar sin término, pero si alguien dice que un hombre mide 1.80 de alto, por 60 de ancho y 35 de fondo, esa información nos puede servir para desenmascararle como un tecnócrata. Hay muchos, desde que Kant dijo que lo empírico y sólo lo empírico es la única medida aceptable y fue consagrado como el profeta de una nueva religión definitiva y absoluta. Desde entonces sufrimos una sobrevaloración de lo medible. De la cifra. De la estadística.

    Por culpa de Kant las abuelas prefieren los ingenieros a los poetas como maridos para sus nietas, negándose a comprender que un matrimonio depende más del talento para la conversación que de la capacidad para pagar las letras de una hipoteca. El trágico resultado es que la versión más creída de la realidad es la que proporcionan autores  que esconden su falta de imaginación en la melancólica idea de que la verdad se alcanza con básculas y calculadoras.

    Una posible forma de mejorar "el dato", que es tan sólo un indicio de la realidad, suele ser la comparación, y a ser posible la comparación humana: para saber cuán grande es una pirámide ponemos a su lado la figura de un hombre. Y entre pirámide y hombre se establece una relación que comprendemos de inmediato. Un fenómeno, dicho sea de paso, evocador de la metáfora, que descubre parentescos, ocultos hasta que el poeta los saca a la luz.

    La escala humana, como nos enseñaron Grecia y el Renacimiento y combaten los tecnócratas sin cansarse, incluidos los totalitarismos, es la más eficaz de las comparaciones pues es la que comprende cualquier hombre, en cualquier circunstancia. Por eso es la preferida por definición en periodismo, donde las catástrofes, por ejemplo, se miden sobre todo por sus efectos sobre ellos. Es algo que también podemos ver en Shakespeare, otro renacentista, donde la mayor parte de los símiles son humanos... y nos descubren al ser humano.

    "Vuestra belleza que me incitó en el sueño a emprender la destrucción del género humano con tal de poder vivir una hora en vuestro seno encantador".
    (Ricardo III)

    Y en Picasso, que se pudo librar a todo tipo de experimentos, en apariencia muy arriesgados... sobre todo porque había comprendido ese principio: hijo de un profesor clásico de pintura, toda su obra está constituida por variaciones sobre el cuerpo, y variaciones, si se miran con cuidado, muy respetuosas con la escala original.

    Y el cuerpo humano es algo que todos reconocemos sin necesidad de haber recibido ni la primera clase de arte moderno.    

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