joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Nadando en el espejo de Susan Sontag

Por: Pedro Sorela Martes 19 Julio 2011. En Blog

p.S
Durante algún tiempo pensé que Susan Sontag
era la persona más inteligente que había conocido. 

Durante algún tiempo pensé que Susan Sontag era la persona más inteligente que había conocido. Sólo traté con ella una hora, pero qué hora. La impresión fue tan fuerte que al final titulé la entrevista que le había hecho: "¡Todo es tan interesante!", a cuatro columnas. Sin duda ella había dicho esa frase, como es ocioso precisar, pero en cierto modo esa cita directa reflejaba más mi entusiasmo de ese día, creo, que el suyo.

Y eso que el suyo era grande. Vital. Permanente. Ya había superado el cáncer una vez -de hecho me regaló su libro "Illness as a metaphor" con un reciente añadido referido al Sida-, pero aún así, o quizá por eso, vivía el doble que los demás, o el triple. Días después de su visita a España me encontré con la antigua actriz que le había servido de guía por Madrid (y lamento no recordar su nombre, era una mujer muy agradable), y me dijo que tras la marcha de Sontag había tenido que guardar cama, exhausta. Porque, además de atender a periodistas, con lo pesado que puede ser atender a todos los medios de Madrid, durante un par de días o tres Susan Sontag había devorado medio museo del Prado, como el Saturno de Goya, y se había documentado en flamenco y esa cosa gaseosa llamada la "noche madrileña" como para escribir un libro.

Bueno, tal vez era que No había atendido a todos los medios de Madrid. Ella ya me había explicado que por principio no comparecía en televisión, en lo esencial -aunque no es tan simple- por considerarla un instrumento de falsificación y la antítesis de lo literario. Lo que es además una muestra del carácter enérgico que tenía, por no decir valiente. Debe de haber alguno, que no conozco, pero pocos escritores rechazan una aparición en televisión.

Y es que además -me contó la guía-, nada más terminar conmigo, a las diez de la mañana, en la ronda de entrevistas en el Palace (adonde por entonces llegaban muchos escritores para promocionar sus libros), Sontag recibió al siguiente periodista, de otro periódico nacional... y al cabo de diez minutos lo despidió diciéndole que ella no estaba allí para contestar preguntas idiotas. Literal. Y se marchó. Y dejó colgada la rueda de entrevistas prevista a continuación.

Como es sabido, en sus campañas de publicidad los escritores no suelen comparecer en ruedas de prensa sino que atienden a los medios a razón, ahora, de media hora cada uno. Y así todos terminan teniendo algo parecido a "una exclusiva", valor fuerte en el parqué periodístico, aunque son raros los escritores -y lo digo también por mi experiencia-, capaces de construir cuatro o cinco entrevistas individualizadas a lo largo de una mañana, algo que además depende de la formación del periodista. Y en tantas ocasiones que da vergüenza decirlo este ni siquiera se ha leído el libro. Que eso sea aceptado y hasta propiciado por algunos redactores jefe da una idea del nivel del periodismo cultural hoy en España. Recuerdo que, en ocasión parecida, Stephen Vizinczey despidió a otra periodista cuanto esta le lanzó la clásica excusa de que "no había tenido tiempo para leerse su libro". "Pues vuelva cuando se lo haya leído", le dijo, otro valiente, autor de Verdad y mentiras en la literatura. Y para qué hablar de los ganadores de premio, que tienen que atender a docenas o hasta cientos a lo largo de campañas muy largas, y esa es una de las razones por las que se convocan tantos pues la palabra premio produce reacciones inmediatas en las papilas gustativas de los periodistas. En esos casos de entrevistas en la cadena de montaje yo solía pedir una hora entera, como se hacía antes y que es el tiempo mínimo para una entrevista digna del nombre, me parece, y se me otorgaba porque escribía en un diario poderoso.

Pasó el tiempo y el puesto de persona más inteligente que había conocido fue ocupado por alguna otra, y pasó más tiempo y con él me llegó una mayor capacidad de perspectiva, y comprendí que es un tanto juvenil calibrar la inteligencia de una persona a través de una hora de conversación, y más aún para caer en el infantilismo del podio de ganadores: "El más" esto y aquello, una muletilla que por lo general sustituye al juicio crítico y resuelve un titular. La enfermedad contemporánea del resultadismo, que suele encajar con otras enfermedades contemporáneas, el patrioterismo y la industria identitaria.

Y luego, la memoria, que es muy novelista y se aburre si se la deja en el mismo sitio, me ha ido mostrando aquella entrevista encendiendo otras luces del escenario. Privilegios del tiempo y del teatro, es asombroso lo que puede cambiar una luz.

Por ejemplo: ¿Habría suspendido Susan Sontag la rueda de entrevistas en el caso de que todavía faltase El País? ¿Mi entusiasmo habría sido el mismo en el caso de que la curiosidad de Sontag no me hubiese incluido también a mí? Quiero decir, nada más empezar, a las nueve de la mañana, Sontag empezó a hacerme preguntas sobre mí, y sobre las nueve y veinte tuve que interrumpirla y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y si no me deja aprovechar la siguiente media hora, me echan del periódico". Sontag se rió y se dejó preguntar. ¿Y habría tenido la misma impresión de que se trataba de la persona más inteligente... si no me hubiese llegado un comentario suyo elogiándome en una cena con mi director? Sin duda tendemos a tener en alta consideración la perspicacia y hasta brillantez de quien se interesa por nosotros y nos elogia, ¿no?

De eso se trataba, he ido concluyendo: Susan Sontag era sobre todo brillante, y la brillantez no es exactamente lo mismo que la inteligencia. Y a esa idea he llegado también después de haber leído varios de sus libros, memorables en ocasiones, como La enfermedad como metáfora, y en ocasiones menos, como Contra la interpretación (título brillante que no cumple lo que promete), u On photography, que se terminó cayendo de mi seminario de doctorado, en la universidad, cuando comprendí que, más que un ensayo, era sobre todo una colección de nombres propios de las galerías de arte de Manhattan. Nada que ver con una reflexión como La chambre claire, de Barthes, o los varios textos al respecto de Berger.

Aunque esas distinciones no importan aquí demasiado. Brillante o inteligente, y en todo caso una mujer excepcional cuya mejor obra era tal vez la oral, como a veces ocurre con los escritores, a mí el recuerdo de Susan Sontag me plantea el problema del entrevistador seducido. O cómo un periodista queda arrollado por la inteligencia, la belleza, la leyenda de su entrevistado -elíjase la razón, puede haber muchas-, y termina escribiendo para reforzarla. Y se convierte en un eslabón más en la cadena de montaje de los clichés.

Artículos relacionados:

  • ¡Todo es tan interesante!
  • En la muerte de Gustavo Zalamea

    Por: Pedro Sorela Viernes 15 Julio 2011. En Blog

    La Cacería
    Gustavo Zalamea

    Escucha la música de lo invisible

    Por: Pedro Sorela Jueves 07 Julio 2011. En Blog

    "Una cancha de baloncesto no es el lugar adecuado
    para San Francisco, para Messiaen y sus composiciones
    a partir de trinos de pájaros..."

    El dramaturgo Alfonso Armada, editor de Frontera D,
    exhausto en un banco, después, seguro, de dictar la
    crónica de la ópera de un amante de los pájaros
    en la que el teatro no existe.

    Álvaro del Amo, crítico de El Mundo -y él sí que sabe-
    víctima también de la crítica de urgencia.

    Será sobre la medianoche cuando Andrés de Ávila, crítico de Mensajero, sale de la representación de San Francisco de Asís, en la Arena de Madrid, mira la noche con afán, y jura.

    Un juramento está compuesto de muchos mimbres pero, en lo esencial, el juramento de Andrés es contra sí mismo. Tiene 55 años y todavía no sabe que no hay que fiarse de la gente de prensa. Nunca. Bajo ningún concepto: Le dijeron que en Arena habría teléfonos a su disposición y, por supuesto, ahí no hay ni postes de teléfono. Y podría tener un móvil pero no lo tiene: él es un hombre libre. Un hombre libre y tonto: le dijeron que habría teléfonos y él aún se fía de los periodistas.

    Y él no es periodista... aunque esa noche, bien a su pesar, se comporte como tal. Una vez más le asalta la duda: un crítico... ¿es un periodista?

    Sanabria cree que sí. Sanabria es un joven redactor jefe convencido de que la sección de Cultura es periodismo como el que más, y está dispuesto a demostrarlo. Así espera que le devuelvan a Política, de donde salió exiliado por exigencias de un ministro. La historia es larga (aunque deducible) y no cabe aquí.

    - Cultura o la calle, le dijo el director. Y matizó: "O la tele".

    - ¿Comentar la tele?, preguntó ilusionado Sanabria. Todo el mundo odia la tele pero en el fondo aspira al trabajo de comentarla en zapatillas. Eso le garantizaría una audiencia de mareo para un cualquier periodista, la gente lee periódicos en los horarios bajos de la tele.

    -No, le cortó el director: la cartelera. Ajustar la programación.

    O sea, un clásico de la defenestración periodística, y esa es la razón de que Andrés de Ávila, llevado por las urgencias periodísticas de Sanabria, esté buscando un teléfono, a la salida de Arena, por la Casa de Campo. Y no sólo no hay teléfonos. Es que, a medida que se aleja, hay menos gente.

    Gente exhausta, además, por las seis horas de representación de la ópera de Messiaen que el nuevo rector del Teatro Real, un sujeto dispuesto a que se hable de él a cualquier precio -aunque a ser posible que sea caro-, se ha empeñado en montar en la Arena: un lugar pensado para partidos de baloncesto, tenis, peleas de gallos o pases de modelos, incluso modelos anoréxicas. Pero no para una ópera íntima y extrema en la que Messiaen, católico, músico y ornitólogo, y no forzosamente por ese orden, quiso mostrar los movimientos en el alma de San Francisco de Asís.

    "El alma de los santos no debiera ser confiada a empresarios de conciertos de rock ", piensa dictar Andrés de Ávila (cuando encuentre un teléfono). "Una cancha de baloncesto no es el lugar adecuado para San Francisco, para Messiaen y sus composiciones a partir de trinos de pájaros, ni siquiera para servir al último director del Teatro Real en su afán de impresionar. ¿Para eso nos gastamos 40.000 millones de pesetas (250 millones de euros) en hacer del Teatro Real el teatro de ópera más grande del mundo? (con la ópera de Sidney). No hace veinte años de eso. ¿Para sacar la ópera a un lugar en el campo donde no hay teléfonos? Hacerse el interesante se llamaba a eso cuando yo era niño. Showing off, dicen los ingleses. Épater la bourgeoisie, decían los dramaturgos clásicos. Pero ellos al menos, eran dramaturgos. Ahora se trata más de un gesto de especulador en bolsa intentando llamar la atención".

    Andrés de Ávila está furioso, como se ve, y no sólo porque haga calor, no haya teléfonos, le duela una pierna por los muy incómodos asientos, pensados para gente que está de pie, dando botes por el rock, y sobre todo porque le obliguen a hablar de Messiaen como si se tratara de un crimen, un terremoto o la fuga de un almirante de la Armada en una patera. Está furioso porque el tiempo se le echa encima y él ya ha visto a sus competidores tomando notas afanosamente: Álvaro del Amo, de El Mundo -y él sí que sabe, aunque sólo sea porque es novelista, dramaturgo y cineasta, o sea un experto en ópera- en uno de los descansos cuando debería estar tomando una copita de champán en el comedor de "Protocolo" para los enchufados: hasta en eso la horterada y el novoriquismo se han desbordado sin control. O el dramaturgo Alfonso Armada, editor de Frontera D, exhausto en un banco, después, seguro, de dictar la crónica de la ópera de un amante de los pájaros. Reconvertida por los de "marketing" en gran pretexto para que los periodistas de Cultura se relaman con las palabras grandilocuentes tan propias de esas páginas: "Histórico", "Acontecimiento", "Era" (como "Era Geológica" pero aplicado a un manager), etcétera.

    Y como todo aquel a quien le acosa el tiempo, A de A está furioso porque este se le echa encima. Ya es casi la una y él, como Cenicienta, le han dicho -la imaginación de muchos  periodistas es previsible como un telediario- no debe transmitir más tarde de la una y media.

    - Bajo ningún concepto, le ha dicho Sanabria.

    - Y qué pasa si me paso.

    - Pues que plantaremos una plancha de publicidad y el director se suele poner de muy mal humor por publicar publicidad que no paga. Además ya sabes que es muy aficionado.

    Cierto. El director de Mensajero, al igual que los de casi todos los demás periódicos. Va con el sueldo, el rango, el prestigio, la aureola. A partir de cierto nivel ya no es posible ser aficionado al fútbol, a las gambas y ni siquiera al cine con subtítulos, y hay que ir a la ópera. Qué es lo que hace que los banqueros, los grandes notarios del Reino y los directores de periódico se traguen El anillo de los nibelungos con cara de ensimismada felicidad, siendo así que muchos no sabrían ni reconocer Para Elisa en el piano y también baten palmas en el concierto de Año Nuevo que transmiten desde Viena, es algo que aún no ha sido explicado de forma satisfactoria, pese a que dura ya un par de siglos.

    Por si acaso, A de A, crítico cenicienta, no quiere averiguar qué es lo que pasa si no llega a tiempo.

    - Oiga, le dice a una mujer que anda por ahí y que no parece tener prisa por huir de nada. ¿Me podría prestar su teléfono? Es para dictar una crónica.

    - ¿Una qué?    

    - Una crónica, una crítica de ópera. Es que... y más o menos A de A se lo explica. Y cosas que suceden -quizá es julio, quizá el calor, tal vez una inversión-, la mujer va y se lo presta. Es una mujer bastante distinta de las ya un poco calcinadas por el sol y perfumadas que, con vestidos de boda veraniega, han escuchado impávidas las seis horas de ópera mística que suponen como una suerte de consagración social. Como veranear en barco. Nada que ver con la Casta Diva.

    Señor, Señor,

    Música y poesía

    Me han conducido hasta ti...

    Escucha la música de lo invisible, canta San Francisco

    La mujer del móvil tiene una falda que parece un cinturón, unos zapatos que si se cae de ellos se mata y un sujetador más grande que su top, pero en el fondo no es tan distinta. Como las señoras de la función, su interés cultural es genuino. Siempre quiso saber qué era eso de la ópera, a qué sonaba, y qué diablos, de todas las cosas raras que le han pedido, esta es la más rara. Y sólo tiene que prestar su teléfono. Es aerodinámico, fucsia y rosa, y de fondo de pantalla tiene el retrato de un niño, del que no habla nunca. Pero funciona.

    O sea que la mujer escucha. Escucha a Andrés de Ávila dictando la crónica, y a su través algo pilla. De lo que es la ópera y del alma de San Francisco, y de Messiaen cuando viajaba al otro extremo del mundo para escuchar melodías de pájaros desconocidas hasta por los santos.

    Noche de hojalata

    Por: Pedro Sorela Lunes 27 Junio 2011. En Blog

    Patera y luna. p.S
    Se inclina de lado, como una patera y parece que el tiempo
    para que se hunda ya ha sido fijado. Tic tac, tic tac, tic tac...

    A quien corresponda.

    Estimada vuecencia excelentísima:

    Anoche cené en Madrid en una terraza discreta -algo nada fácil-, y la comida era casi excelente pero el camarero llevaba el tatuaje de una telaraña en el codo (una telaraña de tarántula), y las sillas, de hojalata, nos obligaron a tomar el café en otra parte. Además, a la altura del postre, alguien se puso a lanzar cohetes, buscasuegras y petardos desde un edificio vecino -súbitos alaridos en una noche caliente-, y eso arañó la velada, qué duda cabe, nos agrupó bajo los toldos para eludir las chispas y endureció las sillas todavía más: nada como un petardo para infundir en quien ande por ahí el deseo de asesinar a alguien.

    Nos íbamos ya cuando apareció la policía. Tras mirar con ojos lentos el horizonte roto por la chapuza urbanística en el que se emboscaba el francotirador de los petardos, uno de los agentes escupió con parsimonia como un policía de película de Misisipí -es lo que pasa cuando se abusa de los telefilmes-, y nos informó que los únicos ruidos que pueden reprimir las leyes son los continuados. No el de una bomba, por ejemplo, o el de un cohete. Esos no. Lo cual admira sobre la inteligencia del legislador y explica tantas enigmáticas cobardías de la ley. Además, a los policías no se les veía muy dispuestos a reprimir nada, ni siquiera a detener a cualquier homínido que pasase por ahí en una moto a doscientos, hacía calor y reñir a quien tira cohetes en la madrugada suena antipático, represor, protofascista. A mí me parece sin embargo algo más primitivo que, digamos, los toros. Mucho más. Todos los años celebro mi Navidad particular con ocasión de las Fallas de Valencia, me siento como en la noche de Reyes cuando aún me traían regalos, feliz, pese a mi nostalgia de la paella hecha en fuego de leña de la playa de la Malvarrosa, feliz de no estar allí.

    De la terraza donde tomamos la copa nos echaron a una hora tipo Bruselas -aunque estoy seguro de que en Bruselas hoy se puede trasnochar más que en Madrid, donde beatos pero astutos alcaldes han hecho creer que madrugar en las terrazas es de pobres y poco europeo-, y luego crucé una ciudad de un vacío inquietante, se hubiese dicho que enfermizo. Y me acordé de cuando en Madrid las tertulias de Gómez de la Serna o de Cansinos Assens empezaban a medianoche y hubo un conato de motín porque los taberneros exigieron poder cerrar una hora, sobre las seis de la mañana, para barrer. Eso se consideró un asalto a la libertad de los noctámbulos, una zancadilla al derecho a charlar. Que no necesitaba de cohetes para animarse. Nadie tiraba cohetes a la noche como tribus asustadas por el silencio que le arrojan flechas a los eclipses.

    Pero me distraigo. Durante la cena, una joven extranjera y sin casi acento en español se quejó de que cuando ella dice que estudia chino, le suelen preguntar: "¿para qué?". Y cuando dice que no para de traducir textos de guiones de cine, comics o canciones, el comentario no es sobre las canciones sino: "Estarás forrada". (Para más inri, no lo está: ya se sabe que a los traductores, cuentistas, poetas, dramaturgos y demás es lícito pedirles que trabajen gratis. ¿No es un placer? ¿Acaso no se lo pasan en grande? Pues eso. Que agradezcan que al morir ya se les admita en los cementerios de la gente honrada).

    Otra joven amiga, en paro, que se apresta a irse al extranjero a estudiar... y también escapar, contó una peripecia con los oficinistas con poder para tramitar visados a los parados que les ahorro pues todo el mundo, incluidos los anafabetos, conoce las obras completas de Kafka tras haberlas vivido.  "¿Será posible que me haya costado menos conseguir plaza en una universidad legendaria que un permiso del paro, por lo demás legal?", se preguntaba. A los quince días de los consabidos no son estos papeles, esto no es aquí, vuelva usted mañana y demás letanías que Kafka y todos los demás nos sabemos desde niños, como los rezos de antes de dormir, mi joven amiga terminó gritándole a un fulano: "¡Usted es quien debería estar en el paro!". Debería. Pero lo que sucede rara vez hace lo que debería.

    Podría seguir. Noches y noches, y travesías de la ciudad desierta (ojo: no es exactamente botellón lo que echo de menos), y convertir esto en un largo lamento. Pero sospecho que ya nos lo sabemos y que cada cual podría escribir el suyo y competir en historias sobre sillas de hojalata, telarañas humanas, la tuberculosa falta de curiosidad y sádicos chupatintas.

    Sin embargo, atravesando la ciudad, más desierta que dormida, a mí me pareció que esa noche -de inteligente y suave compañía, por otra parte- era como una alegoría, una imagen de un marco más ancho y más profundo, un emblema de un tiempo de hojalata. Si pese a todo caigo en la casuística y expongo los síntomas de una sola noche -y por eso me dirijo a vuestra vuecencia excelentísima, donde quiera que se encuentre-, es porque me ha venido la sospecha de si alguien habrá notado que desde hace cierto tiempo esta esquina de la tierra se inclina. Se inclina mucho. No hacia la derecha o a la izquierda, y ni siquiera basta que se vaya metiendo en el agujero nacionalista (aunque ayuda). Se inclina de lado, como un Titanic, una balsa, una patera, y parece que el tiempo que falta para que vuelque y comience a hundirse ya ha sido fijado. Tic tac, tic tac, tic tac...

    Lo cual digo para avisar.

    Parecería necesario tomar medidas. Contra la chapuza, los petardos, lo hecho a medias, las sillas de hojalata en las terrazas, los escupitajos de los policías, la necesidad de emigrar (de escapar), lo mediocre que parece un tsunami lento y nocturno pero invencible, las conversaciones interruptas en la noche, los chupatintas interviniendo en nuestro destino... en fin, usted, confío, ya me entiende.

    Suyo respetuoso,

    • Pedro Sorela

      Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla