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Héroes ausentes y otros efectos inesperados de la lectura

Jueves 10 Noviembre 2011. Blog, Sastrería

Héroes ausentes y otros efectos inesperados de la lectura

p.S

La lectora (2005)

Sastrería

Lectura 1. 

Dos bandos se enfrentan en este mundo resumido: los que dicen que no leemos y los que dicen que más que nunca. Los primeros evocamos los veranos que duraban años de nuestra infancia, con tiempo para la playa y Dostoievski, toda la obra de Julio Verne y El Conde de Montecristo, una especie de En busca del tiempo perdido para chicos.

     Los otros enarbolan las cifras de venta de ciudades atormentadas por el viento y muchachas tatuadas e incendiarias que Baroja y Unamuno, en un tiempo analfabeto y dolorido, no podían sospechar, y además exhiben aparatos mágicos que ni siquiera Verne imaginó. Sólo Steve Jobs.

   - Aquí caben cuatro bibliotecas de Alejandría (o quince, o veinte), dicen mostrando un aparato pegado a una pantalla, "y pesa lo que un canapé". Cierto, y viva Jobs, el Verne-diseñador de nuestro tiempo. "Y en el futuro", añaden, "sólo leerán en papel los monárquicos legitimistas y los arqueólogos de Egipto, y las librerías serán tiendas para regalos que abrirán un mes antes de Reyes. Todo el saber de la humanidad y también las predicciones estarán a la distancia de un par de clics, tres máximo, y en este caso para bajarse (gratis) los planes de urbanización de Saturno".

     Bien, todo eso es cierto, y para certificarlo está naciendo ante nuestros ojos una nueva especie de seres humanos con el primer órgano añadido desde la invención de las uñas. Y es una suerte de extensión del brazo, a menudo colgada del oído, que hace que la gente invente un idioma de frases cortas y casi siempre innecesarias del tipo "Ya he llegado, voy para casa", y se sienta sabia e informada porque ha leído cuatro tuits indignados y cinco titulares en una pequeña pantalla.

     Pero hace tiempo que detecté que la lectura es uno de los dos o tres terrenos que deben de quedar en el mundo escurridizos a los números. En efecto, la arriesgada idea de que la verdad está en las cifras y sólo en ellas tiene tan sólo tres o cuatro siglos, y no será necesario recordar a los pensadores y pianistas que situaron el saber en el cajón de al lado de las sumas y los tantos por ciento. De modo que quizá no importe tanto cuánto se venda -un impuesto surgido cuando se descubrió que la Cultura podía dar dinero si se la viste con los premios y los anuncios adecuados- sino qué se lee, se escucha y ve, y sus efectos.

     Por ejemplo, yo descubrí que la no lectura, o la lectura de libros literales, como los telefilmes, sin la menor metáfora ni idea -que los hay, hay incluso muchos-, tenía por efecto que mucha gente ya no sabe lo que es un héroe y, quizá peor, no sabe llorarle. Fue a raíz de la muerte de un periodista en una guerra. En los días siguientes comprobé que habíamos encerrado al muerto en la postal del reportero con chaleco de pescador atrapado en un lejano conflicto de gente salvaje. Lenguaje rudo y onomatopéyico de La Tribu y whisky sin hielo en el "hotel de los periodistas" (¿!) mientras afuera un enemigo de barba oscura y ojos brillando de rencor se carga algún patrimonio de la Humanidad. Y todo ello para salvaguardar el derecho, nuestro derecho a la información, y el de nuestros burgueses a apreciar nuestra superioridad civilivizante.

   Hasta ahí lo previsto. Pero es que además no sabíamos llorarle. No lo sabía su periódico, con el consabido editorial-orquesta municipal rimbombante pero hueco como el confeti de la Nochevieja, y no lo sabían ni su novia, con un artículo lleno de lugares comunes, ni los lectores con sus cartas al director... ni los jóvenes que, cuando les hablé del dolor y el duelo por los héroes, me respondieron que, para dolor, el dolor de muelas, de parto o el de los ligamentos cruzados que alcanza a los futbolistas y hace que se retuerzan -hombretones como son- llorando sobre el césped.

     Eso me preocupó. Soy tan antiguo que estudié La Ilíada en clase, al igual que la canción de Rolando y el Quijote, o sea que los llevo bajo la piel, y tiendo a creer que una civilización que no sabe llorar a los héroes lo es menos. Menos civilización, quiero decir. Lo que confirmé luego en Taiwán y en China, y en traducciones: en la literatura de la civilización más antigua de la tierra, el llanto por los héroes muertos es un género literario que ha dado no pocas de las obras que los chinos todavía leen para sentirse "el país del centro".

   Esa experiencia del héroe ausente me reveló una de las enfermedades que produce la no lectura o la lectura irrelevante, y que parece una tontería pero puede llegar a ser grave, muy grave y hasta letal: la literalidad. Un héroe es una metáfora, y hay que tener cierta imaginación y haber leído y tener los ojos aguzados para verle el aura e intuir su trascendencia. Y no ver a los héroes cuando pasan a nuestro lado o mueren frente a las murallas de la ciudad es una forma de no ver la belleza, algo que los griegos consideraban una enfermedad y Chesterton catalogó para siempre como prueba terminal de que esa enfermedad es la de los mediocres. Eso permite comprenderla mejor. Y es contagiosa, aunque de momento no se sabe cuánto. 

     No he podido dejar de pensar en todo esto cuando, no sin asombro pese a que ya tengo cierto callo en los ojos, he comprobado el trato dispensado al poeta Tomás Segovia tras su muerte. En España, pues en México ha sido un luto nacional. Aquí, con la excepción de dos precisas crónicas de Rodríguez Marcos en El País, se ha rápidamente etiquetado a Tomás Segovia como un "poeta valenciano", siendo así que él relativizó las patrias toda su vida e hizo bromas sobre el azar de su nacimiento -su madre sevillana se encontraba de paso en Valencia cuando dio a luz-, o se le ha ignorado por completo, con osada ignorancia, como es el caso de Televisión Española y sospecho que también las otras televisiones, y esa sospecha es un prejuicio, cierto, pero también un síntoma. Está claro que no leen poesía (ni pensamiento), o quizá tenían dificultades con la identidad, visto que Tomás se sentía en su casa en España y en México, donde permaneció exiliado todo el franquismo tras haber emigrado allí niño, hijo de republicanos. Cuando aludí una vez a la dificultad de todos para ubicarle en uno de los dos sitios, me contestó: "Ese es problema de los demás, no mío". Ahora ya no hay problema, ahora un académico lo ha etiquetado ya como un "poeta de ambas orillas". (¿No hay un lenguaje real-académico? Qué tema para una tesina...).

   Tomás Segovia murió la víspera del día en que TVE no sólo dedicó buena parte de los telediarios a refritar el Debate político del día anterior, previsible de comienzo a fin como si políticos -y periodistas- interpretasen una partitura, sino que le dieron un espacio que parecía un sarcasmo a la muerte de un boxeador que una vez tumbó a Cassius Clay. Además se felicitaron profusamente por no sé qué premios que los periodistas de radio y televisión se habían auto repartido el día anterior, sin saber que justo ese día los telediarios españoles estaban añadiendo un capítulo a la gran crónica de la ignorancia y miopía periodísticas. Pero no creo que nadie dimita, no está previsto. Ni siquiera creo que nadie se vaya a dar por aludido.

   Él se habría reído, estoy seguro, pues sus opiniones sobre los medios eran fatalistas. Siempre he tomado por un mal síntoma para él que un escritor pierda el tiempo comentando lo que hace o deja de hacer la televisión, pero en mi opinión el ninguneo de la muerte de Tomás Segovia es algo que sobrepasa la consabida banalidad posmoderna y entra en algo más. Qué diablos, Tomás Segovia no era sólo un gran pensador y poeta -uno de los tres o cuatro de la punta, si así se midiera la poesía, que no se mide-, sino historia ambulante del siglo XX, español y americano, la oportunidad de pagar un poco de la deuda que este país tiene con la memoria del exilio (él se negaba esa condición, o mejor dicho, a usarla), y una encarnación de ese rarísimo escritor en quien vida y obra se confunden, requisito, según Stendhal, para la obra maestra. Era ante todo un hombre libre, o algo muy parecido, y eso irrita pues escapa del lenguaje en cápsulas y obliga a pensar. O sea que tiene que ver, quién lo diría, con el hecho de no leer poesía, metáforas, leer de pie; o no leer en absoluto, quedarse sentado para escuchar historias ya mascadas por alguien para que no se hagan pesadas en la digestión y contribuyan a apagar cualquier fuego. De esas que llenan los telediarios.

   Puede que todo esto sea de cajón y revele sencillamente que la televisión no tiene nada que hacer con los poetas, o al revés. Puede incluso ocurrir que ese sea un anuncio de que al fin los escritores y artistas van a dejar de estar medio sobornados por la Industria y sus premios, las banderas, el falso entusiasmo sin lectores, y vuelvan a la sombra y la minoría, el extrarradio donde se encontraba el teatro de Shakespeare, su lugar natural desde siempre y en todo caso más verdadero. No sería mala noticia. Pero de todas las señales inquietantes que se producen en España desde ya hace algún tiempo, esta es de las que a mí más me ha alarmado. Pues la enfermedad de la literalidad es uno de los síntomas de una imaginación enferma. Y la imaginación es una de las condiciones de la libertad.

 

Dónde comienza Orwell

Por: Pedro Sorela Miércoles 02 Noviembre 2011. En Blog

© p.S
No muchos escritores se unen a la guerra contra
los tópicos, poco rentable porque buena parte de la
industria literaria vive de los lugares comunes.
Pocos como él la libraron con tanta coherencia.

La sorpresa que llega de inmediato con la lectura del Orwell prehistórico -su media docena de libros anteriores a los que hicieron de él el autor-llave de la literatura política del Siglo XX, y también del siglo en sí: Granja de animales, 1984 y yo añadiría Homenaje a Cataluña-, es que de prehistórico nada. Lo esencial de Orwell está casi en cada uno de sus libros, y ello desde el primero: "Burmese days", novela escrita a los treinta años e inspirada de cerca por su experiencia como policía británico, y durante varios años, en Burma, Birmania, hoy Myanmar; uno de los destinos menos lustrosos del entonces vasto Imperio Británico de entre guerras.

   ¿Y qué es lo esencial? Difícil elegir pero es probable que una escritura dictada por un pensamiento político fuerte, que no militante: una postura que va evolucionando pero que sin duda se mantiene en lo que él llamaba "socialismo democrático", incluso después de que Orwell se convirtiese en el primer o uno de los primeros denunciantes, a finales de los treinta, del lúgubre teatro estalinista.

   Una preocupación no menos importante porque esta escritura, por política que fuera, tuviese una dimensión literaria y artística (formas, personajes, colores, sugerencias, ritmos....) de primer nivel y a la altura de la mejor literatura inglesa. Que conocía bien, entre otras cosas porque había asistido, becado, al mejor colegio británico de su tiempo: Eton, en los tiempos improbables en que esos colegios insistían más en los clásicos que en las matemáticas. (Él jamás hubiese aceptado semejantes elogios de Eton, que al parecer odiaba). Con frecuencia se omite que Orwell era también un perspicaz e informado comentarista literario, véanse, entre otros muchos, sus escritos sobre Dickens, Swift (el autor que más le influyó), Tolstoi, Joyce (importó de contrabando el prohibido Ulysses desde París, y tuvo que ponerlo de lado para no compararse con él), "Los buenos libros malos", sus "Confesiones de un comentarista de libros" o "La política y el idioma inglés", donde declara célebremente la guerra a los tópicos y los lugares comunes. No muchos escritores se unen a esa guerra, poco rentable porque buena parte de la industria literaria vive de los lugares comunes. Pocos como él la libraron con tanta coherencia. Además de una inteligencia excepcional y sin duda alguna también visionaria, eso es lo que diferencia a Orwell de casi todos los escritores políticos, incluidos los comprometidos. De hecho, ese fue uno de sus principales objetivos: hacer de la escritura política una forma de arte.

   Y un interés realmente intenso del escritor por la realidad sobre la que escribía que casi siempre -o siempre- le llevaba a vivir y conocerla todo lo posible de primera mano antes de escribir sobre ella o, si se prefiere, en ella. Así hizo con Down and out in Paris and London (Vagabundo en París y Londres, Menoscuarto), resultado de dos años de vida de nómada sin cama fija por las dos ciudades, o en empleos como friegaplatos en hoteles en París. Sólo así se puede conseguir un libro tan informado como ese... pero también un capítulo tan inimaginable como el de los vagabundos muertos de frío en Trafalgar Square que esperan la hora legal de ir a compartir entre tres una taza de té, en La hija del clérigo. Vivir entre los mineros y beber en sus tabernas, en las cuencas mineras de Gales, le permitió, por encargo de un editor, Victor Gollancz, que tuvo el acierto de encargarle a Orwell el libro, escribir un informe como Wigan Pier, que rivaliza en conocimiento del medio con la magnífica novela Germinal, de Zola. Por eso ya hay quien menciona a Orwell como un precursor del Periodismo de Participación, una corriente del -mal llamado, como se ve- Nuevo Periodismo de los años sesenta.

   Intuyo que tal vez ahí esté lo más peculiar de Orwell: esa capacidad de meterse hasta el tuétano dentro de cierta realidad, por lo general movido por la revuelta y con intención justiciera. Él mismo lo dice en su ensayo más revelador: "Por qué escribo": "Mirando hacia atrás mi obra, veo que de forma invariable fue donde no había una intención política cuando escribí libros sin vida y me traicioné en pasajes grandilocuentes, frases sin significado, patrañas y adjetivos decorativos". Esa sin duda alguna pasión extrema del escritor con el tema y la elaboración de sus libros, y que está en la base de la sensación de "verdad" que producen -que poco o nada tiene que ver con cifras o estadísticas-, es quizá el misterio más profundo y a la vez sugerente lección de Orwell como escritor. Y se constituye en tema literario en sí mismo y alegoría en Keep the aspidistra flying (la aspidistra es la planta que solía decorar todas las casas de la clase media inglesa de entonces), en la que el protagonista, Gordon Comstock, lleva hasta extremos incomprensibles para cualquier mentalidad normal su obsesión por lo que hoy llamaríamos "no entrar en el sistema", y él, abstenerse a cualquier precio de conseguir "un buen empleo". Siendo empleo el sinónimo de la trampa del "dinero", y "dinero" el objeto por el que siente una repugnancia, un odio se diría que insuperable: el dinero es el instrumento casi invencible de la esclavitud. Y la novela, la historia de su batalla con él, es la historia de una lucha concreta por la libertad... que por lo demás cruza toda la obra del escritor, y también su vida. Y en el caso del comportamiento sin precedentes de Comstock, ¿acaso Orwell no dijo a un amigo que le ofrecía compartir un apartamento en un barrio burgués de Londres que la sola posibilidad de vivir en un barrio semejante "le ponía enfermo"?

   La obra y vida de Eric Blair (George Orwell, seudónimo elegido para firmar Down and out, que no reunía para él las cualidades de una literatura firmable), es un contundente argumento en sí mismo contra la extravagante pero cómoda y ahorrativa idea -y quizá por eso mayoritaria en la universidad y la crítica- según la cual una obra literaria no tiene nada que ver con la biografía de quien la hizo, o ésta es irrelevante. Que es algo así como decir que la calidad de la leche no tiene nada que ver con el tipo de pastos que haya rumiado la vaca, o con el hecho de que el novio de la vaca haya muerto heroicamente en una plaza cruzada por la línea de sombra. Una idea surrealista incluso en el caso de Kafka, Kavafis o Pessoa, en apariencia oficinistas inofensivos (véase El otro proceso de Kafka, de Canetti), y cuánto más insólita en el caso de un Orwell, en cuya vida parecen estar sin duda las claves de toda su obra y pensamiento.

   Una vez establecido lo cual, la pregunta es... ¿dónde? ¿En qué parte de Orwell están las claves de su obra? Porque las posibilidades son muchas. Los que parecen determinismos de origen abundan. Las experiencias que indican un punto de la estrella de los vientos menudean... Orwell parece un nido de trampas para caer en todos los tópicos y clichés del escritor determinado por su familia y su clase: En su caso, una suerte de muy baja medio aristocracia venida a menos, algo que parece más bien propio de un escritor ruso y coincidente con otros ejemplos en la literatura inglesa (Dickens o Lawrence de Arabia). O sea, una suerte de extranjeridad o periferia, el territorio mismo de la literatura.

     Cualquier lector de Burmese days tiene la tentación de apostar a que buena parte de lo que allí se cuenta -clasismo y racismo colonialista entre los policías británicos y en la sociedad imperial en Birmania-, está inspirado en hechos ciertos. Y que Orwell tenía mucho que ver con Flory, el protagonista apuesto, inteligente y poco racista, aunque con una marca de nacimiento en la mejilla que lo devalúa a ojos de una jovencita, guapa y sin un penique, a la caza de marido: por lo visto, los funcionarios de las colonias eran un buen caladero para europeas solteras desesperadas. La enigmática melancolía de Flory, que recuerda la de Orwell, tiene algo que ver con el hecho de haber elegido sin necesidad ese remoto destino que no corresponde a su rango social, en un personaje que parece un antecedente de algunos de Graham Greene, una década después.

   En ese libro, vagamente deudor de A passage to India, de E.M. Forster, de temática parecida, Orwell volcó lo más sustancioso de los únicos años de su vida en que suspendió su vocación literaria, creyendo que sí podría prosperar en el escalafón de la burocracia imperial y garantizarse unos ingresos regulares, el ideal mismo de su familia y de su clase. Su padre había sido un modesto funcionario en la administración británica en la India, donde nació Orwell en 1903, aunque a diferencia de Kipling él se fue pronto a la metrópoli, a estudiar. Y eso mismo pensó el editor inglés, Gollancz: que Burmese days era "verdad", y esperó a que un editor norteamericano no recibiese denuncias por difamación para arriesgarse a publicar la ya depurada versión del libro en el Reino Unido; el original se perdió. Y como sería la norma hasta Granja de animales y 1984: Orwell recibió buenas críticas y no vendió mucho. También entonces publicar novela era un oficio impredecible y arriesgado.

   Casi como norma, las primeras novelas de Orwell están protagonizadas por un solo personaje, que se mueve en los márgenes de una sociedad que entonces, recordemos, padecía las consecuencias de la Crisis del 29 y se preparaba para la Segunda Guerra Mundial. Pero si ello es evidente en las demás, lo es menos en La hija del clérigo, cuyo retrato sólo de forma indirecta refleja una condición social -por dura que sea la vida de una parroquia anglicana pobre en un pueblo inglés no demasiado practicante y rivalizando con otras iglesias protestantes-, y en cambio ilustra la capacidad observadora de Orwell, a quien no parecen escapársele ni los olores en la casa de una vieja beata impedida (Orwell tenía una nariz de perdiguero), en una suerte de hiperrealismo social que ha envejecido apenas por lo bien escrito que está. También aquí la labor de campo fue su propia vida -era nieto de pastor- y la peripecia de la protagonista, aquejada de una amnesia de pura angustia, tiene en cambio mucho que ver con el recuerdo de sus viajes de vagabundo por los caminos y en Londres.

   Orwell, como quizá se sepa, sufrió toda su vida de pobreza, a veces extrema, aunque él pensaba que un escritor no debía vivir de lo que escribía, ni ganar demasiado para no corromper su mirada en la comodidad y la complacencia, y en cambio tener un segundo oficio, nada literario ni artístico, que le mantuviese en contacto con la realidad de las cosas. Él escribió artículos y reseñas de libros hasta gastarse los dedos y, como es leyenda, se agotó en la transcripción final de 1984, ya muy enfermo de tuberculosis, entre otras cosas porque no fue posible encontrar, ni pagándole el triple, a una mecanógrafa que aceptara trasladarse al remoto islote escocés en el que pasó sus últimos días. Murió en 1950.

     Y no queda más remedio que mencionar las dos últimas batallas que al parecer Orwell no ganó: el escritor pertenece a ese grupo de autores cuya obra, en ocasiones excelente, como es el caso de varios de sus primeros libros, queda sepultada por otra de mucho mayor éxito entre el público. Otro ejemplo sería Saint-Exupéry. Y por ello es una buena noticia la recuperación o primera edición de varios de estos textos en castellano.

   Y luego, la caricaturización de Orwell por quienes pretenden hacer de él una suerte de campeón de la propaganda contra el estalinismo más ramplón. Algo un tanto melancólico si se piensa que Orwell hizo en "Keep de aspidistra flying" el retrato de la publicidad más lúcido y visionario que se recuerda, y no sin escalofrío fue comprobando que la industria copiaba sus magníficos sarcasmos, sólo que proponiéndolos en serio. Eso le sucedería más de una vez. Es evidente que su retrato de la tiranía abarca mucho más, y una pista podría ser que cada vez usamos más expresiones que parecen el colmo del futurismo y que fueron acuñadas por él, como "policía del pensamiento". Él no sólo pretendió siempre abogar por un "socialismo democrático", como dejó escrito en su tardío "Por qué escribo", sino que su obra trasciende con mucho esas peleas de la mitad del siglo pasado, ya un poco grises y polvorientas. No sin misterio, sus escritos ganan con el tiempo en actualidad y novedad.

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    Por: Pedro Sorela Miércoles 26 Octubre 2011. En Blog

    ...será devorado y asimilado por una maratón de corredores. O de ciclistas. O de motoristas. O de papistas. O de ombliguistas llevando banderas y carteles...

    Despierta y abre la ventana para dejar que entre el gris de octubre y matice el blanco y negro de la radio. Todos los días lo mismo: unos a favor y otros en contra. Y siempre los mismos y en las mismas trincheras. Ninguna sorpresa. O sea que canta en la ducha para tapar las voces y sorprenderse -tiene una alta opinión de sí mismo- de lo mal, muy mal que canta. Pero lo bueno es la sorpresa. Ha sido una sorpresa un poco preparada pero no importa: ¡Hay tan pocas!

         Luego viene el pequeño mal rato de abrir el armario y vestirse. Sólo tiene tres opciones: vestirse de universitario pijo, de periodista progre con pana, o de banquero. La calle, hoy, no admite más, y él tampoco. Ahora bien, no se va a vestir de banquero porque hoy está muy mal visto en sociedad y hasta podrían detenerle para interrogarle y pedirle los papeles, como a los inmigrantes, ni tampoco de rockero, que es la otra opción: clavos y cuero, y él es, qué remedio, de los que creen que el rock duro es claramente una profecía, un signo de la involución de la especie. O al menos de la música. Y no puede inventarse nada, en primer lugar porque no le entenderían -su amante le dejaría, sus hijos se reirían de él: "adónde vas con esa pinta", los colegas le pondrían la sonrisita tolerante... etc-, y en segundo porque no hay nada en el armario, pese a estar lleno, que le permita inventar algo. O sea que se pone un pantalón de actor de cine inglés de los años cuarenta, mocasines marrones, jersey de lana de castillo en Escocia, y vuelve a quedar vestido como cuando tenía quince años. Eso que sigue proponiendo la publicidad dominante desde que Charlton Heston -¿el Moisés de Los diez mandamientos? ese- vestía pantalones bombachos para jugar al golf en la universidad. Siempre le queda volver a hacer votos porque alguien invente algo, en algún sitio, y que no sea una variante de vaquero, el uniforme más multitudinario que ha creado el hombre en toda la Historia... pero ya no confía mucho: los diseñadores están tan encantados de conocerse que, según predicciones con buen aspecto, ninguno va a inventar nada en los próximos sesenta y cinco años.

         Busca en el quiosco un periódico que proponga una portada que no conozca ya, desde el telediario de la noche anterior, y como no lo encuentra, busca así sea una noticia: tampoco. No hay sorpresas en los periódicos, parece una conspiración. Sabe por otra parte que todos los columnistas van a cumplir con su papel, y ninguno se va a lanzar a improvisar. ¡Pondría en riesgo a sus lectores, que compran el periódico para confirmar lo que ya saben y, sobre todo, lo que ya piensan! O sea que se concentra en los columnistas-informadores, a ser posible de países lejanos, para tener la sensación de viajar, no vaya a ser que los opinadores predecibles le agudicen la ansiedad, la impresión de que, día a día, implacablemente su ciudad se va volviendo pueblo. Asoman ya múltiples pequeños campanarios que crecerán en un par de temporadas.

         Aunque ya tampoco le sorprende, donde menos se siente masa esa mañana es en el metro, bien es verdad porque ya sabe moverse y elude con astucia los televisores en los que una voz de alcalde pretende adoctrinar a los ciudadanos con consignas muy, muy simples y una información que equivale a los periódicos gratuitos pero en televisión. O sea que no es información, sólo excusa para pillar publicidad. Y el metro es para él una etapa, un oasis, porque sólo ahí puede buscar un rincón y abrir un libro, un libro que no lee nadie en todo el tren y no es difícil que tampoco lea nadie en toda la ciudad. No mucha gente lee, en estos tiempos, y los que leen tienden a leer lo mismo.

         La pausa le viene muy bien porque nada más salir le rodea y avasalla una marea verde que exige una mejor educación pública. Eso le desconcierta. La marea va toda uniformada y casi todos llevan escrita la leyenda "Educación pública para todos y para todas". No termina de entender: ¿Puede la educación, y en particular la pública, la más noble, ser compatible con la uniformidad y con el "todos y todas"? ¿No debiera ser la educación, y sobre todo la pública, lo contrario de las mareas verdes y de las frases totalitarias de lo políticamente correcto? Pero además, ¿cómo podría una educación ser "privada"?

         O sea que se escapa y sube a su trabajo con ya una cosa en la garganta, y eso que sólo son las nueve de la mañana. Sabe que sus compañeros no le darán tregua acerca de los resultados del partido de fútbol del día anterior entre los dos únicos equipos que juegan este año la Liga y que a la postre vienen a ser como el blanco y negro de la radio. Y no le sirve de nada esperar al fin de semana, como el resto de la humanidad, para respirar un poco y recuperar vagamente un perfil de hombre con biografía y memoria, alguien capaz de componer cuentos, ver metáforas o dibujar, porque sabe que tan pronto salga a la calle a disfrutar del otoño y de las primeras nubes y lloviznas tras el largo desierto azul será devorado y asimilado por una maratón de corredores. O de ciclistas. O de motoristas uniformados de rebeldes y exhibiendo marca de moto como si fuesen los tatuajes de un rebaño. O de papistas. O de ombliguistas llevando banderas y carteles con grandes, enormes ombligos como reivindicación y programa. O de manifestantes a favor del blanco o del negro, en todo caso jamás a favor del gris, el gris es alérgico a las manifestaciones...

         Y visto que le ha cogido miedo a su pantalla, precisamente porque se llama ordenador y no se sabe muy bien qué es lo que ordena, ya no sabe adónde mirar.

    Ondas de Paz

    Por: Pedro Sorela Miércoles 19 Octubre 2011. En Blog

    Si lee esta entrevista, piense que Octavio Paz estaba a un año de la celebración multitudinaria de sus 80 años, cuando ganó definitivamente la carrera contra sus adversarios en México, le faltaba sólo un libro importante por publicar, Vislumbres de la India, y ya se encontraba enfermo y dolorido y algo se le veía. ¿No es asombroso? Las reflexiones de La llama doble, un libro sobre amor y erotismo, son las de un sabio con muchos libros e ideas detrás, sin duda, pero también las de un hombre con no pocos viajes y experiencia, y no forzosamente remota. Lo que recuerda a Víctor Hugo, Picasso, Tolstoi...

       Entrevisté a Paz tras haber leído algunos de sus libros, y en particular El laberinto de la soledad, que supuso para mí un pequeño temblor de tierra por el modo poético con que hablaba de México y reflexionaba sobre ello: nunca había conocido un ejemplo semejante de lo que llamaré para entendernos ensayismo poético. También había visto in situ las exageradas pasiones que motivaba la simple mención de su nombre entre los diferentes clanes de la intelectualidad mexicana. Y nunca logré explicarme que un escritor y pensador de ese calibre inspirase acusaciones y pasiones tan pedestres, pero ello es algo habitual en  las sociedades literarias y, en este caso, otro de los muchos enigmas y contradicciones mexicanas.

         Sea como fuere, el resultado final era que iba un poco intimidado, como corresponde al Periodista que entrevista al Genio. "¿Estaré a la altura?" "¿Se me verá mucho la ignorancia?". No había cuidado: Paz no pertenecía a ese pequeño y privilegiadísimo grupo de grandes realmente sencillos, como Rafael Lapesa o Georges Duby, con los que te sentías de inmediato cómodo y a salvo de juicios pues vivían en un mundo en el que los periodistas ya no éramos más que anécdotas, incluso si pertenecíamos a un periódico poderoso, y no se sentían en la obligación de andar demostrando nada. Pero a cambio tenía un don de tipo borgiano: Te hablaba como si fueses inteligente. Daba por hecho que lo eras. No transigía con la cultura de masas en la que se presupone que la gente en general es estúpida y muy probablemente también el periodista. Tampoco hacía como otros Entrevistados Profesionales, que contestan lo que quieren contestar cualquiera que sea la pregunta, como discos rayados a propósito por su particular jefe de prensa. El resultado final fue una conversación tan deslumbrante que salí entusiasmado, un efecto que siempre provocan en mí la inteligencia y el arte, cuando lo es, y me bajé de un primer taxi porque no podía soportar, no ese día al menos, el ruido inacabable que salía de la radio del taxista.

         Años más tarde, mi amigo Ricardo Cayuela, el joven director de Letras Libres en su edición española, me sugirió, ante un viaje mío a la India, que no esperase al viaje para escribir uno de mis relatos. Que escribiese uno previo al viaje, un relato sobre mi anhelo, mis deseos e imaginaciones: sobre lo que esperaba encontrar. Fue una gran idea y de ahí salió Prehistorias de la India, en su primera versión, que ahora la revista ha tenido la gentileza de incluir en su antología, Somos lo que leemos. Y fue una gran propuesta por varias razones, y también por la de comprobar que, entre la decena de libros que leí para preparar el viaje (no siempre leo antes de viajar, y jamás "guías" de viaje, de la misma que no leo prólogos ni críticas antes de tiempo, si puedo evitarlo), el único libro sobre la India que me interesó de verdad, y eso que entre ellos estaba el muy aplaudido de Naipaul, que me decepcionó no poco, fue Vislumbres de la India, de Paz, y en particular los versos que traduce del urdu y que se escribe al final con sus amigos indios.

         No he encontrado un medio mejor de celebrar los diez años de Letras Libres en su edición española, la revista que me acogió desde el primer número con cordial liberalismo, que recordar a Octavio Paz, el escritor que fundó las revistas Plural y Vuelta, y cuyo espíritu, sin duda, inspira ésta.

    • Pedro Sorela

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