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El alarido de la calle Golfo de Salónica

Jueves 16 Febrero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"...por el cielo circulaban nubes más oscuras todavía que la noche..."

Serían la una y treinta de la madrugada de una lóbrega noche de febrero cuando un alarido, largo y espeluznante recorrió la calle Golfo de Salónica del barrio del Pinar de Chamartín, en Madrid. Era martes. Había estado lloviendo a ráfagas desde una tarde que se oscureció antes de tiempo. Por el cielo circulaban rápidas nubes más oscuras todavía que la noche. Y por el suelo bailaban en remolinos las últimas hojas supervivientes del otoño. En el piso 15 D de una de esas siniestras torres que dominan la ciudad desde las alturas de Arturo Soria, y que hacen de portones a la M-30, imaginada por el enemigo en los años de plomo de la posguerra, Diana Ortiz, de 39 años, había descubierto que su hijo Arturito tenía un ojo cuadrado. Y si había gritado, largo y con desesperación, era precisamente porque, pese a ser médica, no comprendía el alcance de lo que había descubierto al ir a tranquilizar a su hijo, que se había despertado a causa de una pesadilla. Nada así aparecía en sus apuntes, ni tampoco en Google, donde tecleó "ojo cuadrado" y no salió nada, comprobó, y si no sale nada en Google es que... mejor ni imaginarlo. Se temía algo grave y sin remedio.

    -Soñaba que te habías vuelto rectangular, dijo con angustia el niño, a quien habían empezado a enseñarle geometría en el colegio.

    - ¿Rectangular?, rectangular cómo, preguntó la madre, asombrándose una vez más de la creatividad de los sueños.

    - Rectangular como esa puerta, dijo el niño mientras miraba con temor la puerta de la habitación, que en efecto a partir de entonces adquirió un aspecto fantasmal y amenazador, con vida propia.

      Y fue al girar la mirada hacia la puerta cuando a la madre le pareció ver algo, y al comprobarlo -una pupila cuadrada, con un iris más cuadrado aún-, al comprobarlo, sin poderlo evitar, fue cuando empezó a emitir el largo alarido que fue a más y parecía el virtuosismo de una soprano para resumir el dolor del mundo.

     El síntoma evolucionó a más, en efecto. No mucho después los dedos de la mano derecha del niño dejaron de ser regordetes y un poco torpes para convertirse en pequeñas tubos delgados de cartón. El padre, viajante de comercio, regresó de una de sus largos viajes de trabajo con gafas cuadradas como las que habían dejado de estar de moda hacía años, y con el nudo de corbata windsor, conformado por un agresivo triángulo equilátero. Pasados los años, Arturito le regaló a su primera novia flores de plástico, estudió una oposición que aprobó en el tiempo previsto, se metió en una hipoteca por un piso conformado por ángulos rectos, y en general su vida se hubiese podido meter en un cubo perfecto, con los lados idénticos. Y quizá se metió, no lo sabremos nunca.

    ¿Y de qué extrañarse? Lo único que no estaba conformado por ángulos rectos en la vida de Arturo era el nombre en diminutivo, Arturito, y él exigió que dejaran de llamarle así el día en que se afeitó por primera vez. Por lo demás, en la calle siempre caminó por calles rectas y paralelas a otras, visitó casas de amigos hechas con piezas de Lego, como la suya, y anduvo primero en bicicletas, luego motos y más tarde utilitarios con las ruedas cuadradas. Votó siempre a políticos que llevaban en su programa expulsar las curvas y hasta los óvalos de las calles y las mentalidades (aunque no siempre cumplieran), e impedir el paso de inmigrantes que no acreditaran ángulos rectos en un largo linaje, y se terminó por casar con una chica que le había enamorado porque se movía con ordenados gestos de autómata. Ambos fueron padres de una simpática parejita de niños de color metalizado que al nacer ya sabían decir papá y mamá en un agradable tono de voz neutro. 

Iris Murdoch como despedida o el periodismo tiene un límite

Miércoles, 08 Febrero 2017 En: Blog, Entrevistas

Iris Murdoch.

Entrevisté a Iris Murdoch cuando ya debía de haber comenzado el Alzheimer pero todavía sus, más que brillantes, independientes respuestas no lo dejaban notar. Apenas algunos ensimismamientos un par de segundos más largos, y ahora, en el recuerdo, su casa de cuento en Oxford, al fondo de un jardín salvaje,  y la casa sumida en un desorden de libros y papeles que sobrepasaba el que se le supone de entrada a una pareja de intelectuales británicos de la vieja escuela. Poco importaba: lo que apetecía era quedarse a leer en esa casa hecha de libros como si fuese de chocolate, y en medio de un jardín recién llovido y lleno de pájaros y brillos tras la lluvia que muy bien hubiese podido ser el irrepetible que se veía tras the green door, en el clásico cuento inglés al que le han robado el título para usarlo en quién sabe cuántas tonterías.

    Pero Iris Murdoch era sin duda una mujer distinta -el pensamiento propio siempre lo es-, y el desafío era mantener el ritmo del diálogo, por un lado de apariencia social y al tiempo punteado de preguntas dinamita del tipo: ¿Es usted religioso?, con el desafío de no contestar los clisés y banalidades previsibles.

     Mi recuerdo de la entrevista con Iris Murdoch no se debe sin embargo tanto al carácter excepcional de la entrevistada -otro gran privilegio para mi pequeña colección- sino porque en mi vida marcó un antes y un después.

      Viajé a Inglaterra dos o tres días, como hacía cuando iba a entrevistar a alguien en el extranjero, y durante ese tiempo estuve casado con ella, como sucedía siempre. Quiero decir que hasta el momento de la entrevista no hacía otra cosa que leer páginas de y sobre mi entrevistado, preparando el encuentro, y al término de la entrevista rumiaba sin pausa sobre cómo iba a escribirla con la intención de que no se escapara lo peculiar, el encanto, lo diferente de esa conversación. Exactamente igual a como hago con mis relatos, casi siempre inspirados en viajes, y escritos o al menos esbozados en su transcurso. Porque puede ser demasiado tarde para escribir tanto una entrevista como un relato; la gracia o lo que sea se puede haber enfriado y si así ocurre, mejor no escribir nada. Es más difícil devolverle el calor a un relato frío que levantar a un muerto con la izquierda.

      Y así lo hice: cuando llegué a la redacción escribí mi entrevista casi como si la tomase al dictado, igual que muchas veces, pues la había estado componiendo en la cabeza durante todo el viaje desde Oxford, y luego se la presenté a mi jefe, como era preceptivo. Nunca había tenido ningún problema con ninguna entrevista, en el pasado, y con ninguno de mis sucesivos jefes, que las habían leído, comentaban algo y les daban salida. En esta ocasión la sección estaba estrenando jefa, J.L., una periodista que no venía de ninguna sección cultural, y que leyó la entrevista y luego dijo:

     - Yo es que esa entradilla y este titular no los veo.

      Lo juro: sentí una gota que me brincaba del cerebelo y me bajaba por el costado de la cabeza, como si la gota hubiese rebasado el vaso, uno que yo no tenía ni idea se hubiese estado llenando. Y es que así es: el periodismo tiene unos años, un tiempo, un límite, lo que creo es muy probable en general e indudable para un escritor. Con independencia del valor de mi titular y mi entradilla, por supuesto discutibles, comprendí como en una epifanía que, apostando por escribir periodismo, que era lo que me interesaba, y no por subir en un escalafón para juzgar el periodismo de los demás, en cualquier periódico en España siempre iba a tener nuevos jefes, cada vez más jóvenes, y mi capacidad de admitir observaciones de aquellos a quienes no siempre reconocía autoridad iba a disminuir vertiginosamente. Así que opté por aceptar la invitación a opositar por una plaza de profesor titular que me habían hecho cuatro veces en la universidad Complutense, en la que venía dando clases de redacción como profesional invitado desde hacía años, y me despedí. El estupendo director de entonces, Joaquín Estefanía, me ofreció la posibilidad de quedarme escribiendo desde casa, y eso hice durante cuatro años más, hasta terminar de comprender que el tiempo de un escritor en un periódico tiene un límite, un dead line y nunca mejor dicho -el mío en El País había sido de catorce años-, y en beneficio de todos, si se puede, más vale reconocerlo a tiempo. Y aunque no lo fuera, la entrevista con Iris Murdoch es la que figura en mi memoria como la última. Con ella dije "adiós a todo eso".

"AHORA SÉ QUE EL HOMBRE NO PACTA CON LA TIRANÍA".

Oxford, abril de 1990

La mujer de pelo gris que abre la puerta de cristal al fondo de un jardín no parece la novelista difícil que algunos periodistas han dicho que es. No puede serlo, con esos ojos de un extraordinario azul, tímido y a la vez inquisidor, con los que no para de interesarse por las cosas.

   A sus 70 años, con todos los grandes premios de la literatura británica, intacta la impaciencia por escribir, Dame Murdoch, veterana profesora de filosofía en Oxford, sigue aprendiendo. Hace seis meses tenía la desolada certeza de que el mundo terminaría cayendo en poder de la televisión y los tecnócratas. "Ahora sé que el hombre no soporta ninguna tiranía", dijo el martes en la soleada sala de su casita de cuento en Oxford. Hoy llega a Madrid.

        

La cita con Iris Murdoch tuvo casi tantas vueltas, intermediarios y recovecos como con una diva de ópera, un heredero en fuga, un espía, pero cuando al fin comenzó, la mujer que se sentó en el sofá de una soleada salita arreglada con el gusto de quien aprecia sobre todo la memoria y la vida parecía tener todo el tiempo a su disposición. Cualquiera sabe que no es así: Iris Murdoch, que en su juventud estuvo tan ocupada con la guerra que no pudo escribir, es la autora de una vasta obra de más de veinte novelas, cuatro obras de teatro, varia poesía y numerosos artículos de filosofía (asignatura que enseñó en Oxford durante años), entre los que destaca Against dryness (Contra la sequedad). Más que la cita de Faulkner -"una guerra es algo que nadie se quiere perder"-, ella recuerda sobre todo al Doctor Johnson: quien no haya naufragado, vino a decir, se ha perdido algo, y luego Elisabeth Bowen. "¿Conoce a Elisabeth Bowen? Era irlandesa, muy buena. Ella escribió mucho sobre la guerra". Y se queda pensando.

   Murdoch pertenece a esa generación que ya se encuentra en los libros (también en los de espías) que en los años treinta se convirtió al Comunismo y participó en la Guerra de España, marchando incluso desde las piedras de privilegio y los jardines centenarios de Oxford y Cambridge. "Yo era ingenua en aquel tiempo", dice quien lamenta no tener televisión por no haber podido ver, y sólo por eso, la caída del Muro y la rebelión de Rumanía. Sobre todo por no haber podido ver a uno de sus amigos en la toma de la televisión, en Bucarest, donde cambió la historia. Su amigo le ha escrito ahora con cierto retraso, y la razón es que no encontraba papel para escribir.

Esclavos

Sigue la historia con no poco interés y también miedo, cree que Gorbachov es un gran hombre y que a él se deben los cambios, y que él y todos los demás corremos grandes riesgos. "Hace sólo seis meses, tenía miedo de que el mundo terminara en poder de la televisión y los tecnócratas, y ya no lo tengo. Lo que no quiere decir que no existen peligros: Ignoro si en el futuro se leerán libros, o si habrá una pequeña oligarquía que leerá y, la mayoría será esclava de la televisión. Ahora ya tengo la convicción de que la gente no pacta con la tiranía".

   Los libros de Murdoch, nacida en Irlanda aunque en su caso ese sea un dato irrelevante, pertenecen a la corriente más central del realismo, algo por lo demás frecuente en la literatura británica. En la inmediata posguerra viajó a Bélgica y Austria para participar en programas de ayuda a los refugiados, y allí recibió una influencia decisiva del existencialismo, de Sartre (sobre quien escribió su primer ensayo), y de Beckett, irlandés trasplantado como ella. Hoy ella reconoce esas influencias, pero sobre todo se reclama eslabón de los grandes realistas del XIX, como Tolstoi, de Proust, y sobre todo de los británicos: Dickens, Henry James, las hermanas Bronté y Thomas Hardy. Y Shakespeare, a quien considera gran maestro de realistas. "¡El inglés le debe tanto a Shakespeare!", dice. "Él mostró a tantas clases de gente, exhibió tantas emociones, enseñó tanto sobre política!".

Estanques

Las novelas de Murdoch comienzan como estanques en calma sobre las que una brisa insistente va rizando olas cada vez más grandes, y a menudo concluyen en tempestades. Aunque, ¿concluyen? Hay quien lo pone en duda. Ella no. "Los finales, como los comienzos, son sumamente importantes. Lo que ocurre es que lo borroso, lo no claro, es una parte esencial de la historia". El estanque, por ejemplo, en La cabeza cortada (Alianza Tres), es un matrimonio perfecto de la burguesía británica en el que asoma la primera nube el día en que ella entra en la sala de estar, sin haberse cambiado para la cena, y le anuncia a su marido que se ha enamorado de su siquiatra, el íntimo amigo de ambos, y que no hay componendas posibles. Es un amor sin remedio. El desarrollo del libro demostrará que esa no es sino la primera de las historias, y que los espejos no hacen sino devolver otros espejos.

   En sus libros hace crisis el realismo de Murdoch, que no es más que apariencia. "El realismo no es una fotografía. Es algo implícito, algo que viene de una determinada forma de pensar". Y pregunta: "¿Le interesa la pintura?" A ella le interesa mucho, y no es la primera escritora que acepta un viaje a Madrid con la esperanza de ver la exposición Velázquez.

   Aunque no lee mucho a sus contemporáneos, ni a los más jóvenes, tiene la intuición de que éstos están muy influídos por el constructivismo y el deconstructivismo, y tienen miedo a contar directamente una historia. ¿Qué les diría a sus colegas más jóvenes? "Les diría que no tuviesen miedo de los críticos. Que escriban lo que quieren escribir y que lean la gran literatura". Una de las dificultades de entrevistar a Iris Murdoch es que a menudo es ella la que hace las preguntas, y en su caso no es truco de entrevistado. "¿Es usted religioso?", pregunta. Cuenta que cuando murió su padre, a quien le unía gran afecto, mucha gente la consolaba con la idea de que se reuniría con él en otra vida. Sin embargo, aunque ella no cree en otra vida, sí cree que es "muy importante mantener abierta la puerta a la religión", dice. "¡Tantos jovenes creen hoy que eso es superstición!. Creo que es una gran pérdida."

   ¿De dónde viene la gran tensión que se adivina tras su fuerte creación?; ¿no es acaso el deseo de inmortalidad, algo de lo que no podemos escapar? "A cualquier autor le place pensar que sobrevivirá... No sé... El futuro es muy misterioso".

 Un jardín silvestre

 La conversación con Iris Murdoch es más lenta que lo habitual con los británicos, no sólo por los pacíficos silencios que a veces puntean sus respuestas, sino porque la prisa es justamente lo que no parece posible en una mañana de cristal de marzo en una casita que parece de cuento hundida en el fondo de un jardín de Oxford más bien silvestre, con animalillos que los ciudadanos conocemos a través de los dibujos animados. El sol cae sobre una vieja alfombra más o menos poblada de revistas y libros, y para saber del ruido hay que imaginarlo. Por esas calles, no tan lejos del centro, la gente circula a pie o en bicicleta.

   John Bayley entra un momento en despistada búsqueda de un papel. Es amable y distraído y tiene el pelo despeinado clásico de los profesores británicos. Es un experto en literatura rusa. Es el marido de Iris Murdoch. Ambos mantendrán un diálogo frente al público el miércoles 4, a las 8 de la tarde, en el Círculo de Bellas Artes, en un viaje organizado por el British Council.

Europea

   No es la primera vez que Iris Murdoch visita España, aunque conoce mejor Italia y, Francia. Se reclama europea y cuando viaja a Estados Unidos siente de inmediato las ganas de volver.

   Conserva intacta la ansiedad de escribir. El mejor momento es cuando de pronto mira por la ventana y cree que todo es posible. El peor, cuando cree que lo que ha escrito no vale nada. ¿En qué ha influido en su carrera el hecho de ser una mujer? Quizás haya vivido siempre entre gente ilustrada, pero lo cierto es que nunca me lo hicieron notar".

 

Sastra de espías

Miércoles 25 Enero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado..."

Mediada la guerra, el jefe de los espías de la Potencia del Oeste rindió cuentas a su gobierno de sus fracasos, que eran muchos:

    -Es inútil. Pillan a todos nuestros espías.  Y los fusilan.

    Sus compañeros de gabinete no se lo terminaban de creer.

    -¡Cómo es posible!, dijo uno de ellos. ¿En el siglo XXI no ha evolucionado la técnica del disfraz a la par que la Medicina y la Robótica? ¿Este va a ser el gran siglo del progreso humano, y el arte del disfraz, uno de los más antiguos, se va a quedar atrás?

    - Sí -dijo el jefe de los espías, tan desconsolado que hasta se permitió un tonito de intolerable piedad consigo mismo que revelaba la gravedad de la situación-. Lo hemos intentado todo...

    - ¿Todo? ¿Han intentado el disfraz de cliente de rebajas?

    - Ese, en versión de hombre, mujer, jubilado y hasta cliente que devuelve una prenda después de haberla usado. Y también el de víctima de las eléctricas, de militante del Atlético de Madrid y hasta del Numancia, de disidente de partido político y de campeón de concurso de cocina. Uno de nuestros espías se disfrazó incluso de juez de un concurso de canto en el que la gente no entonaba nada nuevo sino viejas canciones que todo el mundo pudiese acompañar... Se han disfrazado de ducha, de bolígrafo de multas de tráfico, de dron, de político corrupto con un jamón en Navidad, de pito de árbitro, de IRPF, de palo de golf y de todo el catálogo de Mortadelo y Filemón.

    - ¿Y?

     - Los pillaron siempre pues nuestros enemigos también conocen a Mortadelo, que es global. Y al paredón.

     El consejo de ministros se sumió en el silencio. Al cabo de un rato de melancolía lo que había parecido una entelequia, una utopía, una blasfemia -el triunfo de la Potencia del Este, imposible hasta esa mañana- se insinuó en la penumbra de la tarde. Además, a través de los árboles del complejo presidencial se veía caer un sol rojo de invierno y eso nunca ayuda. Y cuando alguno de los ministros más débiles ya concebía la palabra rendición pero no se atrevía a pronunciarla, una becaria, pequeñita y con los ojos verdes de inocencia, le cuchicheó al oído a uno de los ministros. Que al principio hizo un gesto de impaciencia pero algo le dijo la chica porque continuó escuchándola y cuando terminó todo el consejo le miraba, agarrándose a lo que fuese: ¿Hablaría por fin? ¿Se atrevería él a decir lo que nadie?

     El ministro repasó a sus colegas y finalmente dijo:

     - Dice que el error ha sido disfrazar a nuestros espías de lo que todo el mundo conoce. Por ejemplo, todo el mundo sabe a la perfección cómo es un usuario de whatsapp y cualquier policía de esquina puede reconocer a un whatsappero falso con un simple golpe de ojo... Ella dice que el truco sería disfrazar a nuestros espías de algo no previsto.

     La chica intervino con su vocecita de becaria para precisar con fe de científico que ha descubierto algo:

    - Es que ya nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto. Nos hemos acostumbrado tanto a las cadenas de mensajes y a poner megustas en las redes que hemos perdido esa esquinita del ojo.

    - ¿Por ejemplo?

     Ahí les costó. Así como casi nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto, mucho menos lo está para imaginarlo... y para crearlo.

     En fin, que tras no pocos esfuerzos de la imaginación decidieron fiarse de la becaria y crear una espía con dos narices. No que los creadores tuvieran dos narices, como quien dice "un par" (aunque también), sino que la espía tenía dos narices. Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado, pulseras tintineantes, perfume embriagador, medias de cristal... en fin, todo el uniforme perfecto de la espía internacional de hotel de cinco estrellas. Y dos narices.

      Oye: pues no la vieron.

      Así es: no la vieron.

      Y la espía pudo llevar a cabo su misión y restablecer los equilibrios de la guerra, que ahí sigue, interminable.

Yo no sabía que se podía leer así

Miércoles 11 Enero 2017. En Lecturas, Blog, Sastrería

André Kertesz
París, 1929 (imagen de "Leer", publicado por Periférica & Errata Naturae.

Lecturas / Sastrería

Aquí donde me ven soy, modestia aparte, autor de un best seller. Sí, a mí mismo me cuesta creerlo, pero después de dos o tres décadas de éxito me tengo que rendir a la evidencia. No solo es un best seller sino, el colmo del éxito, un long seller, esto es, algo que se sigue difundiendo pese a los años y las crisis.

   Se trata de una lista de libros. No los he contado nunca -la lista evoluciona un poco cada año-, pero no debe de tener más de ciento cincuenta libros o doscientos. Un catálogo pues, de apariencia humilde.

    Como a veces sucede con las genialidades -pues no vacilo en considerar genial la lista, y sin mucho miedo a equivocarme pues juego con material de primerísima-, esta llegó por casualidad. Al término de un curso en la universidad, donde doy clase de redacción, un grupo de alumnos se me acercó para decirme que habían disfrutado mucho con las lecturas que habían tenido que leer para mi asignatura ese año, unos nueve o diez libros para nueve meses de clase -lo que hoy se considera un desafío, una provocación-, y pedirme que les recomendara más libros. Esta halagüeña pero, si bien se mira, alarmante petición, se complementó con otra anécdota en esos años en que un alumno caracterizado por su timidez, porque siempre vestía de negro, por su tendencia a sentarse en un rincón y porque pertenecía a un pequeño grupo de alumnos que siempre me estaban recomendando oscuras pero prestigiosas películas proyectadas en salas para iniciados, me abordó un día en un remoto camino del campus y con gran apuro me dijo: "Quería darle las gracias por los libros que nos hizo leer en clase. Yo no sabía que se podía leer así. Que sepa que ahora soy un adicto". Y a continuación desapareció.

     Así que escribí una primera versión de la lista y le pedí a Soledad, la imprescindible secretaria de mi departamento, que se la facilitara en fotocopia al puñado de estudiantes que vendría a solicitarla. Al cabo de unas semanas Soledad me pidió que entregara la lista al departamento de reprografía de la facultad, donde la podrían pedir los estudiantes. "Es que nos van a fundir la fotocopiadora del departamento", me dijo. Por lo visto venían a pedirla no solo de mi curso, sino, incluso, desde otras facultades. No soy vanidoso, o al menos no lo soy en esa liga, de modo que la noticia no dejó de alarmarme (ahora ya estoy vacunado): Qué orfandad literaria tiene que haber entre los jóvenes para que una lista de propuestas de lecturas más bien evidentes se convierta en un éxito. Y qué habrá tenido que soportar en sus clases de literatura el estudiante del "yo no sabía que se podía leer así".

     Es una situación que se prolonga desde entonces. De vez en cuando me escriben viejos alumnos para pedirme una nueva copia pues han perdido la suya y lo consideran un drama. Y no la cuelgo en Internet, ni aquí, porque por un lado considero que es una lista firmada, por la que hay que mostrar cierto interés, no es spam, y también por modestia: no es más que la lista de unos cuantos clásicos que no hace tanto (lo que revela la dimensión de la catástrofe) eran considerados obligatorios en el bagaje de cualquier persona más o menos alfabetizada: Tolstoi, Balzac, Verne, Borges, Orwell, Victor Hugo, Saint-Exupéry (no El pequeño príncipe sino lo demás, más importante), en fin, lo ineludible, junto con algunos autores menos clásicos pero también para mí indispensables como Kawabata, El libro de la almohada, Steinbeck, Berger, Rulfo, Stendhal, Beckett, Greene, Semprún, Primo Levi, Hesse... con dos condiciones: son todos buena literatura, sin discusión, y no pueden ser demasiado difíciles pues sé que un libro difícil leído a destiempo echa a alguien de la lectura. Así que, confiando en que los seguidores de la lista lleguen a ellos por su propia ruta, no figuran ni Proust, por ejemplo, ni Mann, ni Faulkner, autor al que le dediqué un año de mi vida para uno de los ensayos de Dibujando la tormenta, pero al que es mejor no acudir para iniciarse en la lectura. Más aún: es recomendable leerlo en orden.

    Pero la frase de mi alumno no deja de perseguirme. Lo de "yo no sabía que se podía leer así". Me acuerdo de ella de vez en cuando, para intentar explicarme el país en el que vivo, y su educación, que es lo que más me interesa, cuando sale una vez más la estadística de que cuatro de cada diez españoles ni abre un libro al año. Y que, según los informes de los expertos, la lectura se ha estancado en España.

      Y cómo no, me digo, con esos planes educativos por los que algún día alguien tendrá que pagar ante algún tribunal, con la lectura arrinconada a un puesto inferior a asignaturas delirantes en los colegios y planes de tediosas lecturas perpetrados -no cabe otra explicación- por gente que en el fondo odia la literatura. O tampoco ha leído un libro en su vida.

  • Pedro Sorela

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