joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Vida de periodista

Miércoles 19 Abril 2017. En Periodismo, Blog

"Las ediciones digitales no aportaban nada más que porno rosa y listas tontas"

Lo que más me golpeó cuando entré a trabajar en El Diario de Mañana fue descubrir, poco a poco, que no era el lugar en el que todo parecía nuevo, como prometía su nombre y yo había creído siempre que son o han de ser los periódicos. Al contrario. Allí los periodistas escribían espectacular incendio y pistoletazo de salida, como ya resultaba imperdonable en tiempos de los abuelos, y la redacción era un permanente campo de batalla, ya no solo limitado a los lunes, en los que partidarios del Real Madrid y del Barça se echaban pullas unos a otros, según uno u otro equipo hubiese demostrado una vez más su superioridad en el campeonato que libran desde siempre y para toda la eternidad. ¿Lo único nuevo? Que ahora se las arrojaban a veces con el móvil, pero venía a ser lo mismo.

     Aunque decir que "me golpeó" parece tal vez excesivo, en realidad se oía como un pequeño ruido de fondo, un matiz en las nubes de la tormenta a lo lejos, ante el galope de las novedades que todos los días llegaban en tromba: revoluciones, bombas, elecciones, amenazas, revueltas de independencia... Todo tiene aspecto nuevo en un periódico. Se diría que en ese momento, en su primera página, se está inventando el mundo.

     El tropiezo se produjo cuando, buscando datos para ilustrar una crónica -eso es lo que hacen los novatos, pitufos, en las redacciones: buscar fotos, contestar teléfonos, mentir para cubrir al jefe, acudir a ruedas de prensa sin preguntas, encontrar datos de apoyo a las crónicas de los veteranos...- descubrí pronto que la bomba de esa mañana ya había estallado la semana anterior, y el mes anterior, y hace un año, y ya Dostoevski hablaba de ese mismo fanatismo en sus novelas. Y que esas elecciones ya se habían celebrado antes, y los argumentos para las revueltas de independencia sonaban a siglo XIX, e incluso XVIII... De tal manera que, con el tiempo, no mucho tiempo, el periódico dejaba de tener ese aspecto de novedad que tienen los periódicos planchados en el quiosco y pasaban a ser ensayos teatrales donde se repiten una vez y otra los papeles con ligeras variantes. Las ediciones digitales no aportaban mucho más que porno rosa y listas tontas.

     Fue a su vez eso lo que me permitió ir localizando una serie de roles, en la redacción, como los personajes arquetípicos de la Comedia del Arte, tipo Arlequín, Colombina y demás. Y así fui identificando, cada vez con mayor facilidad, los del jefe malhumorado. El reportero con chaleco de pescador que estuvo una vez en la frontera de un país en guerra pero pontifica como si fuese Hemingway. La madre agobiada porque el cierre le impide siempre llegar a bañar a sus hijos. El novato que cree que Twitter y Facebook son periodismo y sus pupilas van cogiendo el aspecto paralalepípedo de móvil. La reportera empeñada en reconvertir el periódico en una ONG que todos los días abre con el "Día internacional de..." (esos días fueron inventados por empresarios de prensa para ahorrarse periodistas). Los militantes de este o aquel partido, propietarios de la razón y agraviados con la limitadita cerrazón universal que no les vota...  Y así, poco a poco, el tifón del periodismo se fue convirtiendo en una tormenta tropical y luego una lluvia pacífica de primavera, hasta llegar a la rutina de cualquier oficina con máquina de café y conversaciones sobre los sueldos, el escalafón y las vacaciones.

     Hasta que hace unos días comencé a salir con Rita, redactora de Sociedad. Es maja, agradable, con las ideas correctas y presentable a la familia. Tengo que competir con un rival temible, el móvil, pero qué le vamos a hacer, los periodistas vivimos en las redacciones y tampoco conocemos a demasiada gente lejos del reflejo de nuestras pantallas. La primera vez que fuimos a cenar me pareció que comía más con el cerebro que con el paladar, pero eso es algo muy de estos tiempos obsesionados con el estar fit (así lo llaman). Cuando fuimos a bailar tuve la impresión de que lo hacía siguiendo pasos grabados en el disco duro, y que sus manos frías tenían huesos de metal. Y cuando nos metimos en la cama me pareció escuchar los gemidos de unos engranajes faltos de aceite. 

El desvío como estrategia

Miércoles 12 Abril 2017. En Blog

Ricardo Gutiérrez
Susan Sontag
En calidad de autor ya me habían hecho unas cuantas entrevistas en mi vida cuando yo hice lo mismo con Susan Sontag, y nunca me sentí, ni de lejos, tan interrogado como con ella. Tal y como cuento, disponía de una hora, en una rueda de entrevistas sucesivas con motivo de su visita a Madrid, y habían pasado veinte minutos cuando tuve que interrumpir su catarata de preguntas sobre quién era yo, y dónde había aprendido el inglés, y por qué mi familia... etcétera, y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y más vale que nos pongamos a ello porque si llevo una entrevista a mi mismo me arriesgo a que me echen del periódico", o algo así. Susan Sontag soltó entonces una gran carcajada de mujer voraz y sólo entonces pude entrevistarla.
   Para encontrarme con otro problema inédito. Y es que cada respuesta merecía una entrevista especializada. Es norma elemental de cualquier entrevistador el llevar preparada una lista de preguntas, a la espera de la primera respuesta interesante, si se da, y seguir por esa senda más interesante. Y es rara la entrevista en que el periodista atento a la respuesta prometedora no haya tomado por lo menos un desvío, donde suelen estar la entradilla y el titular. Pues bien: con Susan Sontag el desvío se producía en cada respuesta. Eran tan sorprendentes, tan independientes y, sobre todo, tan inteligentes, que me quedaba medio atontado y tenía que usar de todos mis reflejos para no seguir solo por esa senda que ella convertía en muy prometedora -y podía ser la pintura del sur de Italia, por ejemplo-, y pasar a los otros muchos temas que se ofrecían, a la vez que lamentaba haber perdido veinte minutos permiténdole a ella sonsacarme a mí.
   Para entonces Sontag ya había pasado su primer cáncer y había escrito su Ilness as a metaphor (La enfermedad como metáfora), del que me regaló un ejemplar (no dedicado, por supuesto). Y sin embargo, cuando días después me encontré con la antigua actriz que le habían puesto como guía para acompañarla por Madrid durante su visita, me dijo que, después de las intensas visitas al Prado y a los tablaos flamencos, que Sontag había exprimido en su viaje, había tenido que guardar cama, agotada.
    Mi entrevista había sido de nueve a diez de la mañana. También me enteré después de que el periodista a quien le tocaba el turno siguiente había sido expulsado con el comentario de que ella no había venido para responder preguntas estúpidas... y con él se había terminado la rueda de entrevistas.
   Y un testigo me contó el comentario que le había hecho sobre mí a mi director, en una cena. Por lo visto sus intensas preguntas en veinte minutos no habían sido por completo inútiles, y ya había logrado construir toda una teoría.
 

Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

Nostalgia del "no"

Miércoles 05 Abril 2017. En Blog, Sastrería

Cola de gente esperando una respuesta.

Sastrería

Me pregunto qué pasaría si alguien llama a los bomberos, para dar una alarma, y no recibe respuesta. Ni "si", ni "no", ni "resista, que ya vamos", ni "¿se puede usted identificar, por favor?" Nada. O si alguien se pone en manos de médicos, les entrega informes y análisis inquietantes... y no hay respuesta. Y así con policías, arquitectos a los que se quiere encargar una casa que no sea un clon adosado, una mujer a la que un hombre le ha pedido que se fugue con él, carniceros o azafatas. Bueno azafatas no, ya no es infrecuente que las azafatas dejen sin contestar la lucecita en el pasillo y se incorporan a ser parte del problema.

    El problema de la falta de respuesta. Del "no sabe, no contesta". Ni siquiera: del silencio como toda respuesta, que es lo que se estila, según puede averiguar cualquiera, ya en grandes zonas de la ciudad. Barrios enteros. El silencio.

     Es un problema que tardas en identificar porque, si tienes alguna edad, no te han preparado para reconocerlo. Al contrario: para mí, el silencio puede ser también un lujo que no tantos saben apreciar, como es fácil de hacer la prueba. No hace falta mucha inteligencia, instinto ni astucia para que localicemos peloteos, insultos, ironías, idiomas extranjeros, promesas, reclamaciones y demás, pero no estamos preparados para recibir silencio. Y no en el caso del que "quien calla otorga", que podría ser una variante muy aceptable, sino en el del silencio que no se da por enterado de que existes.

      Digo que para detectar el problema hay que tener cierta edad porque los más jóvenes han crecido con él. Hasta el punto de que un estudiante echador de currículos -la actividad estrella de muchos jóvenes en los últimos años- puede contarte entusiasmado:

     - ¡Me han respondido!

     - ¿Te han dado el trabajo? (o la beca)

     - No. ¡Pero me han respondido!

     Y con su entusiasmo dan a entender que, puesto que les han respondido, eso es signo de que ya pronto conseguirán trabajo (o beca).

      Tampoco tiene que ver con la incapacidad mexicana de conjugar el verbo "No". Haga la prueba, es muy divertido: por lo general los mexicanos utilizarán cualquier treta para no usar la palabra "no", que les parece muy agresiva. A  cambio recurrirán a todo tipo de rodeos corteses, elegantes y literarios.

      En cierta época de mi vida trabajé en un periódico español donde algunos me llamaban Doctor No (uno de los primeros enemigos de James Bond). Y ello porque, exasperado por la cobardía de los responsables, que se negaban a ponerse al teléfono para decirles a los colaboradores cuándo se iban a publicar sus artículos, o sobre todo cuándo no se iban a publicar, cogía yo el teléfono y les contaba las probabilidades, y les daba las gracias. Era un mal rato, si se quiere, pero peor rato era padecer la cobardía y falta de empatía de quienes cobraban, también, por decir que no y no por dar largas sin ninguna vergüenza. Echaba de menos a García Márquez que cuando le preguntaron qué había cambiado con la edad y el éxito, declaró: "que cuando digo no es que no".

       Se conoce que el paro ha echado a la calle incluso a las secretarias y porteros que asumían la responsabilidad de decir "no" en representación de sus jefes, o por el mismo precio, "no, muchas gracias", y eventualmente dar razones, que eso ya raya en lo onírico. En la época del lenguaje políticamente correcto, del compañeros y compañeras, la tercera edad, los afroamericanos, y todo tipo de circunloquios para no ir a herir a nadie con alguna de las palabras que algunos han decidido son hirientes e imperialistas, hemos suprimido directamente el "no". Debe de ser que suena demasiado agresivo, en estos tiempos hipócritas, y puede herir la sensibilidad del solicitante. Para no herirle, es mejor que se vaya pudriendo en la espera. Y no nos moleste.

Wallraff, el periodista con máscara

Miércoles 29 Marzo 2017. En Blog

Bernardo Pérez
Gunter Wallraff

Diálogos/El disfraz

"¿Cómo entrevistar a una máscara?", es lo que con toda probabilidad uno se pregunte si ha de entrevistar a Günter Wallraff, el hombre que ha convertido el disfraz en un instrumento, no para disimular sino al contrario para averiguar la verdad. Y no hay tal: Wallraff -o al menos así fue ese día conmigo, hace años-, se muestra particularmente desnudo, desnudo de máscaras si se entiende lo que quiero decir. Esto es, alguien tan agotado por sus esfuerzos ya legendarios en el arte del disfraz que en la vida diaria, alejado del frente, se muestra más de verdad que nadie. Un duro -quien lo dude, que eche un vistazo así sea a una sola página de su biografía-, pero al tiempo alguien tocado, febril y hasta malherido por lo que no ha podido dejar de ver y (esa es la novedad entre los testigos) también vivir. Alguien sin tiempo para andar disimulando.

     Aún así, sigue el problema: ¿como entrevistar a alguien precisamente por su dominio de la máscara? Pues en contra de lo que se podría pensar, es un caso abundante. Es casi el primer obstáculo que ha de enfrentar el entrevistador: por lo general la gente entrevistable domina la máscara y ha hecho de ella su profesión o al menos una de sus habilidades. No otra cosa hace un cantante, un político, un actor o un escritor ganador de premios: gente experta en la representación, que sabe lo que hay que decir para seducir al periodista, uno de los responsables y quizá el principal de seguir prolongando esa imagen ganadora. Y lo primero que hacen los entrevistados es fingir simpatía e igualdad: "somos iguales, somos colegas", le transmiten al periodista hasta con palmadas en el hombro y lenguaje corporal. Y el periodista, al margen de lo novato que sea, se lo suele creer porque, habituado a vivir entre brillos y titulares, le han atacado por su lado más vulnerable, la vanidad.

     Wallraff es otra cosa. No sólo porque la vanidad parece desplazada junto a él -ese tipo de vanidad- sino porque la dirección, la intencionalidad de su máscara es otra. Los entrevistables (llamémosles así) se trabajan la máscara para incrementar su imagen, esa moneda fuerte en el mercado de divisas de nuestros días. Él trabaja sobre la máscara porque ella y sólo ella le permite averiguar lo que hay debajo de apariencias construidas con solidez, dinero y constancia: Lo que hay detrás de la prestigiosa marca Volkswagen, por ejemplo; o tras el periódico Bild Zeitung, que en su día provocaba hasta manifestaciones de protesta de gente agraviada por su interpretación de la libertad de imprenta; o en las cárceles griegas cuando la dictadura en calidad de preso político voluntario; o de Alí, un obrero turco inmigrante vestido con mono azul, y para mostrar que el precio de serlo en Alemania puede ir hasta someterse a experimentos con radiación nuclear. Todas esas misiones le han convertido en un marginal dentro de la sociedad alemana (aunque venda miles de ejemplares; varios millones de Cabeza de turco) hasta el extremo de que, al menos cuando realicé esta entrevista, tenía que vivir fuera de su habitual barrio obrero y lleno de inmigrantes pues la presión dentro era excesiva. Pues como con la bruja de Blancanieves, pocas sociedades aceptan -y tampoco la alemana es excepción-, verse confrontadas a un espejo real.

     Parece un exótico, un extravagante del periodismo y de la sociedad rica occidental encantada de conocerse... pero quizá no lo sea tanto. Quiero decir, ¿de verdad es tan delirante su teoría? En un mundo construido por gabinetes de prensa y de imagen, de asesores y web-masters que aprenden a domar el flujo de las resonancias en nuestra sociedad de reflejos, ¿tan delirante resulta que alguien pretenda desmontar todos esos disfraces con otro, así sea el muy sencillo de un periodista amarillo o el más humilde aún de un obrero turco con lentillas negras para teñir sus ojos azules? Por qué el periodista habría de ser el único en renunciar al disfraz, sobre todo si al final se encuentra el compromiso de revelar la verdad, o al menos la verdad conseguida con la máscara. En un mundo de disfrazados, por qué la máscara de quien se la pone a la vista de todos -como en una Teoría del Distancimiento de Brecht, con la que por cierto su método conserva no pocas afinidades- por qué ese disfraz sería más ilegal que otros, o tan siquiera más inverosímil.

      La entrevista en estilo indirecto, y en este caso sin casi frases textuales, no es sino una consecuencia más de ese juego de representaciones. El supuesto realismo del estilo directo se me antojaría en este caso particularmente equívoco; siempre faltaría algo en la supuesta reproducción textual de lo hablado: justo eso que él pretende rellenar con la escritura del disfraz. Pues no es la apariencia de realidad lo que busca desvelar Wallraff sino justo lo que se esconde bajo ella, más afín, me parece, con la narración que con la representación. La narración llega allí donde la representación no puede.

      Pese a todo lo cual se mantiene la pregunta: cómo entrevistar a alguien que ha llevado la máscara al virtuosismo.

      Mi conclusión fue: con preguntas sinceras, y aprovechando que el tigre descansaba.


   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

 

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla