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Mujeres, política y viajes en el enigma Ch.

Miércoles 02 Noviembre 2016. En Lecturas, Blog

p.S.
Castillo de Combourg y retrato de Mme. de Récamier, en el museo Carnavalet, de París.

Lecturas

Mon dernier rêve sera pour vous. Une biographie sentimentale de Chateaubriand. Jean D'Ormesson. Le livre de Poche.

Me cuesta mucho hablar de Chateaubriand porque me intimida la deuda impagable que tengo con él desde mis trece o catorce años. Un día, el profesor de literatura francesa leyó en voz alta una página de sus Memorias de Ultratumba -una de la media docena de obras maestras de la literatura mundial, según d'Ormesson, y yo le creo-, y sin previo aviso de ningún tipo consiguió que fuese entrando en estado de levitación y planease hasta unos veinte centímetros por encima de mis compañeros semi dormidos. Efectos de la gran literatura. Era la hora de la siesta, que por lo general aprovechábamos para dormir en clase de literatura francesa antes de las clases de verdad importantes, de álgebra o física, en tiempos en que todos estudiábamos de todo. Y cuando terminó -la página hablaba de cuando Chateaubriand era niño y escuchaba los pasos de su padre, en un castillo de Bretaña, mientras afuera batía la tormenta-, cuando terminó, yo dije no sé si en voz alta y con la mayor convicción que he tenido nunca: "Eso. Eso es lo que yo quiero hacer".

     Y como algo relacionado con esa especie de juramento, no hace mucho visité el castillo de Combourg, en la frontera casi entre Bretaña y Normandía. Y de la tienda del castillo me traje una nada avara biografía sentimental de Chateaubriand, a cargo del polígrafo Jean d'Ormesson, que aparte de proporcionarme deliciosas horas de lectura con la correspondencia amorosa del escritor y sus refinadas amantes, cultas y elegantes escritoras, me ha hecho pensar una vez más en por qué ya no hay escritores así. Con así quiero decir grandes escritores -Chateaubriand pasa por ser uno de los más grandes, pese a ser monárquico legitimista y católico convencido, dos etiquetas que hoy no es fácil que favorezcan a un escritor, aunque también era un obseso de la libertad (sí, de esas contradicciones están hechas las grandes cabezas)-, que además de la literatura jugaron otras partidas, y a fondo.

    El libro de d'Ormesson me ha descubierto que la actividad diplomática de Ch. no fue en absoluto una distracción y un ganapán, como suele ser entre los escritores, sino por el contrario una actividad que él se tomaba tan en serio como la literatura.  Y que estaba tan orgulloso de la mejor de sus obras como de su aportación decisiva, en su calidad de ministro de Exteriores francés, en la expedición de los cien mil hijos de San Luis y la restauración de la Monarquía con Fernando VII para terminar con la primera República española y la constitución de Cádiz. Y además siendo muy consciente de que no era ni mucho menos el mejor de los reyes, ni tan siquiera mediocre. Era peor. Pero era un Borbón español.

     Poco importan ahora las lealtades políticas y religiosas de Chateaubriand, salvo por el hecho de que a veces condicionaron su vida hasta arruinarle o ponerle en verdadero riesgo de perderla. Como cuando, en pleno Terror revolucionario, emigró a Londres y estuvo a punto de morir, literalmente, de hambre. Qué vida, o "qué novela", como habría dicho Napoleón, la que permite que años después regresara, en calidad de embajador, en una época en que los embajadores importaban y vivían como virreyes. Y para entrevistarse con una de sus primeras amantes, que años antes había contribuido a salvarle la vida.

       Pero sus embajadas y destinos diplomáticos no fueron más que una cáscara de otra actividad mucho más interesante, que fue la de viajero, en una época en la que no puedo definir esos viajes sino como de verdad. Como el que hizo muy joven a Estados Unidos y de la que salió su memorable evocación de la vida salvaje, Atala, o un viaje que le tomó un año para ir a Jerusalén. Qué viaje: kilómetro a kilómetro y pueblo a pueblo, con una amplia y detallada vuelta por España solo para tener una cita galante en Granada con una de las bellezas de su tiempo.

     Y ese es el otro gran capítulo de Chateaubriand, el de la enorme importancia que tuvieron y el espacio que ocuparon en su vida sus muchas amantes, a menudo simultáneas, desarrollando en él una capacidad de mentira inversamente proporcional a la firmeza de sus convicciones políticas y religiosas y la determinación de su obra literaria. Personaje enigmático y secreto, no creo que ni el más atrevido comando de psicoanalistas pueda establecer hoy, a través de su correspondencia y la abrumadora bibliografía sobre él, el carácter del donjuanismo de Chateaubriand (aunque él no bajaba a las cabañas, por lo general se mantenía en los palacios), y además ¿importa mucho? Cualquier estudioso del Romanticismo sabe que en su base misma se encuentra la búsqueda de una mujer... inalcanzable. Sin la menor esperanza de averiguarlo un día, me intriga la idea de si esa búsqueda de lo inalcanzable no tiene algo que ver con el arte, que o es búsqueda o no es. Y también de lo inalcanzable.

     Es persuasiva la idea de D'Ormesson según la cual las mujeres de Ch., incluida Celeste, su esposa desgraciada, se resumían en una sola, Juliette Récamier, que fue la mujer que de verdad le importó hasta el final. De joven había sometido los salones con su belleza legendaria pero también su ingenio e inteligencia, y ya anciana y ciega le acompañó en el día de su muerte.  A ella se la llevó el cólera meses más tarde.

     Madame de Récamier, una de esas mujeres que gobernaron en la sombra sobre la política y la literatura, en su caso desde un pequeño salón inserto en un convento. Y que también dejó detrás un campamento de hombres destrozados.

Curiosidad y exilio de la imaginación

Miércoles 26 Octubre 2016. En Blog, Sastrería

p.S
Svetlana Alexievich.

Sastrería

Entre los ruidos de fondo que me acompañan hay uno que he venido escuchando más en los últimos tiempos, y es la sensación de que el realismo ha crecido. O si se prefiere, escucho un suave lamento apenas perceptible por la marcha de la imaginación: Si es así, ¿adónde se ha ido?

   No se trata solo de cada vez más un mayor ruido ambiental, o de una presencia más agresiva del matón de la fealdad -que también-, sino de infinidad de pequeños detalles, tendencias, escuelas literarias o sucedáneos que obligan a pensar en la extensión de una consigna: fuera de la clave realista no hay salvación.

     Y no, no es una prolongación en el tiempo del realismo con el que Flaubert y otros muchos escritores del XIX pusieron coto a los excesos, también muchos, del Romanticismo, en una más de la habitual oscilación del arte entre subjetividad y objetividad, o si se prefiere, rebelión o clasicismo, ruptura o norma. Se diría que se trata de algo más. Detalles como por ejemplo la consagración de la periodista Svetlana Alexievich con el premio Nobel de Literatura, un premio revolucionario en esta ocasión, donde los haya, porque por primera vez se reconocía como literatura, no el Ensayo, sino la crónica realista, sin la más mínima pretensión de invención. (Crónica sin duda magnífica).

    O detalles como la tendencia, que ya tiene unos años, de que "lo real" sea la condición indispensable de las nuevas "creaciones": ya sea porque la historia que se cuenta intenta reproducir un suceso real -no es necesario que sea la vieja novela histórica, puede ser una historia sin mayor trascendencia-. Ya sea porque reproduce arquetipos más que reconocibles: novelas de policías, de profesores, de divorciados, de homosexuales, pronto de jubilados, de mujeres decepcionadas, de nuestros vecinos casi identificables con nombres propios. Ya sea porque podemos inventar con supuesta libertad pero a condición de que el personaje central sea real, al menos en el nombre: Puede tratarse de un personaje más o menos reconocible en fotos, por ejemplo Limonov, de Emmanuel Carrère (un secundario de la transición soviética), o los personajes de Sebald, que a veces llevan foto, o el reciente libro sobre los supuestos últimos días de Adelaida García Morales, o la verdadera avalancha que dura ya años de la auto ficción. La serie más longeva y vista de la historia de la televisión española podría llamarse Espejo. Salvo los indestructibles super héroes, ya un género, hasta el comic ha emprendido una vía ultra realista. O sea el apogeo del "Yo", del "nosotros", de "nuestra identidad", como en otras épocas, pero en esta ocasión con barra libre para mentir un poco... verbo moral que no le va bien a una discusión sobre arte pero que es lo bastante gráfico. Y todo ello, sobra decir, con el correspondiente éxito entre lectores y críticos.

     Pero no me interesan tanto los aspectos industriales del fenómeno sino el reverso de la moneda. ¿A qué se debe la persecución, destierro, olvido, marginación, exilio o llámese como se quiera de la imaginación? Aunque al parecer es una de las corrientes visibles del cuento contemporáneo, que la imaginación está ausente en España me parece de una obviedad palmaria y podría citar infinidad de ejemplos, pero me cansa. Baste hacer la prueba con el primero que asome por la esquina y acercar la lupa para comprobar su capacidad de imaginar otra cosa que sus referencias más evidentes. Ni que decir tiene que la ausencia de imaginación temática se corresponde con otra en la forma. Si ha habido una época que castiga la experimentación formal y la búsqueda de nuevos caminos para decir las cosas es esta.

     La intrigante pregunta es ¿por qué?

     Y aquí es cuando recuerdo a una vieja amiga editora francesa que, al cabo de once años de intensa relación de amor con España -Barcelona y Madrid-, se marchó un tanto descorazonada. Y cuando le pedí que me diera el titular de sus conclusiones, me dijo: "España es un país sin curiosidad". Hace años de esto, pero esa frase, desde entonces, me persigue.

     No puedo por menos que pensar que esta ausencia de curiosidad, también evidente, tiene algo que ver con la religión realista y el exilio de la imaginación. La siguiente intriga es saber qué fue lo que ocurrió. Porque no siempre fue así.

Miradas de don Luka . Recuerdos de un profesor

Jueves 01 Septiembre 2016. En Blog

Luka Brajnovic, profesor y poeta

La mirada más azul y conmovida que recuerdo de Don Luka -un hombre caracterizado por ellas- fue cuando volví de Kotor con la impresión de que era en efecto una de las bahías más bellas del mundo, y la noticia de que habíamos logrado ver a algunos de sus parientes. Él me había dado las referencias, y la noticia del contacto no era una minucia: aún imperaban Franco y Tito y don Luka era un exiliado político croata en España, después de haber vivido una vida que durante tiempo creí que había inspirado La hora 25, de Constant Virgil Ghiorghiu. Y sí, yo no era ningún Marco Polo, pero no me parecía probable que ni en la entonces Yugoslavia -un país de extraordinaria y sorprendente belleza que cambiaba todo el tiempo-, ni en todo el Adriático, hubiese muchas bahías que pudiesen rivalizar con la que, en forma de trébol, alojaba en una de sus hojas a Kotor; una pequeña población con teatro de ópera y último bastión de Croacia y del Imperio Austro Húngaro antes de llegar a las tierras agrestes de Albania.

    No me pregunto mucho por qué fui a Yugoslavia y organicé con cuatro amigos un viaje que tuvo sus aventuras, como debe ser todo viaje digno de tal nombre. Imagino que sobre todo porque no la conocía -en los 70 era un destino más bien exótico-, pero como ese era un requisito fácil de cumplir, porque quería ver la tierra que cambiaba un poco la voz de mi profesor exiliado y anidaba en el centro de sus versos. Y con toda la distancia requerida -Don Luka era un profesor venerado por sus alumnos, pese a sus esfuerzos por ser cercano y rebajar las distancias-, de mi amigo. El viaje fue celebrado en su casa, en una de sus cenas con extraordinarios guisos de recetas croatas que custodiaba doña Ana, la mujer más sonriente que recuerdo. Don Luka y doña Ana recibían a estudiantes en su casa como si estos fuesen embajadores romanos.

    Yo tardé en tenerlo como profesor. Tan solo me sonaba su nombre cuando un día mi compañero de estudios Pedro J. Ramírez me propuso participar en un recital de homenaje a él. No por nada sino por puro afecto de estudiantes y con motivo, me parece, de la publicación de su poemario Retorno. Leí algunos poemas y acepté. Pedro J. me lo propuso porque habíamos comenzado a hacer teatro juntos, en el grupo de la universidad, y le gustaba mi voz, e invitó igualmente a Elica Brajnovic, lo que fue motivo de un incidente que no puedo considerar más que divertido. Lo que ya me pareció entonces.

    Pues Elica es mujer y esa era razón suficiente para que nos negaran el teatrillo de uno de los colegios mayores de la universidad, residencia de varones. No parecía importar mucho la consideración de que Elica era la hija mayor de don Luka, nacida antes de su exilio (Olga y los más pequeños nacieron ya en España, cuando después de años le permitieron a doña Ana y Elica reunirse con él), ya madre de familia y profesora de la universidad. Pero en todo tiempo y lugar hay gente que no comprende nada, y el asunto no tuvo trascendencia porque en otro colegio mayor nos cedieron un estupendo escenario, y lo que más recuerdo del recital: "Tantos hombres y tantos caminos hay en la panorámica de mis años, pero todos se van, atrapados en la rotación de luces y noches...", lo que más recuerdo de él fueron los ojos encendidos de don Luka, que vino a darme la mano, conmovido, lo sentí. El mejor aplauso posible. Y luego el siguiente recuerdo es cómo en cierto momento salimos juntos don Luka y yo del bar de la plaza del Castillo donde estábamos celebrando el recital con todo el mundo y durante lo que me parece que fueron horas estuvimos caminando por las calles de Pamplona, de noche y sin rumbo, charlando sobre vete a saber qué. Hace más de cuarenta años de todo esto. Creo que éramos dos amigos que se presentaban.

     La siguiente mirada que recuerdo pues me sorprendió más que halagó, se produjo en uno de los pasillos del Central, cuando, a la salida del bar de Faustino, don Luka me hizo desde lejos un ademán de reconocimiento y de invitarme a tomar un café. (El tomaba cortado, y más de uno. Un día le dijo al camarero, muy serio: "Quiero un cortado... pero con la leche a un lado y el café al otro". Y el camarero, que ya sabía cómo las gastaba, le contestó con la misma seriedad y aclarando el problema con las manos: "Ya veo. Y la leche, ¿a la izquierda o a la derecha?"). Esto sucedía al día siguiente del estreno de mi tercera obra de teatro, Sonoro y solitario. Al término de la representación yo había ido a su encuentro, ansioso de conocer su opinión, que para mí era importante, y él la había aplazado al día siguiente, pues quería reflexionar.

    No me extraña que quisiese hacerlo. Cuando después de actuar tres años me pasé a la dirección y creación de mis propias obras, pues nadie me dirigía como yo quería, mis montajes, muy trabajados, comenzaron siendo mudos y abstractos, puro teatro del cuerpo como si quisiera encontrar mi propia gramática teatral. Y así era. Sonoro y solitario suponía el fin de esa etapa, con la incorporación de sonidos, todavía no palabras, sonidos que don Luka supo interpretar magníficamente -ahora lo veo- cuando al fin frente a nuestros cafés en uno de los bares más agradables que conozco, me dijo "Ha dicho usted lo que nadie se ha atrevido a decir aquí". Su palabra era ley y le creí. Y aún así me pareció excesivo. Ahora creo que tenía razón: en la obra yo contaba la peripecia de un artista que permite que su obra se convierta en una suerte de tiranía y al fin es derribado por sus discípulos. Con la mirada poética que ha de tener todo creador, y también un profesor, él había sabido ver la metáfora que anida en toda obra de arte, si lo es, incluso en casos al margen de las intenciones del autor, y eso era lo que subrayaba.

    Tuve el privilegio de disfrutar de una beca de estudiante-ayudante con él, y eso me permitió asistir a su trabajo desde el otro lado de la mesa de profesor, y recordar algún incidente que agrieta, por fortuna, un retrato de don Luka que a veces es voluntarista y un poco merengue. Como el día en que, en su clase de Literatura Universal, tratábamos con entusiasmo de ese momento excepcional que es el prólogo al Fausto, de Goethe, y él interrumpió la clase para darle un corte a un grupo de estudiantes concentrados en no sé qué bobada sin prestar la atención que merecía algo extraordinario -eso también sucedía antes de los móviles-, como era esa lección, con ese manual de Grandes figuras de la literatura universal y otros ensayos, difícil encontrar mejor iniciación, y ese profesor. Esa pérdida de paciencia era por completo excepcional, tanto que consiguió de inmediato el orden que quería.

     Don Luka fue una de las razones de que yo no volviera a Pamplona, después de haber estudiado allí, en mi idea, que el tiempo no ha hecho más que reafirmar, de que no hay que volver a los sitios en los que uno ha vivido intensamente. En un encuentro en Madrid, años después, con su incomparable capacidad de comprensión él me dio a entender que lo entendía perfectamente. Pero a menudo he dialogado con él en silencio. Supongo que eso es lo que es un profesor. Y un amigo.

     Se me olvidaba contar que el éxito del recital de los poemas de don Luka fue tal que inauguró una prometedora carrera de declamadores para Pedro J., Elica y yo. El siguiente fue Neruda.

 

(Publicado en la página "Luka Brajnovic. Algunos recuerdos")

  • Pedro Sorela

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