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Pedro Sorela

El sol_como_disfraz_banner«Ese joven escurrido sobre el sofá como una gabardina vieja lleva ya un buen rato sin que nadie le haga caso, pero no parece importarle. Al contrario. Sus ojos sonríen como quien al fin ha llegado a alguna parte. Y así es, ha llegado al antedespacho de Picasso en La Crónica del Siglo, y ésa es para él una conquista. Ha llegado al lugar en el que se libra la guerra de su tiempo. Más aún, donde, en el año seis desde que Picasso fue nombrado director, se va ganando.» 

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El origen de todo el desastre

Martes 19 Marzo 2013. Blog

El origen de todo el desastre

...sin saber si "escrúpulo es un grano purulento" o un tipo de atardecer...

Y ahí estás, sentado entre 14.000, sin saber si escrúpulo es un grano purulento que te sale en el cuello o un tipo de atardecer, que ambas cosas te suenan, ni dónde exactamente está Pamplona sobre el mapa. Una situación incómoda, cierto, y hasta absurda, pues si lo han puesto ahí es porque es algo que deberías saber, y si no, es más que probable que suspendas la oposición a maestro. ¿Cómo no vas a saber lo que ha de conocer un niño de doce años? ¿Te imaginas? Qué se hace cuando a uno le corrige un niño de doce años. Todavía en la universidad, entre adultos, vale, pero ¿un niño? O sea que escribes algo que te suena más que otras cosas: "Escrúpulo: atardecer", y pones a Pamplona formando un triángulo con Santander y Bilbao y unos milímetros alejado de la costa. Porque está en el norte, eso seguro.

    Todo el mundo parece muy concentrado en las preguntas del test pero tú te das cuenta de quiénes disimulan en torno a ti. ¿Esa chica con flequillo que finge ir a toda velocidad? En realidad no está marcando, sólo recorre las casillas con el lápiz, pero sin señalar nada. Y si lo hace, borra a continuación. Se le ven los nervios a distancia, ignorante también ella de la diferencia entre basta y vasta. A ti jamás se te habría ocurrido que existen dos basta. Bueno, una será la hermana mayor de la primera. Ahora bien: ¿cuál? Tal vez la de b alta... Pero no siempre es el caso: tu hermano mayor, por ejemplo, es más bajito que tú.

     Aunque sabías desde el comienzo que no iba a ser fácil, pues sois 14.000 candidatos, y sólo para Madrid, no se te había ocurrido que la dificultad no viniese del número sino de no saberse los contenidos. Esto es: lo que significan las preguntas, sobre todo tratándose de oposiciones a maestro. ¿Acaso con los niños de lo que se trata no es es de tenerlos tranquilos mientras sus padres vuelven del trabajo (si lo tienen)? Y sientes un sobresalto: ¿Por qué no sabes qué provincias cruzan el Duero, el Ebro y el Guadalquivir, si es tan fácil que hasta un niño de doce años lo contesta? Por qué no lo sabes, ¿uh?

    Y, como desde una atalaya, ves todo ese valle verde que ha constituido tu educación, lleno de profesores con buen rollito y facilidades, muchas facilidades para que el estudiante no se traumatice (y dé más problemas de los necesarios). Todos esos ministros de Educación empeñados en que un estudiante con cuatro suspensos puede pasar de curso sin que eso perjudique al grupo ni le perjudique a él. Esas facultades en que los estudiantes pueden ir esquiando entre profesores que dan aprobados casi colectivos, y sin el casi, con el sabio criterio de que "ya los suspenderá la vida" (que en cambio permitirá que el aperitivo de los profesores transcurra tranquilo y sin sobresaltos). Esos planes de estudios organizados en torno a la construcción de una patria autonómica -"como el trozo de Ebro que nos corresponde (porque tenemos un trozo de Ebro... ¿no?)"-, delegando lo demás a un extranjero medio vacío y difuminado en el mapa. Por eso escribes "Valladoliz", esa es la consecuencia última de haber estado escuchando durante un par de décadas que es "una ciudad llena de fachas" en lugar de la ciudad de Miguel Delibes. Luego pasa lo que pasa. No es fácil que alguien que haya leído uno o dos libros de Delibes escriba luego "incapie" o "bolcan", como escribirías tú si tu ordenador no tuviese un corrector ortográfico.

     De modo que ahí estás, mirando el test con insistencia, confiando en que las respuestas te vengan de lo alto. Pero pocas cosas te suenan. Y eso que has invertido días y días, a razón de cuatro horas diarias, viendo la televisión. ¿Por qué no hacen tests televisivos, de cultura general, es decir lo que sale en la tele? Qué es lo que le importa a los niños. ¿Y a los adultos? La educación debería ser sobre lo que le importa a la gente, piensas, no sobre lo que le importa o oscuros y perversos fabricantes de tests, que lo único que quieren es dejar en un ridículo cósmico a 14.000 opositores y cargárselos a todos. Aunque no muchos parezcan haberse dado cuenta. Es lo que pasa con los muros autonómicos. Pretenden ser autosuficientes pero impiden ver un poquito más allá.

Sed en el Vaticano

Miércoles 13 Marzo 2013. Blog

Sed en el Vaticano
p.S
Los muros que separan el Vaticano antes del resto del mundo. Y el charquito de un visitante antes de evaporarse.

La chica que iba a mi lado ha dejado caer la mochila... y no la ha recogido. Esa ha sido la primera señal, que ha confirmado lo que me estaba temiendo... El chico que la acompaña ha hecho amago de recogerla, y ella le ha dicho algo en un idioma que no conozco pero que claramente quería decir "déjala, no vale la pena", y le ha mostrado la botella de agua, en la que aún quedaba un resto, como si eso fuese lo único digno de ser salvado. 

     Suerte que tienen. A mí hace rato que no me queda nada, lo he sudado todo y ahora voy con las reservas. Y ya he pillado miradas de codicia, hasta de odio, hacia quienes todavía tienen agua. No muchos se atreven a beber la suya, un gesto apenas consciente que era trivial hace no mucho y ahora es hasta peligroso. Lo que tienen agua miran con recelo, por algún tipo de sabiduría heredada, pues no puede ser que hayan vivido algo así. Saben que desde hace un tiempo esto comienza a ser peligroso. 

     ¿Cuánto tiempo? No lo sé y además no tenemos tiempo de pensar cuán peligroso es -eso es lo que sucede en las guerras-, cuando un señor que no parecía muy mayor se pasa la mano por le pelo, como para retirar el sudor, y retira sudor pero también el pelo, que se le enreda en la mano. Todo o casi todo el pelo. Cualquiera diría que es una peluca pero no, porque el hombre se ha quedado estupefacto. Se mira la mano con la misma sorpresa que si el pelo le hubiese crecido ahí, de la noche a la mañana. El hombre se olvida de moverse y se queda detrás. La multitud le devora. Quién sabe si será fusilado. 

     Sí, en principio no está previsto que se castigue a los que se rezagan, ni que estos queden a merced de las tribus locales que miran desde los bordes, con el claro deseo de robarles su agua o su sombrero, objetos valiosos aunque estén sudados. (Incluso más valiosos si están sudados gracias al fresco que se siente sobre la frente al ponérselos). Pero nunca se sabe. Eso es lo que tienen las guerras, que las cosas cambian a toda velocidad: a mí me dijeron que no haría cola -y por eso pagué una entrada de precio exorbitante, la más cara que he pagado nunca por entrar en un museo (y he entrado en casi todos)-, y sin embargo aquí estoy, junto a otros refugiados, siguiendo a una Juana de Arco, vestida de blanco, que enarbola una suerte de pendón blanco y amarillo. 

      Más adelante, una señora se desinfla. Sí, no sabría decirlo de otro modo. Una señora gruesa, con sujetador de copa 56, más o menos, lanza una pequeña exclamación y, cogiendo la mano de su compañero, hace que toque su pecho izquierdo. El hombre toca y lo que se ve en su cara es algo a caballo entre la sorpresa y la desilusión. En efecto, ahí no hay nada. 

    - Il a disparu, dice la señora francesa. Y se corrige: "¡Il est fondu!" (¡Se ha fundido!), pero no sé al fin en qué para el asunto porque nuestra columna avanza, avanza a cualquier precio en nuestra carrera contra el sol. 

   Caminamos a lo largo de una pared que parece una muralla -¿la frontera que separa el Vaticano del resto del mundo?-, y a la muralla no se le ve todavía el fin cuando las cosas se precipitan: a una señora se le zafa un zapato, que no recoge, avanza unos metros más y se le zafa un pie con un crujido que se abre camino a través del sol hasta mi espalda, donde me organiza un escalofrío. "Ni un paso más", dice la señora (como si tuviese elección). "Los museos Pontificios me ...", y aquí una expresión romana que no sé cómo se escribe.

   Nosotros, la muchedumbre, apenas reparamos en ello porque un hombre muy alto, tipo danés o algo así, ha ido disminuyendo a cada paso, como si él bajara por unas escaleras cavadas en mitad de la acera sólo para él. Algo un poco raro, para mí, que voy detrás y compruebo que no hay escaleras: es que el tipo está hecho de una sustancia gelatinosa que se ha comenzado a derretir, un poco como un helado de cono cuando no tienen una lengua que les vaya corrigiendo a toda velocidad las arrugas que se les multiplican por el calor. 

      ¿Sigo? Habíamos salido una multitud, fuimos quedando en grupo y más tarde en soldados heroicos, saltando cuerpos y arrantrándonos para cumplir con nuestro deber: entrar en el museo, justificar el precio más caro jamás pagado por ver unos cuadros, incluso cuadros de dioses y de Papas y de mártires. Los que quedamos no sólo éramos más pobres sino también más flacos, más enanos. ¿He dicho ya que algunos, incluso, desaparecieron? Menguaron, se fundieron, se hicieron charcos sobre el pavimento del Vaticano justo antes de evaporarse. "Disparutti"·, se pondría en sus fichas policiales. Por lo visto, se producen casos, sobre todo en verano.

    No sé cuántos al fin llegamos, entre otras cosas porque nuestro grupo se reunió con otros supervivientes de otras ofensivas y desembarcos lanzados desde otros sitios en los alrededores del Vaticano, incluso en río, y cuando llegamos a la Capilla Sixtina, de pura emoción, me puse a llorar. 

    Emoción por la grandeza de Miguel Angel, sin par, pero emoción por la grandeza de mi hazaña, que conseguía emocionarme cuando ya no tenía ni pies, ni pelo, ni brazos, ni boca para ponerla redonda, ¡oh!, como otros más fuertes que yo la conseguían poner. Yo sólo conseguía llorar con un ojo, el otro se lo había llevado -ya cegado de todas formas- la riada de sudor en la que no pocos se ahogaron. 

    El Juicio Final se veía entre una niebla de lágrimas que tal vez fuesen de arrepentimiento. Y a lo mejor era ese el sentido de esa expedición de castigo, que al fin sabíamos contra quién era: contra nosotros. Nosotros éramos los culpables y también los verdugos. 

Entrevista con la máscara

Martes, 05 Marzo 2013 En: Blog, Entrevistas

p.S (dibujo en Ipad)
Wallraff, el periodista amarillo, el hombre anónimo, el obrero turco.

Diálogos/El disfraz

"¿Cómo entrevistar a una máscara?", es lo que con toda probabilidad uno se pregunte si ha de entrevistar a Günter Wallraff, el hombre que ha convertido el disfraz en un instrumento, no para disimular sino al contrario para averiguar la verdad. Y no hay tal: Wallraff -o al menos así fue ese día conmigo, hace años-, se muestra particularmente desnudo, desnudo de máscaras si se entiende lo que quiero decir. Esto es, alguien tan agotado por sus esfuerzos ya legendarios en el arte del disfraz que en la vida diaria, alejado del frente, se muestra más de verdad que nadie. Un duro -quien lo dude, que eche un vistazo así sea a una sola página de su biografía-, pero al tiempo alguien tocado, febril y hasta malherido por lo que no ha podido dejar de ver y (esa es la novedad entre los testigos) también vivir. Alguien sin tiempo para andar disimulando.

     Aún así, sigue el problema: ¿como entrevistar a alguien precisamente por su dominio de la máscara? Pues en contra de lo que se podría pensar, es un caso abundante. Es casi el primer obstáculo que ha de enfrentar el entrevistador: por lo general la gente entrevistable domina la máscara y ha hecho de ella su profesión o al menos una de sus habilidades. No otra cosa hace un cantante, un político, un actor o un escritor ganador de premios: gente experta en la representación, que sabe lo que hay que decir para seducir al periodista, uno de los responsables y quizá el principal de seguir prolongando esa imagen ganadora. Y lo primero que hacen los entrevistados es fingir simpatía e igualdad: "somos iguales, somos colegas", le transmiten al periodista hasta con palmadas en el hombro y lenguaje corporal. Y el periodista, al margen de lo novato que sea, se lo suele creer porque, habituado a vivir entre brillos y titulares, le han atacado por su lado más vulnerable, la vanidad.

     Wallraff es otra cosa. No sólo porque la vanidad parece desplazada junto a él -ese tipo de vanidad- sino porque la dirección, la intencionalidad de su máscara es otra. Los entrevistables (llamémosles así) se trabajan la máscara para incrementar su imagen, esa moneda fuerte en el mercado de divisas de nuestros días. Él trabaja sobre la máscara porque ella y sólo ella le permite averiguar lo que hay debajo de apariencias construidas con solidez, dinero y constancia: Lo que hay detrás de la prestigiosa marca Volswagen, por ejemplo; o tras el periódico Bild Zeitung, que en su día provocaba hasta manifestaciones de protesta de gente agraviada por su interpretación de la libertad de imprenta; o en las cárceles griegas cuando la dictadura en calidad de preso político voluntario; o de Alí, un obrero turco inmigrante vestido con mono azul, y para mostrar que el precio de serlo en Alemania puede ir hasta someterse a experimentos con radiación nuclear. Todas esas misiones le han convertido en un marginal dentro de la sociedad alemana (aunque venda miles de ejemplares; varios millones de Cabeza de turco) hasta el extremo de que, al menos cuando realicé esta entrevista, tenía que vivir fuera de su habitual barrio obrero y lleno de inmigrantes pues la presión dentro era excesiva. Pues como con la bruja de Blancanieves, pocas sociedades aceptan -y tampoco la alemana es excepción-, verse confrontadas a un espejo real.

     Parece un exótico, un extravagante del periodismo y de la sociedad rica occidental encantada de conocerse... pero quizá no lo sea tanto. Quiero decir, ¿de verdad es tan delirante su teoría? En un mundo construido por gabinetes de prensa y de imagen, de asesores y web-masters que aprenden a domar el flujo de las resonancias en nuestra sociedad de reflejos, ¿tan delirante resulta que alguien pretenda desmontar todos esos disfraces con otro, así sea el muy sencillo de un periodista amarillo o el más humilde aún de un obrero turco con lentillas negras para teñir sus ojos azules? Por qué el periodista habría de ser el único en renunciar al disfraz, sobre todo si al final se encuentra el compromiso de revelar la verdad, o al menos la verdad conseguida con la máscara. En un mundo de disfrazados, por qué la máscara de quien se la pone a la vista de todos -como en una Teoría del Distancimiento de Brecht, con la que por cierto su método conserva no pocas afinidades- por qué ese disfraz sería más ilegal que otros, o tan siquiera más inverosímil.

      La entrevista en estilo indirecto, y en este caso sin casi frases textuales, no es sino una consecuencia más de ese juego de representaciones. El supuesto realismo del estilo directo se me antojaría en este caso particularmente equívoco; siempre faltaría algo en la supuesta reproducción textual de lo hablado: justo eso que él pretende rellenar con la escritura del disfraz. Pues no es la apariencia de realidad lo que busca desvelar Wallraff sino justo lo que se esconde bajo ella, más afín, me parece, con la narración que con la representación. La narración llega allí donde la representación no puede.

      Pese a todo lo cual se mantiene la pregunta: cómo entrevistar a alguien que ha llevado la máscara al virtuosismo.

      Mi conclusión fue: con preguntas sinceras, y aprovechando que el tigre descansaba.

Cena de invierno. Un instante

Miércoles 27 Febrero 2013. En Blog

p.S Clara Müller (Dibujo en Ipad)

No ha terminado con el primer plato -el consomé de Lhardy, un resto arqueológico líquido del Madrid del XIX- cuando intuye que ha hecho mal en aceptar el encargo que le hicieron hace tan sólo un par de días.

    -¿Salir a cenar con Clara Müller?, repitió por el teléfono. No creía haber oído bien.

    Sí, ese y no otro. Clara Müller daría una conferencia en la Residencia de Estudiantes, y luego sería demasiado tarde para tomar un avión a Londres donde reside en la actualidad. "Y sinceramente" -le dijo su amiga editora- "no sé qué hacer con ella".

    - ¿Y yo sí?

    - Bueno, tú eres corresponsal de guerra.

     Inexacto, por no decir falso: ya los hombres que perdieron una pierna en la última guerra que había cubierto  tienen extremidades de plástico, y los héroes y los muertos son  recordados por muy pocos.

     Pero las objeciones de su editora resultaban comprensibles: La leyenda dice que Clara Müller es insobornable como un león. Sus diagnósticos sobre casi todo no se pueden comprar y tras ellos los problemas sobre los que se inclina quedan abiertos en canal como un cuerpo en un quirófano. Cuando los usa, sus adjetivos son tan contundentes que, tras ella, quedan inservibles para ser usados por otro. Aunque usa pocos: su prosa a caballo de la filosofía, la lingüistica y la sicología, una prosa posmoderna, apenas necesita de adjetivos, que para buena parte del pensamiento triunfante de todas las épocas no es más que un síntoma de debilidad. Y sus ojos brillan hasta en las hojas del periódico.

      Y sin duda brillan al otro lado de la mesa de Lhardy, en mitad de un silencio decimonónico que no interrumpe ni un lejano ruido en la cocina. A las diez de la noche de un martes  de crisis en Madrid, ellos son los únicos comensales, y afuera hace tanto frío que ni siquiera han salido los  fantasmas de políticos barbados. Según dicen, están subvencionados para escoltar a los camareros por entre las mesas de Lhardy, el restaurante inmencionable sin que alguien recuerde que allí, a lo largo del siglo XIX, en torno a su cocido legendario se conjuraban los conspiradores.

    Pero allí, esta noche, no hay nadie más que ellos y los ojos oscuros de Clara Müller parecen irradiar más luz que todas las arañas juntas, encendidas a medias, por otra parte, para ahorrar en estos tiempos de nueva pobreza. Y ahí, frente a esos ojos oscuros que parecen destinados a conducir y penetrar la noche, ahí es cuando el corresponsal de guerra comprende que tal vez ha cometido un error de cálculo, algo que nadie involucrado en una guerra se puede permitir. Ya lo intuyó al llegar con dos minutos de retraso -2, de reloj-, y encontrársela sentada en el centro de la rotonda del Palace, esperándole. En ese momento, hará media hora, el corresponsal recordó una vez más que en un frente de guerra es mejor evitar las sorpresas.

     Pues, salvo por los ojos, Clara Müller parece cualquier cosa menos una filósofa, una lingüista, la crítica de cine (por llamarla algo) que nos ha enseñado a leer el otro idioma en el que también están escritas las películas. Para empezar, está vestida en tonos negros y rojo cardenal, a tono con el frío y con la noche. Su falda es de terciopelo negro y sus medias, de un gris profundo, brillan tenuemente y dibujan unas piernas que desde luego no son ninguna abstracción filosófica ni artificio de lingüista. Sus zapatos son de charol y también brillan. Como el banco en el que se sentaba era bajito, todo ese conjunto, entrelazado, se inclinaba hacia un lado, como hacen las modelos.

     En Lhardy no hace calor pero ella lo incorpora prescindiendo del abrigo y quedándose con sólo una blusa de seda que parece hecha para una cena en una casa de Varsovia con grandes chimeneas. Desde una cercanía que alcanza a ponerle nervioso, el corresponsal observa unas manos con unas uñas bien pintadas con un color sangre de toro, un lapislázuli oscuro y profundo engastado en un anillo antiguo, de buen gusto, y un perfume a juego con un pelo negro y sedoso, peinado de forma que Clara Müller parece diez años más joven. ¿Más joven que cuánto? No se sabe, pero en todo caso más joven. Gracias a ese pelo del sur el corresponsal recuerda que Müller no es el verdadero apellido, y quizá Clara tampoco sea el verdadero nombre.

      Todavía no han terminado el consomé, que hace las veces de calefacción en Lhardy y en todo restaurante histórico que se respete, pero el corresponsal de guerra tiene la impresión de que en algún momento la batalla ya se ha decidido, y sin disparar un tiro. Y no sabe qué hacer.

 

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  • Pedro Sorela

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