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El desvío como estrategia

Miércoles 12 Abril 2017. En Blog

Ricardo Gutiérrez
Susan Sontag
En calidad de autor ya me habían hecho unas cuantas entrevistas en mi vida cuando yo hice lo mismo con Susan Sontag, y nunca me sentí, ni de lejos, tan interrogado como con ella. Tal y como cuento, disponía de una hora, en una rueda de entrevistas sucesivas con motivo de su visita a Madrid, y habían pasado veinte minutos cuando tuve que interrumpir su catarata de preguntas sobre quién era yo, y dónde había aprendido el inglés, y por qué mi familia... etcétera, y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y más vale que nos pongamos a ello porque si llevo una entrevista a mi mismo me arriesgo a que me echen del periódico", o algo así. Susan Sontag soltó entonces una gran carcajada de mujer voraz y sólo entonces pude entrevistarla.
   Para encontrarme con otro problema inédito. Y es que cada respuesta merecía una entrevista especializada. Es norma elemental de cualquier entrevistador el llevar preparada una lista de preguntas, a la espera de la primera respuesta interesante, si se da, y seguir por esa senda más interesante. Y es rara la entrevista en que el periodista atento a la respuesta prometedora no haya tomado por lo menos un desvío, donde suelen estar la entradilla y el titular. Pues bien: con Susan Sontag el desvío se producía en cada respuesta. Eran tan sorprendentes, tan independientes y, sobre todo, tan inteligentes, que me quedaba medio atontado y tenía que usar de todos mis reflejos para no seguir solo por esa senda que ella convertía en muy prometedora -y podía ser la pintura del sur de Italia, por ejemplo-, y pasar a los otros muchos temas que se ofrecían, a la vez que lamentaba haber perdido veinte minutos permiténdole a ella sonsacarme a mí.
   Para entonces Sontag ya había pasado su primer cáncer y había escrito su Ilness as a metaphor (La enfermedad como metáfora), del que me regaló un ejemplar (no dedicado, por supuesto). Y sin embargo, cuando días después me encontré con la antigua actriz que le habían puesto como guía para acompañarla por Madrid durante su visita, me dijo que, después de las intensas visitas al Prado y a los tablaos flamencos, que Sontag había exprimido en su viaje, había tenido que guardar cama, agotada.
    Mi entrevista había sido de nueve a diez de la mañana. También me enteré después de que el periodista a quien le tocaba el turno siguiente había sido expulsado con el comentario de que ella no había venido para responder preguntas estúpidas... y con él se había terminado la rueda de entrevistas.
   Y un testigo me contó el comentario que le había hecho sobre mí a mi director, en una cena. Por lo visto sus intensas preguntas en veinte minutos no habían sido por completo inútiles, y ya había logrado construir toda una teoría.
 

Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

Nostalgia del "no"

Miércoles 05 Abril 2017. En Blog, Sastrería

Cola de gente esperando una respuesta.

Sastrería

Me pregunto qué pasaría si alguien llama a los bomberos, para dar una alarma, y no recibe respuesta. Ni "si", ni "no", ni "resista, que ya vamos", ni "¿se puede usted identificar, por favor?" Nada. O si alguien se pone en manos de médicos, les entrega informes y análisis inquietantes... y no hay respuesta. Y así con policías, arquitectos a los que se quiere encargar una casa que no sea un clon adosado, una mujer a la que un hombre le ha pedido que se fugue con él, carniceros o azafatas. Bueno azafatas no, ya no es infrecuente que las azafatas dejen sin contestar la lucecita en el pasillo y se incorporan a ser parte del problema.

    El problema de la falta de respuesta. Del "no sabe, no contesta". Ni siquiera: del silencio como toda respuesta, que es lo que se estila, según puede averiguar cualquiera, ya en grandes zonas de la ciudad. Barrios enteros. El silencio.

     Es un problema que tardas en identificar porque, si tienes alguna edad, no te han preparado para reconocerlo. Al contrario: para mí, el silencio puede ser también un lujo que no tantos saben apreciar, como es fácil de hacer la prueba. No hace falta mucha inteligencia, instinto ni astucia para que localicemos peloteos, insultos, ironías, idiomas extranjeros, promesas, reclamaciones y demás, pero no estamos preparados para recibir silencio. Y no en el caso del que "quien calla otorga", que podría ser una variante muy aceptable, sino en el del silencio que no se da por enterado de que existes.

      Digo que para detectar el problema hay que tener cierta edad porque los más jóvenes han crecido con él. Hasta el punto de que un estudiante echador de currículos -la actividad estrella de muchos jóvenes en los últimos años- puede contarte entusiasmado:

     - ¡Me han respondido!

     - ¿Te han dado el trabajo? (o la beca)

     - No. ¡Pero me han respondido!

     Y con su entusiasmo dan a entender que, puesto que les han respondido, eso es signo de que ya pronto conseguirán trabajo (o beca).

      Tampoco tiene que ver con la incapacidad mexicana de conjugar el verbo "No". Haga la prueba, es muy divertido: por lo general los mexicanos utilizarán cualquier treta para no usar la palabra "no", que les parece muy agresiva. A  cambio recurrirán a todo tipo de rodeos corteses, elegantes y literarios.

      En cierta época de mi vida trabajé en un periódico español donde algunos me llamaban Doctor No (uno de los primeros enemigos de James Bond). Y ello porque, exasperado por la cobardía de los responsables, que se negaban a ponerse al teléfono para decirles a los colaboradores cuándo se iban a publicar sus artículos, o sobre todo cuándo no se iban a publicar, cogía yo el teléfono y les contaba las probabilidades, y les daba las gracias. Era un mal rato, si se quiere, pero peor rato era padecer la cobardía y falta de empatía de quienes cobraban, también, por decir que no y no por dar largas sin ninguna vergüenza. Echaba de menos a García Márquez que cuando le preguntaron qué había cambiado con la edad y el éxito, declaró: "que cuando digo no es que no".

       Se conoce que el paro ha echado a la calle incluso a las secretarias y porteros que asumían la responsabilidad de decir "no" en representación de sus jefes, o por el mismo precio, "no, muchas gracias", y eventualmente dar razones, que eso ya raya en lo onírico. En la época del lenguaje políticamente correcto, del compañeros y compañeras, la tercera edad, los afroamericanos, y todo tipo de circunloquios para no ir a herir a nadie con alguna de las palabras que algunos han decidido son hirientes e imperialistas, hemos suprimido directamente el "no". Debe de ser que suena demasiado agresivo, en estos tiempos hipócritas, y puede herir la sensibilidad del solicitante. Para no herirle, es mejor que se vaya pudriendo en la espera. Y no nos moleste.

Wallraff, el periodista con máscara

Miércoles 29 Marzo 2017. En Blog

Bernardo Pérez
Gunter Wallraff

Diálogos/El disfraz

"¿Cómo entrevistar a una máscara?", es lo que con toda probabilidad uno se pregunte si ha de entrevistar a Günter Wallraff, el hombre que ha convertido el disfraz en un instrumento, no para disimular sino al contrario para averiguar la verdad. Y no hay tal: Wallraff -o al menos así fue ese día conmigo, hace años-, se muestra particularmente desnudo, desnudo de máscaras si se entiende lo que quiero decir. Esto es, alguien tan agotado por sus esfuerzos ya legendarios en el arte del disfraz que en la vida diaria, alejado del frente, se muestra más de verdad que nadie. Un duro -quien lo dude, que eche un vistazo así sea a una sola página de su biografía-, pero al tiempo alguien tocado, febril y hasta malherido por lo que no ha podido dejar de ver y (esa es la novedad entre los testigos) también vivir. Alguien sin tiempo para andar disimulando.

     Aún así, sigue el problema: ¿como entrevistar a alguien precisamente por su dominio de la máscara? Pues en contra de lo que se podría pensar, es un caso abundante. Es casi el primer obstáculo que ha de enfrentar el entrevistador: por lo general la gente entrevistable domina la máscara y ha hecho de ella su profesión o al menos una de sus habilidades. No otra cosa hace un cantante, un político, un actor o un escritor ganador de premios: gente experta en la representación, que sabe lo que hay que decir para seducir al periodista, uno de los responsables y quizá el principal de seguir prolongando esa imagen ganadora. Y lo primero que hacen los entrevistados es fingir simpatía e igualdad: "somos iguales, somos colegas", le transmiten al periodista hasta con palmadas en el hombro y lenguaje corporal. Y el periodista, al margen de lo novato que sea, se lo suele creer porque, habituado a vivir entre brillos y titulares, le han atacado por su lado más vulnerable, la vanidad.

     Wallraff es otra cosa. No sólo porque la vanidad parece desplazada junto a él -ese tipo de vanidad- sino porque la dirección, la intencionalidad de su máscara es otra. Los entrevistables (llamémosles así) se trabajan la máscara para incrementar su imagen, esa moneda fuerte en el mercado de divisas de nuestros días. Él trabaja sobre la máscara porque ella y sólo ella le permite averiguar lo que hay debajo de apariencias construidas con solidez, dinero y constancia: Lo que hay detrás de la prestigiosa marca Volkswagen, por ejemplo; o tras el periódico Bild Zeitung, que en su día provocaba hasta manifestaciones de protesta de gente agraviada por su interpretación de la libertad de imprenta; o en las cárceles griegas cuando la dictadura en calidad de preso político voluntario; o de Alí, un obrero turco inmigrante vestido con mono azul, y para mostrar que el precio de serlo en Alemania puede ir hasta someterse a experimentos con radiación nuclear. Todas esas misiones le han convertido en un marginal dentro de la sociedad alemana (aunque venda miles de ejemplares; varios millones de Cabeza de turco) hasta el extremo de que, al menos cuando realicé esta entrevista, tenía que vivir fuera de su habitual barrio obrero y lleno de inmigrantes pues la presión dentro era excesiva. Pues como con la bruja de Blancanieves, pocas sociedades aceptan -y tampoco la alemana es excepción-, verse confrontadas a un espejo real.

     Parece un exótico, un extravagante del periodismo y de la sociedad rica occidental encantada de conocerse... pero quizá no lo sea tanto. Quiero decir, ¿de verdad es tan delirante su teoría? En un mundo construido por gabinetes de prensa y de imagen, de asesores y web-masters que aprenden a domar el flujo de las resonancias en nuestra sociedad de reflejos, ¿tan delirante resulta que alguien pretenda desmontar todos esos disfraces con otro, así sea el muy sencillo de un periodista amarillo o el más humilde aún de un obrero turco con lentillas negras para teñir sus ojos azules? Por qué el periodista habría de ser el único en renunciar al disfraz, sobre todo si al final se encuentra el compromiso de revelar la verdad, o al menos la verdad conseguida con la máscara. En un mundo de disfrazados, por qué la máscara de quien se la pone a la vista de todos -como en una Teoría del Distancimiento de Brecht, con la que por cierto su método conserva no pocas afinidades- por qué ese disfraz sería más ilegal que otros, o tan siquiera más inverosímil.

      La entrevista en estilo indirecto, y en este caso sin casi frases textuales, no es sino una consecuencia más de ese juego de representaciones. El supuesto realismo del estilo directo se me antojaría en este caso particularmente equívoco; siempre faltaría algo en la supuesta reproducción textual de lo hablado: justo eso que él pretende rellenar con la escritura del disfraz. Pues no es la apariencia de realidad lo que busca desvelar Wallraff sino justo lo que se esconde bajo ella, más afín, me parece, con la narración que con la representación. La narración llega allí donde la representación no puede.

      Pese a todo lo cual se mantiene la pregunta: cómo entrevistar a alguien que ha llevado la máscara al virtuosismo.

      Mi conclusión fue: con preguntas sinceras, y aprovechando que el tigre descansaba.


   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

 

El caso de la ciencia ficción que resultó ser real (y terrible)

Miércoles 22 Marzo 2017. En Lecturas, Blog

Lecturas

Los cuatro libros. Yan Lianke. Prólogo y traducción de Taciana Fisac. Galaxia Gutenberg, 2017

Cómo, en qué clave hablar de una novela que presenta hechos que parecen de ciencia ficción y sin embargo -sabemos ahora aunque muchos sigan mirando para otro lado- fueron ciertos. Y terribles. Cuentan lo sucedido en un campo de reeducación chino cuando la revolución maoísta, ya de por sí radical, cayó en manos de una facción fanática y muchos miles de intelectuales, simples mecanógrafos en algunos casos, músicos o administradores de colegios, fueron enviados al campo para entrar en contacto con el pueblo más genuino, los campesinos, y ser reeducados en contacto con el proletariado.

    En realidad muchos fueron internados en campos donde fueron sometidos a toda suerte de tropelías que, en ocasiones, incluso al curtido ciudadano informado del cambio del siglo le cuesta creer. Además, padecieron en primera línea del frente las consecuencias de unas decisiones delirantes, como las del Gran salto adelante, cuando se decidió fundir todos los objetos metálicos del país en busca de acero. O cuando tuvieron que sufrir sin ayuda, comiendo hierba y raíces, y disputándole los granos a los pájaros, las terribles hambrunas que, unidas la climatología que en China puede ser implacable, mataron a millones.

    La época y lo que supuso está a la altura de los otros horrores del siglo XX pero por alguna razón, según he podido comprobar, incluso en la China contemporánea es más fácil obtener información sobre la época que en Occidente, y en particular en España, donde se cuentan con los dedos los libros que hablan de ello. Y en muchos casos, como en el caso de La montaña del alma, que le ganó el premio Nobel al autor, Gao Xingjian (exiliado en París), en clave más bien poética, o alegórica. De ahí la importancia de la publicación de Los cuatro libros, de Yan Lianke, traducido y prologado ahora con gran naturalidad por la más conocida sinóloga española, Taciana Fisac, que no habla en modo alguno de forma alegórica y por eso mismo parece una tragedia griega.

     Como hijo de la tardía posguerra mundial y del siglo XX, hipnotizado pero también por un sentido del deber, intentando comprender lo incomprensible, o informulable, creo haber leído casi todos los clásicos del horror concentracionario del siglo pasado: No pocos libros sobre Auschwitz y aledaños, encabezados por la trilogía de Primo Levi y los dos principales de Jorge Semprún. El libro que más me impresionó es uno no traducido al español y que leí en Polonia mientras visitaba Auschwitz, This way to the gaz, ladies and gentlemen, escrito por un preso político polaco, Borowski, que se suicidó a los 29 años. El Gulag soviético me fue descubierto (y al mundo) por Un día en la vida de Ivan Denisovich, de Soljenitsin, que más tarde publicaría, sin réplica posible, Archipiélago Gulag: una geografía de la represión (pero no en primer lugar exterminio, a diferencia del nazi) del sistema soviético. Que, como demostró en su libro Anne Applebaum, comenzó antes de Stalin, en los primeros tiempos de la revolución, y se prolongó hasta la caída de la URSS. También aprendí mucho en el libro de Gustav Herling Un mundo aparte, pero lo que me reveló la naturaleza de esta represión a cincuenta grados bajo cero fueron los relatos de Kolyma, de Shalamov, que además merecen por derecho un lugar en la historia de la literatura.

     Escribir sobre los campos de exterminio plantea al escritor un problema al que nunca se había enfrentado: ¿Cómo contar lo incontable? ¿Lo que parecía imposible y además inimaginable? Es sabido que los nazis confiaban en que nadie iba a creer el relato de lo que habían hecho, y es posible que hubiese sido mucho más difícil imponer la verdad de no existir las filmaciones que realizaron las tropas de Patton nada más liberar algunos campos. También en eso confiaba el régimen de Pol Pot, que exterminó a la tercera parte de la población de Camboya y, entre otros, imagino que el régimen chino, que contaba en esos años con la simpatía de la comunidad internacional: ellos eran distintos de los bolcheviques... y además las cosas sucedían lejos de las ciudades en lejanos y pacíficos campos aislados.

     Y la prueba de que escribir sobre ello es un desafío es que muy pocos, si alguno, se han atrevido a meter las cámaras de sus películas en las salas donde los presos eran gaseados, y mucho menos en los hornos: lo inconcebible. Lo informulable. Lo nunca contado antes. Tan solo alegóricas chimeneas y cenizas como las que caen en los aledaños de Cracovia en la obra maestra de Spielberg -y elijo el adjetivo-, La lista de Schindler. Todo era imposible de contar hasta que el italiano Primo Levi, que estuvo allí un año, dio con la fórmula (aunque le costó una década persuadir a nadie de que esa era): había que contarlo con extremada neutralidad. Ateniéndose a los hechos. Así lo hizo y por eso su trilogía que comienza con Si esto es un hombre gana autoridad de día en día y se lee en las aulas de media Europa. No es casual que Primo Levi fuese químico de formación.

     Las cifras de víctimas del maoísmo, directas o a consecuencia de su incompetencia, crueldad o simple falta de solidaridad, son de las más difusas y elásticas entre las que conozco de los exterminios del siglo. Y no es lo mismo contar las muertes por la acción directa que por la indirecta. Los cuatro libros cuenta en primera persona, a través de la voz de un personaje escritor, lo que sucede durante la Revolución Cultural, en el "campo 99", en la ribera del río Amarillo. Y no voy a ser yo quien cuente la historia, como hacen tantos pretendidos críticos en la idea de que no es eso lo que importa, pero diré que sólo en el último libro el escritor, que sobrevive a base de relatar lo que hacen sus compañeros -es decir, sobrevive a través de la delación- se tiene que enfrentar a lo informulable. 

    Que una vez leído deja al lector sin saber qué decir. Salvo, una vez más, su asombro de que algo así sucediera en vida nuestra, sin que nadie dijera nada. Y que con toda probabilidad está sucediendo ahora en algunos lugares. Ya dijo Anne Applebaum que había escrito su historia del Gulag, no para impedir que se repitiera -ella ya sabía que se iba a repetir-, sino para que reconociéramos los síntomas y lo viésemos venir.

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  • Pedro Sorela

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