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Pedro Sorela

periodismo

Comer o besar, y por qué

Por: Pedro Sorela Domingo 17 Octubre 2004. En Artículos, Literatura, Periodismo

Sobre la crítica

Es evidente que la pregunta de dónde se encuentra el crítico no es inocente. Está claro que, trabajador, responsable, y también vanidoso pues su trabajo está bajo los focos, el crítico se encuentra en el cine, el teatro (sexta fila corredor), recorriendo una exposición con aire meditabundo y las manos sujetas a la espalda, decidiendo quién tendrá o no derecho a entrar en los museos, o que, instalado en su casa en lo que no pocos ilusos piensan que es un trabajo envidiable, desgasta un poco más su casi centenario sillón de cuero y se dispone a –cree él- terminar de consagrar o hundir las aspiraciones de cualquier escritor a la eternidad.

Es obvio que todo ello es cierto y ésta no constituye, bajo ningún caso, una inspección de trabajo. ¿Entonces?

Entonces es que la pregunta debería ser otra. La verdadera pregunta debería ser: ¿Puede un crítico que está donde debe estar ser un buen crítico? O simplemente: ¿un crítico?

Se trata de una pregunta un tanto esquinada, cierto, pero es que todo este texto va a ser esquinado. Y no por un prurito de originalidad (o no sólo), sino por la intuición de que el crítico, o está en la esquina, o es esquinado, o no es. No hay crítico.

Del ninguneo como género crítico y nueva censura

Por: Pedro Sorela Domingo 05 Octubre 2003. En Artículos, Periodismo

Foto: Job Koelewijn – via KNAW Pressphoto

Supongamos por un momento un país en el que la gente ya no lee y sin embargo se siguen produciendo libros. Y supongamos que es una situación imaginaria pues imaginario es una palabra fetiche con la que de inmediato adquirimos cierto margen, cierta flexibilidad en la exigencia de la carga de la prueba. Esta, como es sabido, suele ser requerida en las actividades académicas pero a veces, a menudo incluso, con toda la buena intención del mundo la dicha carga lastra de tal modo la que podría ser una buena intuición inicial que termina por hundirla: aquella ya no es una intuición, con toda su revolucionaria capacidad de sugerencia -la sugerencia es revolucionaria porque es inmanejable, inabarcable e impredecible-, sino un obstáculo más entre la retórica académica y, ya no la verdad, sino la simple comunicación.

Así que en esta sociedad que ocupa más o menos la tercera o quinta plaza en la producción de libros en el mundo, puesto más, puesto menos en la lista –o sea, un mercado en torno a los 350 millones de personas-, la gente ya no lee. Es una forma de hablar, claro, pues resulta evidente que no pocas personas leen en el metro, y en las cafeterías (el periódico casi siempre), en la playa y es presumible que también en sus casas. Pero es también evidente (véanse concursos de televisión, o juéguese al Trivial, o háganse preguntas directas), es evidente que la gente ya no lee lo que leía antes, o que no lee lo que, antes, se suponía que debía leer, según los cánones descritos, por ejemplo, en El mundo de ayer, de Stephan Zweig. Un estudiante universitario ya no lee las 250 páginas semanales que según los criterios de la UNESCO se suponía que debía leer hace treinta años o, siempre de acuerdo con la hipótesis imaginaria, quiere decir que un profesor universitario puede no leer ni un solo libro más de los necesarios para conseguir un trabajo fijo. En ese mundo sin lectura, demencial (pero hipotético), que roza la propuesta de vanguardia, los estudiantes leen, pero no leen nada nuevo sino que repasan apuntes, y estos apuntes están a veces incluso plastificados, como conocimientos inamovibles, por profesores que los repiten a modo casi de mantras desde hace años.

Las columnas impiden ver el bosque

Por: Pedro Sorela Jueves 01 Junio 2000. En Artículos, Ensayo, Periodismo

Foto: JG-R
A: Las fotos de Picasso, sobre todo hacia el final de su vida, lo muestran a menudo mirando intensamente en medio de un gran desorden. Deseado, cuidado- samente construido y progresivo, ese desorden reinó siempre en sus casas –que iban siendo cada vez más grandes precisamente para darle cabida–, y no como tópica coartada de la bohemia artista, sino como una especie de disciplina del espíritu, la mirada. Pues Picasso consideraba que el orden, o al menos la rutina, produce una suerte de ceguera, o niebla si se prefiere. Si colocamos las cosas en su sitio, pensaba, pasado un tiempo dejamos de verlas: es fácil hacer la prueba con los cuadros de nuestra propia casa. Alimentándose por los ojos, Picasso proponía colocar las cosas fuera de su sitio, de modo que la mejor manera de seguir viendo un jarrón es colocarlo en el suelo, y un cuadro, no colgarlo de la pared. Y, aún así, sólo durante un tiempo.

Y B: Tengo entendido que en cierta época hoy en día inconcebible, The New York Times cambiaba al cabo de dos años a sus corresponsales porque “ya sabían demasiado”; se habían comenzado a acostumbrar a su ya no tan nuevo destino y tendían a dar por sentado que sus remotos lectores sabían cómo se llamaba el presidente del país, o que ya no hacía falta informar de cuándo llegaban los monzones a China (por ejemplo), pues eso es algo que todo el mundo sabe. Cierto: todo el mundo lo sabe... en China.